29 Thank you #3
Permanecimos en silencio, observando cómo Brunito celebraba su última victoria con un baile que terminó con su trasero al aire y mi padre dándole una colleja.
—Quería pedirte perdón.
—¿Por qué?
—Anoche entré en la habitación de César y os vi. —Volvió a mirar hacia la piscina, y contuve la respiración. A fin de cuentas, me había colado en su casa e invadido la cama de su hijo—. Cuando tu padre se dio cuenta de que no volvías a casa empezó a preocuparse.
No pude evitar sentirme culpable.
—Me quedé dormida antes de…
—Lo sé. —Me dio un pequeño golpecito cariñoso en la rodilla—. Tranquila, les dije que estaba casi segura de que te encontrabas con César.
—Y ¿te parece bien? Que él y yo…
Leire volvió la cabeza hacia mí. Su sonrisa fue pequeña, casi maternal.
—¿De verdad necesitas preguntármelo?
—Supongo que sí.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—Porque es tu hijo.
Leire soltó el aire por la nariz en un suspiro suave.
—César me contó lo que pasó entre vosotros en Londres.
Aquello sí que no me lo esperaba. La mandíbula por poco no se me descolgó de la impresión.
—Ah.
—Luego me fijé en cómo lo miras. Y, bueno, también te vi coger las llaves de mi casa cuando comenté que César estaba enfermo .
—¿Lo hiciste adrede? ¿Esperaste a que bajara para explicar que le dolía la cabeza?
Sonrió sin reflejar una pizca de culpa.
—Por supuesto. No iba a desperdiciar una oportunidad así.
Las dos reímos.
Tras eso, ambas permanecimos calladas, con la vista clavada en lo que ocurría en la piscina. César acababa de levantar a Liam sobre sus hombros mientras Bruno hacía lo mismo con Biel.
—¿Sabes? —dijo en voz baja—. Hacía muchísimo tiempo que no lo veía reír así.
—Lo sé. —Noté un nudo en la garganta—. Me contó lo que ocurrió con tu exmarido.
Leire asintió y los ojos se le volvieron aún más brillantes.
—Desde que era muy pequeño, César siempre ha cargado con más peso del que le correspondía. Incluso cuando nos hacía creer que era feliz, siempre había una parte de él que seguía en alerta.
—Pero hoy no.
—Hoy no —susurró y me agarró de la mano—. Eres una hija para mí, Zahara. Todos los sois, al igual que César para tus padres. Pero quiero que sepas que lo hemos hablado y nos parece bien. A los cuatro.
—Ay, por Dios. —Me tapé la cara con la mano—. No quiero imaginar cómo fue esa conversación.
—No. No quieres. —Su sonrisa se volvió aún más cálida—. Gracias, Zahara. Por hacerlo feliz. No sabes lo mucho que necesitaba verlo así.
Aquellas palabras me atravesaron el pecho.
Porque a veces damos por hecho cosas tan simples como una sonrisa, un abrazo o un beso. Y allí enfrente tenía a una madre pletórica al ver a su hijo sonreír .
Leire se levantó después de eso, Leo la abrazó y le besó el pelo. Los niños siguieron entrando y saliendo del agua, mis hermanos y hermanas y sus parejas continuaron charlando y disfrutando. Y yo me quedé allí, con el cuerpo inmóvil y la mente a mil por hora.
Me resultó imposible no hacerme la misma pregunta.
¿Y yo?, ¿era feliz?
Pensé en Londres, en Hartwell & Pages, en Lily y Didier.
En las conversaciones con César de camino al metro, en las noches cocinando, en la cantidad de veces que había encontrado la toalla caliente porque sabía que llegaría empapada y las otras muchas que me cuidó incluso cuando fingía que no lo estaba haciendo.
Ningún hombre me había tratado así, con tanta atención y con esa manera de hacerme la vida un poquito más sencilla y bonita cada día.
Y me di cuenta de que llevaba semanas sin preguntarme qué sería lo siguiente en mi vida.
—Eh, ¿estás bien? —me preguntó Carolina al pasar por mi lado tras sacar a Liam de la piscina. No la miré. Tampoco respondí—. Zahara, ¿pasa algo?
Negué despacio.
No. No había ocurrido nada. O quizá sí.
Puede que acabara de entender algo sobre mí que llevaba años intentando descifrar.
Y es que durante toda mi vida había pensado que tenía un problema, algo que no iba bien y que me obligaba a abandonar las cosas demasiado pronto: la carrera, la siguiente carrera, los trabajos, los planes, los lugares…
Siempre acababa marchándome en busca de otra cosa. Lo que fuera lejos del compromiso y de las expectativas.
Pero quizá nunca había sido eso, puede que nunca hubiera huido en realidad.
A lo mejor solo había seguido caminando porque ninguno de aquellos lugares había conseguido convencerme de que merecía la pena dejar de hacerlo.
Hasta Londres.
Hasta Hartwell & Pages.
Y, sobre todo, hasta César.
—¿Seguro que estás bien?
Sonreí y me puse en pie.
César, al darse cuenta de mi expresión al caminar hacia el borde de la piscina, frunció el ceño y se acercó un par de pasos. Se incorporó para salir del agua, y yo me incliné para estar a su altura.
Y simplemente lo besé.
Delante de nuestras familias. A pesar de los silbidos y las expresiones de asombro.
—Gracias —le susurré al separarme.
César sonrió confundido.
—¿Por qué?
—Por todo. Por ti.
Y volví a unir nuestros labios.
Aquel día dejé de preguntarme cuál sería mi siguiente destino o mi próxima aventura. Porque, por primera vez en mi vida, no necesité seguir buscando.
Acababa de encontrar a la persona junto a la que quería quedarme.