29 Thank you #2
Cuando conseguimos llegar a mi casa, el sol ya calentaba desde bien arriba. César me pilló sonriendo al cruzar la cancela y frunció el ceño con curiosidad.
—¿Qué?
—Nada.
—Ya.
Le di un pico, afiancé el agarre de nuestras manos y nos acercamos a la terraza trasera.
—¡Ya era hora! —gritó Guille en cuanto nos descubrió.
—Pensábamos que ibais a aparecer para la cena —añadió África con una sonrisa descarada .
El calor me subió desde la mano que aún me unía a César hasta las mejillas.
—Qué exagerados sois.
—¿Exagerados? —replicó Diana—. Aquí los polis casi montan un operativo para ir en vuestra búsqueda.
Mi padre apareció entonces por la puerta de la cocina con una toalla de conejitos entre las manos. Nos miró a los dos, después bajó la vista a nuestros dedos entrelazados y asintió una sola vez.
—Aún queda algo de bizcocho de mamá en la cocina.
Y nadie hizo ningún comentario más ni preguntó nada.
Fue como si aquella imagen —la de César y yo entrando cogidos de la mano— encajase de una forma tan lógica que resultara absurdo señalarla.
Aunque aquello no significaba que me hubiera librado, claro. Conocía demasiado bien a mi familia como para creer semejante milagro. Solo estaban esperando el momento oportuno para acorralarme y someterme a un interrogatorio del que ni el CNI habría salido bien parado.
Las horas siguientes trascurrieron al ritmo de los envases de comida rápida que iban y venían entre las tumbonas a petición de los niños, gente entrando y saliendo de la piscina y conversaciones variopintas.
En algún punto, mientras iba hacia la cocina a por hielo, me encontré a César caminando por la planta baja con el teléfono pegado a la oreja.
—Sí, claro. Lo hablamos cuando vuelva… Gracias, Craig. De verdad —dijo en inglés.
Colgó y se quedó mirando la pantalla.
—¿Todo bien?
Levantó la cabeza hacia mí .
—Sí… Muy bien, de hecho. —La mezcla de sorpresa y satisfacción en su expresión despertó mi curiosidad—. Me han ofrecido un ascenso.
—¡No jodas! ¿En serio? —Él asintió, y la sonrisa se me amplió—. Eso es increíble. ¡Enhorabuena!
Me colgué de su cuello, y él me agarró de la cintura.
—Aún no es oficial, nos reuniremos en cuanto regrese.
—Vas a aceptarlo, ¿no?
—Tengo que revisar las condiciones, pero sí.
Lo abracé de nuevo.
Me alegraba mucho por él, muchísimo. Solo que, por algún extraño motivo, noté una presión bajo las costillas un pelín desagradable.
—Te lo mereces. Has trabajado un montón.
—Gracias.
Nos quedamos mirándonos. Y, antes de que mi subconsciente pudiera susurrarme nada más, tiré de su nuca para acercarlo y robarle un beso.
—¿Alguna vez te he dicho que eres guapísimo cuando sonríes?
Su expresión me hizo reír.
—Eh…, no.
—Pues lo eres. Además, te das un aire a Jacob Elordi que…
—¿Os presto mi nidito de amor, pareja? —preguntó Guille a mi espalda.
César hizo el amago de separarse, pero lo retuve y, sin dejar de mirarlo, le contesté a mi hermano.
—No me acuesto en ese colchón ni por todo el oro del mundo. A saber la cantidad de restos biológicos que cohabitan en él.
—¡César! —Escuchamos a Bruno desde el jardín—. ¡Vente, que vamos a jugar la revancha !
Él soltó una risa resignada.
—Yo esta vez paso —dijo Guille al darse media vuelta.
—Suerte.
—La voy a necesitar.
Me acerqué a su oreja y, tras besarle el lóbulo, le susurré un par de recompensas muy a la altura del esfuerzo. Necesité de todo mi autocontrol para no echarme a reír allí mismo ante su reacción.
Luego se pasó la lengua por el labio inferior y me pegó un poco más a él sin dejar de mirarme.
—Eso ha sido muy detallado.
—¿Tú crees? —respondí inocente y, tras pellizcarle el culo, me separé de él—. Pues ahora solo tienes que ganar.
Sonreí satisfecha cuando lo vi desaparecer por la puerta que daba al jardín mientras negaba con la cabeza. No tardé mucho en seguirlo.
Mi sobrina Abril había puesto música en su móvil, que se mezclaba con las risas y los gritos de los niños y las protestas exageradas de mis hermanos.
Me senté en una de las tumbonas con una lata de refresco entre las manos y me dediqué a observar el partido, que fue de todo menos limpio.
—¡Eso es falta!
—No hay faltas en este juego —respondió Bruno sin apenas aliento.
—¡Al agua con él!
No llegué a ver quién dio el primer empujón. Solo vi a César desaparecer en la piscina entre una lluvia de salpicaduras, para emerger un segundo después y apartarse el pelo de la frente con un movimiento muy hábil.
No sabía que un hombre pudiera salir del agua de una forma tan sexi. Ni que aquella boca pudiera ser tan sucia .
Cerré los párpados.
No. Definitivamente, había detalles que era mejor no recordar delante de toda mi familia.
Cuando los volví a abrir, los destellos del sol sobre el agua me obligaron a entrecerrarlos.
—¡Caballito! —gritó Beca y aprovechó para subirse a la espalda de César.
Biel levantó ambos brazos desde donde lo sujetaba Emma en el bordillo, y César miró alrededor, completamente rodeado.
—No podéis atacar todos a la vez.
—Sí podemos —respondió Olivia con una sonrisa idéntica a la de su madre.
Se le lanzó sin previo aviso al pecho y, cuando quiso darse cuenta, tenía a cuatro niños colgados encima mientras intentaba mantener el equilibrio entre risas.
No hacía tanto que aquel mismo hombre medía cada respiración, convencido de que, si bajaba la guardia, el mundo se volvería en su contra.
Ya no.
En aquel momento reía, pero de verdad, sin tensión ni esa pequeña rigidez que siempre escondía detrás de cada gesto.
Noté que alguien se sentaba a mi lado.
—¿No te unes? —me preguntó Leire.
Negué sin apartar la vista de la piscina.
—Quizá luego.
César desapareció bajo el agua por tercera vez en menos de un minuto mientras hacía malabares con Biel.
—Pobrecillo.
—Se lo está pasando bien.
—Seguramente.
Las dos sonreímos .