29 Thank you
«No se puede encontrar la paz evitando la vida». - Virginia Woolf
ZAHARA
No sé qué me sorprendió más, que César acabara de decir aquello o descubrir que lo había hecho sin titubear.
Lo miré fijamente, con las piernas rodeándole la cintura y las manos aferradas a sus hombros. Traté de encontrar algún indicio de que estaba bromeando, pero no lo encontré.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con César?
La carcajada grave que inundó el baño no me ayudó a calmarme.
—Has tenido meses para hacerte una idea equivocada de mí.
—Perdona, pero mi idea era bastante acertada hasta hace aproximadamente treinta minutos.
—Porque no podías leerme el pensamiento .
Abrí la boca con asombro, y él rio de nuevo mientras empezaba a caminar conmigo en brazos hacia su dormitorio.
—Ahora es cuando me dices que te encanta decir cochinadas mientras lo haces o algo así. —Me sostuvo la mirada y me apoyó el culo en el escritorio. Su silencio me puso bastante más nerviosa que cualquier posible respuesta—. César…
—¿Qué?
—Estás disfrutando muchísimo torturándome, ¿verdad?
—No tienes la menor idea.
Ahí estaba otra vez ese tono carnal y esa forma de mirarme. Aquel no era el César que conocía, en absoluto.
—Voy a denunciarte por publicidad engañosa.
—¿A mí?
—Sí. Esto era lo que escondías bajo tus trajes y esos jerséis de cuello alto, ¿no?
Se retiró un paso, se deshizo de la toalla y se quedó frente a mí como su madre lo trajo al mundo.
Virgen santa. Había que reconocer que Leire había hecho un trabajo espectacular. César siempre me había parecido guapo, pero desnudo, despeinado y con aquella seguridad recién estrenada resultaba absolutamente indecente.
Los ojos, por supuesto, se me fueron solos a esa gruesa erección que, de nuevo, desafiaba orgullosa a la gravedad.
—¿Te refieres a esto?
—Entre otras cosas, sí.
Se llevó la mano a la base y, con los labios entreabiertos, comenzó a moverla arriba y abajo con demasiada parsimonia.
Yo abrí un poco más las piernas, gesto que no le pasó desapercibido.
—¿Qué más?
—¿Qué ?
—Has dicho «entre otras cosas». —Volvió a acercarse hasta quedarse entre mis piernas—. Quiero saber cuáles.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Quieres que te haga una lista para que lo pases a tu Excel?
—No. En realidad quiero saber qué te gusta, Zahara. —Me sostuvo la mirada—. Y qué no quieres que haga.
Aquello consiguió borrarme parte de la sonrisa. Porque aquel hombre podía mirarme como si quisiera devorarme, dejar salir una versión carnal y desinhibida que no conocía y, aun así, seguir cuidándome incluso cuando parecía dispuesto a perder el control conmigo.
—¿Y si te digo que tienes bastante margen?
La comisura derecha se le elevó.
—Te pediría que fueras más específica.
—César, ¿te das cuenta de que soy lectora de novela romántica con spicy y diciéndome estas cosas solo vas a conseguir que piense cosas raras como que te excita que te echen cera por los pezones o algo así?
Soltó una carcajada.
—Puedes estar tranquila, no me quedan velas.
—Menos mal.
—Aunque me parece interesante que eso haya sido lo primero que se te ha ocurrido. —Bufé. Él me apoyó una mano en el muslo y, con la que había estado masturbándose, me abrió un poco más las piernas—. Si hay algo que no te guste, me lo dices, ¿vale?
—Lo mismo digo.
Aquella provocación lo hizo sonreír, aunque a mí se me esfumó la diversión de golpe cuando se dedicó a juguetear con la yema de los dedos entre mis pliegues y mi clítoris .
En algún momento dejé de intentar contener los gemidos, porque el muy maldito descubrió qué movimientos conseguían ponerme más cachonda y estaba decidido a disfrutar de su nuevo superpoder.
Cuando creí que moriría de gusto, se me acercó al oído, tanteó la entrada con la mano y murmuró:
—Voy a averiguar qué tengo que hacer para que acabes suplicándome que te folle, Zahara.
Y me penetró con dos dedos sin dejar de mirarme.
Apoyé las manos en el escritorio, regalándole una vista de mis tetas que no desaprovechó. Sacó la lengua, los lamió y luego me mordisqueó los pezones, y todo mientras no dejaba de entrar, salir y estimularme el clítoris.
Solo le hicieron falta unos ridículos segundos para que los sonidos de mi humedad y los gemidos rozaran el límite de lo vergonzoso.
—Joder —Se mordió el labio inferior con las mejillas enrojecidas—. Me estás empapando la mano.
—Dios, cállate.
—¿Seguro? Porque siento cómo te contraes a mi alrededor cada vez que te hablo —respondió muy pagado de sí mismo.
Para apoyar su teoría, hundió los dedos hasta el fondo y, sin sacarlos, comenzó a mover la mano a un ritmo rápido y preciso a la vez que me narraba, con todo lujo de detalles, qué pensaba hacer conmigo después—.
Creo que acabo de descubrir otra cosa que te gusta.
—No pares.
—No pensaba hacerlo —masculló con los dientes apretados—. Joder. Me vuelves loco, Zahara.
El roce y la presión de su palma en mi clítoris fueron más de lo que pude soportar y el orgasmo me alcanzó con tanta fuerza que tuve que aferrarme a su cuerpo para no perder por completo la cabeza.
César no apartó los ojos de mí. Ni las manos. Ni siquiera cuando conseguí recuperar el aliento y descubrí esa sonrisa que quise borrarle a base de orgasmos.
Lo agarré de la nuca, lo atraje hacia mí y lo besé.
César respondió al instante, todavía con aquella satisfacción insoportable pegada a la boca.
—Ahora verás.
—¿Me estás amenazando? —Se rio contra mis labios.
—Sí, justo eso. —Tuve la sospecha de que descubrir cada capa de aquella versión de César iba a convertirse en uno de mis pasatiempos favoritos—. Así que al final sí que te gusta decir guarradas, ¿eh?
—Tengo superávit de ideas después de pasarme tanto tiempo viéndote pasear por casa medio desnuda. No es mi culpa que seas una pequeña provocadora.
—Eres idiota.
—Ya.
Volví a besarlo para que se callara.
Cuando me separé, César seguía empalmado. Aunque, al parecer, no tenía ninguna prisa por ponerle remedio. Por el contrario, yo ya no estaba dispuesta a esperar más.
—Te necesito dentro de mí.
La diversión desapareció de su mirada para dejarle espacio al deseo, que creció con mucha más intensidad.
—Dímelo otra vez.
—¿Verme rogar es una de tus fantasías secretas?
—No. —Me agarró de la cintura y me atrajo hacia él. Su piel ardía—. Pero me encanta que me digas lo que quieres.
Sonreí con malicia y le tiré del pelo de la nuca para mordisquearle el cuello .
—Pues lo que ahora mismo quiero, lo que más deseo, es sentarme encima de ti y hacer que pierdas la razón —susurré y fijé la vista en él—. ¿Quieres que te folle, César?
Soltó el aire por la nariz en una especie de risa torturada, me cogió de nuevo en brazos y nos llevó hacia la cama. Me dejó sobre el colchón y se alejó unos pasos de espaldas a mí para buscar en su maleta.
Madre del amor hermoso. ¿También tenía que tener un culo espectacular? Qué maravilla de hombre por delante y por detrás.
Me habría quedado contemplando el espectáculo durante bastante más tiempo, pero César localizó un par de preservativos y se giró hacia mí.
Se quedó unos segundos frente a la cama, observándome de esa manera que empezaba a reconocer y que, con toda probabilidad, me causaría bastantes problemas mentales a partir de aquel momento.
—Ven aquí.
No necesité repetírselo. Tiré de él, y nuestras bocas volvieron a encontrarse. Y, antes de que pudiera acomodarse entre mis piernas, le arrebaté uno de los condones con una sonrisa traviesa.
Lo empujé para que apoyase la espalda sobre el colchón, le recorrí el pecho con los labios y dejé un camino de besos hasta su ingle. Sonreí cuando, al besarle la punta, su erección saltó contenta.
—Parece que alguien se alegra de verme.
—Mucho.
Deslicé el preservativo por toda su longitud bajo su atenta mirada y, al acabar, me senté sobre sus caderas y fui bajando poco a poco e introduciéndolo en mí.
—Joder —maldije, muerta de gusto .
—Mírame. No cierres los ojos, Zahara.
Sus manos se apretaron en torno a mi cintura y, una vez adaptados el uno al otro, comencé a moverme, despacio al principio y con más intención conforme nuestros gemidos crecieron.
—César…
—No pares —me pidió con las manos aferradas a mis caderas mientras subía y bajaba la pelvis para ir a mi encuentro—. Por lo que más quieras, no te detengas ahora.
Y no lo hice.
Él fue el primero en llegar al orgasmo con varios gruñidos graves, y yo lo seguí tras un par de movimientos más.
Con las piernas exhaustas, me dejé caer junto a él y me quedé allí tumbada, tratando de recuperar el aliento mientras él hacía lo mismo y trazaba un recorrido por mi muslo con la yema de los dedos.
Al cabo de unos minutos, giré la cabeza. César no había dejado de mirarme.
—¿Estás bien?
—Sí —contesté y me incorporé sobre un codo—. Aunque tengo una pregunta importante.
—Dime.
—¿Cómo leches has escondido todo esto tan bien durante tantos años?
César se echó a reír.
—Es parte de la cultura palusanus .
Solté una carcajada y me abracé a él. Le besé el hombro, y él me besó la sien.
—Y yo que creía que te daba igual verme pasear en sudadera y bragas por casa porque eras gay y resulta que luego utilizabas esas imágenes para tu propio beneficio.
César dejó escapar una risa y negó con la cabeza .
—Como sigas provocándome, no saldremos de la cama en todo el día.
—¿Eso es una amenaza, Navarro?
—No, Remo. Pero, como aparezcamos a la hora de comer, todos van a saber qué ha pasado.
—Ya saben qué ha pasado. Anoche dormí aquí y llevamos toda la mañana desaparecidos, no son tontos.
—Por eso mismo. —Se incorporó y me dio un beso rápido—. Vístete.
Resoplé y me quedé mirándolo con una sonrisa satisfecha mientras caminaba por el dormitorio con ese porte alto y atlético.
César era intenso y mucho menos comedido de lo que su colección de camisas blancas permitía sospechar. Sin embargo, lo que había terminado de desarmarme era la manera en la que me miraba y cómo podía pasar de decirme algo que me hacía arder y luego besarme con una delicadeza que me erizaba la piel.
Dios, estaba enamorada hasta los huesos de aquel hombre y de cada una de sus contradicciones.