Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 28 I feel you #2
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28 I feel you #2

Ella se dejó hacer, con la boca entreabierta y los ojos vidriosos. Le pellizqué el endurecido pezón, y Zahara replicó el gesto en mí. Nuestros gemidos hicieron eco en las paredes del baño, y aquello aceleró los siguientes movimientos.

—He imaginado esto más de una vez —reconocí en voz baja.

—¿El qué?, ¿que te pellizque los pezones? —Le mordí el labio inferior, y ella gimió en protesta—. Yo también he fantaseado con nosotros. Pero la realidad es muuucho mejor.

La atraje hacia mí y la besé de nuevo, con más decisión y menos contención. Su corazón latía casi tan deprisa como el mío, y nuestras respiraciones se mezclaban cada vez que nos parábamos a coger aire .

Apenas nos detuvimos entre un beso y el siguiente.

Zahara comenzó a moverse con más urgencia. La sujeté por la cadera, y ella respondió llevando una mano a mi erección.

El agua resbalaba por nuestra piel, pero yo apenas la sentía. Solo la notaba a ella; a su boca, a su lengua y a la forma en la que deslizaba arriba y abajo la mano alrededor de mi erección, de forma insegura al principio y más certera con cada movimiento de mi cadera al ir a su encuentro.

—Si sigues así, me voy a correr ya —murmuré, al borde de perder la cabeza.

—Disfruta, César.

No tuve tiempo de volver a advertirle antes de que sus labios se cerraran en torno a mi pezón. Eso, sumado a la presión con la que seguía bombeando con la mano, provocaron que me derramase sobre parte de su abdomen y muslo.

Bajó el ritmo sin llegar a detenerse, y yo no pude hacer más que mirar cómo mi orgasmo se escurría por su piel al contacto con el agua.

Levanté perezoso la mirada. Ella me observó y se mordió con fuerza el labio inferior.

—Ven aquí.

—No pienso irme a ninguna parte —le dije.

En cambio, me separé y me puse de rodillas delante de ella.

Alcé la vista para encontrarme con sus ojos. Seguían brillando igual que la primera vez que me besó en Londres, solo que ya no había cautela escondida detrás de ellos, sino la confianza que aporta ese nivel de intimidad .

Y la vi allí, tan gloriosa, con los labios sonrojados y entreabiertos, que no pude evitar enamorarme un poco más de esa versión tan valiente y a la vez vulnerable de ella.

De la mujer que había cruzado una urbanización solo para cuidarme y que, sin ser consciente, llevaba semanas enseñándome a bajar la guardia.

Le besé despacio el vientre, permitiendo que el agua cayera entre nosotros, a la vez que le acariciaba la parte posterior de las piernas con una calma que no sentía por dentro. Ella cerró los párpados y apoyó la sien contra los azulejos.

Cuando me colocó una mano en la nuca, le sonreí y le besé el pubis.

—Disfruta, Zahara.

—No se habla con la boca lle…

Acorté el escaso espacio que me separaba de su sexo, y ella contuvo el aliento.

Gruñí cuando mi lengua descubrió su sabor, picante y especiado; intenso y solo suyo. Un sabor que supe que reconocería el resto de mi vida.

Los dedos se le enroscaron entre mi pelo con una presión que me dejó claro el camino que quería que tomase.

Y lo tomé.

—¡César! —pronunció mi nombre casi sin aire cuando la abrí más contra mí.

La lamí, succioné y besé cada vez más desesperado. Y, cuando las piernas dejaron de ser suficiente apoyo para su cuerpo, la recosté contra la pared y continué devorándola hasta sentir cómo se deshacía entre mis brazos en un orgasmo que le arrancó unos cuantos y deliciosos gemidos.

—No me mires así —balbuceó con una sonrisa temblorosa cuando, un momento después, me separé.

—¿Así cómo ?

—Ya lo sabes.

Me tiró del pelo, y me incorporé hasta quedar otra vez frente a ella.

Busqué su boca antes incluso de terminar el movimiento, incapaz de soportar más de unos segundos sin besarla. Zahara respondió rodeándome el cuello con los brazos y pegándose a mí con una espontaneidad que me derritió.

Ya no hubo prisa, tampoco dudas. Solo esa necesidad constante e irrefrenable de sentir al otro cerca, de comprobar una y otra vez que aquello era real.

—¿Estás bien?

—Muy bien. ¿Y tú?

—Nunca había estado mejor.

Y lo dije de verdad.

No por el sexo. Tampoco por la intimidad. Es que ya no sentía la necesidad de esconder ninguna parte de mí, pues conocía las más oscuras, y, sin embargo, me había elegido.

Además, no se me había pasado por la mente que nada pudiera venir a estropear aquel momento. Solo lo viví; me permití disfrutar, tal y como ella me había pedido.

Sus manos volvieron a enredarse en mi cintura y las mías recorrieron su costado. La besé otra vez, ya con el hambre que nos había llevado hasta allí más saciada, y cogí el gel, que me vertí sobre la palma de la mano.

Zahara se dio la vuelta sin que se lo pidiera y se retiró el pelo. Le deslicé las manos enjabonadas por la espalda sin prisa, y ella dejó caer la cabeza hacia delante cuando le masajeé los hombros.

Después fue su turno, y obedecí cuando me hizo girar el cuerpo. Sus manos imitaron mis movimientos, y no pude evitar pensar en lo íntimo que me resultaba algo tan cotidiano al compartirlo con ella .

Al terminar, nos aclaramos con una sonrisa cómplice y algún que otro beso y salimos de la ducha.

Zahara se secó el pelo con la toalla mientras yo me enrollaba otra en la cadera. Nos cruzamos frente al lavabo y me besó la sonrisa.

Después se agachó para recoger el sujetador, y la vista se me fue a una gota que le descendió por la parte baja de la espalda hasta perderse en ese increíble trasero desnudo.

No me pude contener. Me acerqué por detrás y la agarré de las caderas.

—¿Adónde crees que vas?

Zahara se incorporó, y la atraje hacia mí para pegarle la espalda contra mi pecho.

—A vestirme.

—¿Para qué?

Le aparté el pelo hacia un lado y le besé el cuello.

—Para ir a…

—¿A dónde?, ¿a la cama? No te hace falta ropa para eso.

—¿Qué? No me… —Se detuvo una vez más cuando llevé las manos hasta sus pechos y los apresé con un gruñido de satisfacción—. César, estamos en tu casa.

Giró el cuello y aproveché para mordisquearle el lóbulo de la oreja.

—¿Ahora te entra el pudor? Te recuerdo que has invadido mi cama, te has desnudado delante de mí y me has masturbado hasta hacer que me corriese encima de tu cuerpo. Y luego yo te he…

—No es eso —me interrumpió y se mordió el labio—. Tus padres podrían volver en cualquier momento.

—Pues mala suerte.

—¿Qué ?

La hice girarse y la levanté sujetándola por debajo de los muslos. Zahara soltó una exclamación sorprendida.

—Que todavía no he terminado contigo. Y, para lo que tengo en mente, será mejor que tarden en volver.