28 I feel you
«Hay gente que nunca pierde la cabeza. Qué horrible debe de ser su vida…». - Charles Bukowski
CÉSAR
La primera sensación que tuve al abrir los ojos fue extraña.
No recordaba dónde estaba, el techo no era el de mi habitación de Londres y tampoco se escuchaba el rumor constante del tráfico al otro lado de la ventana ni el zumbido lejano de los autobuses atravesando la ciudad.
Solo el canto de algún pájaro y el frescor de una brisa cálida que se colaba entre las persianas.
Parpadeé varias veces hasta que los recuerdos de la noche anterior terminaron de colocarse en su sitio.
Solo entonces, giré la cabeza.
Zahara dormía atravesada sobre la cama, boca abajo y abrazada a la almohada como si fuese un peluche gigante.
El pelo rubio se le había rebelado durante la noche y formaba una maraña imposible que le cubría media cara.
Además, una pierna asomaba por debajo de la sábana —la misma sábana que me cubría a mí— y el brazo que no sujetaba la almohada colgaba por el borde del colchón.
No había absolutamente nada elegante en su postura. Aun así, nunca la había visto tan bonita y sincera.
Sonreí. Hasta hacía muy poco, la idea de compartir cama con alguien tenía un significado muy distinto para mí: expectativas, responsabilidades y la sensación permanente de no poder bajar la guardia. Dormía pendiente de la otra persona, de no molestar y de mantener una parte de mí siempre despierta.
Aquella noche, en cambio, había dormido de verdad. Sin sobresaltos, sin darle vueltas a nada y con la tranquilidad de saber que ella estaba a mi lado, cuidándome.
Aparté la sábana con cuidado para no despertarla y me incorporé despacio.
Antes de levantarme, no pude evitar retirarle un mechón de la cara. Zahara emitió un pequeño gruñido incomprensible, se abrazó todavía más fuerte a la almohada y siguió dormida.
Solté una risa muda mientras me colocaba la camiseta y salí de la habitación sin hacer ruido.
No tardé en darme cuenta de que la casa estaba completamente en silencio. La cama de mis padres estaba hecha, la cocina vacía y el salón también. Miré la hora y deduje que, con toda probabilidad, estarían desayunando en casa de los Remo.
Todavía podíamos llegar a tiempo si no nos demorábamos mucho.
Volví a subir y empujé la puerta del dormitorio despacio. Ella seguía en la misma postura imposible .
—Zahara… —No se movió. Me acerqué hasta la cama y me senté en el colchón—. Buenos días.
Nada.
Terminé apartándole otro mechón de pelo. Esa vez sí gruñó.
—Cinco minutos más.
—Creo que ya los has gastado.
Frunció la nariz sin abrir los ojos, y se me escapó una risa baja ante su expresión.
—¿Y mi café?
—¿Qué?
—En Londres siempre aparecías con un café en mi puerta.
Su voz sonaba tan dormida que apenas vocalizaba.
—Esta casa está sorprendentemente desabastecida. —Abrió un ojo, solo uno, y la miré divertido—. Lo siento.
—Qué decepción.
—Prometo compensarte.
Esa vez sí abrió también el otro ojo. Bostezó mientras se incorporaba despacio y entrecerró los párpados, valorando aquella oferta.
—Más te vale. —Me levanté para abrir el armario. La mayor parte de la ropa que había allí me quedaba pequeña, así que me centré en lo que tenía en mi escaso equipaje—. ¿Qué hora es?
—Las diez y veinte.
—¿En serio? —preguntó con un nuevo bostezo—. Hemos dormido más de doce horas.
—En tu casa ya deben de ir por el tercer desayuno.
—Y por el cuarto o quinto café.
Sonreí y saqué una camiseta gris junto a unos pantalones cortos negros.
—Voy a darme una ducha antes de ir .
—Vale —respondió con ese tono rasposo de quien aún no ha terminado de despertarse.
Me encerré en el baño tras escuchar cómo ella volvía a dejarse caer en el colchón con un resoplido y abrí el grifo de la ducha. Esperé hasta que el agua empezó a salir tibia y el vapor comenzó a empañar el espejo.
Me quité la camiseta, la dejé sobre el lavabo y después hice lo mismo con el pantalón. Acababa de agarrar la cinturilla de los calzoncillos cuando escuché un toque de nudillos al otro lado.
Fruncí el ceño.
—¿Sí?
La puerta se abrió despacio, y Zahara entró sin decir una sola palabra. Cerró tras de sí con toda la tranquilidad del mundo y, durante un instante, solo nos miramos.
—¿Qué necesitas? —pregunté, incapaz de ocultar la sorpresa.
Ella me respondió con una sonrisa ladeada, la misma que siempre componía antes de hacer algo que me descolocaba por completo, y se acercó hasta quedar frente a mí.
Esperé su siguiente movimiento. Lo que no me imaginaba era que se agarraría el bajo de la camiseta y se la sacaría por la cabeza sin el menor atisbo de pudor.
Me quedé sin respiración. Ella, al comprobar que seguía inmóvil, me rodeó la cintura con los brazos y alzó el rostro para mirarme.
—¿Sabías que en el baño ocurren más de la mitad de los accidentes domésticos?
—¿Sí? —grazné.
—Ajá. Y la verdad es que te veo un poco lento de reflejos. Me quedo más tranquila si estoy por aquí.
—Zahara, por favor …
—Vine anoche para cuidarte, ¿no?
Una risa incrédula se me escapó por la garganta.
—Eres un peligro.
—Sí, me lo dicen mucho.
Inspiré hondo y le acaricié la espalda. Ella respondió poniéndose de puntillas y acortando la distancia. Me besó, y yo la besé de vuelta. Y desde el primer roce con su boca olvidé que seguíamos de pie en mitad del baño.
Le pasé una mano por el cuello y la pegué más a mí, y ella sonrió contra mis labios.
—¿Qué?
—Ya no pareces el mismo que calculaba hasta dónde podía acercarse sin invadir mi espacio.
Gemí cuando se rozó contra mi erección y noté un calor subirme desde el pecho hasta la garganta.
—Supongo que ya no tengo tantas ganas de salir corriendo.
—Me alegro.
Aquellas dos palabras fueron apenas un susurro, pero significaron mucho más de las que pudiera decir a voz en grito.
Me sostuvo la mirada y me apoyó las manos en la cintura. Me besó de nuevo, más lenta y curiosa esa vez. Zahara no quería llegar a ningún sitio sin detenerse antes a descubrir cada recodo del camino.
Cada vez que sus labios o su lengua encontraban los míos, el cuerpo me respondía antes que la cabeza.
Le recorrí la espalda con los dedos, memorizando cada pequeña respuesta a mi contacto. Hasta que descubrí que tenía cosquillas en los costados cuando se estremeció bajo mis manos y dejó escapar una risa baja.
Sonreí, deslicé los dedos con más intención, y su carcajada fue instantánea .
—César, ¡para!
Trató de apartarse entre risas, y yo terminé sujetándola por la cintura para que no perdiera el equilibrio.
—Ten cuidado, en el baño ocurren más de la mitad de los accidentes domésticos.
Me dio un pequeño golpe en el pecho con la palma de la mano.
—No pienso volver a preocuparme por tu bienestar.
—¿Estás segura?
Me reí cuando volvió a pegarme y, un momento después, nos quedamos mirándonos en silencio. En todo ese tiempo, Zahara mantuvo los ojos fijos en los míos con una confianza que me desarmó.
—César, sé que somos completamente distintos y que quizá lo nuestro no sea fácil. Y te juro que llevo semanas buscando motivos que me convenzan de que esto es una mala idea, pero ninguno me importa lo suficiente como para no intentarlo.
La observé durante un par de latidos, consciente de que podría haber enumerado unos cuantos que quizá no había contemplado.
En su lugar, dije:
—Yo ya he dejado de buscarlos.
Se me quedó mirando. Cualquier pensamiento coherente desapareció cuando dirigió las manos al cierre del sujetador y este se le destensó sobre los hombros.
Olvidé cómo respirar en cuanto se deshizo de él mientras yo no le quitaba ojo, y luego hizo lo propio con los pantalones y la ropa interior. Al quedarse desnuda del todo, dejó caer ambos brazos a los lados y me invitó a que la observase sin reservas.
No mostró ni un ápice de vergüenza. Y me pareció espectacular la seguridad con la que se expuso por completo ante mí.
Zahara era preciosa, no entendía cómo podía ofrecerme toda aquella confianza sin pedirme que le demostrara nada. Así que entrelacé nuestros dedos y, mirándola fijamente, terminé de acortar la escasa distancia que aún quedaba entre los dos.
Cuando nuestras frentes volvieron a encontrarse, dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
—Hola —susurró.
—Hola.
—Ya puedes ducharte.
—Contigo poniéndomelo tan difícil va a ser complicado.
Sonrió de esa forma tan suya, mitad desafío y mitad ternura. Entonces, me buscó la cinturilla del calzoncillo y la bajó con suavidad.
Di un paso atrás cuando la prenda cayó a mis pies.
Sin decir nada, nos limitamos a contemplarnos desde muy cerca, casi con curiosidad. Como si, después de tantos años juntos y tras esas semanas aprendiendo a conocer nuestras heridas y debilidades, por fin nos tocara descubrir aquella versión del otro.
Toda la sangre abandonó mi cabeza para concentrarse en el único lugar que ella se había detenido a analizar. Zahara no disimuló la dirección de su mirada en ningún momento, al contrario, sin dejar de observar mi erección, se mordió el labio inferior.
—Interesante.
—Muy interesante —confirmé disfrutando de la visión de sus pezones endurecidos .
Me agarró de la mano y tiró de mí hacia la ducha. El agua cayó sobre los dos al mismo tiempo.
Zahara cerró los párpados al sentirla sobre la piel y, después, dejó escapar un suspiro de puro alivio. Algunas gotas se le quedaron prendidas en las pestañas cuando volvió a abrirlos.
Le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos, y ella apoyó la mano sobre mi pecho.
—Te tiembla el corazón —murmuró con una sonrisa.
—Es culpa tuya.
Deslizó el pulgar por mis pectorales, más como una caricia distraída que como un gesto consciente. Y levantó la vista cuando contuve la respiración al pasar por mi pezón.
Frunció el ceño con curiosidad, repitió el gesto con más intención, y gemí al notar la presión.
—Uhm… Interesante.
—¿Es tu palabra favorita del día?
—Sí.
Levanté una mano e hice el mismo recorrido en su cuerpo.