27 I’ll stand by you #2
Di un par de toques sobre la madera y la empujé con cuidado. Todo estaba en penumbra; la persiana estaba bajada hasta más de la mitad y por la ventana abierta entraba una corriente agradable que movía las cortinas blancas.
César estaba tumbado sobre la cama, con un brazo doblado bajo la almohada y el otro apoyado en el estómago. No llevaba camiseta, y su respiración era tranquila, aunque tenía el ceño fruncido.
Entré y me quedé junto a la puerta .
En Londres, su dormitorio estaba ordenado y tan impecable que parecía haber sido diseñado para que nadie pudiera deducir demasiado de la persona que dormía allí, pero aquel era completamente diferente.
En una de las paredes había fotografías: César de niño sentado sobre los hombros de Leo; Leire abrazándolo frente a una tarta de cumpleaños, y una imagen de los tres en la playa, con él todavía tan pequeño que le faltaban varios dientes.
Sobre el escritorio descansaban un par de medallas, varios libros con los lomos gastados y un portalápices que debía de haber fabricado él mismo en el colegio. En una esquina había un balón firmado y, sobre una balda, entre dos trofeos, un oso de peluche pequeño y bastante gastado.
Aquella era la habitación del chico que había crecido allí. La parte de César que nunca había cruzado la puerta de su piso de Sutherland Avenue.
Él se movió, abrió los ojos y tardó un par de segundos en enfocar la vista.
—¿Zahara?
—Hola.
Se pasó una mano por la cara.
—¿Qué haces aquí?
—Tu madre me ha dicho que te dolía la cabeza.
—¿Y has decidido allanar su casa?
Trató de incorporarse con una mueca de dolor. Se tumbó de nuevo sobre el colchón cuando saqué el llavero del bolsillo y lo levanté.
—Con llaves no cuenta como allanamiento.
—No estoy seguro de que la ley funcione así.
Su voz sonó más baja de lo habitual.
Me acerqué a la cama.
—¿Cómo estás ?
—Bien —mintió.
—Tienes una definición bastante extraña de esa palabra.
—Solo me duele un poco la cabeza y estoy cansado.
Me senté en el borde del colchón. Él se incorporó un poco para apoyarse contra el cabecero y cerró los párpados durante el movimiento.
—¿Has tomado algo?
—Sí.
—¿Y cenado?
Abrió un ojo.
—¿Es un interrogatorio?
— Sip .
—No. No he cenado.
—Deberías comer algo.
—Zahara, no voy a morirme por saltarme una cena.
—No hagas promesas que no puedas cumplir.
La comisura de sus labios se elevó unos milímetros.
—¿Te has compinchado con mi madre o qué?
—Qué va. No saben que estoy aquí.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros y miré hacia la ventana. El sonido del mar llegaba muy débil desde allí, apenas un rumor constante detrás de las casas.
—Les he dicho que iba a dar una vuelta.
Él dejó escapar el aire en forma de risa suave.
—Pues has dado una vuelta muy concreta.
Lo observé con más atención; tenía peor aspecto de lo que quería reconocer, la piel le lucía más pálida y una sombra de cansancio le oscurecía la parte baja de los ojos.
—Deberías haberte puesto una gorra en la playa.
—Gracias, mamá .
—De nada, cariño. ¿Quieres que te baje el osito de peluche? Igual abrazarlo te ayuda a sentirte mejor.
César siguió la dirección de mi mirada.
—No te rías.
—No me estoy riendo —rebatí conteniendo una carcajada.
—Mi madre se niega a tirarlo.
—Claro. Ahora la culpa es de ella.
Él miró al oso.
—La verdad es que yo tampoco he insistido demasiado.
—¿Tiene nombre?
Se produjo un silencio, y mi sonrisa se ensanchó.
—Tiene nombre.
—Y es…
—No importa. Era pequeño.
—¿Cómo se llama? Si no me lo dices, se lo preguntaré a Leire y quizá ocurra cuando estemos delante de todos mis hermanos.
César me sostuvo la mirada durante una eternidad.
—Pipo.
Hice un puchero cariñoso y volví a mirar el peluche.
Pipo había perdido parte del color original y tenía una oreja ligeramente torcida.
Era difícil imaginarme a César llevándolo de un lado a otro, durmiendo abrazado a él o negándose a separarse cuando alguien intentaba lavarlo.
Y, sin embargo, aquella imagen se coló dentro de mí, y me invadió una ternura inesperada.
—Me gusta —dije.
—Es un oso.
—Ya veo que tu capacidad descriptiva sigue intacta a pesar del dolor de cabeza.
—Y tu lengua sigue igual de afilada pese a haberte colado en mi habitación .
En cualquier otra ocasión me habría reído, pero el colchón cedió cuando César cambió de postura y mi rodilla le rozó el muslo.
El contacto fue efímero, pero fue suficiente para recordar que estaba sentada en su cama, que apenas nos separaban unos centímetros y que su cuerpo desprendía un calor muy agradable.
Sin pararme a pensar en lo que hacía, levanté una mano y le aparté el flequillo de la frente. Él se quedó inmóvil y cerró los párpados cuando le deslicé los dedos por la sien con cuidado.
—Tienes mala cara.
—Tú sí que sabes cómo hacer sentir mejor a los enfermos.
—No te flipes, solo es un dolor de cabeza.
Volví a pasarle los dedos por el pelo. Esa vez César cerró los ojos por completo y dejó escapar el aire lentamente por la boca entreabierta.
El gesto hizo que la tensión que sentía en el estómago fuera sustituida por una necesidad inesperada. Aquel César no era el que organizaba cada minuto de su día ni el que huía cuando algo lo aterrorizaba. Tampoco era el que reía a carcajadas en la playa.
Solo era César, tumbado en la habitación en la que había crecido, demasiado cansado como para fingir que no necesitaba nada.
Cada paseo, cada risa y cada gesto de aquel fin de semana habían ido derribando, uno a uno, los motivos que me repetía para seguir conteniéndome.
Pero cuando abrió los párpados y los fijó en los míos, las pocas barreras que aún intentaba mantener en pie entre nosotros, y que habían empezado a derrumbarse la tarde anterior mientras él me hablaba del niño que había aprendido a desconfiar de la felicidad, se vinieron abajo.
No quise seguir protegiéndome de él.
Quise dejar de pelear contra lo evidente.
Además, si tenía que volver a correr el riesgo de romperme, prefería descubrirlo besándolo que seguir fingiendo que aún podía mantenerlo a distancia.
Así que me acerqué sin prisas y mis labios rozaron los suyos en un beso suave.
No hubo urgencia ni rabia como en los anteriores. Ni la necesidad de demostrar nada.
César levantó una mano y me apoyó los dedos en la mejilla. Y respondió del mismo modo: suave y despacio. Como si ambos supiéramos que cualquier movimiento brusco podría romper esa conexión que acabábamos de encontrar.
Ninguno de los dos profundizó el beso. Cuando me separé, apoyó la frente contra la mía y su respiración me acarició los labios.
—Deberías dormir —murmuré.
—Eso estaba haciendo hasta que alguien entró en casa.
Sonreí y le acaricié la nuca.
—Llevas razón.
Empecé a incorporarme, pero los dedos de César se me cerraron alrededor de la muñeca antes incluso de que pudiera apartarme.
—Quédate.
Bajé la vista hacia su mano sobre mi piel y sonreí para mis adentros.
Él estaba dejando de esconderse. Quizá ya iba siendo hora de que yo también dejara de resistirme.
En lugar de responder, me quité las sandalias, recogí las piernas sobre la cama y me acomodé junto a él. César volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada sin dejar de mirarme, y mis dedos regresaron a su pelo de forma casi automática.
El gesto me recordó a Cintia aquella mañana, en la playa, enredando los dedos entre los rizos de Guille. Ese pensamiento conectó con otro y…
—África quiere mudarse a Hartwell & Pages —le conté.
—Lo sé.
—Cotilla.
—Hablabais bastante alto.
—Se supone que estabas leyendo.
—También puedo escuchar mientras leo.
—Claro. Por eso no has pasado de página durante diez minutos.
—¿Me estabas espiando, Zahara?
—Puede.
Una sonrisa cansada le apareció en la cara.
—Te gusta trabajar allí, ¿verdad?
—Mucho.
—Se nota.
—Lily hace que parezca fácil conseguir que la gente se sienta en casa.
César abrió los ojos.
—Tú también haces eso.
Mi mano se detuvo.
—¿Qué?
—Conseguir que la gente se sienta en casa.
La frase me golpeó en las entrañas.
Antes de que pudiera responder, volvió a cerrar los párpados.
—Estás delirando.
—Es posible.
—Mañana negarás que hayas dicho algo tan bonito .
Sonrió.
Al cabo de unos segundos, su respiración comenzó a volverse más profunda. Seguimos hablando, aunque cada vez tardaba más en contestar.
—Estoy segura de que duermes con Pipo.
—No tienes pruebas.
—Tampoco dudas…
Y ya no respondió.
Emitió un sonido que podría haber significado cualquier cosa y, un minuto después, dormía profundamente.
—¿César?
No contestó.
La tensión desapareció de su rostro y me fijé en que su mano descansaba abierta sobre la sábana, a unos centímetros de mi pierna desnuda.
Debería haberme levantado, haberle subido un vaso de agua y regresado a casa para dejarlo descansar. En lugar de eso, permanecí allí un poco más, solo para asegurarme de que nada lo perturbara.
No pretendía dormir, ni siquiera cerré los ojos al principio. Continué acariciándole el pelo mientras observaba cómo las cortinas se movían con la brisa.
Pensé en la playa. En Hartwell & Pages. En una pared color teja, un toldo de rayas y unas cristaleras que todavía no existían.
Y recordé a César diciendo que yo conseguía que la gente se sintiera en casa…
Apoyé la cabeza cerca de su hombro y dejé caer los párpados. Solo quería quedarme allí un rato más, con él.
Lo último que vi, antes de quedarme dormida, fue a Pipo observándonos desde la estantería, como si llevara años esperando a que su dueño dejara de dormir solo.