27 I’ll stand by you
«No hay nada más hermoso que la risa». - Frida Kahlo
ZAHARA
Dicen que la música amansa a las fieras. En mi familia, la comida tiene el mismo efecto.
La playa parecía haberse quedado dormida con nosotros.
Los niños habían caído uno detrás de otro, agotados por el baño, las carreras y el dichoso partido de fútbol.
Había cuerpos desperdigados sobre las toallas, bolsas abiertas, juguetes abandonados y una nevera portátil cuya tapa nadie se había molestado en cerrar bien.
A mi derecha, Bruno y Gabriel roncaban uno junto al otro, ocupando una toalla que claramente no había sido diseñada para dos hombres de su tamaño.
Diana y Rachel compartían otra; mientras Rachel leía con una mano, la primera permanecía tumbada de lado, con la cabeza apoyada sobre su muslo y los ojos cerrados.
Hans caminaba por la orilla con el bañador recogido sobre los muslos, las manos entrelazadas a la espalda y esa calma suya que hacía parecer que no estaba paseando por la playa, sino comunicándose con las mareas.
Y, a unos metros de mí, César leía con las gafas de sol puestas y la espalda apoyada contra una mochila. Se había colocado la camiseta para comer, aunque seguía teniendo las piernas cubiertas de arena y el pelo revuelto por el viento.
Inspiré hondo ante lo sencillo y a la vez especial del momento: una tarde cualquiera en Costa Serena; una de esas sobremesas lentas que antes me parecían interminables y que habría querido guardar dentro de un bote para abrirlo en Londres los días de lluvia.
Eché de menos a mis padres, aunque sabía que mi madre habría sido incapaz de permanecer sentada más de diez minutos. Estaría recogiendo chismes, repartiendo fruta o persiguiendo a alguien con un bote de protector solar en la mano.
Mi padre, por su parte, habría acabado durmiendo en medio de Bruno y Gabriel y después habría negado haber roncado.
—¿Por qué sonríes? —me preguntó África.
Aparté la vista del campamento improvisado.
Mi cuñada estaba sentada en un pareo de playa gigante frente a mí, con las piernas cruzadas y un sombrero que, con toda probabilidad, se podría ver desde el puerto de Orán, a más de doscientos kilómetros a través del mar.
Jugaba a las cartas con Alana mientras Cintia, a su lado, enroscaba los dedos en los rizos de Guille de forma distraída.
—Estaba pensando.
—¿En qué? —intervino Alana.
—En que echaba de menos esto .
—¿Echabas de menos escuchar a Gabriel y a Bruno intentando serrar un pinar imaginario? —dijo África.
El ronquido de uno de ellos se elevó por encima del rumor del mar.
—Especialmente eso.
Cintia sonrió sin dejar de acariciar el pelo de mi hermano, que dormía profundamente.
—¿Llueve tanto como dicen? —preguntó Alana.
—Más.
—No puedes quejarte. Siempre has dicho que te gusta el frío.
—Me gusta el frío cuando puedo mirarlo desde dentro de casa, con una manta y un libro entre las manos. No cuando el viento intenta arrancarme la cara mientras espero el autobús.
—¿Ya te has acostumbrado a vivir allí? —me preguntó Cintia.
Miré el mar antes de responder.
—Creo que sí.
—¿Y el trabajo? Cuéntanos qué haces cada día en la cafetería.
No pensé en el mostrador, en la máquina de café ni en las estanterías.
La imagen que se me vino a la mente fue la de Lily levantando la vista cada vez que sonaba la campanita de la puerta, el libro que había comprado alguien semanas atrás o cómo le gustaba el té a cada cliente habitual.
Les hablé de ella y de algunos clientes, como el hombre mayor que entraba los viernes solo para hablar con Lily durante diez minutos. Me encantaba bromear con ella y decirle que estaba loquito por sus huesos .
—Hay gente que viene todos los días. Aunque algunos ni siquiera compran libros. Entran, piden un café y se quedan un rato.
—El sueño de todo empresario: clientes que no compran.
—No es eso… —Intenté encontrar las palabras y miré hacia César, que continuaba concentrado en su lectura—.
Es como si supieran que allí pueden estar.
Sin más. Lily conoce a todo el mundo, sabe quién acaba de separarse, el que tiene un examen, quién está esperando que le respondan de un trabajo.
A veces alguien entra con mala cara, y ella le pone una taza delante antes de que se la pida.
—Vamos, como tu madre, pero cobrando —dijo África.
Reí.
—Más o menos.
—¿Y tú qué haces? —preguntó Cintia.
—De todo: cafés, ordenar, recibir pedidos… También recomiendo libros.
—Le durará dos semanas —masculló Guille, que al parecer no estaba tan dormido como creía.
Le lancé una pipa.
—Llevo más de dos semanas, idiota.
—Tu récord debe de estar temblando.
—Mi récord podría darte una paliza.
—¿Ves? —le dijo a Cintia—. Ha vuelto igual de cariñosa.
—A mí me cae bien —respondió ella.
—Porque todavía no la conoces lo suficiente.
—Te conozco a ti y aquí sigo.
Todas celebramos la respuesta, y Guille se llevó una mano al corazón.
Aproveché las risas para girar el cuello y pillé a César mirándome. Disimuló pasando una página de su libro .
Continué hablando. Les conté que Lily permitía que algunas personas dejaran libros ya leídos en una estantería para intercambiarlos.
Que, cuando cerrábamos, el local conservaba durante horas el olor del café mezclado con el papel y que había días en los que no parábamos y otros en los que podía sentarme junto a la ventana para leer unos cuantos capítulos mientras llovía fuera.
Y me di cuenta de que no estaba describiendo un trabajo sin más.
Hartwell & Pages era un lugar en el que me gustaba estar, un espacio en el que no necesitaba convertirme en nadie diferente cada mañana.
—Qué maravilla de sitio.
—Lily ha conseguido que lo sea.
—Ojalá hubiera algo así aquí —dijo África—. No saldría nunca.
—Te echarían —murmuró Alana—. Un negocio necesita rotación de clientes.
—Demos un aplauso a la empresaria del año. Pediría un café cada seis horas, ¿te vale?
Mi hermana se echó a reír.
—Estaría genial —dijo Cintia—. Una cafetería tranquila, con libros y tartas. Aquí no hay nada parecido.
Dejé vagar la vista hacia el mar y cerré los ojos. Sin saber muy bien de dónde surgió, la imagen de una pared de color teja, un toldo de rayas y dos grandes cristaleras llenas de libros se materializó frente a mí.
Apareció y desapareció tan deprisa que apenas tuve tiempo de sostenerla.
Me levanté mientras ellas seguían fantaseando y eché a andar hacia la orilla. El sol me calentó la piel y, durante unos minutos, me olvidé de cuántos días quedaban para volver a Londres ni cuál sería mi siguiente paso.
Aunque, cada vez que cerraba los ojos, volvía a aparecer aquella pared color teja.
Me había desplomado en mi cama al volver de la playa.
Me desperté dos horas después, con la marca de la almohada en la mejilla, el pelo endurecido por la sal y la sensación de haber sido atropellada por un vehículo pesado.
Necesité una larga ducha para volver a sentirme medio humana y, aun así, bajé a la planta inferior bostezando.
En la cocina, mi madre cortaba tomates, mis tíos desmoldaban una tarta de manzana, y Leire removía el contenido de una sartén. Papá y Leo estaban poniendo la mesa y debatiendo sobre si el ventilador de techo del salón tenía menos fuerza que el verano anterior.
—No se mueve más lento —dijo Leo—. Es que tienes más calor porque estás viejo.
—Eso no tiene ningún sentido. Además, tú eres mayor que yo. Te recuerdo que te jubilas en dos meses.
—Por eso lo sé .
Le di un beso a mi madre al pasar por su lado.
—Zahara, cariño, pon los cubiertos.
—No cuentes con César —comentó Leire y me esforcé porque nadie notara cómo se me arrugó la frente—. Le ha dado un dolor de cabeza bastante fuerte. Entre el calor y el sol… Se ha tumbado un rato después de tomarse un ibuprofeno.
—Mañana estará bien —intervino Leo—. Londres lo tiene desacostumbrado al sol.
Coloqué los cubiertos en la mesa y dejé de escucharlos.
El dolor de cabeza podría ser solo eso: calor, cansancio o demasiado sol. Además, César era adulto, sabía tomarse un analgésico, bajar las persianas y dormir. No necesitaba a nadie que fuera a comprobar cómo estaba.
Sin embargo, me acerqué al mueble de la entrada, abrí el cajón donde mi madre guardaba una mezcla imposible de pilas, bolígrafos y tickets , y agarré el llavero azul.
—Voy a salir —anuncié tras guardarlo en uno de los bolsillos de forma disimulada.
—¿Y la cena?
Miré hacia la encimera, donde Leire estaba colocando varios filetes de pescado en una fuente. La mujer levantó la vista y me observó con una expresión que no supe descifrar.
—No tengo mucha hambre.
—¿A dónde vas, cielo? —preguntó mi padre.
—A dar una vuelta.
Salí antes de que pudieran hacerme otra pregunta y terminase reconociendo a dónde me dirigía.
Hundí las manos en los bolsillos y avancé por la urbanización.
Llevaba semanas analizando cada palabra que César pronunciaba, así como cada silencio y mirada.
Medía cuánto podía acercarme sin volver a hacerme daño y buscaba señales de peligro incluso cuando él no estaba haciendo nada.
Sin embargo, aquella noche no había ningún motivo oculto dentro de mi cabeza, solo quería comprobar cómo se encontraba.
Al llegar, subí los dos escalones de la entrada y toqué con los nudillos en la puerta.
Esperé y, al no recibir respuesta, repetí el gesto y me incliné hacia la madera, a la espera de escuchar algo al otro lado.
Podía estar dormido, era lo más lógico. Y también lo más lógico era que me marchase y lo dejase descansar. En cambio, metí la mano en el bolsillo, rodeé el llavero con los dedos y…
—¿César? —lo llamé en cuanto abrí.
El recibidor estaba oscuro. Solo se colaba un poco de luz desde la ventana del salón.
Cerré detrás de mí.
—¿César?
Silencio.
Conocía aquella casa desde que era niña. Había corrido por su pasillo, escondido juguetes detrás del sofá y abierto aquella nevera cientos de veces sin pedir permiso. Sin embargo, subir las escaleras entonces me produjo la extraña sensación de estar entrando en un lugar distinto.
La puerta de su habitación estaba entreabierta.