Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 26 Beach #2
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26 Beach #2

Si necesitaba tiempo para procesar todo aquello, solo me quedaba respetarlo. Aun así, escucharla reír a mi lado hizo que respirar me resultara más sencillo.

Emma le tendió un gorro de tela celeste a su hermana.

—Pónselo, porfa.

—¿A Biel?

—No, a César, seguro que le queda monísimo.

Zahara falseó una carcajada.

—Muy graciosa.

Se acercó, se alzó de puntillas y colocó el gorro sobre la cabeza del pequeño. Sus dedos me rozaron el pectoral al ajustar la cinta bajo la barbilla del niño, y ninguno de los dos nos apartamos de inmediato.

—Te va a arrancar las gafas —me advirtió en voz baja.

—¿Y qué quieres que haga?

—Principiante…

Antes de que pudiera responder, me quitó las gafas de la cabeza y las enganchó en el escote de su biquini. Después, se alejó .

Me quedé mirándola. Biel, sin la distracción de las gafas, emitió un sonido de protesta y balbuceó algo que no comprendí.

—No pongas esa cara —le dije—. A mí tampoco me ha dado tiempo a reaccionar.

—¿Vas a quedarte ahí todo el día con el niño? —preguntó Bruno—. Necesitamos piernas largas.

—¿Para qué?

Levantó una pelota.

—Para ganar contra ellos. —Señaló a sus hijos, Salva y Brunito; a Kay; Nora, y Abril. La pandilla de adolescentes hacía estiramientos en su parte del campo y cuchicheaban entre ellos—. Tienes pinta de saber organizar una defensa en línea.

—No juego al fútbol desde el instituto.

—Te aseguro que no lo harás peor que Gabriel.

El aludido soltó una carcajada, y yo miré hacia la orilla.

El impulso de negarme llegó de inmediato. No es que no quisiera jugar, es que todavía llevaba las zapatillas puestas y la arena entraría dentro. Y que Biel seguía en mis brazos. Y que era más sencillo permanecer junto a las sillas que incorporarme a una dinámica que no controlaba.

Zahara apareció a mi lado y me quitó al niño.

—Ve.

—Puedo quedarme con él.

—Yo también. Soy su tía.

—No hace falta que…

—César. —Se dio media vuelta—. Ve a jugar.

Bruno lanzó la pelota en mi dirección. La atrapé con una mano antes de que me golpeara en el centro del pecho.

—Ya estás dentro —dijo.

Observé el balón y después a Zahara .

Se había sentado a un par de metros de mí y jugaba con el niño y mis gafas. Al notar que la miraba, giró el cuello y elevó ambas cejas.

—Voy a disfrutar de lo lindo viendo cómo hacéis el ridículo.

—No pienso hacer el ridículo.

Guille soltó una carcajada desde el campo improvisado.

—Eso es porque todavía no conoces las reglas.

—¿Qué reglas?

—¡Ninguna! —respondieron tres personas a la vez.

Dejé la pelota en la arena y me agaché para quitarme las zapatillas.

No tenía sentido intentar entenderlo. Probablemente tampoco lo tenía jugar. Pero, mientras caminaba hacia ellos y la arena húmeda se hundía bajo mis pies, decidí que podía soportar no saber qué iba a ocurrir durante los siguientes diez minutos.

Solo diez. Después ya vería.

Los adolescentes nos dieron un baño de realidad.

No importó que Bruno asegurara haber sido delantero en su juventud, que Rodrigo y yo midiéramos casi dos metros, que Guille fuera rápido con el balón o que todos conserváramos cierta dignidad atlética.

Kay corría como si tuviera un motor escondido en los pies, Salva y Brunito se coordinaban para estar en tres sitios a la vez, y Abril encontró un placer insano en humillar a su padre en cada oportunidad.

Perdimos por una diferencia que preferí no memorizar.

Acabé jadeando, con arena hasta en los bolsillos del bañador y una sensación bastante más satisfactoria de lo que habría imaginado al quitarme las zapatillas.

Mientras los más jóvenes corrían al agua para celebrar la victoria, los adultos se dejaron caer sobre las toallas entre quejas exageradas y promesas de revancha que nadie pensaba cumplir aquel día.

Me acerqué hasta donde estaba Zahara, ya sin el niño, y me apoyé las manos sobre las caderas a la vez que recuperaba la respiración.

—¿Qué tal?

Ella no respondió enseguida. Se colocó la mano a modo de visera y me recorrió el cuerpo de abajo arriba sin ningún disimulo: las piernas, el pecho desnudo y aún acelerado por el esfuerzo, los hombros cubiertos de una fina capa de arena, el sudor que me bañaba el cuello y el pelo revuelto.

Cuando llegó a los ojos, me ardía el cuerpo entero.

—Genial.

—¿Disfrutas de que hayamos perdido?

Fingió pensárselo.

—Ah, ¿te referías a eso? Sí, el partido también ha sido entretenido.

Una sonrisa se abrió paso en mi cara antes incluso de poder contenerla.

—Eres peligrosa.

—Y tú, muy fácil de sonrojar.

Justo cuando iba a responder, un puñado de arena me impactó contra la espalda.

Me giré con la zona dolorida a tiempo de ver a Salva y Brunito alejándose a la carrera mientras se morían de risa.

—¡Guerra! —gritó Abril desde la orilla.

—¡Ni se os ocurra! —advirtió Diana, demasiado tarde.

El segundo proyectil aterrizó sobre la mochila de Guille.

—¡Mi bocadillo! —se quejó y saltó de la toalla para correr hacia ellos—. Ahora veréis.

La batalla no tardó en extenderse por todo aquel rincón de la playa .

Otro puñado me dio de lleno en el brazo, y Zahara soltó un grito cuando uno le cayó sobre el pelo.

Nos miramos.

—¡Huye! —gritó ella.

No necesité que me lo dijera dos veces.

Corrimos entre carcajadas mientras esquivábamos proyectiles improvisados de aquel grupo de niños que había decidido que cualquier adulto era un objetivo legítimo. Bordeamos la orilla y utilizamos un bancal de rocas unos metros más atrás como parapeto.

Zahara se detuvo al saberse a salvo y se sacudió el pelo.

—Creo que tengo media playa metida entre el biquini y la coleta.

Sonreí y di un paso hacia ella.

Las voces y gritos continuaban llegando hasta nosotros mezcladas con las olas, pero ya no distinguíamos quién perseguía a quién ni quién protestaba porque le habían llenado la toalla de arena. Solo quedaba el eco de las risas y el rumor constante del mar.

—Quieta.

—¿Qué…?

Levanté la mano y deshice un pequeño montoncito de arena atrapado entre varios mechones a la altura de su sien.

Mis dedos le rozaron apenas el pelo mientras retiraba la arena, la brisa hizo el resto cuando le levantó algunos mechones que terminaron acariciándome los nudillos antes de volver a caer sobre su hombro.

—Ya está —susurré.

—Gracias.

—De nada.

Bajé la mano con cierta torpeza ante aquella repentina cercanía que ninguno de los dos deshizo .

El agua nos alcanzaba los tobillos en cada ola, refrescando el calor que había dejado el partido y la carrera.

—Te has reído. —Arrugué la frente—. Durante el partido.

—Supongo.

—No. —Negó con una sonrisa tan genuina que me quedé anclado en el movimiento de sus labios—. Estoy segura.

—Vale.

La miré sin comprender del todo por qué le daba tanta importancia. Ella clavó la vista en el horizonte antes de retomar el paso hacia su familia.

Bajé los ojos hacia la espuma que deshacía nuestros pasos.

—Ojalá pudieras ver cómo eres cuando no estás intentando contenerte todo el rato.

La frase se quedó atrapada entre los granos de arena y las conchas que resistían cada envite del agua.

—Y ¿cómo soy?

El viento agitó el borde de la camisa que seguía llevando puesta.

—Más ligero y natural —enumeró y su mueca traviesa me puso en alerta—. Y muchísimo más guapo y bastante menos insoportable. —Solté una carcajada, una de verdad, y ella sonrió satisfecha—. ¿Ves?

—¿Qué?

—Eso. —Me señaló la cara con un movimiento de barbilla—. Es una pena que pases tanto tiempo intentando esconder a ese hombre tan interesante.

No encontré ninguna respuesta.

Porque, mientras la observaba caminar con mi camisa moviéndose al ritmo del viento, comprendí exactamente a qué hombre se refería. No era alguien distinto. Era yo.

La versión de mí que llevaba demasiado tiempo intentando esconder .

Y, a la vez que el mar borraba nuestras huellas sobre la arena, descubrí que dejarlo salir se sentía… bien.