26 Beach
«Al final, lo que importa es cómo disfrutamos el camino, no cuánto nos aferramos a él». - Matthew McConaughey
CÉSA R
El maletero del coche de Bruno se abrió y una de las sombrillas me cayó directa sobre los pies.
—¿Preparados para un fantástico y nada agotador día de playa? —preguntó África desde algún punto detrás de mí.
Miré la funda alargada sobre mis zapatillas, después el interior del vehículo y, por último, la procesión de personas que avanzaba por la pasarela de madera, cargada con bolsas, sillas plegables, neveras y niños.
Sobre todo niños.
Había uno corriendo hacia la arena con un cubo enganchado en la cabeza, otro protestando porque quería llevar la colchoneta de flamenco él solo y otra que daba saltitos mientras intentaba convencer a su padre de que había visto un delfín.
—Eso era una gaviota, cielo —le explicó Bruno mientras sacaba una bolsa de tela de uno de los asientos.
—Las gaviotas no nadan, papá.
—Claro que nadan.
—Pero tienen plumas, y los delfines no. Eso era un delfín.
—Olivia, corazón, no voy a discutir contigo a las nueve de la mañana.
—Porque sabes que tengo razón —le rebatió la chiquilla y se dio media vuelta.
Bruno me tendió otro macuto sin mirarme siquiera.
—¿Puedes llevarlo tú? —Lo cogí sin pensar—. Gracias. Mi mujer, al parecer, ha decidido hacer una mudanza improvisada o convertirse en la dominguera del año por excelencia. Si dentro de un par de horas seguimos vivos, te invito a una cerveza helada.
Se colgó otras dos bolsas en un hombro y echó a andar tras los niños antes de que pudiera preguntarle dónde quería que dejase aquello.
El aparcamiento estaba desierto, y el sol apenas calentaba el asfalto. Más allá de la pasarela, la arena se extendía en una franja dorada y limpia que se oscurecía al llegar a la orilla, donde había una cama de algas que la marea había arrastrado al bajar.
—Emma, ¿necesitábamos una bolsa entera de juguetes? —le preguntó Diana a su gemela desde el coche de al lado.
—Claro, venimos con los niños.
—¿Y esa cesta?
—Es la comida de Biel.
—Em, tu hijo aún no ha cumplido ni dos años. ¿Pretendes cebarlo para las próximas navidades o qué ?
Jaime me miró mientras armaba el carro del niño y se encogió de hombros. Ambos teníamos claro que con los Remo era mucho más útil dejar de hacerse preguntas y limitarse a seguir la corriente.
Observé a mi alrededor.
El resto de la familia continuaba descargando los coches; Carolina trataba de colocar una mochila sobre los hombros de su marido sin despertar a Liam, que dormía en la tela de porteo en el pecho de Gabriel; Guille había amarrado la cuerda de una tabla de surf infantil a su muñeca y la volaba como si se tratara de una cometa mientras Beca, la dueña del objeto, corría detrás de él para alcanzarla, y Zahara cerró la puerta del coche de Alana y rodeó el vehículo con el pelo revuelto, unas gafas de sol a modo de diadema y una camisa blanca abierta encima del biquini.
Se bajó las gafas y echó a andar junto a su sobrino Kay, que a aquellas alturas ya le sacaba una cabeza. Cuando pasó a mi lado, giró el cuello en mi dirección.
Desde la noche anterior no habíamos vuelto a vernos ni a hablar demasiado, así que temí encontrar en sus ojos la dureza de los días anteriores. No estaba allí. Aunque tampoco la cercanía que habíamos compartido en Londres, antes del beso y de que yo lo estropeara todo.
Estábamos en un punto intermedio, una tregua demasiado reciente para confiar en ella.
—¿Esa es mi camisa?
El paso que estaba dando se quedó suspendido en el aire un instante antes de apoyar el pie en la arena. Bajó la vista hacia la prenda y, al volver a levantar la cabeza, la sorpresa ya había dado paso a esa media sonrisa desafiante que conocía demasiado bien.
—¿Esta? Puede ser .
—Tiene mis iniciales bordadas por dentro.
—Qué pijo eres. —Bajó las gafas de sol hasta la punta de la nariz para estudiarme por encima de ellas—. Pero, dime una cosa…, ¿no crees que me queda bastante mejor que a ti?
La recorrí despacio con la mirada.
La tela blanca le caía holgada sobre el biquini negro, y el viento jugueteaba con el bajo de la camisa, pegándola por momentos a su cuerpo antes de volver a soltarla.
Cuando volví a alzar la vista, me sonrió de medio lado.
Había querido que la observara, y los dos lo sabíamos.
—Sí. Sí que lo creo.
—¿Verdad?
No esperó mi respuesta. Me guiñó un ojo, se colocó otra vez las gafas en su sitio y echó a andar.
Caminé tras ella hasta la pasarela. La inclinación de las tablas y el peso de la bolsa me obligaron a concentrarme para no tropezar con Beca, que se había agachado a mitad del camino a estudiar algo entre las rendijas.
—Hay un bicho.
—Ten cuidado, cariño —le pidió Emma.
Miré al frente, al sitio donde Bruno acababa de soltar las bolsas.
El lugar no estaba mal elegido, aunque las sombrillas quedarían demasiado cerca de la orilla cuando subiera la marea. También convenía orientar las sillas desde el oeste para que, a partir del mediodía, el sol no nos diera de frente y…
—Despejemos el camino —pidió Rodrigo exagerando su tono autoritario de agente de la ley y se agachó a la altura de Beca—. Señorita, ¿sabe usted que está obstaculizando la única vía de entrada a la playa?
—Hay un bicho —repitió.
Emma asintió aguantándose la risa .
—Y sobrevivirá perfectamente sin que lo adoptemos.
—Entiendo —respondió él muy metido en su papel—. ¿Ha oído usted hablar de la ley que regula la tenencia de animales silvestres?
—No te he entendido, tito.
—Agente Santos, yo me encargo —le dijo Fabiola, que se agachó y sonrió a la niña—. Cielo, ahora estará asustado por el ruido que hemos hecho al caminar por la pasarela, pero luego nos venimos juntas y lo buscamos, ¿vale?
La niña se puso en pie de un salto.
—¡Sí! —Miró a su madre y gritó al echarse a correr hacia la orilla—. La tía Fabi es la mejor.
—Gracias, cariño. Yo también te quiero. —Emma se giró hacia su hermana menor—. Y a ti, tía Fabi, como la niña se empeñe en llevárselo a mi casa, te la mando hasta que el bicho muera.
Retomé el paso con una sonrisa y caminé por la arena con la silla golpeándome la pierna y la bolsa deslizándoseme por el brazo. Cuando llegué, Diana discutía con Zahara sobre la orientación de una sombrilla.
—Si la pones así, dentro de una hora no nos dará la sombra —dijo Zahara.
—Pues dentro de una hora la movemos.
—¿Y para qué vamos a hacer lo mismo dos veces?
Diana soltó la sombrilla, la miró y, acto seguido, me señaló.
—Llevas demasiado tiempo viviendo con él. —Zahara giró la cabeza hacia mí. Yo todavía sostenía la silla y la bolsa—. César, ni se te ocurra darle la razón.
—No he dicho nada —me defendí.
—Pero lo estabas pensando.
—La sombra se desplazará hacia ese lado.
Diana abrió los brazos .
—Perfecto. Ya tenemos al comité de urbanismo al completo.
Dejé la mochila junto a las demás y me alejé antes de terminar explicándoles que bastaba con inclinar ligeramente el mástil hacia el este para no tener que moverla después de comer.
Intercepté a Alana, que cargaba con una nevera y otra sombrilla, y la liberé de la carga.
—Ay, gracias.
Le sonreí en respuesta.
Cuando regresé, hundí el mástil en la arena y lo giré con movimientos secos. Después, enganché la parte superior, corregí la inclinación y comprobé que quedara firme.
Hice lo mismo con otras dos.
—Cuánta sombra. ¿Quién ha montado el chiringuito ? —preguntó Hans, que apareció arrastrando una colchoneta, dos cubos y una esterilla.
—César —respondió Zahara.
—Pues que se quede.
—No planeaba marcharme —dije.
—Mejor. Que a la hora de recoger siempre desaparece la mitad de la troupe .
—Porque algunos tenemos niños —se defendió Gabriel.
—Yo también tengo uno.
—El tuyo no cuenta, se está dando el lote con la novia en aquellas rocas.
Hans y Rodrigo, padres de ambos adolescentes, giraron el cuello hacia el lugar.
El primero sonrió relajado; sin embargo, el segundo no pareció tan divertido al dejar escapar un gruñido lastimero.
—Deberíamos hacer lo mismo, francesa —le dijo Diana a su mujer .
Rachel sonrió, aunque no aceptó su oferta.
Y, poco a poco, el campamento fue tomando forma.
Las toallas quedaron extendidas unas junto a otras, las neveras se colocaron bajo la sombra, Guille infló el flamenco rosa y descubrió que tenía un agujero, los niños se quitaron las sandalias y corrieron hacia la orilla a pesar de los gritos de tres adultos distintos que les ordenaron esperar, y Jaime trató de colocar a Biel en el carrito sin éxito.
El niño, que al parecer era aficionado a comer arena a dos manos, arrugó la cara y soltó un llanto indignado.
—Qué buena capacidad pulmonar tienes…
—Dámelo.
La frase me salió sin pensar.
Jaime se giró.
—¿Seguro?
—Sí.
Lo sacó del carro, me lo colocó en brazos con la misma confianza que su mujer el día anterior y se agachó a buscar un chupete dentro de la bolsa.
Biel dejó de llorar casi de inmediato cuando se lo puso.
Sus ojos recorrieron mi rostro, después la playa y, finalmente, la cuerda de mis gafas de sol. Cerró los dedos a su alrededor y tiró con una fuerza considerable para alguien de su tamaño.
—No —le advertí.
Él amplió la sonrisa de una forma preocupante.
—Va a pasar de ti —apuntó Zahara a mi espalda.
Me di media vuelta.
Se había anudado la camisa —mi camisa— y se estaba recogiendo el pelo. El biquini negro contrastaba con su piel y llevaba pequeñas motas de arena pegadas en una pierna.
—Eso parece .
—Tiene sangre Remo y Ventura, las normas le dan urticaria. —El niño volvió a tirar de la cuerda y, con ello, de mi cuello—. Suéltalas, Biel. Le harás daño a César.
Él la ignoró, Zahara se echó a reír al ver mi cara de circunstancias, y aquella escueta carcajada bastó para que la tensión se aflojara.
Desde el paseo de la tarde anterior, me había repetido una y otra vez que no debía esperar nada. Le había contado la verdad porque la merecía, no para utilizarla como una llave con la que volver a abrir la puerta que quizá ella ya había decidido cerrar.