Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 25 The reason #3
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25 The reason #3

—En Terra Mítica. No quisiste montarte en nada, te quedaste todo el tiempo con tu madre.

Su expresión cambió.

—Ya. —Asintió una vez. Fue entonces cuando lo vi todo desde una perspectiva muy diferente—. Puede que suene absurdo, Zahara. No es que crea que la felicidad sea algo que no merezco, pero comencé a temerla.

—No suena absurdo. En absoluto. —Aquella conversación no solo estaba cambiando la imagen que tenía de él, también estaba modificando todos mis recuerdos con él. El mar alcanzó nuestras zapatillas y retrocedimos a la vez—. ¿Por qué me explicas todo esto, César? ¿Por qué ahora?

—Porque me he dado cuenta de que, si sigo callándome, terminaré perdiéndote igualmente. Cuando te besé… —El corazón me golpeó con fuerza en el pecho al recordar ese momento en su dormitorio—. Fui tan feliz que…

—Te asustaste.

—Sí. Porque temí que, después de tantos años, él llegaría y lo estropearía todo. Y no me di cuenta de que lo estaba rompiendo yo solo.

La explicación fue tan sencilla y compleja a la vez que bastó para que mirase aquel beso desde el lugar en el que él lo había vivido. César fue feliz conmigo; no solo me deseó ni únicamente perdió el control, fue feliz.

—No es justo.

Él rio sin humor.

—No, no lo es.

—Podrías haberme hablado, César. Haberme dicho que tenías miedo, no que fue un error.

—No supe hacerlo. Solo sabía que no podía respirar.

Tenía que parar aquello, porque si no lo hacía iba a querer…

—Se detuvo—. Iba a querer todo lo demás.

Y, si con un solo beso me sentía así, ¿qué pasaría después?

—Dejó caer las manos a ambos lados de su cuerpo—.

Zahara, llevo toda la vida utilizando esto para mantener a la gente fuera, y no quiero hacerlo contigo.

Así de simple. Así de enorme.

El mundo no se detuvo tras su confesión.

Las olas siguieron llegando y el sol cayendo en el horizonte, pero dentro de mí…

la rabia seguía allí, no había desaparecido.

Tampoco el dolor, pero ahora ocupaban un espacio distinto en mi pecho.

Ya no tenía la forma de una pared, eran más bien piezas que no sabía cómo encajar y que necesitaba tiempo para ordenar.

—Entiendo por qué huiste, pero entenderlo no cambia cómo me sentí —admití—. Me besaste como si fuera lo único que querías en el mundo y después me hiciste creer que lo había malinterpretado todo.

—No interpretaste mal nada, Zahara.

—Pues así fue como me sentí.

Tardó en responder y, cuando lo hizo, su voz apenas era un susurro.

—Lo sé. Y daría cualquier cosa porque no hubiera sido así.

Mientras recuperaba el aire solo se escuchó el sonido de las olas rompiendo a nuestro lado.

Era posible que antes de aquella confesión hubiera intentado llenar el silencio, quizá con una discusión o una frase afilada para obligarlo a reaccionar.

Esa vez no lo hice. Porque empecé a entender que escucharlo no solo consistía en permanecer callada mientras él hablaba y yo esperaba mi turno. También era comprender todo lo que habitaba en sus silencios.

César había ido a buscarme.

Había caminado hasta allí sabiendo que podría rechazarlo .

También había confiado en mí y me había dicho cosas que, por la forma en la que se le quedaban atrapadas en la garganta, estaba segura de que pocas veces las había pronunciado en voz alta. Quizá nunca, de hecho.

Y yo, pese a que aquella conversación había cambiado la forma en la que veía a César, todavía necesitaba tiempo para procesar lo que todo aquello había removido en mí.

—No sé qué hacer con todo esto ahora —admití.

César asintió.

—No voy a pedirte que me perdones hoy. Solo necesitaba que supieras la verdad.

—No me digas lo que tengo que hacer, Navarro.

Un amago de sonrisa le tiró de las comisuras, y yo lo imité con mucha más intención.

—De acuerdo, Remo.

Miré hacia el paseo. El cielo había empezado a oscurecer, y las farolas se encendían una tras otra junto a la avenida.

—¿Volvemos a casa?

César asintió, y empezamos a caminar.

No hablamos más durante el camino de regreso, a pesar de que nuestras manos se rozaron varias veces. Ni cuando llegamos a la casa y vimos abierta la puerta de la cocina, desde donde llegaban las voces de nuestros padres.

Y, cuando todos levantaron la vista al vernos entrar juntos y Leire nos miró a uno y a otro y luego sonrió a su hijo con esa expresión de orgullo que le había visto innumerables veces, me entraron ganas de llorar.

—¿Todo bien? —preguntó Leire.

No sabía en qué punto estábamos y tampoco qué ocurriría entre nosotros al día siguiente. Pero César no se había quedado rezagado al cruzar la puerta ni había dejado entre los dos esa distancia invisible que imponía siempre. Estaba a mi lado, simple y milagrosamente a mi lado.

Durante años había creído que César mantenía las distancias con el mundo porque era frío o prudente.

Gracias a aquella conversación había entendido que lo que de verdad sentía era terror, y allí, delante de nuestras familias, comprendí que había salvado la distancia con el mundo solo para llegar hasta mí.

—Sí —dije y le sonreí cuando me miró sorprendido—. Todo bien.