Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 25 The reason #2
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25 The reason #2

—Durante años pensé que mi padre simplemente había sido un mal marido.

—Negó y apretó la mandíbula—. Luego crecí y comprendí cosas que de niño no podía entender, como que no necesitaba pegar a mi madre para maltratarla.

Antes y después de que yo naciera, consiguió convencerla de que no podía vivir sin él, de que nadie más iba a quererla y de que todo lo malo que ocurría era culpa suya.

Si ella se enfadaba, exageraba. Si desconfiaba, estaba loca. Si lloraba, era demasiado sensible.

—Joder —mascullé.

La rabia me recorrió tan rápido el cuerpo que tuve que apretar los dedos alrededor de la barandilla.

—Tenía otra vida, Zahara. Otra mujer y otra casa. Me llevaba varios días por semana, cuando mi madre trabajaba por la tarde, y después volvía con ella como si no hubiera pasado nada. A la otra mujer le contó que estaba separado y que compartían mi custodia .

Me costó entender cómo aquel hombre había sido capaz de hacerle aquello a Leire. Y más aún que un niño de esa edad hubiera crecido creyendo que todo aquello era normal.

—No sabía nada —susurré—. Debió de ser horrible, para ti y para tu madre.

—Sí, lo fue. No conozco todos los detalles, nunca se los he pedido, pero sí sé que lloraba mucho cuando creía que yo estaba dormido. Ahora sé por qué.

Giré la cara hacia el mar. Me dio la sensación de que mirarlo era demasiado invasivo para ese sentimiento que se le desbordaba por los ojos y que no sabía si él quería mostrarme.

No reconocía a Leire en aquella mujer que acababa de describir César.

La mujer que yo conocía siempre tenía una palabra amable, una sonrisa o un abrazo para cualquiera que cruzara la puerta de su casa. Y pensar que hubo un tiempo en el que alguien consiguió hacerle creer que no valía lo suficiente como para que nadie más la quisiera me revolvió el estómago.

—Leo apareció en medio de todo aquello. Nunca intentó ocupar el lugar de mi padre, y creo que precisamente por eso acabó convirtiéndose en él.

Durante un tiempo todo fue… normal. Mi madre se fue encontrando mejor poco a poco, y yo también.

No teníamos que pensar en él. Durante varios años no pudo acercarse a nosotros; estuvo en prisión por llevarme sin tener la custodia y por las lesiones de mi abuela.

Cuando salió, todavía tenía una orden de alejamiento y ya no conservaba ningún derecho sobre mí.

—Dios… No sé qué decir.

—La primera vez que regresó fue el día de mi Primera Comunión. —César me miró de forma directa—. Mamá no paraba de reír y llorar, supongo que de la emoción. Leo también estaba allí y la abuela. Y a mí me dolía la cara de sonreír porque llevaba toda la mañana posando para las fotos.

Una imagen tan absurda como tierna se me formó en la cabeza: la de César niño, con el traje de marinero y tan circunspecto incluso entonces; la foto que su madre tenía enmarcada en el salón.

—La ceremonia terminó y salimos fuera. Estaba corriendo y jugando con unos amigos mientras las familias se saludaban cuando un hombre se me acercó. Al principio no lo reconocí, pero luego me dijo «cómo has crecido, hijo».

—¿Y qué hiciste?

—Nada. —La respuesta fue inmediata—. Me quedé quieto, él me abrazó y se marchó antes de que nadie se diera cuenta.

No añadió nada más, aunque me pude imaginar el resto: el miedo, la impotencia, el cuerpo de César tensándose al saber que era él… Un día feliz partido por la mitad sin que nadie hubiera hecho nada para provocarlo.

Pensé en él. En el recuerdo de ese chico callado que siempre encontraba la forma de desaparecer cuando el resto empezábamos a armar escándalo.

—Ocurrió más veces. No siempre de la misma forma, pero cada vez que empezábamos a estar bien, aparecía.

César se separó de la barandilla y caminó hacia la orilla. lo seguí hasta que nos detuvimos sobre la arena dura.

De repente, recordé un día en particular. Yo debía de tener unos nueve o diez años, así que César tendría alrededor de quince.

Nuestros padres nos habían llevado a pasar el fin de semana a Alicante y, para entretenernos, decidieron comprar entradas para Terra Mítica.

Me quedé alucinada en cuanto atravesamos las puertas.

En el colegio acabábamos de estudiar el Antiguo Egipto, y yo llevaba semanas obsesionada con las pirámides, los faraones y el proceso de momificación, así que encontrarme de repente rodeada de columnas, jeroglíficos y estatuas gigantescas me pareció lo más parecido a viajar en el tiempo.

Debí de pasar la primera media hora señalándolo todo y explicándole a quien quisiera escucharme —y a quien no— cada dato que recordaba de clase.

El problema llegó cuando descubrimos las atracciones.

Yo quería montarme en todas. César, en ninguna.

La primera vez ni siquiera me extrañó. Se quedó con su madre sujetando las mochilas mientras los demás hacíamos cola. Pero cuando volvió a negarse una y otra vez, decidí que era oficialmente la persona más aburrida que había pisado nunca un parque de atracciones.

Cada vez que regresábamos empapados, despeinados o gritando alguna tontería, él seguía allí, cerca de su madre. A veces sentado, otras de pie, alguna vez hablando con Leo.

Incluso acompañó a los adultos cuando fueron a comprar unas botellas de agua.

—¿Para qué ha venido si no va a montarse en nada?

—Porque es un abuelo —contestó mi hermano Guille—. Bruno, ¡te echo una carrera hasta el Titánide!

—¡No os separéis! —les riñó Alana.

No le hicieron caso y, al ver cómo se alejaban, todos echamos a correr.

Todos, menos César, claro.

Aquello era lo que mi mente había conservado del recuerdo durante todos esos años. A ese César adolescente y serio que prefería cargar con las mochilas antes que divertirse con nosotros.

—Me pasé el día llamándote aburrido.

—¿Qué ?