Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 25 The reason
66%

25 The reason

«La valentía es como un músculo. Cuanto más lo usas, más fuerte se vuelve». - Shonda Rhimes

ZAHARA

Sonreí sin apartar la vista del vaso.

—Cotillas.

—Si una de nosotras hubiera estado dos meses en Londres viviendo con dos tíos buenorros, tú también estarías ávida de información —se defendió India.

—Hombre, ¡eso seguro! —secundó María.

—Sois insoportables, ¿lo sabéis?

—No hemos hecho nada —protestó Elena.

—No, claro. Solo lleváis toda la tarde intentando averiguar si me he montado un trío con César y Didier.

—Porque no nos lo cuentas.

—Es que no hay nada que contar —dije por enésima vez .

India entrecerró los ojos.

—Eso no se lo cree nadie. Llevamos toda la vida juntas, guapa, y sabemos cuándo no dices toda la verdad.

Negué con una sonrisa.

Estábamos sentadas alrededor de una mesa de plástico de la heladería de La Rueda, con los restos de varias tarrinas amontonadas en el centro.

A pocos metros, la gente paseaba por el paseo marítimo, unos niños correteaban de un lado para el otro, y el mar se extendía más allá de la barandilla, calmado y brillante.

Hacía meses que no pasábamos tanto tiempo juntas sin prisas. Sin que alguna tuviera que marcharse antes por el trabajo, por una cita, comida familiar o cualquiera de las responsabilidades que se habían instalado en nuestras vidas desde que habíamos dejado atrás la niñez.

Durante unas horas habíamos vuelto a ser las mismas locas de siempre. O casi.

India seguía interrogando a todo el mundo, María aún fingía que era la sensata del grupo, y yo continuaba esquivando las preguntas incómodas con una maestría difícil de igualar.

La única diferencia era que Elena formaba parte del grupo desde hacía un año y que ninguna de nosotras podía beber ya dos copas sin empezar a hablar de acidez.

Sí, la vida adulta era una estafa.

—No ha pasado nada.

—Y ¿por qué estáis cabreados?

—Porque es desquiciante. ¿Sabéis que guarda la ropa por colores?

—Ha venido a España detrás de ti.

Mierda, mi distracción no había surtido efecto.

—No te montes películas, India. Sus padres están pasando unos días en el pueblo y cogimos el mismo vuelo, eso es todo .

María apoyó los codos sobre la mesa.

—Zahara…

—¡¿Qué?!

—Te conocemos. Y a César también. Era de los pocos que llegaban a la hora que le decía su madre.

—Y el único adolescente que llevaba agenda.

Solté una risa incrédula.

—Ya apuntaba maneras, pero no os flipéis, no sois amigas suyas.

—No he dicho que lo seamos, pero lo conocemos de verlo por temporadas.

—¿Temporadas? ¿En plan serie de Netflix o qué? —Me carcajeé—. Por cierto, ¿habéis visto Juego y Pasión ? Qué enganche de serie, por favor. El prota está para lamerlo de arriba abajo.

Me llevé el vaso a los labios y contuve la sonrisa cuando mordieron el anzuelo. Las tres se pusieron a comentar la serie del momento y, por suerte, se olvidaron del interrogatorio.

En esas horas que habíamos pasado juntas había conseguido no pensar en César.

O no demasiado.

Habíamos hablado de Elena y de su nueva jefa, de María y ese empeño suyo por redecorar el mismo salón que su novio consideraba perfectamente funcional y de la reciente obsesión de India con hacer pilates de pared con unos vídeos de internet mientras su perro se tumbaba encima de la esterilla y se dedicaba a tirarse pedos apestosos.

Y me había reído. Mucho.

También había hablado demasiado alto, contado anécdotas de Londres sin medir cada palabra por miedo a que su nombre terminara apareciendo y, durante un rato, había vuelto a sentirme yo. Fue muy gratificante .

De repente, me di cuenta de que las chicas ya no hablaban ni reían.

India observaba con sorpresa algún punto en movimiento por encima de mi cabeza, la expresión de María también rayaba en lo cómico, y Elena estaba completamente quieta, con el vaso a medio camino entre la mesa y los labios.

—¿Qué pasa? —pregunté, y nadie respondió.

India se mordió el interior de la mejilla y me hizo un gesto con la cabeza.

Me giré. Y me quedé petrificada.

César estaba al otro lado del paseo, con unos vaqueros, una camisa blanca con rayas celestes y el pelo tan revuelto que hizo estragos en mi autocontrol. Tenía las manos dentro de los bolsillos y una expresión seria mientras sorteaba a la gente que caminaba entre nosotros.

—Vaya, vaya… —murmuró India.

—Cállate —dije sin mirarla.

—No he dicho nada.

César me encontró entre la gente, y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: le sonreí.

Fue una sonrisa pequeñita y estúpida que apareció antes de que pudiera recordar que seguía enfadada con él y que mis amigas no se perdían detalle de la escena.

Durante unos segundos pensé que estaba delirando, y no por aquel aspecto tan diferente al que lucía en Londres; eso era lo de menos. Lo alucinante era que César jamás había ido a buscarme.

Nunca.

—Buenas tardes —dijo cuando se detuvo junto a la mesa.

—Muy buenas… —respondieron las tres al mismo tiempo.

Su mirada pasó de una a otra antes de detenerse en mí.

—Hola .

—Hola —repetí, porque mi brillante capacidad para mantener conversaciones acababa de esfumarse.

Señalé a mis amigas.

—A María e India ya las conoces.

Él asintió.

—¡Hola, César!

—Cuánto tiempo… —añadió la otra.

—Yo soy Elena.

César las saludó con esa impecable educación que utilizaba cuando no sabía qué hacer con las manos ni con el resto del cuerpo.

—Encantado.

—Yo más —dijo Elena.

María le dio una patada por debajo de la mesa, pero no pude culparla.

César tenía la irritante capacidad de presentarse en cualquier sitio con una camisa sencilla y conseguir que pareciera el modelo de un anuncio justo después del rodaje.

—¿Quieres tomar algo?

—Gracias, María, pero venía a preguntarle a Zahara si le apetecería dar una vuelta cuando ter…

—Claro que le apetece —lo interrumpió India

—Por supuesto —secundó Elena.

—Pero…

—Nena, ya nos íbamos —María cortó mi negativa—. Que algunas tenemos perros y novios que atender.

Yo me limité a respirar para ver si la tensión que se me había instalado debajo de las costillas se pasaba.

Miré a las liantas de mis amigas y luego a César.

Y entonces me di cuenta de que estaba nervioso por la forma en la que no mantenía la mirada fija en un punto demasiado tiempo y por cómo jugueteaba con las manos en los bolsillos.

Inspiré hondo, agarré el bolso del respaldo de la silla y me puse en pie.

César dio un paso atrás para dejarme espacio.

—Hablamos luego.

—Sin prisa, ¿eh? Que se ha quedado una tarde estupenda para pasear hasta que anochezca —contestó India.

Entrecerré los ojos en un claro gesto de advertencia, y ella sonrió con fingida inocencia.

Me despedí y eché a andar junto a César.

Cruzamos el paseo entre pequeños grupos de chiquillos, alguna que otra bicicleta y parejas que paseaban mientras charlaban.

El sol empezaba a perder intensidad, aunque el calor se podía respirar aún en la arena.

César avanzaba a mi lado y miraba al frente con una concentración exagerada. Esperé. No quise ser yo la que rompiera el hielo aquella vez. Pasaron veinte segundos. Un minuto. Dos más… Y la impaciencia empezó a cosquillearme en la lengua.

Por suerte, la contuve.

Había sido él quien había ido a buscarme, así que le correspondía decidir qué decir y cuándo.

Llegamos a una parte del paseo donde apenas había gente. La barandilla desaparecía más adelante durante algunos metros y daba paso a un sendero de madera que descendía hacia la arena.

César redujo el paso, y me sobresalté cuando sus palabras rompieron la quietud del lugar.

—Sé que no puedes entender por qué actué así cuando nos besamos .

—Porque te arrepentiste.

Él negó con una sonrisa cansada.

—Zahara, no espero que me perdones después de lo que voy a contarte. Ni siquiera creo que lo merezca, pero necesito que entiendas por qué reaccioné así.

—Vale.

No añadí nada más. El ruido del paseo quedó atrás, ya solo se escuchaban las olas y nuestras pisadas sobre la madera.

Su nuez subió y bajó, y me dio la sensación de que iba a recular.

—Apenas recuerdo el tiempo que viví con mi padre biológico. Tengo imágenes sueltas, y no sé si son recuerdos reales o detalles que he reconstruido por lo que me contaron después —comenzó.

Su voz cambió. Seguía siendo firme, aunque ya no sonaba como cuando trataba de organizar el mundo para que encajara en un horario. Era más baja y lejana. Más vulnerable también.

Lo miré de reojo. Tenía la vista clavada en el mar.

Nadie nos había ocultado nunca que Leo no fuera el padre de César ni que Leire hubiera estado casada con otro hombre antes. Solo dimos por hecho que aquel tema era tabú, porque nadie hablaba nunca de ello.

—Recuerdo una casa que no era la nuestra, un sofá marrón, una mujer que me daba galletas y me sonreía, aunque no tengo nítida su cara; cada vez que intento pensar en ella, la imagen cambia. También me acuerdo de que mi padre le hablaba muy cerca y de que me dejaban solo a veces durante mucho rato.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

César sacó una mano del bolsillo y se pasó los dedos por la nuca, después apoyó ambos antebrazos sobre la barandilla que marcaba el final del sendero, y me coloqué a su lado.

—César, no tienes que …

—Me acuerdo a la perfección de un día en casa de mi abuela.

Estábamos en el salón viendo dibujos cuando sonó el timbre.

Ella fue a abrir, y al poco escuché voces y me asomé.

La abuela estaba tirada en el suelo, y él estaba allí.

—Cerró los ojos—. Yo era muy pequeño, tenía unos cuatro años y no entendía qué estaba pasando, solo sabía que ella no se levantaba y que mi padre me cogió del brazo.

Después de que me sacara de la casa, solo recuerdo a mi madre llorando y a Leo abrazándonos.

No sé cuánto tiempo pasó entre una cosa y otra, aunque me dijeron que unas cuantas horas.

Lo miré y me di cuenta de que la tensión se había adueñado de su mandíbula.

Quise acercarme, ponerle una mano en el hombro o en el brazo en señal de apoyo. No lo hice, y no porque no quisiera tocarlo.