24 Surrender #2
—No sé si… Ella es distinta. Hace las cosas sin pensar, dice lo primero que se le pasa por la cabeza, consigue que todo el mundo se ría. —Sonreí sin querer—. No es solo que fantaseara con besarla o tocarla, es que empecé a imaginar cómo sería despertarme con ella cada mañana.
—Eso no tiene nada de malo, César.
—¿Sabes? Podía convencerme de cualquier cosa mientras estaba lejos de ella. El problema era tenerla delante. Y, cuando entró en mi habitación con ese camisón, no…, no pude evitarlo. Dejé de luchar contra ello. Y luego me separé, le dije que había sido un error y…
—¿Un error?
—Lo sé. Es una palabra horrible, soy consciente de ello.
—No se lo tomaría muy bien.
Solté una risa sin humor.
—Pues no.
—¿Y qué quieres hacer al respecto ?
Esa era la cuestión, que lo que quería hacer iba en contra de lo que me exigía mi instinto de supervivencia.
—No quiero volver a hacerle daño, pero tampoco sé cómo evitarlo. Cada vez que todo empieza a ir bien, mi padre se encarga de estropearlo tod…
Me callé de inmediato al ser consciente de cómo se le arrugaba la frente.
—¿Tu padre?
—Mamá, no…
—No me lo puedo creer. —Negó con la cabeza al ver cómo le rehuía la mirada—. ¿Te refieres a Alfonso?
Guardó silencio, a la espera de que lo aclarase. No lo hice.
Aquello llevaba años guardado en un rincón de mi cabeza; me había convencido de que dejar de remover el fondo era la mejor forma de mantener el agua en calma. Sin embargo, el barro seguía allí, aunque yo me esforzara en ignorarlo.
Me mordí el labio inferior sin saber cómo continuar la conversación.
—No quería hablar de él.
—¿Sabes qué es lo que más rabia me da? Que siga teniendo tanto poder sobre ti.
—Mamá…
—No. Escúchame, por favor —me interrumpió con un tono que jamás utilizaba conmigo—. Ese hombre lleva años sin formar parte de nuestras vidas. Años, César. Y, aun así, sigue tomando decisiones por ti.
—No es verdad.
—Lo es —me contradijo, y el aire se me atascó en los pulmones cuando la culpa me mordisqueó las entrañas—.
Ya no eres un niño, César, y sé que puedes comprenderme.
Para mí no fue sencillo levantarme cada mañana pensando que podía volver a aparecer.
Ni fue fácil confiar de nuevo en alguien o criarte intentando que crecieras sin miedo.
Pero me dejé la piel en ello precisamente para que fueras libre, para que no contaminase tu vida.
—Perdóname, mamá. No quería que volvieras a preocuparte.
Ella negó y me miró con gesto serio.
—¿Por qué has dicho que cada vez que todo empieza a ir bien él se encarga de estropearlo?
Sentí tal nudo en la garganta que necesité cerrar los párpados.
—Mamá, no quiero que…
—¿Me preocupe? —terminó ella por mí con una entereza que me resultó mucho más contundente que un grito—. César, llevo casi treinta y un años siendo tu madre. Déjame decidir a mí por qué tengo que preocuparme y respóndeme.
De repente, el aire que entró por la ventana me resultó mucho más frío y desagradable.
Durante años me había repetido que callar era la mejor forma de protegerla.
De protegernos. No quería que el brillo en los ojos de mi madre se volviera a apagar.
Ella ya había cargado demasiado tiempo con las consecuencias de los actos de su exmarido como para obligarla a revivirlos una vez más por mi culpa.
Aunque entonces fui consciente de que aquel silencio, aquel secreto, también nos había separado.
—Él volvió, mamá. —Ella no se movió. Ni siquiera pestañeó—. Aparecía y desaparecía. A veces pasaba años sin saber nada de él y, cuando por fin pensaba que ya había terminado, volvía a presentarse.
—¿Desde cuándo?
—Desde que tenía nueve años. —El color desapareció de su cara.
Cerró los párpados, y los míos comenzaron a escocerme—.
A veces solo era una llamada; otras, pasaba cerca del colegio y me hablaba por la valla del recreo.
Ese año fue el peor… ¿Te acuerdas de cuando Leo nos llevó al Castillo de Santa Bárbara el día de tu cumpleaños?
—Sí. Claro que lo recuerdo.
—Lo vi cuando salimos del piso. —Mi madre palideció todavía más—. No hizo nada. Ni siquiera se acercó. Solo se quedó junto al buzón del otro lado de la calle, pero me pasé todo el día convencido de que nos había seguido.
—Por eso vomitaste. —Su voz apenas fue un susurro—. Pensamos que te había sentado mal el desayuno. Leo tuvo que sacarte en brazos de uno de los baños y nos volvimos a casa.
Bajé la vista.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? —Negó con la cabeza—. César, ¿por qué nunca me dijiste nada?
—Porque quería protegerte —reconocí con un nudo en la garganta—. No quería que llorases más por las noches ni que te pasaras semanas pendiente de cualquier coche que frenara delante de casa.
Se levantó del taburete y acortó la poca distancia que nos separaba. Sus brazos me rodearon antes incluso de ser capaz de reaccionar.
Hacía mucho tiempo que no me abrazaba así, como a su niño pequeño. Y bastó aquel gesto para que toda la tensión que llevaba años sujetando sobre los hombros empezara a resquebrajarse.
Cerré los ojos con fuerza cuando se me humedecieron.
No lo impedí, hacía demasiado tiempo que no me permitía dejar de ser fuerte .
Permanecimos en silencio, con la frente apoyada sobre su hombro, mientras me acariciaba el pelo igual que hacía cuando era pequeño.
—¿Y quién te protegía a ti, cariño? —susurró.
Aquella pregunta me dejó sin respuesta. Mi madre respiró hondo antes de separarse unos centímetros para poder mirarme.
Encontré tristeza en su expresión, pero ni un solo reproche—.
Me dijiste que estabas bien, que no querías seguir yendo a la psicóloga porque ya no lo necesitabas… Y yo te creí.
—No es tu culpa, mamá.
Ella me elevó la cara y me limpió las lágrimas con los pulgares.
—César, dejar de hablar de algo que nos duele no hace que deje de doler ni de existir.
—Lo sé. Ahora lo sé. Y lo siento.
Ella me besó la mejilla y me sonrió.
—¿Sabes qué veo cuando te miro? A un hombre íntegro y bueno. Pero también a alguien que lleva demasiado tiempo tomando decisiones para que no le vuelvan a hacer daño. Pero eso no siempre funciona, César. Y menos con el amor.
—Dudo que Zahara sienta lo mismo.
—Descúbrelo. No puedes cambiar lo que le hiciste, pero sí tienes que explicarle por qué huiste; por qué te asustaste cuando entendiste lo que sentías por ella.
Mi madre acababa de descubrir que llevaba más de veinte años enfrentándome en silencio a un fantasma que ella creía enterrado. Podría haber seguido haciéndome preguntas, haber llorado o haberse enfadado por mi falta de confianza hacia ella.
En cambio, estaba dejando todo aquello a un lado para ayudarme a no perder a la mujer de la que me había enamorado .
Para ayudarme a ser feliz.
«Es lo que lleva intentando toda su vida, solo que tú no la dejabas», me dijo la voz de mi conciencia.
—Gracias, mamá.
—No me las des.
—Ne… necesito pedirte una última cosa.
—Por supuesto, cariño. Lo que sea.
—No cuentes nada de lo de Zahara.
Me miró con sorpresa, y la entendí.
Nunca le había pedido que le ocultara nada a su pareja, jamás había hecho falta. Él siempre había formado parte de nosotros, de nuestros problemas y, casi siempre, también de las soluciones.
Sin embargo, aquello no podía convertirse en un asunto familiar. Si conseguía arreglar las cosas con Zahara, quería que fuera porque había sabido hacerlo yo. Y, si no lo conseguía, tampoco quería que ella cargara con el peso de sentirse expuesta.
—¿Ni a Leo?
Respiré hondo.
Si había algo por lo que merecía la pena enfrentarse a todo aquello era por ella.
—Ni a Leo. Pase lo que pase, no quiero que Zahara esté condicionada por su familia.
Mi madre me sostuvo la mirada y, un momento después, asintió.
—De acuerdo.
—Te quiero.
—Y yo a ti. Y no olvides que estoy aquí, César. —Me dedicó una sonrisa y le tembló la barbilla—. Siempre que lo necesites, estaré aquí .
Y así mi madre me hizo descubrir a mi edad que compartir el peso de los problemas no los hacía más grandes, sino más llevaderos.
El miedo seguía ahí, probablemente seguiría acompañándome durante mucho tiempo, la diferencia era que ya no me encontraba solo frente a él.
Ya no estaba condenado a obedecerlo.
Ahora era yo quien iba a decidir.