Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 24 Surrender
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24 Surrender

«No he fracasado. He encontrado diez mil maneras en las que esto no funciona». - Thomas Edison

CÉSAR

Cada vez que la observaba podía sentir sus dedos apretados contra mi camiseta. Y cada vez que Zahara me miraba sabía que ella también lo estaba reviviendo con la misma intensidad.

Estaba sentada frente a mí, al otro lado del sofá, escuchando a medias una conversación entre Estrella y Alicia sobre una anécdota de esa misma mañana en el mercado. Asentía cuando correspondía, sonreía alguna vez, incluso soltó una carcajada cuando Leo hizo un comentario que no llegué a escuchar.

Pero a cada rato levantaba la vista y la fijaba en mí. Y, pese a que las primeras dos veces me evitó, ya no rompía el contacto de inmediato. Al contrario, me retaba en un pulso visual en el que me quedó claro desde el principio que yo estaba en clara desventaja.

Tampoco me importaba perder contra ella, la verdad.

No sabía qué había cambiado exactamente durante aquel beso. Seguíamos sin hablar, Zahara aún tenía razones más que suficientes para estar enfadada conmigo, y yo continuaba sin saber cómo arreglar del todo la situación.

Sin embargo, la tensión que había entre nosotros ya no se parecía a la de las semanas anteriores. Antes había una pared fortificada, pero el beso de esa mañana había abierto una pequeña grieta que…

—¿Hijo?

Aparté los ojos de Zahara y descubrí a mi madre sosteniendo un teléfono delante de mí.

—¿Qué?

—Te lo has dejado en la cocina.

Lo agarré, ella se sentó y me observó durante un instante demasiado largo. Sabía lo que aquella expresión significaba: había notado que intentaba esconder algo.

Bajé la vista al teléfono y revisé las notificaciones sin prestar atención en realidad a la pantalla y sí a mi alrededor.

A mi derecha, Fede les explicaba a Leo y a Adriel que sospechaba que el soporte de la pared del gimnasio no aguantaría el peso del toldo nuevo.

—Lo hemos reforzado dos veces —protestó Adriel.

—¿Recuerdas la estantería de la sala de arriba? Dijiste que estaba a nivel.

—Estaba a nivel.

—Se cayeron ocho botes de proteína encima de Müller.

—Y estoy seguro de que lo disfrutaste un poquito —lo picó Leo—. Hans nunca ha sido santo de tu devoción.

—Bobadas .

—Ningún hombre es demasiado bueno para sus hijas —intervino Estrella.

Mis ojos se clavaron en Zahara, que se llevó el vaso a los labios para ocultar una sonrisa mientras no dejaba de taladrarme con esas esferas celestes.

—¿Y ellas? —me escuché decir.

—Eso —secundó Zahara—. Con Cintia, África y Rachel no tienes tanto problema, papá. Quizá deberías darle una pensadita, ¿no?

Fede se puso en pie y negó con los brazos en jarras.

—Primero: quiero a todos mis yernos por igual. Segundo: Estáis diciendo sandeces.

—¿Y tercero?

—Que me voy a la cocina porque tengo hambre.

Nos echamos a reír ante su tono categórico, y hasta él se alejó sonriendo. El sonido de un teléfono interrumpió el momento. Zahara bajó la vista hacia la pantalla que acababa de iluminarse sobre la mesa de centro.

—Es el mío.

Se levantó mientras aceptaba la llamada y se alejó unos pasos hacia la entrada en busca de intimidad.

Nadie pareció darle demasiada importancia. Yo, en cambio, no conseguía dejar de mirar hacia la puerta.

Desde donde estaba podía verla caminar despacio junto al recibidor, con una mano se recogía el pelo y asentía, sonreía y negaba con la cabeza de vez en cuando.

Mientras la seguía con la mirada me olvidé de respirar. Entonces, en uno de sus paseos, fijó la vista en mí y, tras hacer una pausa, habló de nuevo y terminó la llamada.

—Me voy.

Estrella la miró con el ceño fruncido.

—¿Y eso ?

—He quedado con las chicas.

—¿No te esperamos para comer, entonces?

—No, mamá. Iremos a La Rueda —dijo Zahara mirándome a mí—. Necesito despejarme.

Capté el mensaje a la primera.

No necesitaba despejarse de Costa Serena ni de su familia. Necesitaba alejarse de mí. Y no podía reprochárselo.

—¿Vas andando? —preguntó su padre.

—No. Me recoge María.

—Perfecto. No vuelvas muy tarde.

Zahara puso los ojos en blanco.

—Papá, soy mayorcita.

—Y yo más.

Ella resopló con una sonrisa y se acercó a él para darle un beso que ablandó al enorme hombretón. Después se despidió del resto y, cuando llegó a mi altura, contuve la respiración.

—Hasta luego, César.

—Pásalo bien.

Ninguno de los dos añadió nada más, pero, al darse la vuelta, las yemas de sus dedos me rozaron de manera fugaz un hombro. Fue un gesto tan insignificante que cualquiera habría pensado que había sido casual. Cualquiera menos yo.

Cuando la puerta se cerró a su espalda, tuve la sensación de que la casa acababa de quedarse un poco más vacía, y no solo por lo obvio.

—Bueno —anunció Fede, dándome una palmada en la espalda—. Antes de perder a otro ayudante, ¿qué tal si vamos a montar ese toldo los cuatro?

Salimos hacia el gimnasio.

El sol caía con fuerza y el calor empezaba a apretar de verdad.

Entre las bromas de Leo, las instrucciones imposibles de entender por parte de Adriel y el hecho de que Fede hubiera comprado un toldo de una medida diferente al soporte, tardamos bastante más de lo que él había pronosticado en dejarlo instalado.

De hecho, tuvimos que hacer una pausa para comer cuando el tiempo se nos echó encima y nos dieron casi las cinco de la tarde cuando acabamos.

—Ha quedado genial.

Leo ladeó la cabeza.

—Si no lo miras de frente, sí.

—Puedes obligar a todo el mundo a entrar de espaldas —añadí.

Fede me señaló con el trapo.

—Tú antes me caías bien.

Sonreí sin dejar de mirar el toldo. Era cierto que tenía un lado más bajo que el otro, pero Fede lo contemplaba con las manos en la cintura y una sonrisa de orgullo que daba la impresión de que acabábamos de terminar una obra de ingeniería aeroespacial.

Me limpié las manos en un trapo y vi que mi madre se acercaba.

—Voy a casa a ducharme —le dije cuando llegó a nosotros.

—Te acompaño. Aún tengo que colocar la compra de esta mañana.

Asentí, cogí las bolsas antes de que pudiera cargar con ellas y caminamos juntos hacia la casa envueltos en un silencio que, de haber venido Leo, no habría existido.

Al llegar, entramos en la cocina y mi madre comenzó a sacar los productos y a colocarlos.

—Deja eso y ve a asearte, cielo —me dijo cuando traté de ayudarla—. Puedo sola.

—¿Segura?

—Claro.

La obedecí y, tras la reconfortante ducha, bajé de nuevo .

Ella seguía en la cocina. Estaba sentada en uno de los taburetes de la pequeña isla, con un vaso de agua entre las manos y ni rastro de las bolsas en la encimera.

Al escuchar mis pasos, levantó la vista y me sonrió.

—¿Mejor?

—La verdad es que sí.

Me acerqué a la nevera, saqué una cerveza y me apoyé en la encimera mientras le daba el primer trago.

—¿Qué tal con la pandilla basurilla?

—Bien. De primeras creí que acabaríamos en el hospital, pero Fede ha terminado dominando la situación —recordé y solté una risa por la nariz—. Lo cierto es que hacía tiempo que no estaba tan cómodo haciendo algo tan… normal.

Mi madre sonrió.

—Entonces ha merecido la pena el esfuerzo.

—Sí.

Volví a darle un trago a la cerveza mientras contemplaba el jardín por la ventana. El único sonido que se escuchó fue el de los pájaros que anidaban en el manzano.

Giré el cuello en su dirección. Ella dejó el vaso sobre la isla, dio un par de toquecitos en el taburete a su lado y me observó con calma mientras tomaba asiento.

—Me da la sensación de que estás con la cabeza en otro sitio. —No respondí de inmediato, pese a saber que aquella conversación llegaría en algún momento—. ¿Ocurre algo, César?

Mi primer impulso fue negarlo, era lo que hacía de forma habitual. Sin embargo, aquella mujer no era alguien más. Era mi madre. Y yo estaba agotado física y mentalmente.

Apoyé los antebrazos en la encimera y dejé escapar el aire por los labios.

—La he cagado, mamá .

Mi madre me sonrió con una ternura que me hizo retroceder en el tiempo hasta mi niñez.

—Cuando eras más joven, esa frase solía significar dos cosas: o que habías roto algo, o que habías besado a una chica.

Fue inevitable que sonriera.

—La segunda. —Mi madre no se mostró sorprendida. Ni siquiera hizo la típica pregunta de una madre curiosa. Solo esperó—. La besé hace unas semanas.

—¿En Londres?

—Sí. Y después salí corriendo.

Pronunciar aquellas palabras en voz alta me produjo más vergüenza de la que esperaba. Admitir que me había equivocado no era algo que hiciera a menudo, como también hacía años que no me sinceraba así con mi madre.

De niño lo hacía constantemente. Le contaba cualquier cosa que me hubiera pasado durante el día porque sabía que, después de hablar con ella, todo era un poco más sencillo.

No recordaba cuándo había dejado de hacerlo.

Quizá cuando empecé a convencerme de que había batallas que era mejor librar solo.

O puede que el día que comprendí que mi mayor problema tenía nombre propio y que, con solo pronunciarlo, volvía a ocupar demasiado espacio en nuestras vidas.

—¿Por qué saliste corriendo?

—Porque me asusté. —Me pasé una mano por la nuca—. Y esta mañana ha vuelto a suceder.

No tuve que decirle quién era ella; mi madre lo había sabido desde el principio.

Le conté el beso en mi habitación y también el de la piscina. Y le expliqué que había sido incapaz de apartarme de ella.

—Zahara es preciosa, cariño, es normal que te atraiga físicamente. Eres un hombre joven y …

—No es solo eso, mamá. Al principio me convencí de que solo estaba confundido. —Bajé la vista hacia el botellín que sostenía entre las manos y giré el cristal entre los dedos—. Esa era la explicación más sencilla, pero después empecé a notar que era mucho más.

Recordé el roce de sus dedos sobre mi muñeca mientras cocinábamos y el tacto de sus labios sobre los míos.

Pero también la forma en la que me preguntaba cada mañana cómo había dormido, cómo conseguía hacerme reír cuando llevaba horas convencido de que aquel iba a ser otro día exactamente igual que el anterior y cómo, sin darme cuenta, había empezado a buscarla en cada habitación.

Me apoyé un poco más sobre la encimera y me pasé los dedos por el flequillo.

—Te has enamorado.