23 This girl is on fire #2
No sé cuánto tiempo pasó antes de que oyera una voz en la lejanía. Al principio no le di importancia, supuse que habrían vuelto o sería alguno de mis hermanos, así que seguí flotando.
Sin embargo, segundos después, la voz sonó bastante más fuerte.
—¿Fede?
Todo mi cuerpo se puso en tensión, y el agua me cubrió la cara al perder la relajación.
Reconocería aquella voz, aunque la oyera debajo del agua, en mitad de una multitud o después de diez años sin escucharla.
Saqué apenas la cabeza y miré alrededor.
—¿Hola?
Una sombra cruzó la terraza y me sumergí de golpe. El aire me faltó enseguida, así que me impulsé hacia arriba y saqué la cabeza.
César ya estaba en la terraza con una caja de herramientas en una mano. Al principio, no me vio. Llevaba una camiseta negra y unos pantalones cortos. Tenía el pelo húmedo y una fina capa de sudor le oscurecía la tela junto al cuello.
Pero entonces sus ojos llegaron a la tumbona y luego bajaron hasta el agua.
—Hola —dijo.
—Han ido al mercado.
—Ah. —Levantó la caja—. Tu padre se ha dejado esto en casa.
—El cobertizo está abierto.
Asintió en silencio .
Ni siquiera estábamos cerca y, aun así, fui demasiado consciente de cada centímetro de piel que el agua no me cubría.
César se giró hacia el cobertizo, y yo nadé hasta la escalera y salí. No es que quisiera acercarme a él, pero me negaba a quedarme dentro del agua como una idiota mientras él se paseaba por el jardín.
El aire hizo que se me erizara la piel.
Cuando llegué a la tumbona y miré de soslayo en su dirección, él se había detenido y también me observaba. El vistazo que me echó de arriba abajo fue tan breve que habría pasado desapercibido para cualquiera que no llevara semanas observando cada una de sus reacciones.
Para mí no.
—César —lo llamé cuando se giró de nuevo para retomar el paso.
Se detuvo una vez más, y el corazón me golpeó dos veces con demasiada fuerza al girarse lentamente.
—Dime.
De primeras no supe qué decir. No tenía ningún motivo para haberlo llamado más allá de alargar un poco aquella tortura.
—Se han dado cuenta.
—¿De qué?
—De que estamos raros.
Me ajusté la toalla alrededor del pecho, y él frunció el ceño.
—¿Quienes?
Solté una risa sin humor, y sus facciones apenas cambiaron.
—¿Todos? Mi madre me ha preguntado qué pasa. Leo me ha hecho un interrogatorio y ayer también me dio la impresión de que mis hermanas y África sospechaban.
—Ya .
—No les he dicho nada.
—Vale.
—Pero tienes que disimular mejor.
La mandíbula se le tensó y negó incrédulo.
—¿Qué quieres que haga exactamente, Zahara?
—No sé, lo normal, y sobre todo no tener pinta de querer salir corriendo cada vez que entro en una habitación.
—Qué sencillo, ¿no?
Entrecerré los ojos.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—No. Dilo.
—Significa que es difícil fingir que todo está bien cuando apenas soportas mirarme.
La respuesta fue tan certera que me escoció.
—¿Y qué esperabas? —le recriminé y me crucé de brazos sobre la toalla—. ¿Que hiciera como si nada solo por haberte dignado a venir a este ínfimo e insignificante rincón del mapa? Ni siquiera entiendo qué haces aquí. Nunca te ha gustado quedarte más de lo necesario.
—Zahara, no vayas por ahí.
—Mira, si no disimulamos van a descubrir nuestro error .
César se quedó inmóvil.
—No lo llames así.
Sentí un tirón bajo las costillas ante su tono.
—¿Cómo?, ¿ error ? Pues podrías haberlo pensado mejor antes de bautizarlo.
Los dedos se le cerraron alrededor del asa de la caja con más fuerza.
—Zahara …
—No. Tienes razón. Quizá no sea la palabra adecuada, porque, para que algo sea un error, al menos tiene que ocurrir sin fingirlo.
—No estaba fingiendo.
Tuve intención de reírme, solo que el sonido que me salió de la garganta se asemejó más al de un pelícano herido.
—Claro que no.
—Llevas dos semanas comportándote como si supieras exactamente lo que se me pasó por la cabeza en aquel momento.
—Es que tu reacción fue bastante clara.
—No, Zahara. Tú decidiste lo que significaba y no me diste la oportunidad de explicarme.
Negué y aparté la mirada hacia la piscina.
Hubiese necesitado llenarla de hielo para calmar el fuego que me ardía en el estómago.
—Me besaste. Me lamiste. Me tumbaste en la cama y, dos minutos después, te apartaste como si te hubieras dado cuenta de que habías perdido la cabeza. ¿Qué cojones quieres que piense, César?
—No fue por ti.
—Venga ya.
—Es la verdad.
—¿Qué verdad? ¿Qué te hizo apartarte y decirme aquello? —Abrió la boca, e imaginé que volvería a darme una excusa. Sin embargo, no respondió. Terminé asintiendo con una sonrisa irónica—. Eso pensaba.
Di un paso hacia la tumbona.
—Que no sea capaz de explicarlo no significa que no lo sienta, ¿sabes?
Tiré la toalla al suelo, me giré y avancé hacia él con una furia enfermiza .
César, que ya había dejado la caja de herramientas en el suelo, lucía tan alterado como yo. Quizá más. Sin embargo, no fue enfado lo que vi en realidad en su cara al acercarme. Se trataba de un sentimiento mucho más peligroso. Más íntimo.
—No sé qué se supone que significa eso, pero limítate a actuar con normalidad, porque no tengo ninguna gana de darle explicaciones a nadie.
—No quieres que actúe con normalidad, Zahara.
—Ah, ¿no?
—No.
—Lo que diga el señorito.
—Deja de hacer eso —me rogó con la mandíbula tensa.
—¿El qué?
—Hablarme así y decidir lo que quiero o no.
La rabia creció con tanta rapidez que casi agradecí que acallara la incómoda duda que me rondaba desde aquella conversación con Didier.
—No tengo que decidirlo, César. Cada vez que has tenido la oportunidad de demostrar lo contrario, has salido corriendo.
Me di media vuelta, dispuesta terminar aquella absurda conversación de una vez por todas, aunque su mano me rodeó el brazo antes de que pudiera dar un segundo paso.
No me hizo daño, pero bastó para que el contacto me dejase clavada en el sitio.
Bajé la vista hacia sus dedos y después la levanté hacia él.
—Suéltame.
No lo hizo. La nuez le subió y le bajó al tragar saliva. Nuestras respiraciones no tenían nada de tranquilas a aquellas alturas.
—No sigas hablando como si aquello no hubiera significado nada para mí .
Me reí. Una carcajada seca. Él permaneció estoico, observándome, cuando di un pequeño tirón para soltarme.
Temí que siguiera hablando casi tanto como necesité que lo hiciera.
—¿Qué quieres, César? Y sé sincero, por favor.
Al principio no respondió, y di por hecho que no lo haría cuando cerró los párpados y negó con la cabeza.
Pero entonces volvió a clavar los iris en mí y, sin titubear, avanzó hasta que apenas quedó aire entre los dos.
—Esto.
Y me besó.
No fue cuidadoso ni contenido. Tampoco planeado.
Fue más bien el beso de alguien que llevaba demasiado tiempo intentando evitarlo y al que la situación se le había ido de las manos.
Sus labios encontraron los míos con una urgencia que convirtió toda mi furia en un jadeo contra su boca. La sorpresa me duró lo justo, y después fui yo quien lo sujetó por la camiseta para acercarlo todavía más.
Toda la rabia, toda la frustración y las dos semanas tratando de convencerme de que no significaba nada desaparecieron en cuanto me apretó contra él.
Aquel deseo era absurdo. Irracional. Y, pese a todo, era lo único que tenía sentido a esas alturas.
Lo único posible.
Sus manos me buscaron con la misma necesidad que las mías se aferraban a él, como si los dos estuviéramos intentando recuperar lo que habíamos dejado inacabado en Londres.
Y perdí la noción del tiempo .
Podrían haber pasado cinco segundos, treinta o un minuto entero. Solo supe que ambos nos separamos de golpe al escuchar el chirrido del portón principal.
El corazón se me desplomó hasta el estómago cuando advertí la risa de Leo.
Ninguno de los dos fue capaz de respirar con normalidad. César apoyó la frente contra la mía, con los ojos cerrados, e intentó recuperar el aire.
Las voces se acercaban. Y las risas.
Di un paso atrás.
Necesitaba alejarme de él antes de que alguien doblara la esquina. Sin embargo, cuando fui a hacerlo, César volvió a sujetarme de la muñeca, esta vez con más suavidad.
Lo miré con el ceño fruncido.
—¿Qué haces?
—Tenemos que hablar —dijo con una firmeza que no le había visto nunca—. Después.
Y no esperó mi respuesta.
Me soltó y recogió la caja de herramientas del suelo para desaparecer en el cobertizo solo un instante antes de que mi madre saliera al jardín por la cocina.
—¡Ya estamos aquí, cariño!
Me quedé allí, incapaz de mover un solo músculo y con el sabor de su beso todavía en los labios.
Genial.
Solo tenía que sobrevivir hasta la próxima vez que nos quedáramos solos y fingir que el único hombre al que había jurado no volver a besar no acababa de hacer saltar por los aires todas mis defensas.
Pan comido.