23 This girl is on fire
«Los recuerdos significan más para mí que los vestidos». - Annelies Marie Frank.
ZAHARA
El olor me llegó antes que la conciencia: café recién hecho. Sonreí sin abrir los ojos y hundí un poco más la cabeza en la almohada.
—Cinco minutos —balbuceé.
Sabía que era cuestión de tiempo que César cruzara el pasillo, llamara dos veces a la puerta y me recordara que llegaría tarde a Hartwell & Books si no me levantaba ya.
Me giré hacia el otro lado de la cama, y un rayo de sol se obsesionó con mi ojo derecho.
Abrí el contrario, despacio. Muy despacito.
La intensa luz se colaba por las rendijas de la persiana y dibujaba líneas doradas sobre las paredes blancas mientras, al otro lado de la ventana, se escuchaba el sonido característico de unos aspersores.
Todavía tardé un poco más en recordar que estaba en Costa Serena, no en Londres.
No en el piso de Sutherland Avenue.
Y, desde luego, no con César esperando en la cocina con dos tazas sobre la encimera, esa expresión de llevar despierto desde una hora imposible y la camisa impecablemente planchada metida en los pantalones.
La sonrisa desapareció de inmediato.
Me quedé mirando el techo, enfadada con mi cerebro por haber tardado tan poco en traicionarme. Ni siquiera había puesto un pie en el suelo y ya me había jodido el día.
—Qué maravilla.
Tanto tiempo evitando dirigirle la palabra y bastaban unas moléculas de cafeína flotando en el aire para que mi cuerpo se comportara como si nada hubiera cambiado.
Me incorporé de golpe y me recogí el pelo en una coleta.
No pensaba empezar el día con César dentro de la cabeza, ya había ocupado suficiente espacio allí durante las últimas semanas sin siquiera pagar alquiler. Así que me puse uno de los vestidos de algodón que tenía en el armario y unas chanclas antes de bajar siguiendo el olor del café.
La planta baja estaba casi en silencio, detalle inquietante en cualquier casa perteneciente a mi apellido.
Mi madre estaba de espaldas en la cocina, cortando un aguacate sobre la encimera mientras la cafetera terminaba de borbotear. Tarareaba una canción que no reconocí.
—Buenos días, cariño —dijo sin girarse.
—¿Cómo sabes que soy yo?
—Porque eres la única hija que queda en casa ahora mismo .
Abrí un armario, saqué una taza y le di un beso en la mejilla.
—También podría ser papá.
—Tu padre es mucho más sigiloso. Tú bajas y parece que te peleas con las escaleras en el camino.
—Me gusta mantener informada a la población sobre mi llegada.
Mi madre sonrió mientras me servía el café.
El primer sorbo me supo más amargo de lo normal. No era como el de César, no tenía…
Me sermoneé por pensar de nuevo en él.
Añadí dos cucharadas de azúcar y me senté frente a una tostada que mi madre dejó delante de mí.
—No tengo mucha hambre.
—Que no te escuche la abuela.
Cogí el pan con resignación, y el estómago me agradeció el primer bocado.
Durante unos minutos hablamos de cosas banales: del calor que haría aquel día, de unas plantas del jardín que no terminaban de remontar y de que alguien había dejado la puerta de la despensa mal cerrada la noche anterior y mi madre había encontrado un reguero de hormigas con más capacidad organizativa que algunos gobiernos.
—¿Y papá? —pregunté al fin.
Mi madre removió su café con una parsimonia sospechosa.
—Ha ido a ayudar a César.
La cabeza se me movió sola cuando giró en dirección a mi madre.
—¿A qué?
—Parece que la puerta del trastero de su casa lleva tiempo atascada. César ha llamado a tu padre, y han decidido que hoy era el día perfecto para declararle la guerra .
Bebí otro sorbo de mi dulce brebaje.
—Ah.
Mamá no añadió nada más. Tampoco me miró con esa expresión de triunfo que había utilizado Diana la noche anterior al comprobar que el nombre de César conseguía hacerme reaccionar. Al contrario, continuó desayunando como si acabara de mencionar al fontanero, y yo intenté hacer lo mismo.
¿Por qué quería César entrar a un trastero a primera hora de la mañana?
¿Habría dormido?
¿Seguiría con aquellas ojeras que tenía desde hacía días?
Joder. Era absurdo que me interesase, pero lo hacía.
—¿Quieres una infusión? —me preguntó mi madre.
—¿Desde cuándo las tomas?
—Desde que tu tía Alicia me dio una caja con dieciocho variedades que le regalaron en un programa de televisión y que me da pena tirar.
—A ver.
Sacó el estuche de madera de un cajón y me lo tendió. Leí las etiquetas.
—¿Equilibrio interior?
—Sabe a césped.
—¿Serenidad nocturna?
—Césped con canela.
Me eché a reír y cerré la tapa declinando la invitación.
Ella recogió ambos platos, y yo me encargué de recolectar las migas desperdigadas por la encimera.
—Zahara, ¿ocurre algo?
—¿Con qué?
—Ayer noté que César y tú estáis… distantes.
La mano se me detuvo a medio camino del fregadero .
—Sí. Algo así.
—Entiendo. —Mi madre cerró el lavavajillas y se giró hacia mí. Yo la miré de reojo mientras me enjuagaba las manos—. No es necesario que me cuentes nada, pero… ¿quieres hacerlo?
No hubo reproche en su tono, tampoco una curiosidad disfrazada de preocupación. Mi madre no era así. Tan solo quería saber si estábamos bien o podía hacer algo para ayudar.
Podría haberle contado la verdad: que durante unos minutos había creído que todo lo que llevaba sintiendo crecer en mi interior era real, que nos habíamos besado y que después todo se había ido a la mierda.
Así, sin más.
Sabía que mi madre me comprendería. Entendería que no supiese qué me dolía más, si que me hubiese apartado o que me hubiera hecho sentir antes que no pensaba hacerlo.
Pero contárselo significaba pronunciarlo en voz alta, y todavía no estaba preparada para escuchar lo ridículo que sonaba fuera de mi cabeza.
—La verdad es que no —respondí por fin.
Mi madre me sostuvo la mirada.
—De acuerdo. Solo espero que, sea lo que sea, no dejéis que el enfado decida por vosotros. El orgullo es un pésimo consejero. Habla muy alto cuando todavía estamos demasiado enfadados para escuchar otra cosa.
Resoplé.
—No es orgullo.
—Nunca lo parece cuando es el nuestro.
—Mamá…
—Ya está. —Elevó ambas manos—. Ya me callo.
Se escuchó la puerta principal abrirse.
—¡¿Hay gente decente en esta casa?! —Nos llegó la voz de Leo desde el recibidor. Un segundo después apareció en la cocina con una sonrisa radiante, me atrapó entre los brazos antes de que pudiera esquivarlo y me levantó unos centímetros del suelo—. Mira quién ha vuelto de conquistar Inglaterra.
—Bájame —pedí sin oxígeno.
—¿Has aprendido ya a preparar un té aceptable, torbellino?
—He aprendido a no envenenar a los ingleses que me caen bien.
—Un sabio aprendizaje.
Leire y mi padre entraron charlando, y ella apartó a Leo para abrazarme.
—Déjala respirar. —Abracé a Leire con una sonrisa—. Hola, bonita. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
Me separó para observarme con atención.
—Estás preciosa.
—Gracias.
—¿Hay algo de comer?
—Leo, acabas de desayunar —se quejó Leire.
—He ayudado a abrir una puerta, necesito recuperar fuerzas.
Mi madre sacó la fruta recién cortada y la dejó sobre la mesa.
—¿Habéis conseguido abrir el trastero?
—Por supuesto —contestó Leo—. Gracias a mi increíble aportación técnica.
Leire cogió una uva, y a mí se me antojó probarlas, así que la imité.
—Ha sujetado una linterna.
—Con una precisión impecable.
—Ya… Casi me deja cegato. Me ha apuntado tres veces a los ojos —añadió papá .
—Porque te movías demasiado.
—¿Y César? —preguntó mi madre.
Intenté que mi mano no se detuviera cuando fui a coger otra uva.
—Se ha quedado allí con el ordenador, quería dejar revisado algo del trabajo.
Fue entonces cuando Leo me miró y se apoyó en la encimera con los párpados entrecerrados.
—¿Qué tal César?
—Tú sabrás, lo acabas de ver.
—Me refiero a contigo —aclaró, y a mí la uva me dio la impresión de que se había convertido en un enorme melón—. ¿Te hizo levantarte a horas inhumanas?
—Sí.
—¿Te miró como si acabaras de dejar una bomba encima de la encimera cada vez que cocinaste?
—Más o menos.
—Y ¿se portó bien contigo?
Dios bendito.
—Eh…, sí.
Qué sílabas tan magníficas y tan llenas de matices.
—No la atosigues, Leo —le dijo Leire tras darle un codazo.
—Solo he hecho unas preguntas. Aún me pesa no haberle dado un hermano cuando mis soldaditos estaban en plenas facultades.
—Ay, por favor —me quejé—. Cierra el pico.
—Leo, ya sabes que, para mi hija pequeña, ella y sus otros siete hermanos nacieron por dispersión de esporas. En ningún caso porque su madre y yo mantuviéramos relaciones sexuales. Nosotros no hacemos eso, ¿verdad que no, cielo?
—Mamá, no contestes.
Los cuatro se echaron a reír .
Por suerte, la conversación se desplazó hacia el trabajo de mis tíos en el museo, y yo pude respirar tranquila, al menos por un rato.
Porque mi padre abrió la nevera, revisó la despensa y anunció que faltaba pan, hielo y algo de beber para la comida. Mi madre le sumó unas cuantas verduras, y Leire recordó que tenían que pasar por el mercado para llenar el frigorífico.
—¿Te vienes? —me preguntó mi padre.
—No. Voy a aprovechar para tomar el sol y darme un baño.
—Ponte crema.
—Sí.
—Y no te quedes dormida en la tumbona.
—Que no.
—Y…
—Fede —intervino mamá—. Tiene veinticinco años.
—Precisamente por eso, ya tengo pocas oportunidades para obligarla a hacerme caso.
Me besó en la mejilla antes de salir y, poco después, la casa se quedó en silencio.
Un silencio real esa vez.
Subí a cambiarme, me puse el biquini y bajé con una toalla bajo el brazo. El sol ya empezaba a picar, pero una brisa ligera movía las hojas junto al muro.
Dejé las chanclas bajo la tumbona, me eché la crema y me pasé la siguiente hora enfrascada en la lectura. Cuando la piel me pidió clemencia, me levanté y, tras mojarme en la ducha, me tiré de cabeza a la piscina sin pensar.
El agua estaba tan fría que me arrancó un jadeo al salir a la superficie. Nadé un poco y luego me quedé flotando boca arriba, con los brazos y las piernas abiertas .
Durante un momento no existió nada más: solo el sol calentándome la cara y el sonido amortiguado del agua en los oídos.