22 Change my clothes
«El cascarón debe romperse antes de que el pájaro pueda volar». - Alfred Tennyson
CÉSAR
Una puerta en la planta de arriba se cerró después de que Zahara desapareciera por las escaleras. Nunca la había visto respirar tan hondo como cuando cruzamos la entrada al pueblo. Ni sonreír con tanta franqueza como desde que había puesto un pie en aquella casa.
—¿Ya te han cogido de niñero? —bromeó Diana al pasar a mi lado con un par de bolsas de hielo en las manos—. Quéjate o Emma se hará la loca durante toda la comida.
—No me molesta.
—Allá tú.
Se alejó, tal y como había llegado .
Yo me quedé en mitad del salón, con Biel sobre el brazo y sin tener muy claro en qué punto había acabado sujetando a un bebé que no era mío.
No me molestaba, sobre todo porque me miraba con una confianza absoluta, ajeno al bullicio que llenaba la casa, mientras una de sus pequeñas manos jugueteaba con el cuello de mi camiseta.
Y, quizá gracias a que Zahara estaba arriba y no acaparaba toda mi atención, pude observar bien a mi alrededor. A esa familia tan conocida y a la vez extraña para mí.
En los últimos años había coincidido poco con ellos, en un par de cumpleaños y una Navidad, aunque estaba al tanto de todas las novedades y recordaba a la perfección los nombres de los agregados.
—Afri, ¿dónde has puesto las aceitunas?
—¡Mamá! —gritó Abril sin moverse del sofá, con el móvil entre las manos.
—¡¿Qué?!
—¡Tía Alana te pregunta por las aceitunas!
—¡En la nevera!
—Que alguien me eche una mano —pidió Bruno, que llegó cargando una mesa plegable de unas dimensiones descomunales.
—Voy.
—No, tú no —intervino Estrella a la vez que me dedicaba una sonrisa—. Ni se te ocurra moverte, Biel se está quedando dormido.
Bajé la vista hasta el niño. En efecto, sus ojos azules apenas se podían apreciar por una rendija.
—Como lo despiertes, te lo llevas esta noche —me advirtió Emma mientras recogía un par de baberos del sofá—. Lleva siglos sin querer echarse la siesta, esto es poco menos que un milagro.
Tuve cuidado al moverme por la planta baja, sobre todo porque Olivia y Beca estaban haciendo una maratón por la cocina y el salón mientras Fede repetía por tercera vez que no se corría dentro de casa.
Aquello era una locura, aunque siempre me había fascinado que, al final, todo terminara funcionando.
Había dado ya dos vueltas al sofá a una velocidad ridícula cuando escuché pasos bajar por la escalera.
Desvié la vista, esperando encontrar a algún que otro adolescente haciendo de las suyas. Sin embargo, la figura que apareció fue la de Zahara.
Se había cambiado de ropa y recogido el pelo de cualquier manera. Algunos mechones se le escapaban alrededor de la cara y la nuca, y no reparó en mí cuando cruzó la cocina y salió a la terraza.
Caminé hacia allí con el niño en brazos, y observé desde la puerta cómo no tardó ni diez segundos en mimetizarse entre los suyos.
Besó a su abuelo al pasar, le robó una croqueta a Diana, por lo que recibió un manotazo cariñoso, cogió unos platos de las manos de su madre y comenzó a repartirlos por la mesa antes de que nadie se lo pidiera.
También interrumpió una conversación para preguntarle algo a Alana, se acercó a Bruno sin dejar de sonreír y le revolvió el pelo a Salva. Todo seguido y con una sencillez que me hizo sentir que aquella casa respiraba el ritmo de sus pasos.
Fue entonces cuando comprendí que en aquellos dos meses Zahara solo me había enseñado un trocito de quién era de verdad. Y no es que en Londres fuese distinta, es que allí era Zahara por entero.
—¡Cuidado !
Me giré justo a tiempo de ver aparecer a Alicia, la hermana de Estrella, cargada con dos fuentes enormes.
—Pero ¿tú vienes a comer o a alimentar a un regimiento? —preguntó Bruno.
—Ambas cosas. Ayuda a tu primo, anda.
Su marido apareció detrás de ella con otra bandeja, y el hijo de ambos con una caja de cartón llena de pan que podría abastecer a una aldea entera.
—Le dije que no hacía falta traer tanto —se excusó Adriel.
—Y yo le dije que luego, cuando la marabunta se sentase a la mesa, agradecería que no faltase la comida.
Habían unido varias mesas largas y, aun así, apenas quedaba sitio para todas esas fuentes. La superficie estaba llena de envases con comida: empanadas, croquetas, ensaladilla, tortillas, carne, ensaladas, salsas y…
Se escucharon gritos infantiles a mi espalda y, un instante después, Olivia salió corriendo de la cocina con el labio inferior temblando. Su voz llamando a su madre atravesó la terraza como una alarma.
Biel dio un respingo entre mis brazos y frunció la cara a la vez que abría los ojos. No tuve tiempo de reaccionar antes de que empezase a llorar desconsolado.
Sentí más de una docena de pupilas clavadas sobre mi persona al mismo tiempo.
—Ya está… Ven aquí —dijo Emma, que se acercó enseguida. Biel le tendió los brazos y por poco se lanzó al vacío en su dirección—. Mucho te ha durado dormido.
Le bastó acunarlo para que bajara la intensidad del llanto hasta casi desaparecer.
—Lo siento, no he podido evitarlo.
—Lo has hecho genial para ser tu primera guardia .
Aquello rebajó la tensión y las conversaciones retomaron su curso como si nada hubiera pasado. Solo Estrella permaneció observándome y, después, señaló una de las sillas.
—Ven, César. Siéntate aquí.
Asentí y avancé hasta llegar al lugar que me indicaba.
Sin prisa, los demás se fueron sentando. Incluidos Rachel, la mujer de Diana, y Jaime, la pareja de Emma, que llegaron juntos más tarde.
Zahara se había mantenido de pie, charlando con unos y con otros, y en aquel momento bromeaba con sus sobrinos en la parte infantil de la mesa mientras le cortaba un filete a Beca, que con seis años no dominaba demasiado bien el cuchillo.
Hice un barrido por la mesa y la sorpresa me obligó a detener la mirada.
Solo quedaba un sitio libre: el de enfrente de mí.
Con todo lo que ella se estaba esforzando por ignorarme, me habría resultado hasta una coincidencia cómica si no supiera que sería incapaz de concentrarme teniéndola justo delante.
No me equivoqué.
—… árboles más fuertes no siempre son los que más ruido hacen. —Llegué tarde al discurso de Hans y no entendí a quién o a qué se refería.
—Me gusta, gracias —contestó Salva, muy pagado de sí mismo.
—Vamos, que eres igual de tarugo que un árbol —Abril se metió con él.
El adolescente se quejó y lanzó un trozo de pan a su hermana mayor, lo que desencadenó una pequeña guerra comestible .
—Discrepo. Es cierto que los árboles emiten sonidos, pero gran parte de ellos se producen en frecuencias que nosotros no percibimos.
—Gracias, Jaime —contestó Hans—. Eso hace mi reflexión aún más profunda.
—No era mi intención.
Emma le acarició la nuca a su chico con una sonrisa.
Traté de seguir el hilo de todas aquellas conversaciones.
A mi derecha, Diana preguntó algo a Rachel sobre la cena.
Al otro lado de la mesa, Alana trató de convencer a su padre de que no necesitaban contratar refuerzos en la empresa durante el verano.
Toño, además, protestó porque le habían cortado la carne, y Brunito discutió con Kay por la última croqueta.
—Hay más en esta fuente —le señaló África.
—No saben igual.
—Son las mismas, cielo.
—No puedes demostrarlo, mamá.
Antes de poder darle un trago a mi cerveza, Diana me preguntó por el trabajo, Alicia por la zona en la que vivía, y Olivia quiso saber si en Londres había parques acuáticos.
Contesté como pude. Apenas terminaba una respuesta cuando se iniciaba una conversación paralela. Y mientras los demás seguían hablando, interrumpiéndose y pasando de un tema a otro, a mí se me iban los ojos hacia ella.
Zahara sonreía con tanta facilidad que terminaba sonriendo yo también sin darme cuenta. Gesticulaba mientras hablaba y, cuando alguien la llamaba desde el otro extremo de la mesa, giraba el cuerpo entero para responder.
La observé masticar mientras atendía a su abuelo, limpiarse distraída la comisura de los labios con el pulgar y recolocarse el escote del vestido cuando este se le deslizó al acercarle el pan a Emma .
Eran gestos tan cotidianos que nadie reparaba en ellos.
Yo no era capaz de apartar la vista.
En alguna ocasión la pillé observándome también, pero, tan pronto como nuestros ojos se encontraban, desviaba la atención hacia cualquier otro punto de la mesa.
Las reuniones con los Remo siempre habían sido así.
Zahara también.
La diferencia era que nunca antes me había detenido a observar cómo encajaba de verdad entre todos ellos.
La comida se alargó hasta bien entrada la tarde.
Cuando terminamos, recogimos la mesa entre todos, lo que en la práctica significó que Alana, Estrella y Alicia se encargaron de organizar el lavavajillas, mientras el resto entrábamos y salíamos de la cocina con fuentes vacías, vasos y recipientes.
Me giré para llevar uno a la nevera justo cuando Zahara se cruzó con una pila de vasos entre las manos.
Los dos nos detuvimos .
La cocina era lo bastante grande como para que pasáramos sin tocarnos. Sin embargo, ella se pegó más a la encimera, y yo hice lo mismo hacia el lado contrario.
—Puedes pasar.
—Tú vas más cargada.
—Son solo seis vasos.
No me moví, ella tampoco.
Hasta que ambos nos desplazamos a la izquierda a la vez.
—Joder.
—Ve tú.
—Eso intento —se quejó.
Me aparté del todo, y ella pasó por delante de mí moviendo la coleta, lo que hizo que su olor, ese que me torturaba por las noches en mi cama y me acompañaba hasta al trabajo, predominase entre tantos estímulos.
La vi alejarse y, cuando regresé la atención a la encimera, me detuve de golpe.
Tres de aquellas implacables mujeres me observaban con diferentes expresiones: África, que estaba apoyada en la isla con un recipiente entre las manos, levantó una ceja en mi dirección.
Diana, que permanecía a su lado, me analizaba con los párpados entrecerrados, y Alana, detrás de ellas, fingía revisar el contenido de un plato mientras me echaba vistazos de reojo.
No dijeron nada, no hizo falta.
Habían visto algo. No sabía cuánto, pero sí lo suficiente como para comprender que, delante de aquella familia, fingir iba a resultarme mucho —muchísimo— más difícil de lo que había previsto. Y que tenía que largarme de la cocina de inmediato.
Cuando salí del baño, cinco largos minutos después, la puerta principal se abrió de golpe .
—¡Ya está aquí el alma de la fiesta!
La voz de Guille llegó al salón antes que él, que apareció con los brazos abiertos en cruz y una sonrisa, seguido por Cintia.
Justo después entraron Carolina, Gabriel y su hijo Liam en el carro, y Fabiola junto a Rodrigo.
Estos últimos cargaban varias bandejas y dos bolsas que hicieron protestar a Estrella antes incluso de saber qué contenían.
—No me digáis que habéis traído más comida.
—Solo postre, cortesía de mi madre —se defendió Rodrigo.
—Bendita Felisa.
Las voces volvieron a multiplicarse.
Y de nuevo hubo saludos, abrazos, niños corriendo hacia los recién llegados y nuevas conversaciones que se superpusieron a las anteriores antes de que estas llegaran a terminar.
La casa no dejaba de llenarse, y tuve la certeza de que, para los Remo, el día apenas acababa de empezar.
Para mí era el momento de marcharme.
Me acerqué al lugar donde había dejado mi maleta, pero no tuve tiempo de sacar ni el asa.
—¿Te vas? —me preguntó Estrella.
—Sí.
—Puedes quedarte aquí a dormir —añadió Fede junto a su mujer—. Tu madre y Leo no llegan hasta mañana, y aquí hay camas de sobra —lo dijo con la misma sencillez con la que me había ofrecido otro trozo de tortilla un rato antes.
—Gracias, de verdad, pero no es necesario.
—Entonces, déjame que te lleve.
—No hace falta, Fede, está aquí al lado.
—¿Te llevo yo? —se ofreció Bruno desde el salón .
Negué con una leve sonrisa.
—Necesito caminar. —Estrella, que había desaparecido un minuto en la cocina, regresó con una bolsa y me la tendió con una sonrisa maternal—. Dime que no es más comida.
—Hay tortilla, croquetas y un poco de carne. Y mañana te puedes venir a desayunar.
—Gracias.
Acepté la bolsa, y ella me dedicó una sonrisa.
Me despedí de todos, incluida Zahara, que me dedicó un escueto «hasta mañana».
A mi espalda siguieron oyéndose risas y voces varios metros después, pues nadie cerró la puerta enseguida. Quizá porque allí siempre había alguien entrando o saliendo.
Recorrí despacio las calles de la urbanización, con la maleta en una mano y la bolsa que me había preparado Estrella en la otra.
El aire era agradable, lo bastante cálido para caminar en manga corta. Y, de vez en cuando, una ráfaga de viento arrastraba el olor salado del mar. Todavía se conservaba esa frescura que solo duraba unas pocas semanas antes de que el verano se adueñara de Costa Serena.
Al doblar la última esquina, la casa apareció ante mí como si apenas hubieran pasado unos meses desde la primera vez que la vi y no más de dos décadas.
Estaba más salvaje que la última vez; la buganvilla trepaba por uno de los muros, el limonero del jardín había crecido y proyectaba una sombra alargada sobre la entrada y habían sustituido el buzón.
Saqué las llaves del bolsillo.
La cerradura ofreció la misma resistencia de siempre antes de ceder con un chasquido .
Cuando empujé la puerta, el aire encerrado durante días me recibió con ese olor inconfundible a casa deshabitada que permanecía por mucho que la hubiesen limpiado días atrás.
Dejé la maleta junto a la entrada y abrí todas las ventanas de la planta baja. La luz comenzó a colarse poco a poco en el salón conforme descorría las cortinas y renovaba el aire.
Después, conecté el termo y comprobé que los electrodomésticos siguieran funcionando.
No tardé más de diez minutos.
Cuando terminé, me quedé de pie en medio de mi antigua habitación, con las manos en los bolsillos.
Aquel dormitorio seguía prácticamente igual que cuando era adolescente: el escritorio, el armario que mi madre y yo habíamos pintado el verano de mis dieciséis años, la estantería.
Incluso el pequeño desconchón de la pared que Leo y yo habíamos intentado disimular moviendo un poster de Star Wars unos centímetros hacia la derecha.
Sonreí al recordarlo.
Costa Serena siempre había formado parte de mi vida. Había aprendido a jugar al poliladrón en sus calles, había pasado allí casi todos los puentes y buena parte de los veranos y conocía tan bien cada rincón de la urbanización que podía llegar a la playa sin pensar siquiera el camino.
Sin embargo, nunca había sentido que aquello fuera mi hogar.
Quizá porque siempre había sabido que, tarde o temprano, volveríamos a casa. O puede que porque aquel nunca fuese un destino, sino un paréntesis.
Me acerqué a la ventana. Las voces de unos niños llegaban amortiguadas desde otra calle, mezcladas con el rumor del viento entre los pinos.
Cerré los ojos .
Después del ruido y la anarquía de la casa de los Remo, aquel era el silencio que necesitaba. Nadie discutía en la cocina, no había portazos ni risas ni niños corriendo por el pasillo.
Solo silencio.
Aunque, por algún extraño motivo, aquella tarde no fue suficiente.