21 Rockabye
«Mi teoría es que, si hablas con seguridad, puedes salir adelante de cualquier situación». - Jessica Alba
ZAHARA
Bajé la ventanilla en cuanto apareció el primer cartel de Costa Serena.
El aire entró de golpe en el coche, me revolvió el pelo y se llevó por delante el ambiente cargado que llevábamos respirando desde que salimos del aeropuerto.
—¿Qué haces? —preguntó mi padre desde el asiento del conductor.
—Respirar.
—Puedes hacerlo con la ventanilla cerrada, hija. El coche dispone de un sistema muy moderno que renueva el oxígeno y …
—No se lo tengas en cuenta —intervino César desde atrás—. Lleva dos meses sin ver el sol.
Abrí los párpados y miré su reflejo en el retrovisor. Él, que también me estaba observando por el espejo, apartó la vista antes que yo y volvió a dirigirla hacia la calle.
Mi padre soltó una carcajada.
—No exageres, os he visto en manga corta en algunas fotos.
—Las casas están muy bien climatizadas —murmuró César—. Y nuestro compañero de piso se empeña en ponerla a una temperatura que parece que estamos en el Caribe.
—A Didier le encanta lucir abdominales —añadí.
Mi padre bufó.
—Ya hablaremos tú y yo de ese compañero de piso sorpresa tan caluroso —le dijo a César.
Una sonrisa me tiró de las comisuras antes de que consiguiera contenerla. Por suerte, ninguno de los dos estaba mirándome.
Saqué un poco más el brazo y jugueteé con el aire que me golpeaba la piel.
La carretera avanzaba pegada a la costa, encajada entre el mar y las laderas secas que descendían hacia él.
A un lado, el agua se extendía de un azul intenso, tan brillante bajo el sol que obligaba a cerrar los ojos.
Al otro, la tierra se abría en tonos ocres, amarillos y rojizos, y estaba salpicada por matorrales bajos que habían aprendido a sobrevivir sin necesitar nada de nadie.
Inspiré hondo y pude notar cómo mis pulmones recordaban cada matiz.
Olía a sal y también a polvo, a piedra caliente por el sol y a esa vegetación seca que desprendía un aroma áspero cada vez que el viento descendía de las montañas. Era una mezcla extraña, casi contradictoria, la del mar y el desierto respirando al mismo tiempo.
Y era el olor a casa.
Apoyé la cabeza contra el respaldo y dejé que el paisaje avanzara frente a mí. Había olvidado lo desnudo que parecía todo allí.
En Londres cada rincón estaba ocupado por un edificio, un árbol o alguien caminando con prisas. En Costa Serena, en cambio, el horizonte se abría paso sin pedir permiso y el cielo ocupaba más espacio del que le correspondía.
Mi padre tomó una curva cerrada y, al otro lado, apareció el túnel.
Bueno, no era exactamente un túnel. Al menos, no uno construido con la precisión suficiente para merecer aquel nombre.
Era un agujero excavado en mitad de la roca, estrecho, irregular y demasiado pequeño para la cantidad de coches que intentaban atravesarlo cada verano.
Las paredes conservaban las marcas de la piedra arrancada y se inclinaban sobre la carretera como si en cualquier momento fueran a decidir cerrarse de nuevo.
De pequeña me aterraba pasar por allí.
—Qué emocionante —dije cuando redujo la velocidad—. Había olvidado lo que era jugarse la vida de verdad.
—El problema es que mucha gente no sabe conducir —contestó mi padre.
—Una opinión sorprendente viniendo de ti.
Le saqué la lengua, y él me dirigió una mirada ofendida antes de tocar el claxon dos veces. El sonido rebotó contra la piedra y regresó más fuerte. Avanzamos despacio; durante un instante el cielo desapareció y la temperatura descendió dentro de aquella garganta de roca .
Cuando cruzamos al otro lado, Costa Serena apareció de golpe.
Las primeras casas blancas se extendían junto a la carretera, rodeadas por palmeras, adelfas y buganvillas que me resultaron aún más brillantes después de la momentánea oscuridad.
Más adelante estaba el parque donde había aprendido a montar en bicicleta, aunque entonces los columpios estaban al otro lado y uno de ellos se levantaba cada vez que alguien se balanceaba.
Pasamos junto a la heladería en la que Guille había trabajado un verano —y en la que, con toda probabilidad, se había comido la mitad de los beneficios— y por la rotonda que mi abuelo Toño seguía llamando la nueva , pese a que llevaba allí más años que yo.
Todo seguía exactamente en el mismo sitio: las fachadas claras, las calles que se estrechaban cerca del centro y descendían después hacia el mar, los setos crecidos que invadían algunas aceras, las persianas bajadas para contener el calor…
Incluso el cartel torcido de la ferretería que nadie se había atrevido a enderezar en mi ausencia.
Ese era mi hogar, mi pueblo.
Y, sin embargo, tuve la sensación de estar observándolo desde un punto de vista extraño, como si Londres hubiera interpuesto una distancia invisible entre aquel rincón del Mediterráneo y yo.
—Si te duermes ahora, esta noche no pegarás ojo —dijo mi padre.
—No me estoy durmiendo.
—No paras de cerrar los ojos.
—Es para disfrutar de mi regreso desde dentro .
Escuché un suave resoplido detrás de mí y no necesité girarme para imaginar a César conteniendo una sonrisa.
Aquello bastó para estropear la paz que acababa de encontrar.
Era un hecho: la tensión iba a peor. Aunque a mí se me daba de maravilla fingir que no me importaba lo que hiciera. Como comprar un billete de avión a última hora después de asegurar que no podía alejarse tanto tiempo del trabajo.
Y también se me daba de vicio ignorar que había pasado la mayor parte del trayecto con una sensación incómoda en la nuca al sentirme observada.
Porque yo apenas pensaba en él, no más de cuarenta o cincuenta veces de nada al día.
Miré a mi padre cuando la cancela de la urbanización comenzó a abrirse.
—¿Están todos?
—Casi. Los que faltan se acercarán después del trabajo.
—¿Quiénes? —Papá hizo un gesto impreciso con la mano—. Gracias, eso me aclara todas las dudas.
Su risa baja me hizo sonreír. Ni siquiera se había detenido el coche por completo cuando la puerta principal se abrió y mi madre salió con una sonrisa radiante.
No esperé a que mi padre terminara de aparcar. Tiré de la maneta, bajé casi de un salto y crucé el camino de entrada mientras ella abría los brazos.
—Hola, cielo —susurró cuando le hundí la cara en el cuello.
Aspiré ese olor cálido y luminoso tan suyo.
—Te he echado muchísimo de menos.
—Y yo a ti.
Me apretó todavía más fuerte y me besó el pelo varias veces seguidas .
No me separé de ella cuando las ruedas de las maletas golpearon contra el suelo detrás de mí.
—Hacedme hueco —exigió alguien desde la puerta.
Un cuerpo impactó contra mi costado: mi hermana Alana.
Después se le unió Diana, y Emma salió detrás de ella, más despacio, con Biel apoyado en la cadera y Beca agarrada a una de sus piernas.
Mi cuñada África llegó diciendo que no pensaba abrazarme porque tenía las manos manchadas de harina, pero acabó haciéndolo igual.
Hubo preguntas sobre el vuelo, comentarios de mi pelo y quejas por mis ojeras. Y, mientras todo eso se solapaba, Beca me tiraba de la camiseta para que me agachara, Biel me rehuía la cara cuando trataba de besarlo, y Olivia gritaba mi nombre desde dentro de la casa.
Durante unos segundos, no supe quién me hablaba ni a quién estaba abrazando. Tampoco me importó.
Me dejé arrastrar por las voces, las manos y el olor a comida que llegaba desde la cocina, reí cuando mi sobrino Salva intentó levantarme del suelo para demostrarme cuán efectivas estaban siendo las clases de escalada con su tío Guille, y le di un golpe en el hombro a su gemelo después de que me preguntara si había aprendido ya a hablar inglés como una persona decente.
—Por supuesto —contesté.
—A ver, di algo.
— You’re such a pain in the neck.
—¿Qué significa?
—Que te quiero mucho.
—No dejes que te mienta —intervino Hans, el marido de Alana, tras entrar con su hijo Kay por la puerta abierta del patio trasero—. Te ha dicho que eres un dolor de cabeza .
El adolescente se llevó una mano al pecho y se tiró al suelo con demasiada teatralidad.
—Oh, no… Traición familiar —balbuceó para, unos segundos después, agonizar y morir.
—Voy a hablar con tu padre para que el año que viene te apuntemos a arte dramático —le dijo África—. Anda, levanta y ve a ayudar al abuelo.
Hans y Kay, que debía de haber crecido al menos otros diez centímetros en esos dos meses, llegaron hasta mí y mi sobrino me abrazó con una sonrisa.
Cuando se apartó, miró por encima de mi hombro.
—Hola, César.
Entonces me acordé de que no había vuelto sola y de que el único problema que me había traído de Londres se había bajado del coche conmigo.
Me giré.
César estaba en la entrada y seguía junto al equipaje, aunque ya había dejado las dos maletas en el suelo. Alana le estaba diciendo algo, y él asentía con atención. No parecía incómodo, aunque sí permanecía unos pasos por detrás, como si quisiera concederme el reencuentro sin meterse por medio.
Ni siquiera allí podía dejar de ser tan… él.
Y, pese a que llevaba toda la vida entrando en casa, sabía dónde se guardaban los vasos, qué escalón crujía de la escalera y que mi madre odiaba que dejáramos los bolsos sobre la encimera de la cocina, me resultó extraño verlo allí.
Quizá porque, después de ese tiempo compartiendo su rutina, ya lo veía más como parte de Londres y un poco menos «nuestro».
Mamá entró, y la expresión de él se suavizó cuando ella le sonrió con calidez y lo abrazó. César no tardó en reaccionar.
—Hola, cariño.
—Hola, Estrella .
—Me alegro de verte. ¿Cómo estás? Aparte de guapísimo, claro.
—Encantado de estar aquí.
Puse los ojos en blanco, y César le regaló una pequeña sonrisa.
Mi madre, pletórica, le acarició el brazo antes de soltarlo y volverse hacia los gemelos.
—Chicos, la pelota fuera, por favor.
Brunito interceptó el balón, y Salva se lo arrebató después de que su hermano intentara hacerse el fuerte. Entretanto, César avanzó hasta el salón y, tras saludar a Emma, esta le acercó a Biel.
—No se acordará de mí.
—Sí que se acuerda, pero mi pequeño es un pelín tímido, como su padre. ¿Verdad, peque?
Biel escondió la cara en el hombro de mi hermana, y César le hizo cosquillas en el costado. No quise fijarme demasiado en cómo se le transformaba la cara cuando le sonrió al niño, aunque fracasé en el intento.
—¡Zahara! —gritó mi abuela.
La busqué en el sofá, y ella se puso en pie. Apenas tuve tiempo de llegar antes de que me atrapara entre sus brazos.
—Hola, abuela.
—Ay, qué ganas tenía de verte. Déjame que te mire.
—Si estoy igual.
—Menos morena. —Me sujetó por los hombros y me examinó de arriba abajo—. Y más flaca.
—Eso es porque vivo en Londres.
—¿Y allí no hay alimentos?
—Sí, abuela.
—Pues no lo parece —se quejó con un mohín—. Estrella, ¿has visto qué delgada está la niña ?
—Sí, mamá —le contestó unos pasos por detrás.
La abuela me besó las dos mejillas y buscó detrás de mí.
—¿Dónde está el niño?
No necesité preguntar a qué «niño» se refería.
César, que había escuchado la conversación, se acercó con Biel en brazos, y mi abuela le hizo un gesto.
—Ven aquí.
Él obedeció y se inclinó hacia ella. Mi abuela lo abrazó con el mismo entusiasmo que a mí y después le dio dos palmadas en la cara.
—Tú también estás muy pálido —se quejó—. ¿Sigues empeñado en tomar el café sin azúcar?
Fruncí el ceño sin llegar a comprender por qué su mente había encontrado alguna lógica en unir ambos conceptos.
—Sí, señora.
—Todavía eres joven y no sabes disfrutar de la vida.
—Es posible.
—El abuelo también lo tomaba así y míralo ahora —le dijo, haciendo referencia a mi abuelo, que intentaba apartar el andador mientras Bruno se lo volvía a poner delante.
—¿Ahora sí la toma?
—No, ¿no ves la cara de mala leche que tiene todo el rato? Hazme caso y échale azúcar.
La risa me salió directa y sin contención. César giró la cara hacia mí y su sonrisa se me coló a través de la piel; sin duda le había sorprendido encontrar la mía al otro lado del sofá.
Dejé de hacerlo de inmediato.
—Voy a subir la maleta.
—Ya lo ha hecho Abril —dijo mi madre.
—Pues voy a comprobar que no la haya tirado por la ventana .
—¡Solo lo hice una vez! —protestó la aludida desde la escalera—. Y era la mochila del insti .
—Eso cambia muchísimo las cosas.
Subí a la primera planta antes de que alguien pudiera detenerme y, cuando empujé la puerta de mi habitación, suspiré.
Estaba más ordenada que cuando me marché; la cama estaba bien hecha, las ventanas abiertas dejaban entrar una brisa bastante agradable y, sobre el escritorio, encontré una maceta que no recordaba haber visto la última vez entre los montones de ropa por doblar.
Mi maleta descansaba junto al armario, milagrosamente intacta y en posición vertical.
Cerré la puerta, apoyé la espalda contra la madera y dejé caer los hombros.
Allí no tenía que hablar en otro idioma ni fingir que el hombre que dormía al lado no me importaba más de lo que debería.
Solo tenía que respirar y disfrutar de…, de los ruidos en el pasillo que presagiaban una carrera por la escalera, de la risa de uno de mis sobrinos y del sonido de una puerta que se cerraba de golpe. Y de mi padre gritando desde el jardín que quién había escondido el carbón.
Sonreí. La paz con los Remo era aquello, y yo había vuelto a casa.