Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 19 Ridiculous
50%

19 Ridiculous

«Lo que haces marca la diferencia, y tienes que decidir qué tipo de diferencia quieres marcar». - Jane Goodall

ZAHARA

Cerré la puerta de mi habitación de un portazo y el marco tembló con la misma intensidad que mis manos.

Me quedé apoyada contra la madera, respirando por la boca, con el corazón todavía acelerado y los labios ardiendo como cuando César me besaba unos minutos antes.

Unos minutos antes de apartarse.

Unos minutos antes de pronunciar aquella odiosa palabra: «Error».

Apreté los párpados.

—Gilipollas —mascullé con los dientes apretados.

No tuve claro si me refería a él o a mí .

Me separé de la puerta y empecé a caminar por la habitación sin rumbo, como un toro desbocado. De la cama a la ventana, de la ventana al armario, del armario a la puerta… Cuando de lo que de verdad tenía ganas era de abrirla, regresar a su cuarto de un par de zancadas y exigirle una explicación.

No lo hice, porque no necesitaba ninguna, en realidad. Había sido bastante claro.

Me había besado como si llevase semanas conteniéndose. Me había agarrado de la cintura, hundido los dedos en mi pelo y pegado a él hasta que no quedó ni un centímetro de distancia entre nosotros.

Y después había decidido que todo aquello era un «error».

Perfecto. Maravilloso. Una experiencia fantástica.

Me detuve frente al espejo y observé mi reflejo.

Tenía las mejillas encendidas, el pelo revuelto y uno de los tirantes del camisón caído del hombro.

Mi pinta era exactamente la de lo que era: una imbécil que había entrado en la habitación de un hombre, convencida de que llevaba días interpretando bien todas aquellas señales, y había salido de allí con el orgullo hecho puré y manchando el pasillo.

Me subí el tirante de un tirón, pero entonces bajé la mirada hacia el camisón negro.

La tela satinada se me ajustaba al cuerpo con una caída increíble. O eso pensaba hasta unos minutos antes.

En ese momento solo era capaz de ver sesenta y nueve libras de brillante humillación.

La dependienta de la tienda, una chica pelirroja con un delineado perfecto y demasiada confianza en el poder transformador de la lencería, me había visto girarme frente al espejo del probador medio abierto el día anterior y no se contuvo .

—Te queda espectacular.

Yo había ladeado la cabeza y fingido valorar el resultado con indiferencia, cuando en realidad estaba más que convencida de llevármelo.

—Quizá sea demasiado.

—¿Para ti o para otra persona?

Me sonrió. Yo también lo hice, porque había pensado en César.

En su manera de mirarme cuando creía que no me daba cuenta. En cómo se le tensaba la mandíbula cada vez que me acercaba demasiado. En las veces en que sus ojos habían viajado hasta mi boca antes de apartarse.

Lo compré porque, en el fondo, quería gustarle.

Esa era la parte que más rabia me daba; no el dinero ni el camisón.

Ni siquiera que me hubiera rechazado. Lo que me enfurecía de verdad era haberme preparado para él, haber elegido aquella tela, soltado el pelo y caminado por el pasillo, sabiendo a la perfección lo que estaba haciendo, porque él me había dejado creer que quería lo mismo, que sentía lo mismo que yo.

Me agarré el bajo del camisón y me lo quité por la cabeza con tanta brusquedad que estuve a punto de arrancarme una oreja.

Lo lancé sobre la cama de malas maneras.

—Qué estúpida —bufé mientras miraba la prenda con odio—. Has hecho la compra más absurda de toda tu vida, Zahara.

El camisón, por descontado, no respondió.

Cogí una camiseta vieja del armario y me la puse. Después, agarré el dichoso trozo de tela y lo tiré dentro de un cajón.

No quería verlo. No quería recordar el beso .

El problema era que mi cuerpo tenía una opinión muy diferente; el traidor no paraba de enviar señales para que me recrease en el recuerdo de su boca, en la presión de sus dedos sobre mi cintura, en el sonido que hizo cuando tiré de su camisa y en la forma en la que había temblado, como si las ganas le pudieran.

Aquello no tenía puto sentido, pero César no me había parecido un hombre dejándose llevar por una situación comprometida. No permaneció quieto mientras yo me abalanzaba sobre él. Al contrario, me había besado con hambre, con rabia y con una necesidad difícil de fingir.

¿Entonces?

La única explicación lógica que encontraba era que hubieran sido imaginaciones mías, porque después me había dejado claro quién era la única idiota de aquella habitación.

¿Y el beso?

Un desliz de cinco minutos, nada más.

Me senté en el borde de la cama y clavé la vista en el suelo. No iba a llorar. Ni siquiera tenía ganas. Lo que en realidad me apetecía era romper algo, preferiblemente su perfecta lámpara minimalista. O desordenarle la despensa. Eso sí habría sido una tragedia de la que jamás se recuperaría.

Inspiré hondo y decidí que aquello se acababa inmediatamente.

No volvería a entrar en su habitación.

No volvería a buscar excusas para tocarlo.

No volvería a cocinar pensando en si le gustaría.

Y, desde luego, no volvería a ponerme en una situación en la que pudiera hacerme sentir una completa estúpida.

Nunca más .

Si quería vivir como un robot con problemas afectivos, allá él. Yo no pensaba interferir en su apasionante relación con la contención y el autoengaño.

Me metí en la cama, apagué la luz y tiré de la sábana hasta la barbilla.

No pegué ojo, así que, cuando unas cuantas horas más tarde escuché abrirse la puerta de su habitación, todo mi cuerpo se puso en alerta.

Moví el cuello mientras oía sus pasos por el pasillo y esperé que girase en dirección a la cocina para, como todos los días, prepararse su estupendo y reconfortante café antes de salir hacia la oficina.

Sin embargo, esos pasos se detuvieron frente a mi puerta.

Contuve la respiración.

—Zahara, ¿estás despierta? —Me tapé la cabeza con la sábana en un acto muy adulto—. ¿Podemos hablar?

No. No podíamos.

No pensaba escuchar cómo me explicaba lo que sentía, que se había dejado llevar o que yo había malinterpretado las cosas.

Había tenido bastante con la primera vez, no necesitaba la repetición con gráficos y diapositivas que habría preparado antes de irse a dormir.

—No —respondí.

Su presencia permaneció tras mi puerta lo que me pareció una eternidad.

Cuando el silencio me dejó claro que no insistiría, me quité la sábana de la cara y me felicité a mí misma. No me había dolido en absoluto, tan solo tenía unas ganas locas de lanzarle la almohada contra la cara, pero nada más.

Y ese sentimiento no desapareció en los siguientes catorce días, que fueron una absoluta y completa mierda .

No porque discutiera con César… Discutir habría sido más fácil. Al menos una pelea implicaba gritos, acusaciones y la posibilidad de mandarlo a defecar a las vías del tren de una forma satisfactoria.

Nosotros hicimos algo mucho peor: nos volvimos dos extraños.

La primera vez que nos cruzamos más de un minuto seguido fue el lunes siguiente.

Yo me había quedado en la cama mirando el techo diez minutos más allá de su hora habitual de salida, esa que compartíamos cuando me tocaba turno de mañana, solo para asegurarme de que ya estaría fuera de casa.

Cuando entré en la cocina, él seguía allí, de pie frente a la encimera, con el traje puesto, el café en una mano y aquella expresión seria que —estaba convencida— ensayaba cada mañana frente al espejo para asustar a sus compañeros.

Me detuve en seco, él se giró y, durante un instante, ninguno de los dos dijo nada. Mis ojos adquirieron vida propia y bajaron a su boca antes de que pudiera evitarlo.

—Buenos días. —Su voz fue suave y comedida.

—Buenos días.

Abrí un armario.

No necesitaba nada de allí, pero era el más cercano, así que observé las ensaladeras con muchísimo interés.

—Zahara, me gustaría…

—No.

—Por favor, déjame explicarte…

Cerré la puerta con un golpe seco.

—No quiero que me expliques nada, César. Y deberías irte, vas a llegar tarde.

Metí la cápsula, pulsé el botón, y el ruido de la cafetera llenó la cocina .

César permaneció un poco más allí, a la espera de un cambio de opinión por mi parte. No lo hice, así que enjuagó su taza y la metió en el lavavajillas.

—Que tengas un buen día.

—Igualmente.

Me dio la espalda y salió.

Esperé a escuchar la puerta del piso antes de soltar el aire. Después, miré la segunda taza que había sacado del armario sin ser consciente y la guardé de inmediato al darme cuenta de que era de las suyas.

Al tercer día comprendí que no era casualidad que retrasara su salida del piso, por lo que cambié mi táctica y empecé a madrugar yo. Me levantaba cuando él estaba en la ducha, preparaba mi desayuno, lo recogía todo y desaparecía del piso antes de que él saliera de su habitación.

No lo evitaba, tan solo había encontrado un horario estupendo para pasear por Londres.

El hecho de que me aprovechara de conocer a qué hora sonaba su despertador, cuánto tardaba en ducharse y en qué minuto cruzaría la puerta de la cocina no significaba nada. Y que no me gustase nada madrugar, tampoco.

Ah, y también dejé de cocinar de más.

O eso intenté.

Un día traté de hacer pasta para una persona y terminé con una cantidad suficiente como para alimentar a una familia italiana durante tres generaciones enteras.

En otra ocasión preparé salmón y, cuando fui a echar las especias, agarré sin pensar el bote de eneldo. Entonces recordé que a César le encantaba, así que me quedé mirándolo, devolví el bote al estante y cogí cilantro.

César odiaba el cilantro.

Resultó que yo también .

Aquella cena fue repugnante, pero me la comí entera más por principios que por hambre.

Sin embargo, la más humillante fue la de la salsa.

Hundí la cuchara en ella, removí, la saqué, soplé y giré el cuello hacia el pasillo.

—Cé… —Me mordí la lengua de inmediato.

¿Qué demonios hacía? No necesitaba su opinión.

Cabreada, añadí una cantidad ingente de sal y, para sorpresa de nadie, la salsa dejó de estar perfecta.

Me la comí también. No iba a permitir que un exceso de sodio derrotara mi dignidad.

Con Didier al menos pude desahogarme. O algo parecido.