Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 19 Ridiculous #2
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19 Ridiculous #2

Unos días después del momento patético entró en mi habitación sin llamar y se dejó caer boca abajo sobre la cama en la que estaba tan tranquila leyendo.

—Este piso tiene el ambiente de un funeral victoriano.

Yo seguí pasando páginas sin prestarle atención a la historia.

—Deberías hacerte mirar lo de las series de época. En serio.

—¿Vais a seguir así mucho tiempo?

—No sé de qué me hablas.

—Claro que no. —Se incorporó hasta quedar apoyado sobre un codo y echó un vistazo a mi libro. Lo cerré de inmediato—. ¿Qué ha pasado?

—Que Violet intenta sobrevivir a sus despiadados compañeros. Y ahora, si me disculpas, quiero saber si se convierte en jinete de dragón o muere en el intento.

—Zahara…

—Didier…

—¿Por qué sigues fingiendo que no sabes a qué me refiero? César camina por la casa con cara de haber atropellado a un cachorro .

—Esa es su expresión habitual, no es culpa mía —rebatí, y él alzó una ceja—. No ha pasado nada.

—Perfecto. Entonces utilizaré el chantaje con César para que…

—¡No! Ni se te ocurra.

La sonrisa que apareció en su cara me hizo considerar lanzarle algo más contundente que aquel pesado libro.

—Ajá.

—No pongas esa cara de disfrute.

—No estoy disfrutando, estoy intrigado, y te aseguro que mi mente puede ser muy creativa en picos de inspiración.

—Nos besamos.

—¡Por fin! —exclamó con los brazos alzados—. Creí que nunca pasaría.

—Y después me dijo que había sido un error.

Su sonrisa desapareció ipso facto .

—¿Un error?

—Eso he dicho.

—¿Qué ocurrió entre el beso y esa frase?

—Nada.

Se sentó en la cama y negó con la cabeza.

—No puede ser.

—Y tanto que pudo ser. Nos besamos, se apartó como si yo tuviera una horrible halitosis y dijo que había sido un error.

Didier guardó silencio. Después, dejándome con la boca abierta, soltó:

—Pues sí que sois idiotas.

—Perdona, ¿ sois ?

—Sois.

—Y ¿qué se supone que he hecho yo? Aparte del ridículo, claro .

—Fijarte en el hombre más cabezota sobre la faz de la tierra. —Se levantó de la cama y asintió—. Por eso te pasas el día controlando dónde está para no coincidir con él, ¿no? ¿Ha intentado hablar contigo?

—No quiero hablar con él.

—¿Por qué?

Cerré el libro y lo apoyé sobre la mesilla. Tras eso, me levanté de la cama y moví un par de prendas de ropa que había sobre el tocador para ganar algo de tiempo.

—Porque ya fue bastante humillante la primera vez que lo dijo, no pienso darle la oportunidad de repetir la jugada de forma educada.

Didier caminó hacia la puerta y, antes de salir, añadió:

—¿Sabes qué es lo peor? Que tú crees que él te rechazó, y yo estoy convencido de que él piensa que te protegió.

—No lo creo, estuve allí —le recordé y, con toda la ironía que pude reunir, continué—. Pero, si tú lo dices, le enviaré una tarjeta de agradecimiento por ser tan considerado conmigo.

—Zahara, César no hace nada si no está convencido de que es lo correcto. Incluso cuando es una estupidez monumental.

Odié que una parte de mí entendiera lo que quería decir. Conocía a César y sabía hasta qué punto podía aferrarse a lo que consideraba correcto, aunque nadie más compartiera su cuadriculada lógica. Sin embargo, estaba demasiado dolida para concederle siquiera una mínima parte de razón.

—¿Acabas de llamar estupidez monumental a besarme?

—¿Yo he dicho eso? Bueno, los tíos somos lo peor, ¿no? —Me guiñó un ojo y abrió la puerta—. Habla con él, por favor.

No contesté. Y tampoco seguí su consejo. Ni siquiera en el trabajo .

César había retomado su rutina, y a mí Hartwell la blanca con la línea celeste y una pequeña marca en la base que él siempre colocaba hacia atrás.

Bebí en ella, y la dejé en el fregadero. Sin lavar.

No me sentí orgullosa, pero tampoco especialmente culpable.

Era mejor así. Cada uno por su lado, como si nada. O eso me repetí durante esas dos semanas.

César era demasiado serio, demasiado rígido y maniático. No habría funcionado. Además, seguro que mi mente había magnificado el beso de tanto como lo había recreado y, en realidad, besaba fatal.

Durante un minuto me pregunté si no sería más fácil buscar otra habitación. Londres estaba lleno de pisos compartidos y…

Resoplé y descarté la idea de inmediato .

No iba a marcharme de esa casa por culpa de alguien incapaz de ponerse de acuerdo con sus propias emociones, por mucho que me resultase agotador.

Se me pasaría. Todo pasaba. Me había ocurrido con la carrera de Ciencias del Deporte. Con Enfermería. Con cada trabajo.

También se me pasaría César.

Solo necesitaba dejar de pensar en él. Una tarea que habría resultado mucho más sencilla si no viviera al otro lado del pasillo.

Por eso, aquel veintidós de abril sonreí por primera vez cuando saqué la maleta del armario.

Me iba.

Volvería a Costa Serena durante una semana y media. Con mi madre, mi padre, mis hermanos y cuñados. Con los niños corriendo por todas partes, la playa, el ruido y el caos.

Necesitaba caos.

Y necesitaba no medir cada movimiento ni tensarme cada vez que escuchaba pasos acercándose.

No había sido consciente de cuánto echaba de menos todo aquello hasta que supe que estaba a punto de recuperarlo.

Abrí la maleta sobre la cama y empecé a llenarla, con los ánimos renovados. Hasta que me topé con un trozo de tela negro al fondo de un cajón. Lo saqué y lo sostuve entre los dedos. Ni siquiera sabía por qué lo había guardado allí.

Debía tirarlo. Quemarlo. O utilizarlo para limpiar los cristales.

En lugar de eso, lo doblé y lo metí en el fondo del equipaje. Ya me odiaría al día siguiente.

Cerré la maleta antes de que mi dignidad se pusiera a protestar y me dejé caer en la cama, agotada, pero feliz.

Volvía a casa .

Me acosté convencida de que Costa Serena me sentaría de maravilla, sobre todo porque empezaba a caerme francamente mal a mí misma.

Sol, arena, familia y cero unidades de Mr. PowerPoint.

Diez días… Con eso me bastaba para volver a ser yo misma.