Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 18 Back to december #3
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Y la forma en la que abrió la boca y espiró despacio me volvió loco.

Acorté la escasa distancia entre nosotros y pegué mis labios a los suyos. Durante el primer contacto, iluso de mí, todavía creí que podría controlarlo.

Sin embargo, Zahara dejó escapar el aire contra mi boca y me devolvió el beso con ganas. Y todo el control que había conseguido mantener durante tanto tiempo se quebró.

Le hundí una mano en el pelo, pero apenas permaneció allí unos segundos. Descendí hasta el cuello, volví a la mejilla y le recorrí la espalda como si necesitara memorizarla.

No sabía dónde tocarla primero. Solo sabía que cualquier sitio en el que no estuvieran mis manos o mi boca me resultaban demasiado lejanos.

Aquel beso no se parecía en nada a lo que había imaginado, era infinitamente peor para mi autocontrol.

Fue hambre, la suya y la mía; la de un hombre que llevaba demasiado tiempo respirando a medias y conteniendo un impulso que ya no le cabía dentro del cuerpo.

Y fue caótico, intenso e imposible de detener.

La agarré por la cintura y la estreché con tanta fuerza contra mí que no quedó espacio entre nosotros. Y la besé una vez más.

Y, cuando creí haber encontrado el ritmo, necesité explorar más. Su cuello. Su mandíbula. Cualquier parte me resultaba embriagadora y, a la vez, insuficiente.

Era incapaz de decidir si necesitaba con más ansia su boca o volver a embeberme del delicioso olor de su cuello.

Aunque ella decidió por mí cuando me pasó los dedos por la nuca, se separó unos centímetros con la respiración agitada y me tiró del pelo con tanta fuerza que terminé con la cara enterrada entre sus pechos cubiertos.

Se me escapó el aliento antes incluso de haber recuperado el aire, y el sonido que salió de su garganta cuando apresé uno de los erguidos pezones en la boca me atravesó por completo.

Zahara retrocedió hasta que la parte posterior de sus piernas chocó contra la cama, y los dedos se me cerraron en torno a su cintura para sostenerla mientras descendíamos.

La acompañé sin dejar de besarla, más profundo y más fuerte esa vez. Y, una vez acomodados, mi erección encontró cobijo entre sus muslos.

No pensé en el trabajo cuando se movió en un roce lento y deliberado con mi pantalón y su ropa interior como única barrera. No pensé en Didier ni en la familia de Zahara. Ni en todos los motivos por los que aquello era una idea desastrosa.

Durante esos gloriosos minutos no pensé en nada, no recordé nada.

Solo existía ella, su boca, su cuerpo y sus manos. Su respiración agitada y la forma en la que mi nombre se perdió entre nuestros labios en un gemido necesitado.

Hacía años que no conseguía silenciar mi cabeza de aquella manera, y durante unos segundos dejé de tener miedo.

Y fue precisamente eso, ese silencio y plenitud que sentí, lo que activó el fogonazo.

No se trató de un recuerdo completo, fue más bien de una sensación desagradable y conocida.

Una puerta cerrada.

Una voz suave.

Y una sala demasiado clara donde cada semana me pedían que hablara de alguien a quien yo solo quería olvidar.

Recordaba el reloj redondo sobre la pared de aquella consulta, la voz nasal de la psicóloga y la necesidad de responder bien para que dejaran de preguntar. Creía que, si conseguía no pensar en aquel hombre durante el tiempo suficiente, terminaría desapareciendo.

Pero nunca lo hizo. Siempre encontraba la forma de volver; una llamada por mi cumpleaños. Una carta. Una voz al otro lado de la valla del colegio que me aseguraba que mi madre me había puesto en su contra.

Cada vez que empezaba a cerrar la herida, a sentirme bien y ser feliz, él regresaba para recordarme que seguía allí, pudriéndolo todo.

Toda mi vida convencido de que la felicidad, ese sentimiento que todo el mundo ansiaba, siempre acababa cobrándose un precio.

Y durante un momento había bajado la guardia.

Me separé de golpe.

Zahara tardó en abrir los párpados. Tenía los labios entreabiertos, las mejillas encendidas y varios mechones de pelo atrapados entre mis dedos.

Retiré la mano como si su simple contacto me quemara.

—¿César?

Me incorporé y di un paso atrás. Después otro.

Necesitaba distancia. Necesitaba aire y, sobre todo, volver a reconocerme.

—No.

Supe que había sonado demasiado brusco por lo inmóvil que se quedó.

—¿No?

—Esto no debería haber ocurrido.

Zahara se incorporó y el frío de mi voz le erizó la piel.

—Pero ha ocurrido.

—Ha sido un…, un error .

La última palabra me raspó la garganta; me odié en cuanto la pronuncié.

Zahara me estudió durante un instante, y yo pude ver cómo le cambiaba la mirada, desde la incomprensión al rechazo más absoluto.

No hubo lágrimas. Quizá habría sido más fácil si las hubiera habido. En cambio, aquella decepción silenciosa me obligó a apartar los ojos.

—¿Un error? —repitió.

—Me he dejado llevar.

—No. —Recogió el libro de la cama—. No hace falta que me des explicaciones.

—Zahara, por favor…

Se puso en pie y avanzó hacia mí. Al llegar a mi altura, elevó la barbilla y dijo muy claro:

—Vete a la mierda, César.

No la detuve cuando salió dando un portazo.