Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 18 Back to december #2
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18 Back to december #2

—Está bien. —Retomó los pasos hacia la cama y miró el edredón—. ¿Puedo sentarme sin que te dé un ictus?

Asentí.

Se apoyó en el borde y dio dos pequeños saltos, como si pretendiera comprobar la resistencia de la superficie.

Aquel movimiento desencadenó una reacción simultánea de la parte frontal de su cuerpo y la mitad inferior del mío que intenté ocultar con un cambio de postura.

—¿Qué me quieres enseñar? —repetí.

—Qué impaciente —se quejó y, por fin, lo abrió—. Me lo recomendó Lily y, cuando llegué a una parte, me recordó a alguien.

Una alarma silenciosa se me activó en la cabeza.

—¿A quién ?

—Ahora lo descubrirás. —Movió las manos para pasar las páginas y, al llegar al lugar marcado, inspiró hondo y comenzó a leer.

Compuso un tono tan solemne que, en lugar de estar sentada en mi cama, parecía que interpretaba una obra ante un público numeroso.

—«Durante semanas había hecho todo lo posible por mantenerse lejos de ella.

Buscó excusas, evitó los lugares que ella frecuentaba y se convenció de que cada paso atrás era una victoria».

—El aire se me quedó atascado en los pulmones mientras Zahara continuaba leyendo—.

«Pero la distancia no había conseguido que la deseara menos.

Solo había convertido cada encuentro en un recordatorio de todo aquello que se negaba a admitir».

Levantó la vista hacia mí un instante y una sonrisa se le formó en la comisura de la boca al ser consciente de mi expresión.

—Zahara…

—Todavía no he terminado.

—Creo que he entendido el concepto.

—No estés tan seguro. —Volvió a bajar la mirada al dichoso libro—.

«Había descubierto demasiado tarde que lo peligroso no era besarla como llevaba noches fantaseando con hacer.

El verdadero peligro había sido pasar tanto tiempo fingiendo que no quería hacerlo, porque, a aquellas alturas, las ganas se le desbordaban por los ojos cada vez que la miraba, por los labios cuando la llamaba por su nombre y por las manos en cada ocasión que se rozaban.

Y por eso huía, de eso se escondía, ajeno a que ella se había dado cuenta de todo.

El objeto de su deseo disfrutaba del espectáculo que eran sus iris encendidos cada vez que la miraba y fantaseaba por las noches en su alcoba, aguardando el momento en el que él se decidiera a dar el primer paso».

Joder.

El dormitorio quedó en silencio. Zahara se levantó y dejó el libro sobre la cama.

A aquellas alturas el pulso me golpeaba en la garganta.

—¿Y por qué te ha recordado a mí? —susurré.

Sus cejas se alzaron cuando clavó los ojos en los míos y comenzó a caminar en mi dirección.

—Yo no he dicho que fueras tú. Podría ser cualquiera —rebatió al llegar a mi altura—. No seas tan egocéntrico.

La distancia entre nosotros era tan escasa que podía percibir con total claridad el dibujo de su cuerpo tras la sedosa tela.

—¿Qué estás haciendo, Zahara? —le pregunté en un ruego desesperado.

—Compartir contigo el pasaje de una novela de época.

—No es verdad.

—Entonces, dime tú, ¿qué se supone que estoy haciendo, César?

La miré en busca de algún indicio de inseguridad. Alguna vacilación que me permitiera creer que no era consciente de lo que estaba provocando.

No la encontré.

—¿Por qué te pones mi ropa?

—Solo es una sudadera, no exageres —se excusó.

—¿Por qué? —insistí—. ¿Por qué vienes y me lees una escena sobre un hombre que se muere de ganas por besar a una mujer?

Ella ladeó la cabeza y su mirada descendió hasta mi boca.

—No creo que necesites una explicación. Eres muy listo, solo tienes que sumar dos más dos .

Las palabras apenas fueron un murmullo.

—No hagas esto.

—¿El qué?

—Ya lo sabes.

—No. —Dio un pequeño paso más. Sus pechos rozaron la tela de mi camisa entreabierta—. Ese es el problema, que no lo sé, y tú no me lo dices claro.

La sentí tan cerca que la cabeza me dio vueltas.

—Zahara, por favor…

—César, llevas días evitándome, saliendo antes de casa y volviendo mucho más tarde. No soy tonta, ¿sabes?

—Mis horarios no tienen nada que ver contigo —mentí.

—Dímelo mirándome a la cara.

Lo hice. Y supe que había sido un error.

Había imaginado una escena como aquella demasiadas veces durante esos días. En la cocina, en el sofá, incluso en la oficina cuando debería haber estado pensando en cualquier otra cosa más eficiente.

Sin embargo, ninguna de aquellas fantasías se parecía a la realidad, porque en ninguna Zahara me miraba como entonces. Como si todavía no supiera la respuesta a sus dudas, pero estuviera dispuesta a quedarse allí hasta obtenerla.

—Mírame y dime que no quieres besarme —exigió.

Abrí la boca, pero fui incapaz de pronunciar una sola palabra.

Ella entendió la respuesta antes que yo. No se movió. No retrocedió ni avanzó. Siguió delante de mí, a la espera.

Y yo estaba cansado.

Cansado de apartar la mirada, de escuchar sus pasos al otro lado de la puerta y de fingir que no era consciente de cada uno de sus movimientos .

Y más cansado aún de comportarme como si desearla fuera un problema que podía resolver modificando una agenda.

Levanté una mano y titubeé a un milímetro de tocarla.