Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 18 Back to december
45%

18 Back to december

«El éxito es obtener lo que quieres; la felicidad es querer lo que obtienes». - Dale Carnegie

CÉSAR

La semana posterior fue la más larga que recordaba desde que Zahara había llegado a Londres, y no porque pasara nada extraordinario. Simplemente empecé a prestar mucha más atención a todo .

Ella dejó de hacer comentarios sobre el concierto de Didier y tampoco volvió a preguntarme por qué habíamos salido del pub como si el local estuviera en llamas. Durante los primeros días incluso llegué a pensar que aquella noche no había cambiado nada entre nosotros.

Por supuesto, me equivoqué .

Para mi mayor consternación, adquirió un nuevo hábito que me afectaba sobremanera: comenzó a ponerse mi sudadera favorita para todo.

La primera mañana me la encontré sentada en la encimera, con las piernas cruzadas y las mangas cubriéndole las manos mientras removía el café.

Después, en la comida, preparó una salsa y me invitó a probarla directo de la cuchara que ella misma había utilizado.

El segundo día apareció con ella y unos pantalones que dejaban poco o nada a la imaginación y, al pasar por detrás de mí en el salón, me apoyó una mano en la espalda para avisarme de que estaba despierta, a pesar de que ya la había visto y de que tenía espacio suficiente para rodear la mesa sin tocarme.

Adelanté mi salida de casa doce minutos.

El martes, recién sacada de la secadora, se la puso con un gemido de satisfacción mientras yo preparaba el café.

Después, se sentó tan cerca en el autobús que su rodilla permaneció apoyada contra la mía durante casi veinte minutos.

Más tarde acepté revisar una presentación que podría haber esperado hasta la mañana siguiente solo para prolongar el tiempo de salida de la oficina.

Y el miércoles me quitó una pelusa imaginaria de la americana antes de que saliera hacia el trabajo.

—Perfecto —dijo satisfecha.

Me quedé observándola sin llegar a comprender el motivo de aquella sonrisa tan genuina.

—¿Qué pasa?

—Nada. Todo.

Tuve que marcharme de casa sin terminarme el café.

Estaba claro que Zahara no se daba cuenta de lo que provocaba en mí .

Así como tampoco debía de ser consciente de que se acercaba demasiado cuando cocinábamos.

Ni de que, al colocarse a mi lado para enseñarme cualquier cosa en el teléfono, a mí se me iban los ojos a esa porción de piel de su cuello que tanto me perturbaba.

Y mucho menos de que, cada vez que me hablaba, me sostenía la mirada más de lo necesario y sonreía justo cuando yo decidía apartarla.

La alternativa suponía aceptar que Zahara estaba haciendo todo aquello de forma consciente. Y, aunque en otras circunstancias no habría dudado de su capacidad para provocar una reacción hasta en una estatua de mármol, me negaba a creer que estuviera poniéndome a prueba.

No tenía ningún motivo para hacerlo.

Y yo tampoco había hecho nada que pudiera llevarla a pensar que…

El sonido de un teléfono en la oficina me trajo al presente. Aparté la vista de la ventana y me obligué a releer el mismo correo por tercera vez.

Llevaba toda la semana siendo cero productivo, y no era precisamente el mejor momento para permitirme semejante bajada de rendimiento, con las revisiones de promoción a la vuelta de la esquina.

A pesar de que estaba más tiempo que nunca en la oficina, no había hecho mucho, salvo inventar técnicas para evitarla. Bueno, y lamentarme por comportarme como un adolescente incapaz de permanecer más de diez minutos a solas con una mujer, eso también.

Lo peor era que no estaba siendo tan efectivo como pretendía.

Y Priya, por descontado, se dio cuenta de que algo ocurría. Sobre todo porque ese jueves, por segunda vez consecutiva, le pedí que bajase ella a por mi café .

—Una vez tuve unos vecinos con una vida íntima bastante fogosa —me comentó al regresar de la cafetería con mi bebida y la galleta de los jueves.

Levanté la vista del ordenador mientras procesaba la información.

—¿Qué?

—Fue en la época en la que eché tantas horas extra. —Hizo una pausa—. ¿Te está ocurriendo algo así?

—No.

—Ah —contestó sin estar convencida—. Como cada día te marchas más tarde y llegas tan temprano…

Se fue hacia su mesa y no añadió nada más, pero la forma en la que me miró me dejó claro que tampoco estaba siendo nada discreto en la oficina.

El problema no era que quisiera alejarme de Zahara, era que no confiaba en lo que podía ocurrir si no lo hacía.

Lo había comprobado el mismo sábado, mientras veíamos El Padrino en el sofá tras aquella videollamada con mis padres.

Durante casi dos horas había sido consciente de cada uno de sus movimientos, del roce de sus dedos cuando metía la mano en el cuenco de las palomitas, de la forma en la que se recogía el pelo sobre un hombro y del olor de su champú cada vez que se inclinaba hacia delante, absorta en la pantalla.

Al terminar, además, había apoyado la cabeza contra el respaldo y me observó sin siquiera parpadear. No dijo nada. Yo tampoco. Y sentí que el propio silencio respiraba agitadamente entre los dos.

Me levanté con la excusa de recoger y, desde entonces, había dedicado una cantidad ingente de esfuerzo a impedir que volviera a suceder.

Ese jueves regresé a casa cuando el salón ya estaba vacío y las luces de la cocina, apagadas .

Dejé las llaves en el cuenco de la entrada con sigilo y…

—Hola —dijo Zahara desde algún lugar del piso.

No la busqué con la mirada. Ni le pregunté dónde demonios estaba Didier.

Si no lo sabía, aún podía fingir que se encontraba en su habitación —poco probable, pues la puerta se encontraba abierta— o en la ducha —de la que no salía ningún sonido— o en cualquier sitio que redujera las posibilidades de estar a solas con ella.

Me deshice del abrigo y musité un «buenas noches» mientras caminaba hacia mi dormitorio.

No estaba huyendo, solo necesitaba cambiarme.

Y quizá responder algunos correos.

Y revisar la agenda del día siguiente.

Y…

Cerré a mi espalda y solté el aire por la boca.

Cuando conseguí que las pulsaciones volvieran a una velocidad más o menos estable, me quité la chaqueta y la colgué en el respaldo de la silla.

Después, me desabroché los puños y los botones de la camisa, absorto en cada movimiento, rezando para que mantener las manos ocupadas impidiese que mi cerebro regresara otra vez a Zahara y al modo en que sonreía cuando sabía que había conseguido incomodarme.

Pero entonces llamaron a la puerta, y me quedé petrificado.

Fueron dos golpes suaves que, por el contrario, registré como dos mazazos de realidad impactándome en pleno tórax.

Cerré los párpados.

—¿Sí?

—¿Puedo pasar? —No contesté a la primera—. ¿César?

—Adelante —respondí en un susurro a la vez que me santiguaba mentalmente.

La puerta se abrió unos centímetros .

Lo primero que vi fue su rostro. Después, una pierna larga y desnuda y una prenda negra a modo de camisón, demasiado brillante para ser de algodón.

No llevaba mi sudadera, pero ese detalle no sirvió de nada.

—Hola.

—¿Necesitas algo? —le pregunté con el mismo esfuerzo que haría si alguien me estuviera asfixiando.

Ella, que había permanecido en el umbral con una mano sobre el picaporte y un libro apretado contra el pecho, entró y cerró con suavidad.

Hasta ese momento siempre había conseguido conservar un espacio donde nada podía alterarme. Un espacio solo mío, y que dejé de sentir así en cuanto ella cruzó la puerta.

Zahara miró a su alrededor sin disimular su curiosidad.

—Vaya. —Hizo un gesto sorprendido—. Esperaba que estuviera ordenada, pero esto es…

Giró lentamente sobre sí misma.

—¿Qué?

—Inquietante.

Miré alrededor sin necesidad, pues ya sabía lo que iba a encontrar: la cama hecha, los zapatos alineados en el zapatero y nada fuera de lugar.

—No veo qué podría resultarte inquietante.

Señaló la cama.

—Las esquinas del edredón podrían cortar carne magra —exageró—. Es una amenaza para cualquiera que piense en sentarse encima.

—Entonces, no te sientes.

Su sonrisa se ensanchó.

—¿Esa es tu forma sutil de echarme?

—No pretendía ser sutil .

Ella, en lugar de molestarse y dar media vuelta, avanzó hacia la estantería.

Pasó un dedo por los lomos de los libros sin llegar a tocarlos y ladeó la cabeza para leer los títulos mientras yo me sentía expuesto de una forma muy ridícula.

Y es que, aunque no podía encontrar nada íntimo a simple vista, ninguna fotografía u objeto personal que pudiera revelar algo que no quisiera compartir, ella lo observaba todo con la fascinación de un arqueólogo que ha desenterrado un tesoro.

—Los tienes colocados por tamaño —dijo.

—Y por categorías. Me facilita encontrarlos.

—Claro. Sería una tragedia tardar tres segundos de más en localizar un libro.

De espaldas a mí, se echó el pelo hacia un hombro, lo que dejó a la vista más de la mitad de su espalda. Más de la mitad que no estaba cubierta por aquel trozo tan tentador de tela y que me moría de ganas de…

—¿Has venido solo para criticar mi cuarto? —pregunté para cortar el rumbo de mis pensamientos.

—No. —Levantó el libro que llevaba en la mano—. He venido a traerte esto.

Fruncí el ceño.

—No es mío.

—Lo sé. —Dio un paso hacia mí, y yo me puse en guardia—. Quería enseñarte una cosa.

—Zahara, estoy agotado.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Ella dejó de sonreír, también de caminar. En cambio, me sostuvo la mirada y preguntó:

—¿Mucho trabajo?

—Sí —mentí con demasiada rapidez .

Bajó los ojos hacia el libro y, tras un par de segundos, negó con la cabeza.

—Perdona, no te molestaré más.

Dio un paso hacia la puerta.

Llevaba toda la semana asegurándome de no coincidir demasiado con ella y había convertido mi dormitorio en mi segunda oficina para evitar exactamente aquella situación. Pero, en lugar de respirar victorioso, la detuve en un impulso sin sentido.

—¿Qué querías enseñarme?

Se detuvo y volvió a hacer contacto visual.

—Una escena.

—¿De qué tipo?

—¿Ahora te interesa? —Su tono sonó más ligero esa vez—. La verdad, después de recibirme con la hospitalidad de un guardia de prisión no sé si me apetece.

Suspiré.

—Lo siento.