17 What if?
«Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es seguir adelante». - Agatha Christie
ZAHARA
Me asomé al recibidor justo cuando Didier dejaba las llaves sobre el mueble de la entrada.
—¡Buenos días! ¿Qué tal ha…?
La pregunta murió sola cuando se giró.
Tenía unas ojeras considerables, los ojos apagados y una expresión tan agotada que costaba reconocer al francés que era capaz de conmover a un local entero con su voz y, al mismo tiempo, convertir cualquier situación en una broma.
—¿Didier?
Alzó la vista hacia mí e hizo un leve gesto con la cabeza.
— Bonjour .
Nada más. Ni una sonrisa ni un comentario sobre mi indumentaria ni una de sus salidas teatrales. Pasó por mi lado en dirección a su habitación sin detenerse, y yo me quedé quieta unos segundos sin saber qué hacer.
Era evidente que algo había pasado, y mi intuición me decía que, del mismo modo que sabía animar cualquier situación cuando se lo proponía, Didier también era de los que se hacían pequeñitos cuando de verdad lo pasaban mal.
Quizá quería estar solo. Era, de hecho, lo más probable.
Aun así, terminé siguiéndolo por el pasillo y di un par de toques con los nudillos en la puerta entreabierta.
—¿Se puede?
Como no respondió, asomé la cabeza.
Estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza inclinada hacia el suelo.
Al oírme, levantó la vista y, en lugar de contestar, se dejó caer de espaldas sobre el colchón hasta quedar atravesado sobre la cama, con la cabeza apoyada en la parte de los pies.
—Si vienes a decirme que, sea lo que sea, todo se arreglará, ahórratelo.
Decidí tomarme aquello como una invitación.
—No era mi plan.
—Mejor.
Entré y me senté en el borde de la cama, dejando un pequeño espacio entre los dos.
No tuve que pensar demasiado qué decir, pues fue él quien rompió el silencio.
—Los tíos son lo peor.
—Vaya. Me tenía engañada tu barba, porque hasta ahora pensaba que eras uno de ellos. —Las comisuras de sus labios se movieron apenas un milímetro—. ¿Has decidido cambiar de equipo a estas alturas de la vida ?
—He decidido que sois menos complicadas.
—No sabes la cantidad de mujeres que se sentirían profundamente ofendidas al oírte. ¿Qué ha pasado?
Dejó escapar el aire despacio por la nariz en una especie de suspiro y se tapó la cara con un brazo.
—He discutido con Lucien. Otra vez.
—¿Mucho?
—Lo suficiente.
—¿Quieres contármelo? —Me dejé caer a su lado, y él negó con la cabeza—. Entonces me quedaré aquí sin decir nada, si no te importa.
Giró el cuello hacia mí y me miró con el ceño fruncido.
—¿Harías eso?
—Claro. Hay que permanecer unidas contra el sexo débil.
Aquello consiguió arrancarle una sonrisa mucho más evidente que la anterior.
Nos mantuvimos en silencio hasta que él lo rompió.
—Dice que huyo. —No me pronuncié, y él lo tomó como una invitación a seguir hablando—. Según él, en cuanto las cosas empiezan a ponerse demasiado serias, huyo.
No supe qué contestar. Me daba la sensación de que no quería consejo, solo necesitaba decirlo en voz alta.
—¿Y tú qué crees? —indagué, y Didier emitió una risa sin humor.
—Odio cuando hacéis esa pregunta.
—¿ Hacéis ? ¿Quiénes?
—La gente sensata.
Esa vez me reí con ganas.
—No te acostumbres, dentro de cinco minutos dejaré de parecer una adulta funcional.
Él soltó una risa breve y se quedó mirando al techo un instante .
—Todo iba bien. Pero de repente empezó a hacer preguntas.
—¿De qué tipo?
—De las que terminan convirtiéndose en una conversación de dos horas.
—Eso suena agotador.
—Lo fue. Quiere saber si algún día voy a dejar de comportarme como si tuviera la salida de emergencia siempre localizada.
Aquello sí consiguió borrarme la sonrisa. Porque, aunque lo dijo con una ligereza casi cómica, también hubo algo triste en la forma en la que evitó mirarme.
—¿Y es así? —murmuré—. ¿La tienes localizada?
—Todos tenemos algún mecanismo de defensa, ¿no?
No llegué a responder. Una sombra se proyectó sobre el suelo del dormitorio y levanté la vista.
César permanecía inmóvil en el marco de la puerta. Tenía todavía el pelo húmedo y la ropa con la que había llegado de correr descansaba en una de sus manos.
Paseó la mirada primero por Didier, después por mí y, tras hacer el siguiente barrido, se detuvo en mí de nuevo.
Le hice un leve gesto con la cabeza, y solo entonces reaccionó.
—¿Todo bien? —le preguntó.
Didier emitió un sonido parecido a una risa cansada.
—¿Hace falta que responda?
—¿Lucien?
—Premio.
Me incorporé, y el colchón recuperó poco a poco su forma.
Miré a César y le hice un gesto con la cabeza de forma sutil para pedirle que entrase y me hiciese el relevo. Él me miró fijamente, sin moverse de su posición .
Repetí la mueca mientras avanzaba. Por fin captó la indirecta y cruzó el umbral de la habitación.
—Os dejo un rato.
Didier se sentó sobre el colchón.
—Gracias, española.
Sonreí y, al pasar junto a César, este me sostuvo la mirada y respondió con un asentimiento casi imperceptible.
Entorné la puerta con suavidad al salir.
No entendía por qué había tardado tanto en reaccionar al vernos. Y por algún motivo aquella imagen de él observándonos con aquel gesto impasible me acompañó mientras caminaba hacia la cocina.
Abrí uno de los armarios sin tener muy claro qué estaba buscando y me sorprendí sonriendo al recordar la videollamada con Leo y Leire de un rato antes.
Hasta hacía unas semanas me habría parecido imposible imaginarme compartiendo una mañana así con César. Sin embargo, aquella conversación sobre nuestro posible viaje y sus reticencias a dejarse llevar me había hecho sentirlo un poquito más cerca.
Como si llevara mucho más tiempo formando parte de su vida —más allá de mi papel como hija pequeña de Fede y Estrella— del que realmente llevaba.
Agarré un paquete de palomitas instantáneas, porque una sesión de cine sin ellas me parecía poco menos que un delito, y las metí en el microondas. Pulsé el botón de inicio, y el zumbido llenó el silencio de la estancia.
Apoyé la cadera en la encimera y suspiré.
Pobre Didier. No debía de ser fácil estar pillado por alguien que, a su vez, esperaba algo que tú no estabas preparado para dar. O quizá sí lo estaba, pero no quería, ¿quién sabía? No conocía lo suficiente su relación como para juzgar a la ligera .
Se escuchó el primer estallido. Luego otro y otro más.
Me puse de puntillas para alcanzar a ver el microondas. Siempre me había resultado imposible no hacerlo para estudiar cómo se hinchaba la bolsa, pese a saber que no era recomendable.
Cuando terminó, abrí y el olor inundó la cocina.
Las eché en un par de cuencos, los agarré y salí al pasillo. Estaba a punto de llegar al salón cuando una frase captó toda mi atención.
—… después de irte con Zahara.
Me detuve en seco, con los cuencos aún calientes entre las manos.
No había querido escuchar. En mi defensa diré que, a pesar de que nunca había sido una espía especialmente eficiente, los secretos tenían la mala costumbre de tropezar conmigo. Poseía un talento innato para aparecer justo cuando mis hermanos hacían o decían algo que nadie más debía presenciar.
Ya había escuchado mi nombre y, por alguna razón, eso hizo que mis pies se quedaran anclados a la moqueta del pasillo.
Desde allí las voces llegaban amortiguadas, aunque lo bastante claras como para distinguir algunas frases.
Me dije que solo serían unos segundos, los suficientes para saber cómo había avanzado la conversación; sin embargo…
—No es la primera vez que te pasa, Didier.
—¿Podemos dejar de hablar de mí? —Volvió a hacerse el silencio. Bajé la vista hacia las palomitas. Aquella conversación era demasiado íntima, debía seguir hasta el salón e ir preparando la película que…—. ¿Qué hay de ti, César? ¿Vas a seguir haciendo como si nada con ella?
Fruncí el ceño y hasta el pulso se me ralentizó para permitirme escuchar con mayor claridad .
—Deja el tema —le pidió él muy bajito.
—No —la respuesta de Didier fue inmediata—. Alguien tendrá que decírtelo. Anoche te dediqué la canción por algo.
El estómago me dio un vuelco.
«La canción».
La misma con la que había conseguido que se me hiciera un nudo en la garganta. Había seguido la letra, convencida de que estaba viendo a un hombre desnudar el corazón delante de la persona que quería.
Y había dado por hecho que esa persona era Lucien.
«No es para él».
La voz de César regresó a mi memoria con una claridad acojonante.
Creía que lo había dicho porque conocía a su amigo mejor que yo. Pero…
El aire me ardió en los pulmones.
—No deberías haberlo hecho —dijo César.
—Claro que sí —rebatió Didier—. Llevas semanas fingiendo que no pasa nada.
—Y no pasa nada.
Aquellas cuatro palabras de César llegaron mucho más claras que las anteriores. Sonaron más incómodas que enfadadas.
Era evidente que le preocupaba que alguien más pudiera escucharlos.
Alguien como yo.
—¿Por qué sigues engañándote? —insistió Didier sin rebajar el tono—. Los dos sabemos que cada día te cuesta más mantener las distancias.
La sensación que me oprimió el estómago fue lo bastante fuerte como para apoyar la espalda en la pared.
No. Imposible .
César era ese hombre que ordenaba el armario por colores. El mismo que doblaba las bolsas del supermercado para guardarlas y el que estaba segura de que pediría permiso hasta para enamorarse.
No podían estar hablando de mí.
Aquella posibilidad resultaba tan absurda que mi cerebro buscó cualquier otra explicación antes de aceptarla.
Quizá aquella compañera que…
—Vivimos bajo el mismo techo. No confundas las cosas.
—Es preciosa, descarada y no se calla lo que piensa. Y además es divertida —continuó Didier—. Consigue hacerte reír incluso cuando llegas de un día de mierda con esa cara de enterrador que pones. Así que no me hagas creer que no te vuelve completamente loco, César.
Se me escapó el aire de golpe mientras el crujido amortiguado del colchón me puso en alerta.
Tenía que largarme de allí antes de que César o Didier me pillasen espiando.
—Baja la voz —le pidió.
«Baja la voz…».
Me costó comprender la magnitud de esa respuesta.
Porque, si Didier hubiera dicho una barbaridad, César lo habría corregido. Lo hacía siempre, con todo.
Y no lo había hecho, detalle que no tenía ningún sentido.
Por favor, si era capaz de ponerse nervioso porque dejaba una taza fuera del lavavajillas durante más de un minuto entero, ¿cómo iba a estar interesado en mí, que era el caos personificado?
No, no tenía ningún maldito sentido.
Aunque…
¿Y si llevaba semanas entendiendo mal a César?
¿Y si, en realidad, llevaba toda la vida haciéndolo ?
Porque una cosa era que yo me sintiera atraída por César. A ver, el tipo era alto, guapo e inteligente —y le sentaban escandalosamente bien las camisas remangadas—. Además, tenía ese aire taciturno que lo mismo te apetecía darle un par de abrazos que regalarle un buen polvazo.
Y otra cosa muy distinta era pensar que aquello pudiera funcionar en las dos direcciones.
No tenía sentido, ¿no?
Quizá aquellas miradas y silencios fueran nuevos, pero la forma en la que me trataba no lo era. Cada vez que César aparecía por Costa Serena me observaba en un segundo plano y se aseguraba de que no hiciera ninguna estupidez, actuando a veces como no lo hacían mis hermanos mayores.
Sí. Desde que nací él había estado allí.
Aunque quizá el problema era que llevaba toda la vida fijándome únicamente en lo que hacía y nunca en el motivo por el que lo hacía.
Londres me había obligado, por primera vez, a mirarlo de verdad. Y, cuanto más lo hacía, más evidente resultaba que César tenía muy claro dónde quería estar y hacia dónde se dirigía, mientras yo también seguía intentando averiguar ambas cosas.
No sabía qué me daba más miedo: que Didier estuviera equivocado o que, contra toda lógica, tuviera razón.