Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 16 Shape of my heart
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16 Shape of my heart

«El éxito es donde la preparación y la oportunidad se encuentran». - Bobby Unser

CÉSAR

Subí las escaleras con la respiración aún acelerada y abrí con sigilo.

En cuanto entré en el recibidor deduje que Didier todavía no había vuelto a casa y que Zahara seguía dormida. La puerta de la habitación de mi amigo permanecía abierta de par en par, al igual que la noche anterior, mientras que la de ella continuaba cerrada.

Me quité las zapatillas junto a la entrada, dejé las llaves sobre la consola y respiré hondo.

Había salido de casa al amanecer no porque me apeteciera especialmente, sino porque a las seis ya llevaba demasiado tiempo despierto y mirando el techo de mi habitación.

Y correr me resultaba efectivo; siempre que necesitaba ordenar las ideas, poner un pie delante de otro y no pensar en nada más que en el siguiente paso, me solía funcionar.

En aquella ocasión había recorrido algo más de quince kilómetros por Little Venice, bordeando Regent’s Canal hasta perder la noción del tiempo.

Después de una carrera así mi cabeza recuperaba el orden. Para mi consternación, aquella mañana no había funcionado igual de bien.

Me encaminé hacia la cocina con la intención de servirme un vaso de agua antes de ir a la ducha, pero al llegar a la puerta me detuve en seco.

Zahara estaba allí, apoyada en la encimera, con una taza entre las manos y el pelo suelto y revuelto. Me esforcé por no bajar la vista, pues solo llevaba puesta una camiseta enorme que le llegaba a menos de la mitad del muslo.

Levantó la mirada mientras daba un sorbo distraído al café.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió.

Abrí el frigorífico, saqué la botella de agua y bebí a chorro de ella. Zahara se mantuvo callada durante todo el proceso.

—¿Hace mucho que estás despierta? —le pregunté tras tragar.

—No. Me acabo de preparar el café.

Asentí.

El silencio volvió a hacerse eco entre los dos. Esperé a que ella lo interrumpiese con algún comentario sobre mi aspecto sudoroso o cualquier otro detalle al que solo ella podría sacarle jugo, pero no dijo nada, y eso me resultó extraño.

La miré de reojo mientras dejaba la botella dentro del frigorífico de nuevo. Tenía la mirada perdida en los cuadros frente a ella .

—¿Ocurre algo? —pregunté.

—No.

Esperé alguna explicación más. No llegó.

—Estás muy callada.

—Tú siempre estás callado.

—Pero tú no —rebatí.

Suspiró de forma perezosa.

—Solo estoy cansada.

—¿No has dormido bien?

—He dormido perfectamente.

Arrugué la frente. Menuda conversación más absurda.

—¿Entonces?

—Haces demasiadas preguntas para ser sábado por la mañana —se quejó y se llevó la taza a los labios—. ¿Crees que Didier volverá hoy?

—Imagino que sí.

—Me preocupa que lo encuentren tirado en una cuneta —bromeó.

—No es su modus operandi .

—Entonces en un jardín privado, con una copa en la mano mientras llama a alguna estatua por el nombre de algún compositor francés.

Fue mi turno para curvar los labios.

—Eso es bastante más probable.

Zahara soltó una pequeña risita, por fin.

Aquello debería haber aliviado la tensión que se había instalado entre nosotros desde la noche anterior, pero solo consiguió recordarme la forma en que me había mirado durante la actuación.

La forma en la que yo la había mirado a ella.

Aparté la vista de inmediato .

—¿Qué pasa? —indagó al ser consciente del cambio en mi actitud.

—Nada. Voy a…

El sonido de mi teléfono en el bolsillo del pantalón interrumpió mi discurso.

—Salvado por la campana —canturreó Zahara.

Miré la pantalla y se la mostré.

—Es mi madre.

—Ya sé leer, gracias.

Negué mientras ella me sonreía con los labios cerrados.

Acepté la videollamada, pero donde debía salir la imagen de mi madre había un rectángulo negro y un símbolo rojo.

—¿César?

—Hola, mamá.

—Esta cámara está otra vez haciendo de las suyas —se quejó.

—Dame, déjame ver. —Se escuchó decir a Leo.

La imagen se movió de golpe, mostró el techo del salón y después el rostro de Leo, que ajustó el móvil antes de dejarlo apoyado sobre algún mueble.

—Buenos días, colega.

—Buenos días. —Sonreí resignado al escuchar el mote con el que me llamaba cuando era más pequeño.

Mi madre apareció a su lado y se sentó tan cerca de él que ambos ocuparon casi toda la pantalla.

—Ahora sí —dijo satisfecha—. ¿Qué tal estás, cariño?

—Bien.

—No te explayes tanto —se quejó Leo.

—La brevedad es una virtud —rebatí.

—Algún día nos dará un síncope con tus discursos.

Zahara soltó una risa nasal frente a mí, y mi madre ató cabos de inmediato .

—¿Está ahí la niña?

«La niña…».

—¡Buenos días! —saludó ella, inclinándose a mi lado para entrar en el encuadre.

La expresión de mi madre cambió por completo.

—¡Hola, cielo! Llevábamos días sin verte y empezaba a sospechar que César te encerraba en alguna habitación mientras hablaba con nosotros.

—Todavía no, pero no descarto que ocurra si sigo dejando cosas por medio del salón.

—No le hagas caso, siempre ha sido un poco maniático.

—Mamá.

—¿Qué?

—No es cierto.

Zahara carraspeó y me miró con una ceja alzada.

—Ayer reorganizaste el lavavajillas porque dijiste que los platos estaban mal colocados.

—Y lo estaban.

Mi madre, que no nos quitaba ojo, apoyó la barbilla en la mano sin dejar de sonreír.

—Cada día descubro algo nuevo y fascinante de tu hijo —le dijo Zahara como si yo no estuviera.

—¿Cómo te va en la cafetería, torbellino? —le preguntó Leo.

—Muy bien. Creo que Lily todavía no se ha arrepentido de contratarme, así que lo considero todo un éxito.

—Estupendo. Tú sigue engatusándola con esa cara tan bonita que tienes y todo irá rodado —respondió él.

Se me escapó un sonido indescifrable que Zahara debió de malinterpretar. Me fulminó con la mirada y, con una sonrisa siniestra, giró la cabeza hacia la cámara .

—Quería pedir disculpas por adelantado, porque os estoy llevando al muchacho por el mal camino. Ayer lo convencí para salir a cenar y ver a Didier actuar en directo, y volvimos pasada la medianoche.

Puse los ojos en blanco.

—Bueno, después de enterarme de que lleva un año compartiendo piso con él y no me había dicho ni una palabra, creo que ya estoy preparada para cualquier cosa.

—César, tu madre estuvo dos días convencida de que Didier era tu pareja.

—¡Leo!

—¿Qué? Es verdad.

—Fue un pensamiento fugaz —se defendió ella—. Y terminó cuando César me llamó para aclararlo.

—Mentira —susurró él a la cámara—. Ya estaba organizando la boda. Hasta buscó en internet cuánto tarda la embajada de Francia en certificar la doble nacionalidad.

Zahara empezó a reírse.

—¿En serio?

—No —contestó mi madre y le dio un codazo a Leo—. Ya te vale.

—Cuando vengáis podemos ir juntos a verlo actuar —comentó Zahara—. Fue increíble.

Recé para que no sacara a colación el tema de la cancioncita, aunque, por suerte, aún no había averiguado que Didier me la había dedicado a mí.

—Me encantaría —comentó mamá—. En realidad, llamábamos precisamente por eso. Se nos ha ocurrido un pequeño cambio de planes.

El sudor de la nuca se me enfrió de repente.

—¿Sobre qué? —murmuré.

—Sobre las vacaciones .

—¿Qué vacaciones?

—Íbamos a subir a Londres a pasar unos días contigo a final de mes, ¿recuerdas?

—Sí.

—Pues estuvimos hablando con Fede y Estrella y se nos ocurrió una idea bastante mejor.

Intercambié una rápida mirada con Zahara, que se mantenía callada.

—A ver.

—Aprovechando el Viernes Santo y el lunes de Pascua, creemos que podrías pedirte cuatro días libres en la oficina y así enlazarlos con el primer lunes de mayo, que también es festivo en Reino Unido, ¿no?

—Sí, pero…

—Tendrías once días seguidos de vacaciones —añadió Leo.

—Y, en vez de ir nosotros a Londres, bajarías tú a Costa Serena —terminó mi madre con una sonrisa satisfecha ante ese plan perfecto—. Con Zahara, claro.

«Claro…».

Mi madre llevaba un tiempo hablando más de lo habitual de Costa Serena, desde que la jubilación de Leo se acercaba. De hecho, me había comentado de pasada que, cuando le llegara el turno a ella, estaban valorando dejar Alicante y mudarse allí definitivamente, al lado de los Remo.

Lo entendía en su caso, aunque yo había tardado años en construir una vida a más de mil kilómetros de allí y no tenía ninguna intención de deshacer el camino. Aquel era el único lugar donde el pasado me dejaba respirar.

—Me gusta —dijo ella—. Hablaré con Lily.

—Pues ya está .

«¿Ya está?». Como si organizar once días de vacaciones, un vuelo internacional para dos y pedir cuatro días libres fuese comparable a decidir qué comer aquel sábado.

—Mamá…

—No me pongas esa voz.

—No puedo pedir vacaciones con tan poca antelación.

—Quedan tres semanas.

—Por eso —insistí.

—Habla con la empresa el lunes —continuó mi madre—. Si te dicen que no, volvemos al plan original.

—Es que también tendría que revisar el calendario de los proyectos y asegurarme de no dejar a mi equipo colgado con ninguna entrega.

—Pues revísalo —dijo Leo.

—Y comprobar que no coincida con ninguna reunión que no pueda delegar.

—Compruébalo —insistió mi madre.

—Y después hablar con Recursos Humanos.

Fue el turno de Zahara, que se sumó a la causa.

—Pues habla.

La miré de reojo, agradecido por su apoyo moral.

—Pero, mientras haces todo eso, ve mirando vuelos, por favor —sentenció mi madre.

Inspiré hondo.

—Me tengo que ir a la ducha —zanjé—. Ya vamos viendo, ¿vale?

Por suerte, no insistieron más. Nos despedimos y guardé el teléfono en el bolsillo del pantalón. Solté el aire despacio y, durante unos reconfortantes segundos, ninguno de los dos dijo nada.

Observé cómo Zahara dejaba la taza vacía en el fregadero.

—No vas a hacerlo, ¿verdad ?

—¿El qué?

—Pedir esos días —aclaró.

—Lo intentaré.

—No te veo muy entusiasmado con la idea de viajar a Costa Serena.

—Es que primero tengo que comprobar muchas cosas —me excusé.

Ella asintió con una sonrisa forzada.

—Ya.

Abrí el lavavajillas por inercia para meter la taza.

—No es tan sencillo, Zahara.

—Nada lo es para ti.

La miré fijamente con la duda achicándome los ojos.

—¿Qué significa eso?

Se encogió de hombros y se sentó sobre la encimera, lo que dejó a la vista unos pantalones diminutos bajo la camiseta.

—Que, si alguien te propone un plan, antes de disfrutar de la idea haces una lista mental de todos los motivos por los que tendrías que negarte.

Abrí la boca, dispuesto a recordarle que tenía un equipo a mi cargo, clientes que atender y unas responsabilidades que no desaparecían porque a mi madre se le hubiese ocurrido cambiar sus planes tres semanas antes.

Sin embargo, me callé, porque enumerarlas solo serviría para darle la razón de alguna manera.

Cerré la puerta del lavavajillas y me apoyé en el mueble frente a ella.

—Eso no es cierto.

Arqueó una ceja.

—Acabas de hacerlo, César.

—Solo intento organizarme .

—Organizarte no es lo mismo que impedir que pase algo inesperado.

Aquella frase me dejó pensando.

—No intento impedir nada.

—¿Seguro?

No respondió con ironía, como hubiera esperado. Tampoco con una sonrisa, lo único que hizo fue esperar y darme tiempo para pensar, lo que provocó que no pudiera despacharla con cualquier excusa, como había hecho con mis padres.

—Me gusta saber qué va a pasar.

Ella asintió.

—Ya lo sé. Pero no creo que nadie nazca necesitando tenerlo todo bajo control. —Desvió la vista hasta sus manos, que jugueteaban con el trapo—. Supongo que aprendiste a hacerlo por algún motivo.

—Siempre he sido así —me apresuré a contestar una de las frases hechas que solía utilizar cuando alguien hurgaba más de lo permisible.

Sin embargo, una imagen me invadió la cabeza.

En ella, Zahara tendría siete u ocho años, y yo apenas acababa de entrar en la adolescencia. Me había encontrado detrás del cobertizo de sus padres, con los ojos rojos tratando de no llorar.

Se plantó delante de mí con los puños cerrados y el hueco vacío donde antes hubo una paleta superior.

—¿Guille te ha vuelto a molestar? —me preguntó.

—No.

—Si lo hace, dímelo. Yo te protejo —me prometió.

No tenía sentido que me acordase precisamente de aquello.

Tampoco que, tantos años después, siguiera creyendo en una promesa hecha por una niña de ocho años.

Y, sin embargo …

—No. No es verdad —me corregí—. Hace muchos años descubrí que la única manera de no llevarte sorpresas desagradables era intentar prevenirlas.

—Zahara no respondió—. Me gusta saber qué va a pasar.

Anticiparte no garantiza que las cosas salgan bien, pero al menos te da la oportunidad de evitar que salgan mal. Y no creo que eso sea malo.

—No es malo —respondió con suavidad—. Lo que sí creo es que debe de ser agotador.

Levanté la mirada hacia ella.

—¿El qué?

—Sentir que todo depende de ti.

Me pasé la mano por la nuca.

Nunca lo había pensado de esa manera: que vivir así fuera una carga. Para mí era lo normal.

—Supongo que uno termina acostumbrándose.

—¿Y alguna vez has probado a no hacerlo?

—¿A dejar de ser responsable?

—No —negó despacio—. A confiar en que, aunque algo salga distinto de como lo habías imaginado, el mundo no tiene por qué irse a la mierda.

Guardé silencio.

Lo único que se escuchaba era el zumbido del frigorífico.

—Cuando no decides tú, otras personas deciden por ti.

—Y eso te da miedo.

No fue una pregunta, tampoco una acusación. Fue una deducción. Bastante acertada, a decir verdad.

—Sí.

Zahara sonrió y apoyó las manos a cada lado de su cuerpo.

—Yo soy justo al revés —expuso—. Nunca me ha dado demasiado miedo equivocarme, de lo que huyo es de no ser feliz .

Aquella maldita canción volvió a abrirse paso en mi cabeza, pero la aparté de golpe. Porque todo terminó de encajar.

Las decisiones impulsivas.

Tesco.

La universidad.

El viaje a Londres…

Zahara no iba saltando de una cosa a otra porque fuera incapaz de quedarse. Ella no huía, buscaba. Y había una diferencia enorme entre ambas cosas, aunque las dos supusieran el mismo movimiento.

—Nunca podría vivir así —admití.

Su sonrisa se ensanchó.

—Ya. Yo me volvería loca viviendo como tú.

Una estrofa de la canción de Didier volvió a abrirse paso en mi cabeza, aquella que hablaba sobre pasarse media vida buscando lejos aquello que siempre había permanecido en el mismo lugar.

Zahara la espantó cuando dio una palmada sobre la encimera.

—Vale. —Se impulsó y bajó de un salto—. Ya está bien de analizar nuestra existencia. ¿Cuál es tu película favorita?

—¿Mi… película favorita?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque cuando te quites ese tufillo a macho cavernoso la vamos a ver juntos —sentenció.

Tardé en reaccionar.

— El Padrino.

Zahara asintió con satisfacción y se dirigió a la puerta.

—Te pega.

—¿Y la tuya? —indagué, con dos nombres en mente de películas que había visto hasta la saciedad .

Intuí su sonrisa pese a estar de espaldas a mí.

—Otro día.

—Eso no es justo.

—Lo sé.

Y desapareció por el pasillo.

Permanecí inmóvil unos minutos más, consciente de que había hablado demasiado.

Mucho más de la cuenta.

Y, sin entender por qué, no me arrepentía ni sentía la necesidad de hacerlo.