Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 15 Home
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«Una chica sabia conoce sus límites. Una chica inteligente sabe que no tiene ninguno». - Naomi Campbell

ZAHARA

Bajamos la estrecha escalera hasta la sala inferior de The Troubadour y casi pude notar cómo décadas de canciones impregnaban el ambiente.

El murmullo del pub cambió al entrar en aquella sala de techos bajos y paredes de ladrillo visto. Y las luces, tenues y de un tono agradable, teñían la madera oscura de las paredes, haciendo que todo pareciera más íntimo y pequeño.

La primera nota de la guitarra sonó incluso antes de que encontráramos una mesa vacía. Con mi cerveza en la mano, dirigí la vista al escenario en penumbra, en el que apenas cabía un taburete, un micrófono y un piano.

Didier estaba allí, sentado y afinando las cuerdas de la guitarra mientras sonreía a medio local como si todos fueran amigos suyos.

—No me imaginaba esto así —murmuré mientras seguía a César entre las mesas.

—Es un lugar histórico de Londres. Jimi Hendrix, Bob Dylan y muchos otros tocaron aquí en sus inicios.

—Vaya…

Nos sentamos justo cuando las conversaciones comenzaron a apagarse. Un foco iluminó el escenario, y Didier se puso en pie con la guitarra colgada del hombro.

Vestía unos vaqueros oscuros y una camiseta negra de manga corta. Su cazadora de cuero favorita descansaba en el respaldo del taburete.

— Bonsoir —saludó al público con una sonrisa relajada e intercambió un par de comentarios con alguien de la primera fila—. Muchas gracias por estar aquí esta noche. Espero que disfrutéis con mi música durante la próxima hora.

Un aplauso espontáneo recorrió el pub mientras se sentaba y acomodaba el instrumento.

Después, apoyó los dedos sobre las cuerdas y las primeras notas bastaron para que el local entero enmudeciera.

Luego llegó su voz, grave y rasgada, afinando la primera estrofa de Easy on me de una forma que me erizó el vello de los brazos.

Joder. No era la primera vez que lo escuchaba cantar, pero desde luego no con esa entrega, con esa devoción.

Conocía al Didier que dejaba vasos por cualquier rincón del piso, que hacía chistes malos a todas horas y que convertía cualquier conversación en una excusa para chinchar a César. Sin embargo, el hombre que tenía delante… Aquel era otro Didier .

Cantaba con los párpados medio cerrados, con una pasión demasiado profunda para fingirla. Su voz era imperfecta y rota, y precisamente por eso resultaba imposible no prestarle atención; sonaba como si le saliera de lo más profundo del alma.

Nadie hablaba. Ni siquiera se oía el tintinear de los vasos. Solo la guitarra y su voz.

Y yo no podía dejar de sonreír.

—Es increíble —murmuré emocionada y giré el cuello hacia César, que ya me estaba mirando—. Ha nacido para hacer esto.

Él sonrió apenas unos milímetros.

—Sí.

No añadió nada más antes de regresar la atención al escenario y tampoco hizo falta. Lo miraba de una forma tan especial, con una mezcla de orgullo y admiración, que sobraban las palabras.

Dirigí de nuevo la vista al escenario y pensé que debía de ser una sensación preciosa esa de encontrar aquello para lo que uno ha nacido.

Eso que hiciera desaparecer el resto del mundo, que te permitiera cerrar los ojos y olvidarte de todo durante unos minutos y que dejase ver al resto la versión más auténtica de uno mismo.

No sabría decir cuántas canciones interpretó Didier después de aquella. ¿Tres?, ¿cinco? Perdí la cuenta, tan absorta como estaba.

Entre tema y tema a veces hablaba con el público, cambiaba del inglés al francés con una facilidad sorprendente y conseguía que todo el mundo sintiera que aquella actuación era casi como una conversación entre amigos.

Incluso un par de personas se animaron a cantar con él uno de los estribillos de Stay . En Heaven alguien del fondo levantó el vaso, y Didier respondió chocando el puño contra su pecho antes de seguir tocando.

En serio, era imposible no quedarte obnubilada.

Didier era de esas personas que llenan una habitación sin proponérselo, y cantando el efecto se multiplicaba por cien.

Cuando anunció un descanso de unos minutos, y el foco del escenario se apagó, el local volvió a llenarse del rumor de las conversaciones y el sonido de las sillas arrastrándose.

—¿Quieres que vayamos a saludarlo?

Dejé la segunda cerveza sobre la mesa y asentí.

—¡Claro!

Tardamos unos minutos en llegar hasta el pequeño pasillo que conducía al escenario. Varias personas hablaban con él, pero en cuanto nos reconoció su sonrisa se ensanchó.

—¡Mis personas favoritas!

Le tendió la guitarra a un tipo que había a un lado del escenario y prácticamente corrió hacia nosotros.

No me dio tiempo ni a abrir la boca antes de que me envolviera en un abrazo tan fuerte que tuve que echarme a reír.

—¡Has estado increíble!

—¿Sí? —preguntó, modesto, y dirigió la atención a César, que estaba un paso por detrás de mí.

—Cómo te gusta que te regalen el oído —le dijo él.

Didier soltó una carcajada y le lanzó un beso.

—Ya me conoces.

—En serio, Didier —insistí—. Se me ha puesto la piel de gallina varias veces, ha sido alucinante.

— Merci, mademoiselle. —Hizo una reverencia exagerada—. ¿Has visto, César? Al final la he impresionado.

—No era especialmente difícil —musitó él.

Giré el cuello en su dirección y entrecerré los ojos .

—Siempre tan encantador.

—No se lo tengas en cuenta —añadió nuestro amigo—. Ya sabes que tiene que mantener su reputación.

Antes de que César pudiera responder, una voz masculina captó nuestra atención.

—Di, estás aquí…

Los tres dirigimos la vista al chico que se acercaba a nosotros. Tenía más o menos nuestra edad; era alto, delgado, con el pelo castaño algo despeinado y una expresión afligida que contrastaba muchísimo con la energía de Didier.

Al llegar junto a nosotros, fijó la vista a mi derecha.

—Hola —le dijo a César.

—Buenas noches —le respondió este.

Se estrecharon la mano con cortesía, y Didier me señaló.

—Ella es mi española favorita: Zahara. —Me miró con un brillo en la mirada difícil de disimular al señalarlo—. Él es Lucien.

—Encantada. —Le sonreí.

Me devolvió el gesto.

—Igualmente.

No dijo mucho más, tan solo se inclinó hacia Didier, le comentó algo en voz baja que no llegué a captar, y nuestro compañero de piso respondió con un asentimiento y una caricia en su antebrazo.

—Hasta luego. —Lucien volvió a mirar a César y, tras eso, se dio media vuelta con la misma discreción con la que había llegado.

Observé cómo se alejaba antes de volverme hacia Didier.

—Ahora entiendo por qué siempre necesitas ayuda de tu productor.

Didier soltó una carcajada .

—Cierra el pico, cotilla. —Le saqué la lengua, y él nos señaló con un dedo antes de marcharse—. No os escapéis antes de la última canción.

Nos guiñó un ojo y volvió a subirse al escenario mientras César y yo regresábamos a nuestra mesa.

Tomé un largo trago de cerveza antes de dejar el vaso sobre la madera.

—Entonces, ese es Lucien…

Cesar asintió sin apartar la atención del escenario, donde Didier volvía a colocar el pie de micro en su lugar.

—Sí.

—Pues no me lo imaginaba así.

Esa vez sí que me miró.

—Y ¿cómo te lo imaginabas?

—No sé, menos dramático. Y quizá más mayor. —Me encogí de hombros y la frente se le arrugó.

—¿Dramático?

—Oh, venga ya. Si daba la impresión de que el músico atormentado era él y no Didier… Apuesto a que hasta lleva una colección de poemas tristes en el bolsillo de la americana para cuando le puede la melancolía.

César dejó escapar una risa breve por la nariz.

—Tienen sus diferencias, pero se complementan —me explicó, y yo alcé una ceja. Me sonaban tanto esos motivos…—. Lucien es un buen tipo.

—¿Cuánto tiempo llevan juntos?

—No sabría decirte, no más de un año. —Tardó en volver a hablar—. Han tenido épocas en las que se han dejado de ver. Didier puede ser… complicado, a veces.

Las cejas se me elevaron hasta el nacimiento del pelo.

—No me parece tan complicado.

—Porque tú solo conoces una parte .

No me tomé su respuesta como un ataque, pues la realidad era que apenas sabía una fracción de sus vidas, lo poco que ellos me habían mostrado desde que llegué y, a decir verdad, con quien más coincidía era con César, ya que Didier tenía un ritmo de vida completamente diferente al nuestro.

No tuve ocasión de seguir preguntando, pues el escenario volvió a iluminarse, y nuestro compañero regresó a escena entre aplausos.

Tres canciones después, pidió un segundo de silencio y esperó antes de acercarse de nuevo al micrófono.

—Para terminar, quiero cantar por primera vez una canción que habla de una de las cosas más desesperantes que existen en el mundo: ser un completo idiota.

—Las carcajadas no se hicieron esperar. Didier levantó un dedo—.

Aunque hay algo todavía peor: descubrir que has sido un completo idiota demasiado tarde.

—Esto promete —murmuré divertida.

—Y es que, a veces, nos pasamos media vida buscando algo y no nos damos cuenta de que estaba justo delante de nuestras narices.

El pub entero se quedó en silencio, y yo sonreí para mis adentros. Aquello tenía toda la pinta de ir dedicado a cierto chico de mirada melancólica.

Didier levantó la vista y recorrió la mirada entre el público. Le lancé un beso cuando llegó a mi altura, y él me guiñó un ojo para continuar el barrido visual.

—Y quiero dedicársela a alguien muy especial para mí, alguien que está aquí, entre nosotros.

—Ay… —susurré emocionada.

Mi mirada salió disparada hacia el lateral del escenario, donde lo había visto por última vez .

—Es uno de los mejores hombres que conozco, aunque ni él mismo se lo crea, y quería darle las gracias por seguir estando ahí incluso cuando yo no siempre se lo pongo fácil. Va por ti, Monsieur Parfait.

Aplaudí bajito ante aquella muestra de romanticismo. Lucien tenía una sonrisa en la cara y aquel gesto bastó para que sintiera un calorcito agradable en el pecho.

Eran tan tiernos…

Didier cerró los ojos, inspiró hondo y empezó a cantar a capela las primeras frases de una canción muy distinta a las anteriores.

Era más lenta e íntima; no necesitaba levantar la voz para llenar todo el local, bastaba con dejar salir cada palabra con aquellos susurros desgarradores para que se te colase muy dentro.

—¿Esta también es una versión?

—No —murmuró con el ceño fruncido—. Es suya.

Al terminar la primera estrofa, Didier levantó la vista del mástil de la guitarra, fijó la atención en un punto a mi lado y esbozó una sonrisa torcida mientras seguía cantando.

Me giré hacia César con una mueca cómplice.

Esperaba encontrarlo sonriendo. O quizá emocionado. Sin embargo, estaba mirándome a mí, serio y tenso. De hecho, me dio la impresión de que ni siquiera prestaba atención a la canción.

Entrecerré los párpados y le pregunté qué ocurría con una simple mirada. Su respuesta fue girar la cabeza hacia Didier.

Me encogí de hombros y aparté la vista de César, pues necesitaba concentrarme para traducir la letra, que hablaba de pasarse media vida recorriendo caminos abiertos mientras tratabas de dejar atrás el corazón, sin ser consciente de que aquello que está destinado para ti siempre ha permanecido en el mismo lugar .

Absolutamente todo el local se mantuvo en silencio cuando la última nota se apagó y, tres latidos después, estalló en aplausos.

Algunas personas incluso se pusieron en pie.

Didier se irguió con una expresión de absoluta felicidad que no le había visto hasta entonces, se llevó una mano al pecho a modo de agradecimiento e inclinó la cabeza varias veces antes de acercarse de nuevo al micrófono y dar las gracias.

—Qué romántico —murmuré sin apartar la vista del escenario. César, una vez más, no respondió—. Se nota muchísimo que está enamorado de Lucien.

—No era para él.

Dejé de aplaudir de inmediato al escuchar su respuesta y giré la cabeza hacia César, que tenía los nudillos blancos alrededor del vaso.

—Entonces…, ¿para quién? —le pregunté alucinada. Quizá a eso se refería con que Didier a veces era complicado de tratar—. ¿Se la ha dedicado a otro tío estando él aquí? ¡Qué fuerte!

César negó ante mi cara de asombro.

—Déjalo, Zahara.

—Pero…

—Vámonos, por favor —me interrumpió y se puso en pie para dar por finalizada la velada.

Tuve la sensación de que el problema no era mi traducción, era que aquella noche había ocurrido algo delante de mí en un idioma extraño que todavía no comprendía.