14 A million dreams
«La distancia entre locura y genialidad solo se mide con el éxito». - Bruce Feirstein
CÉSAR
—¡Hola! ¿Cenamos por ahí?
Zahara entrelazó su brazo con el mío y nos giró en mitad de Hartwell un grupo se reía en una esquina, una mujer con un abrigo azul discutía con su perro, que se había sentado en medio de la acera y no tenía intención de moverse, y desde algún local llegaba olor a curry.
Y Zahara lo miraba todo —absolutamente todo— con una ilusión casi infantil que me hacía imposible dejar de observarla.
—Ese pub siempre está lleno, ¿verdad? —preguntó al vislumbrar un local bastante popular en la zona.
—Y hoy viernes, más.
—¿Has entrado alguna vez?
—Alguna —respondí sin dejar de caminar.
—Qué preciso —ironizó—. ¿Cuántas?, ¿un par o una cantidad que dejaría expuestos tus secretos y pondría en riesgo tu reputación?
Qué imaginación.
—Un par.
—Menuda decepción.
—Perdón por no tener una vida secreta que comentar.
—No te preocupes, todavía estamos a tiempo de ponerle remedio.
Ese « estamos» se me coló sin pedir permiso en el torrente sanguíneo y provocó que se me acelerara el pulso.
Seguimos caminando uno al lado del otro en la misma ruta que tomaba cada día para volver a casa. Desde allí tan solo quedaban diecisiete minutos hasta el portal si manteníamos un ritmo constante. Veinte si ella caminaba como lo estaba haciendo en ese momento.
Sin embargo, Zahara giró en una de las esquinas que yo habría pasado de largo, y un sonido peculiar nos llegó en cuanto avanzamos.
Había un chico tocando el violín junto a una farola unos pocos metros más adelante.
Al acercarnos, deduje que rondaría los veintitantos años.
Tenía el pelo rizado y se le escapaba por la parte inferior de un gorro gris, además de la funda abierta del instrumento a sus pies con unas pocas monedas dentro.
La melodía parecía hecha para acompañar la ciudad de noche, y Zahara se detuvo al llegar a su altura.
Durante un rato no dijo ni hizo nada más que disfrutar del espectáculo. No entendía cómo alguien como ella, que no solía estar quieta más de treinta segundos, podía quedarse inmóvil contemplando a un desconocido tocar el violín durante unos cuantos minutos.
Y todavía comprendía menos por qué yo seguía allí, mirándola de reojo y con unas increíbles ganas de sonreír.
Si hubiera ido solo, habría seguido caminando sin titubear.
El músico inclinó la cabeza sin dejar de tocar la siguiente melodía cuando Zahara sacó del bolso unas monedas y se las echó en la funda del violín.
—Nunca paso por aquí —dije sin saber muy bien por qué cuando retomamos el paso.
Zahara me observó con una ceja arqueada.
—¿Y eso?
—No es la ruta más rápida para volver a casa.
—Ah, claro. —Asintió con intención—. No vaya a ser que la ciudad te distraiga de tu importantísima misión de llegar del punto A al punto B.
—Llegar al punto B suele ser el objetivo de caminar.
Se paró y colocó los brazos en jarras. Yo tuve que hacer un esfuerzo titánico por no centrar la atención en sus labios fruncidos.
—Qué uso más triste le das a tus lozanas piernas, César.
—¿Y qué sentido tiene caminar sin ninguna finalidad concreta ?
Ella abrió la boca como si hubiera dicho una verdadera barbaridad.
—Voy a fingir no haber escuchado nada de lo que has dicho.
Se dio media vuelta y, tras un par de zancadas, se detuvo frente al escaparate de una librería de segunda mano.
Jamás le había encontrado sentido a observar una tienda cerrada, sin embargo, me paré a su lado sin que me invadiera la sensación de estar perdiendo el tiempo.
—Qué preciosidad de edición —murmuró con la nariz pegada al cristal—. Es una verdadera fantasía.
Seguí el curso de su mirada y fruncí el ceño. Nunca hubiera pensado que un libro en esas condiciones pudiera describirse así, la verdad.
—Está en bastante mal estado.
Giró el cuello de golpe.
—Tiene historia.
—Y humedad —añadí.
—No discutas con una amante de los libros. Es de mala educación. —Apoyó una mano en el escaparate y le susurró al cristal—. No le hagas caso a este Mr. Darcy trastornado, tú eres precioso con todas tus imperfecciones, diga él lo que diga.
—¿Mr. Darcy trastornado? —repetí.
Zahara separó la nariz del cristal y me miró con una expresión de absoluta inocencia que no me creí ni por un segundo.
—¿Prefieres ser Mr. Knightley, que siempre cree llevar la razón?
—Preferiría no ser comparado con ningún hombre literario emocionalmente cuestionable.
Amplió su sonrisa.
—Entonces no me lo pongas tan fácil .
Le sostuve la mirada. Cuando fui consciente del brillo travieso de sus ojos, supe que era mejor cambiar de tema.
—Conozco un sitio —dije de pronto.
—¿Para cenar?
Asentí.
—No es elegante.
—Perfecto. Suena prometedor.
—Yo no estaría tan seguro.
Puso los ojos en blanco y se cambió el bolso de hombro.
—César, querido , eres tú. Si me llevas a un lugar para cenar, probablemente tenga una puntuación sanitaria excelente, comida rica y un extintor revisado. Con eso me doy por satisfecha.
—Te conformas con muy poco.
Ella, en lugar de rebatirme con una de sus ingeniosas frases, se limitó a mirarme con una ceja alzada.
La ignoré y comencé a caminar.
El local estaba a unas calles de allí, encajado entre una floristería y una fachada estrecha cubierta de enredaderas. La puerta crujió cuando la abrí y el ruido del interior nos envolvió al instante.
Y el calor.
Y también las voces, el olor a cerveza, patatas fritas y madera vieja.
Zahara entró detrás de mí y se quedó mirando alrededor con descaro. Había mesas apelotonadas, lámparas de diferentes estilos, una chimenea casi apagada y un perro enorme dormido junto a la barra.
—Vaya —comentó a la vez que asentía—, no me esperaba algo así.
—Ya te avisé de que…
—Me gusta —me interrumpió para zanjar el tema .
Elegimos una mesa junto a la pared de ladrillo visto y fuimos a pedir a la barra. Zahara eligió fish and chips porque, según dijo, tenía que integrarse en la cultura local de las cosas fritas, y yo un pastel de carne. Para beber, dos pintas de cervezas de barril.
—Siempre he pensado que no te pega nada beber cerveza. Te veo más de agua con gas o de un sofisticado quarterly tonic .
Se me escapó una carcajada, y ella abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Nada. —La sonrisa le ocupó toda la cara—. Solo estoy disfrutando de mi victoria; acabo de hacerte reír.
—No ha sido para tanto.
—Para mí sí. Llevo días trabajando en este proyecto.
Negué y puse los ojos en blanco.
—Y, por cierto, no existe ningún cóctel llamado « informe trimestral » .
—Todavía.
Bebió un sorbo de cerveza y la espuma se le pegó al labio superior. Trató de quitársela con la lengua, aunque no lo consiguió del todo. Y, a pesar de que la escena tenía su punto cómico, a mí me provocó otra sensación mucho más visceral a la que no quise prestar atención.
Me moví incómodo en el taburete.
—¿Vienes mucho? —me preguntó mientras observaba a nuestro alrededor.
—No tanto como me gustaría.
Di por hecho que después de esas semanas conviviendo conmigo tenía claro que, cuando no llegaba tarde de la oficina, me llevaba tarea a casa y salía poco o nada.
—¿Y qué haces cuando no trabajas?
—¿Te refieres a los diez minutos que me concedo a la semana ?
Zahara tosió al atragantarse con su propia saliva.
—¿Acabas de bromear? —Se llevó una mano al pecho—. Qué impresión…
Pasé por alto su pulla.
—Me gusta leer.
—Los informes financieros no cuentan como lectura.
—También leo libros —admití, y ella se inclinó sobre la mesa con los ojos muy abiertos.
—¿En serio? ¿De qué tipo?
—Ensayo. Algo de historia…
—¿Algo interesante que podamos comentar? —me picó.
—No todo el mundo lee romances de hadas.
Estiró una mano y me señaló con un dedo en el pecho.
—Eh, no metas a los fae en esto, ellos no te han hecho nada.
Sonreí y le di el primer trago a mi cerveza. La vista de Zahara se perdió en algún punto bajo mi barbilla mientras lo hacía.
—Vale… Lees. ¿Qué más?
Lo pensé durante un momento.
—Corro algunas mañanas.
—Ya decía yo que ese culo no se curtía solo —murmuró y, acto seguido, se dobló de la risa—. Ay, no pongas esa cara, era una broma. Aunque es verdad que tienes buen culo.
Alcé ambas cejas y dejé libre la sonrisa que llevaba un rato pugnando por salir.
—Gracias, supongo.
Nos trajeron la comida justo entonces.
—¿Algo más? —preguntó Zahara cuando la camarera se marchó.
—¿De qué?
—De cosas que haces por placer —insistió e hizo hincapié en esa última palabra con un tono que no me dejó indiferente .
—Me gusta cocinar, ya lo sabes.
— Nah , eso es simple supervivencia —lo descartó—. Pues nada, tendremos que ampliar tu catálogo de ocio.
No me pasó desapercibido que era la segunda vez aquella noche que utilizaba el plural como si fuera a quedarse el tiempo suficiente para reorganizarme la vida. Y tampoco el hecho de que ya no me resultara una idea tan descabellada.
—No necesito un catálogo.
—Créeme, lo necesitas. —Cogió una patata de su plato con los dedos y la sopló.
—¿Y qué incluirías en él?
Miró al techo mientras masticaba, buscando inspiración.
—Pasear sin rumbo fijo, escuchar a músicos callejeros, entrar en librerías sin comprar nada, comprar cosas —aunque no las necesites—, probar postres solo porque tienen buena pinta, bailar fatal en sitios donde nadie te conoce, disfrazarte en fiestas locales…
Negué con la cabeza, pese a que en el fondo sentía que algunas de ellas no eran del todo intolerables.
—La mitad de esa lista está pensada para que haga el ridículo.
—¿Y? Eso es lo divertido —rebatió—. Lo que no entiendo es cómo conociste a alguien como Didier si estás todo el día encerrado en casa.
Inspiré hondo y me mojé los labios con la lengua antes de hablar.
—Fue por una chica.
—¡¿Os batisteis en duelo por ella?!
Solté el aire por la nariz en una especie de risa.
—No. Yo salía con ella, era una compañera de trabajo.
—No me digas que es Priya. —Moví la cabeza de un lado al otro—. Pues se os ve muy cómodos a los dos .
—Porque trabajamos bien juntos —expuse la obviedad—. Tiene pareja.
—Como si eso fuera impedimento para algunas personas.
—Para mí sí. Además, no me interesa de ese modo —aclaré, y Zahara inclinó la cabeza, animándome a continuar—. Se llamaba Alice, y se acabó la noche en que conocí a Didier. De hecho, él lo presenció todo en el pasillo de los baños.
—Dime que ha escrito una canción sobre vosotros.
—No —contesté horrorizado—. Claro que no.
—Qué pena… —Compuso una mueca de tristeza para, acto seguido, abrir los ojos de forma desorbitada—. Hoy toca de nuevo, ¿no?
—Sí.
La cara se le iluminó con la misma rapidez que se le ensanchó la sonrisa.
—¡Pues ya tenemos plan!
La respuesta lógica era decir que no.
Había sido una semana larga, al día siguiente quería levantarme temprano para correr y tenía varias tareas pendientes para el fin de semana.
Además, no tenía ningún motivo razonable para aceptar.
Pero en su lugar dije:
—Vale.
Ni siquiera fui capaz de recordar la última vez que había cambiado mis planes porque alguien me sonriera de esa manera.