13 Fly me to the moon
«Nada es imposible. La misma palabra tiene el “posible” en ella». - Audrey Hepburn
ZAHARA
Cerré la puerta de mi habitación y me apoyé en ella con los ojos cerrados. Me quedé allí, inmóvil, con la espalda pegada a la madera y el corazón haciéndome unos movimientos rarísimos dentro del pecho.
Por el amor de Dios, que únicamente había preparado la cena, no le había declarado amor eterno bajo la lluvia ni le había escrito una canción con un ukelele.
Tan solo había cocinado para él durante horas.
Tan solo se trataba de uno de sus platos favoritos.
Y tan solo…
Vale, no. No había quien se creyera aquello.
Pero la culpa de mi estado de nervios era todita de él, que, tras encontrármelo en la cocina, se había escabullido a la ducha y un rato después entró en el salón como si nada, con el pelo húmedo, oliendo a limpio y con esa cara bonita suya de hombre que siempre parecía tener el mundo controlado.
—Perdón por la tard…
No terminó la frase.
Se quedó petrificado en la entrada del salón mientras observaba la bandeja sobre la mesa. Y yo, que últimamente notaba demasiadas cosas de César a las que antes no prestaba atención, me quedé absorta en el movimiento de su nuez cuando tragó saliva.
—Siéntate —le pedí.
Se acercó despacio, todavía con la vista fija en la bandeja.
—Es coca de atún y tomate.
—La receta de tu madre —puntualicé.
Aquella vez sí que levantó la mirada para hacer contacto visual conmigo.
—¿Has hablado con ella?
—Tres veces.
Una de las cejas se le arqueó en un ángulo imposible, y yo comencé a cortar la masa.
—¿Tres?
No me costó reconocer la sorpresa en su voz.
—La primera para preguntarle cuál es tu plato favorito. La segunda para que me explicara la receta paso a paso y la tercera porque la masa tenía una pinta sospechosa y necesitaba confirmar que no te iba a intoxicar.
El silencio volvió a instalarse entre los dos durante media vuelta del segundero.
—¿Por qué?
Eché la cabeza hacia atrás y fruncí el ceño.
—¿Cómo que por qué ?
—¿Por qué has llamado a mi madre para cocinar mi plato favorito ?
Ah. Esa era una buena pregunta a la que no pensaba responder con la verdad, por supuesto.
No podía decirle que llevaba toda la tarde dándole vueltas a algún plan que le sacara una sonrisa después de ese día de locos que había tenido en la oficina —y del que Lily no me habló hasta que regresé de mi servicio especial e inesperado de reparto a domicilio—, porque entonces tendría que explicarle por qué demonios quería sacarle una de esas escasas sonrisas que le suavizaban la expresión y a las que me estaba volviendo adicta.
Así que opté por otra razón que me venía estupendamente bien para justificarme.
—Porque aún no te había dado las gracias por dejarme vivir aquí. —Le aparté un trozo generoso en el plato—. Sé que tu vida era muy distinta antes de que yo apareciera, y ahora me tienes hasta en la sopa… O hasta en el café, que viene a ser lo mismo.
César no sonrió y por un instante pensé que me respondería con alguno de sus comentarios secos.
—No tienes que darme las gracias por eso, Zahara.
—Bueno, es de bien nacido ser agradecido, ¿no? —me justifiqué de nuevo—. Pruébalo, venga.
Obedeció sin discutir. Y mi inseguridad decidió que era un buen momento para que me asaltaran todas las dudas: ¿le gustaría?, ¿estaría la masa cruda por el centro?, ¿llevaría mucha sal o demasiado poca?
—¿Qué? ¿Está buena? —pregunté, incapaz de aguantar más.
Él terminó de masticar antes de responder.
—Sí.
Lo miré con indignación .
—¿«Sí»? ¿Solo «sí»? Llevo dos horas cocinando. Vamos, mójate.
César volvió a observar el plato y, tras unos segundos, murmuró:
—Sabe a casa.
Y la vulnerabilidad en su voz me desarmó por completo. Bajé la vista al plato y pellizqué el primer trozo.
Estaba bastante aceptable.
—Tendré que darle las gracias a tu madre, es mérito suyo.
—No. —Aquella única palabra me hizo volver a alzar la cabeza. Él me estaba mirando con fijeza—. El mérito es de quien se ha pasado dos horas en la cocina.
Y ahí, con las orejas y las mejillas al rojo vivo, terminé de derretirme.
Por suerte, el resto de la cena fue mucho más inofensiva.
Comentamos alguna anécdota del trabajo, me contó que Priya —la bendita Priya— había conseguido que un cliente aceptara una propuesta que llevaba semanas rechazando, y yo aproveché para dramatizar la odisea que había supuesto convencer a una señora de que una novela con un asesinato en la primera página no podía considerarse una lectura relajante para antes de dormir.
Nos reímos. O más bien yo me reí y César hizo ese gesto suyo que se había convertido en uno de mis favoritos: levantaba la comisura derecha de los labios apenas unos milímetros, y a mí el estómago me hacía un triple axel con tres tirabuzones sin necesidad de patines.
Cuando terminamos, me levanté con la intención de recoger, pero César apareció a mi lado y me quitó las cosas de las manos con total naturalidad.
—Has cocinado tú. Recojo yo .
—No hace falta —dije a duras penas, aturdida por su cercanía y el olor que desprendía.
—Sí hace falta.
Solté un resoplido exagerado.
—¿Sabes que eres desesperante?
—Me lo han dicho alguna vez, sí.
—Pues deberías interiorizarlo.
Él ignoró mi comentario y caminó hacia la cocina con las manos llenas. Lo seguí y me coloqué frente al fregadero. Aproveché que estaba soltando lo que llevaba en las manos para hacerme con el estropajo.
Al final, como ninguno estuvo dispuesto a ceder del todo, acabamos haciendo las dos cosas: yo fregaba y le pasaba los cacharros, y él los secaba y guardaba.
Cuando me giré para dejar un bol en la encimera, chocamos hombro con hombro.
—Perdón.
—Lo siento —dijimos los dos a la vez.
Nos miramos y, sin saber muy bien por qué, ambos sonreímos.
Dejó el último cacharro en su sitio, y salimos de la cocina.
—Gracias por la cena.
—No hay de qué.
Nos quedamos mirándonos.
Una reacción efervescente empezó a alterarme los órganos y, de repente, fui demasiado consciente de que estábamos solos en mitad del pasillo, a pocos pasos de nuestras respectivas habitaciones con sus correspondientes camas.
—Bueno… —Carraspeé—. Me voy a dormir.
Asintió.
—Descansa.
—Y tú .
Esperé un segundo más. Él también.
Ninguno parecía tener prisa por romper aquel momento, pero si me quedaba un minuto más terminaría por meterle las manos entre los mechones de pelo de la nuca y…
Cerré los ojos un instante, sonreí con torpeza y salí prácticamente huyendo hacia mi habitación.
Y allí me encontraba, con la espalda apoyada en la puerta, tratando de entender cómo habían cambiado tanto las cosas entre nosotros si hacía apenas unas semanas me caía mal.
Bueno, no mal, pero me sacaba de quicio con esa obsesión enfermiza por el orden, sus horarios militares y la facilidad que tenía para responder con una sola palabra cuando cualquier ser humano normal habría utilizado, como mínimo, una frase subordinada.
Sin embargo, ahora me afectaban cosas tan inverosímiles como el sonido de su despertador o la forma en la que preparaba el café sin hacer apenas ruido.
También que siempre dejara la taza exactamente en el mismo sitio antes de salir de casa.
O que, cuando estaba concentrado, se quitara las gafas para frotarse el puente de la nariz.
Que ayudase a los demás sin convertirlo en un espectáculo.
Que cumpliera todo lo que prometía y que sonriera tan pocas veces que cada una de ellas fuera un pequeño acontecimiento nacional.
Solté el aire despacio.
Sí, tenía un problema. Uno muy gordo.
Y no se trataba solo de que César me resultara atractivo —que también—; era objetivamente guapo, altísimo, elegante, con una mandíbula capaz de cortar jamón serrano en lonchas finitas y unos ojos tan profundos que deberían venir con licencia de armas.
Lo jodido era que comenzaba a gustarme todo lo demás .
Cómo me cuidaba.
Cómo encontraba soluciones antes incluso de que yo le pidiera ayuda.
Cómo me dejaba espacio cuando lo necesitaba y aparecía justo cuando estaba a punto de derrumbarme.
Y me gustaba la calma que transmitía, la paz que había empezado a sentir en aquella casa desde que dejé de verlo como un robot con patas.
Porque me hacía sentir segura y que, pasara lo que pasase, él iba a estar ahí.
Me dejé caer sobre la cama boca arriba y me tapé la cara con las manos.
—Joder —murmuré al techo—. Joder, joder, joder.
Aquello ya no tenía arreglo.
Podía seguir buscando excusas todo el tiempo que quisiera, ignorando lo que me hacía sentir, decirme que solo era agradecimiento o que admiraba que fuera buena persona.
Podía repetirme todas esas mierdas hasta quedarme sin voz, pero la realidad era que me gustaba César.
Mucho.
Muchísimo.
Lo que era algo horrible. Porque no era un desconocido con el que me había cruzado en una estación y había caído rendida ante su galantería.
Era César, el hijo de Leire. El niño que cuidaba de mí cuando era pequeña y traviesa y el hombre que me había abierto su casa sin dudar ya de adulta —e igual de traviesa—.
Y éramos casi familia.
Aunque el casi era el quid de la cuestión.
Ese pequeño adverbio era el culpable; él había abierto una puerta que hasta hacía unos pocos días ni siquiera me había planteado que podía existir, una puerta que me daba mucho miedo cruzar.
Pero si algo había aprendido de mi familia era que no éramos especialistas en quedarnos quietos cuando teníamos miedo.
Algunos de los Remo corrían hacia delante, otros se escondían o salían huyendo. Y yo hacía un poco de todo, según la ocasión, aunque por lo general improvisaba y luego ya veía cómo sobrevivía a las consecuencias.
Al día siguiente, viernes, la locura se desató en Hartwell & Pages. Las mesas permanecían llenas desde mediodía, había clientes entrando y saliendo constantemente, y Lily y yo apenas teníamos tiempo para intercambiar un par de frases entre pedido y pedido.
Y me encantaba.
Porque el trabajo me mantenía demasiado ocupada para darle vueltas a la cabeza, detalle que pensaba explotar hasta el último minuto.
Mi turno terminó a las cuatro, aunque a las cinco y cuarenta aún seguía allí. Recogí tazas, ayudé a una clienta a encontrar un libro y coloqué unas cuantas novelas que habían dejado en la sección equivocada.
Y esa simple tarea me entretuvo más de lo normal. Era fascinante la cantidad de veces que podía cambiar de sitio unos libros sin que ninguna distribución mejorara especialmente la armonía de la balda. Saqué un volumen. Lo volví a meter. Lo intercambié con el de la derecha para ver si…
—Zahara. —La voz de Lily me sobresaltó.
—¡Coño, qué susto! —solté en mi idioma.
La mujer alternó la atención de la estantería a mí, y yo cometí el error de mirar el reloj de pared.
Una sonrisa lenta se le dibujó en los labios.
—Querida, si vas a esperarlo, al menos deja de fingir que esos libros siguen desordenados. Vas a desgastar la madera.
Abrí la boca para rebatir, pero ella se dio la vuelta con una expresión satisfecha y se escabulló al almacén a una velocidad asombrosa.
Mi dignidad hizo la croqueta a mis pies, y me quedé unos segundos más mirando la balda solo para demostrarme que Lily se equivocaba. Yo no estaba esperándolo, solo… Bueno, estaba disfrutando de un rato en una cafetería acogedora y agradable porque no tenía otro plan mejor y porque…
Ay, ¿a quién quería engañar?
Con un movimiento brusco me quité el delantal, agarré un libro y me senté junto al ventanal con la intención de leer un rato.
Cuando levanté la vista, y miré de nuevo el reloj, habían pasado apenas dos minutos.
Bufé y volví a concentrarme en las páginas. Leí cinco líneas más, aunque ni una sola consiguió entrarme en el cerebro, así que lo cerré con un golpe brusco.
—A la mierda .
Saqué el móvil del bolsillo, busqué la aplicación de mensajería y pulsé sobre el contacto.
Zahara:
Cuando salgas, entra en H&P.
Lo envié y al instante supe que acababa de cometer un error garrafal, sin embargo, cuando fui a borrar las pruebas de mi desliz apareció la confirmación de lectura.
Perfecto, era oficial. Había perdido el poco juicio que me quedaba.
—¿Todo bien? —me preguntó Lily desde el mostrador.
—Claro. ¿Me preparas un descafeinado?
Asintió, y yo me puse en pie. Me acerqué a ella, que, en lugar de trastear con la máquina de café, apoyó ambas manos en la madera y me analizó por encima de las gafas que a veces llevaba colgadas de una cadena con pequeñas estrellas doradas.
—¿Recuerdas la carta que saqué esta mañana?
Sí.
—No.
—La Luna invertida —me recordó, y yo puse los ojos en blanco.
—Ya estamos…
—¿Sabes lo que significa?
—¿Que tendré que bajarla para poder conseguir mi café? —ironicé.
—Marca el punto de mayor claridad, donde la confusión se disipa y la intuición se vuelve más confiable.
Me acerqué a ella y murmuré:
—Lily, por favor, deja de fumar hierba en la trastienda.
Soltó una risotada .
—Hace un rato fingías ordenar una balda y ahora quieres hacerme creer que no sabes de qué te hablo. Qué agotador ser tú.
La campanilla de la puerta sonó, y ella sonrió con satisfacción cuando me envaré.
Lily llevaba muchos años observando a personas como para no darse cuenta de lo evidente. O puede que yo fuera demasiado obvia, que todo podía ser.
Agarré mi abrigo, inspiré hondo y me giré.
Y, por supuesto, allí estaba César.
Tenía que sacarlo de ahí. Bajo ningún concepto debía permitir que llegara hasta Lily, porque estaba segura de que esta le soltaría algún comentario con doble intención que seguramente me incluiría.
—¡Hola! —lo saludé con entusiasmo y enganché mi brazo al suyo para darle la vuelta—. ¿Cenamos por ahí?
Sus iris se posaron en los míos brevemente.
—Sí, claro.
Antes de salir, giré el cuello y eché un último vistazo hacia el mostrador.
Lily, por supuesto, seguía allí, organizando la superficie con la misma cara de satisfacción que si hubiese terminado un libro cuyo final conocía desde el primer capítulo.