12 Perfect
«No intentes convertirte en un hombre de éxito, sino en un hombre de valor». - Albert Einstein
CÉSAR
Cuando el cliente cerró la carpeta, y se levantó para estrecharme la mano, el reloj de pared marcaba las diez y veinticinco.
—Ha sido un placer, señor Navarro.
—Igualmente. Gracias por venir.
Lo acompañé hasta la puerta y dejé que Priya lo guiara hacia recepción antes de regresar a mi mesa. La superficie seguía cubierta de informes, gráficos financieros y dos vasos de agua a medio terminar.
—Navarro .
Me giré al reconocer la voz del director, que se había detenido junto a la entrada del despacho.
—Craig.
—Buen trabajo con Hanley. Me han llegado comentarios sobre cómo estás llevando la cuenta.
—El mérito es de todo el equipo.
—Lo sé. Y precisamente por cómo lo estás dirigiendo quería felicitarte.
—Gracias, señor.
Él dio un pequeño golpecito en el cristal.
—Sigue así. Hablaremos pronto.
Asentí y lo vi alejarse con cierta satisfacción. Las revisiones de promoción serían en unas semanas y llevaba demasiado tiempo trabajando para dar el siguiente paso como para no reconocer una buena señal cuando la tenía delante.
Priya regresó en ese momento y malinterpretó mi amago de sonrisa.
—Yo también creo que aceptará la propuesta —vaticinó ella.
—Ha ido bien —dije por toda respuesta.
Me quité la americana y me remangué la camisa mientras despejaba la superficie para la siguiente reunión, y entonces vi la pequeña bolsa de papel marrón que había escondido junto a la maceta de la esquina.
Aquella era una de esas mañanas en las que no disponíamos ni de cinco minutos libres. Por eso, antes incluso de entrar en la oficina había pasado por Hartwell cada frase, cada silencio y gesto. Y nada, ni una sola respuesta.
No me gustaban las variables sin explicación, por lo que me pasé el resto del día con una sensación ácida en el estómago. Justo hasta que abrí la puerta de casa esa tarde.
Me quedé inmóvil con las llaves en la mano.
Lo primero que me golpeó fue un olor familiar. Cebolla, tomate, pimiento y algo más que reconocía y que no conseguía identificar.
Después llegó la música: una canción española que sonaba desde la cocina a un volumen considerable, acompañada por una voz que desafinaba con una seguridad digna de admiración.
Sonreí para mis adentros.
Solo una persona podía cantar tan mal con semejante entusiasmo .
Dejé las llaves sobre la consola y avancé por el pasillo sin hacer ruido.
Zahara estaba frente a los fogones y de espaldas a mí, descalza, con el pelo recogido en un moño que amenazaba con deshacerse en cualquier momento, y removía una sartén mientras balanceaba las caderas al ritmo de la música.
Cada poco, levantaba la cuchara de madera como si fuera un micrófono, cantaba un par de versos desafinados sobre un arroz con bacalao y regresaba a la sartén.
Había harina sobre la encimera y sobre el rodillo, tiras de pimiento rojo en la tabla y varios cuencos repartidos por todas partes. Además, sujeta con un bote de especias, tenía una hoja doblada, llena de anotaciones escritas a mano.
Me resultó extrañamente reconfortante contemplarla mientras se movía de un lado a otro sin ser consciente de que la observaban.
Aquello era el huracán Zahara en su máximo esplendor: cocinaba, bailaba, consultaba la hoja de papel durante unos segundos para asentir muy seria y remover el sofrito de cuando en cuando, y todo eso mientras destrozaba la letra de una canción.
No había un solo movimiento en ella que pareciera planificado, todo era espontáneo, caótico y… ¿armonioso?
Mi vista descendió sin pedir permiso para seguir el balanceo de sus caderas durante el estribillo, y al ser consciente de lo que estaba haciendo volví a levantar la mirada hacia su espalda como si aquello hubiera sido un error de cálculo.
Lo fue. O al menos de eso intenté convencerme.
Ella, ajena a mi lucha interna, se puso de puntillas para alcanzar una bandeja del mueble superior y el bajo de la sudadera se elevó aún más .
Tragué saliva, tanto por la porción de piel que dejó a la vista como porque acababa de darme cuenta de que llevaba varios minutos fascinado y sin ninguna intención de dejar de observarla.
Y eso sí era preocupante, porque aquella no era una línea que pensara cruzar. Había aprendido hacía muchos años que era mejor detener ciertas cosas antes de que empezaran.
Sin embargo, fui incapaz de dejar de observarla.
Nunca había entendido por qué Leo podía quedarse horas viendo cocinar a mi madre sin morir de aburrimiento. Hasta entonces.
El carraspeo que sonó a mi lado no alertó a Zahara gracias a la música.
Giré la cabeza; Didier acababa de salir de su habitación con la funda de la guitarra colgada al hombro. Siguió la dirección de mi mirada y una pícara curva le asomó con lentitud en los labios.
Volvió a mirarme a mí.
—Esa sonrisa no la conocía.
Fruncí el ceño al ser consciente de lo que estaba haciendo y me puse serio de golpe.
—No digas tonterías.
—Y no creo que sea por el concierto privado que está dando.
Me aparté del marco de la puerta y me crucé de brazos.
Aunque cometí el error de echarle un vistazo de nuevo a Zahara.
Ella, ajena a nosotros, cerraba en ese momento un cajón con la cadera mientras trataba de seguir el ritmo de la canción y tarareaba una estrofa que, por lo que pude entender, no se parecía demasiado a la original.
Sin proponérmelo, volví a sonreír, y Didier soltó una risa contenida.
—¿Lo ves? —susurró con aire triunfal.
Carraspeé.
—Solo me hace gracia que desafine tanto.
—Ah, sí. Seguro que es eso. —Se colocó mejor la guitarra—. Qué pena perderme el desenlace. Tengo la prueba de sonido dentro de veinte minutos.
—Suerte.
—Tú la vas a necesitar más, mon ami .
Sonrió de nuevo antes de salir de casa y me guiñó un ojo, y yo negué con la cabeza cuando la puerta se cerró a su espalda.
En ese mismo instante la música dejó de sonar.
Me giré con cautela y contuve la respiración cuando la vi tan cerca de mí. Tenía una pequeña mancha de harina sobre la mejilla izquierda, y los ojos le brillaban demasiado.
No encontré ni rastro de la chica escurridiza de esa mañana, que me había rehuido la mirada y había salido huyendo por el pasillo. La Zahara que tenía frente a mí me observaba con una tranquilidad desconcertante.
Sin ninguna prisa, se llevó la cuchara a los labios y la probó despacio, sin apartar la vista de mí.
—Bienvenido a casa, César. —Se pasó la lengua por la comisura del labio—. ¿Tienes hambre?
Y durante cinco segundos enteros fui incapaz de recordar cómo se respondía a una pregunta tan sencilla.