11 Routines #2
El pasillo era estrecho y la escalera de madera oscura contrastaba con las paredes claras. Había visto aquellos escalones varias veces cuando entraba o salía alguien, pero nunca había pasado bajo la puerta ni entrado en la empresa donde trabajaba César.
Subí los escalones y me fijé en el cartel que rezaba: Westbridge Global Advisory.
Solo el nombre ya me daba ganas de enderezar la espalda y fingir que sabía qué era un índice bursátil.
Caminé con el café en una mano y la bolsa con la galleta en la otra, mientras me sentía un poco más estúpida a medida que me acercaba.
Porque, claro, una cosa era preparar el pedido de César en la cafetería, donde todo tenía sentido, y otra muy distinta era aparecer en su oficina como una enfermera victoriana llevando el caldo a un soldado enfermo.
César no estaba enfermo ni mucho menos era soldado.
Y yo tampoco era victoriana, aunque siendo justa, con el nivel de dramatismo interno que llevaba encima, podría haber protagonizado una de las adaptaciones de época que tanto le gustaban a Didier, con mucha lluvia y poca comunicación emocional.
Al llegar a la recepción inspiré hondo.
Aquello no se parecía en absoluto a lo que había imaginado. Yo esperaba algo frío, con cubículos grises, fluorescentes y gente con cara de haber vendido su alma a una hoja de cálculo.
Pero eso era diferente.
Había una pared revestida de madera oscura con el logotipo de la empresa en letras metálicas, un mostrador de mármol negro, plantas enormes colocadas con una precisión casi artística y cristaleras que dejaban ver los despachos y salas de reuniones bañados por una luz suave.
Todo estaba impecable y ordenado. Y, de alguna manera, aquello me recordó a César.
No solo por lo obvio —que también—, sino porque producía la misma sensación que él: una apariencia sobria e intimidante que, cuando te acercabas lo suficiente, resultaba mucho más cálida de lo que parecía.
Me aproximé al mostrador, y la recepcionista levantó la vista de la pantalla.
Era una mujer de mediana edad, rubia de pelo cortísimo, gafas de pasta transparentes y una expresión tan elegante que me hizo ser muy consciente de pronto de mis vaqueros, mi jersey y la bolsita de papel con una mancha de chocolate que llevaba en la mano.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
—Hola, busco a César Navarro.
La frente de la mujer se arrugó un pelín.
—¿Tiene cita ?
—No. —Sus ojos fueron al vaso de café, luego a la bolsa y, de nuevo, a mi cara—. Trabajo en Hartwell & Pages. César nos ha encargado su desayuno, y aquí estoy.
—Puede dejármelo a mí y…
—¡No! —La palabra salió con tal contundencia que hasta yo me asusté—. Quiero decir, no sé si conoces a mi jefa, Lily Hartwell. Créeme, ninguna de las dos queremos llevarle la contraria a esa mujer.
—Pero…
Me apoyé en el mostrador y bajé la voz.
—Mira, solo llevo nueve días en el trabajo. Por favor, permíteme que le entregue esto al señor Navarro y me iré por donde he venido. Ella me ha dicho que si no lo hago personalmente me despedirá. Y no puedo volver a mi país, mi familia me repudiaría y me vería en la calle.
La recepcionista me sostuvo la mirada, y yo mantuve el tipo.
No supe si se tragó la trola o tan solo me siguió la corriente, pero terminó señalando el pasillo de cristal a su espalda.
—Al fondo a la derecha. Si está reunido, vuelva, y yo se lo haré llegar, ¿de acuerdo?
—Por supuesto. Millones de gracias.
Por supuesto que no pensaba hacerlo.
No sabía qué haría si estaba reunido, lo más seguro que captar su atención con señas junto a una planta de interior carísima, pero el pedido se lo entregaría en persona como que me llamaba Zahara Remo Delgado.
Avancé por el pasillo con el corazón retumbándome en los oídos.
Las oficinas se abrían a ambos lados tras paneles de cristal. Había mesas de madera caras, pantallas dobles, gente concentrada y pizarras llenas de gráficos y palabras que mi cerebro no era capaz de traducir.
Y justo al final, de pie e inclinado sobre una mesa, con las dichosas mangas de la camisa remangadas y una mano apoyada en el borde del escritorio, César.
Me detuve a unos metros mientras él hablaba con la mujer que había sentada en el puesto de trabajo, a la que reconocí de inmediato. No la había visto antes, pero sí que había conseguido sonsacarle información de su equipo a César en los trayectos hasta Notting Hill.
Sabía que lo formaban dos chicos más, Marcus y Oliver, y una mujer. Así que ella, por razones obvias, tenía que ser la lista, resolutiva y profesional Priya.
La mujer tenía la piel oscura, el pelo recogido con elegancia y una sonrisa luminosa que encajaba a la perfección con aquel despacho impecable.
No podía escuchar lo que decían a través del cristal, pero Priya señaló algo en un papel, y César negó. Ella insistió y él respondió algo que hizo que la mujer soltara una carcajada.
Y entonces él hizo lo mismo. Una sensación punzante y desagradable se me clavó debajo de las costillas, porque no fue una de esas medias sonrisas que yo celebraba como si hubiese conseguido avistar una especie protegida.
Se rio de verdad, relajado y con una confianza que me hizo quedarme mirándolo como una idiota.
Al ser consciente de ello, fruncí el ceño.
Resultaba que el señor Palometidoenelculo tenía vida social en su hábitat natural, y yo no sabía por qué aquello me sorprendía tanto.
Aquello no tenía sentido. Solo estaba hablando con una compañera en su oficina sobre un asunto que, probablemente, tenía que ver con números, clientes irritantes o alguna catástrofe financiera aburrida de gente rica.
Ni siquiera estaban haciendo nada raro, como tocándose, coqueteando o mirándose de forma especial.
Lo único especial allí era la reacción del todo irracional de mi estómago, que se contrajo del mismo modo que días atrás, cuando César me presentó a Lily, y que se esfumó en cuanto me di cuenta de que la mujer podía ser mi madre.
Pero Priya era joven.
Y guapa.
Lo cual, por algún motivo, empeoró mucho la situación.
En aquel momento había confundido aquella punzada leve, casi ridícula, con incomodidad. Pero no era eso, nunca lo había sido.
Siendo sincera, hubiera preferido no averiguar qué demonios era.
Porque fue entonces, al comprender la magnitud de lo que estaba pasándome, cuando César se irguió, me descubrió al lado de la cristalera y nuestros ojos se encontraron.
Y el cosquilleo que noté por todo el cuerpo me confirmó mis sospechas.
—Mierda.