Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 11 Routines
30%

11 Routines

«Si no ves un camino claro hacia lo que quieres, a veces tendrás que hacerlo tú mismo». - Mindy Kaling

ZAHARA

—Entras a las once —me recordó Lily desde el otro lado de la barra.

Lo dijo con cariño, pero también con ese tono que me ayudaba a imaginarla como la mujer exitosa y de carrera brillante que había sido años atrás y que te hacía sentir como si hubieras escrito mal una dedicatoria en la primera página de un libro.

Me encogí de hombros con una sonrisa y agarré el trapo para limpiar una mesa que acababan de dejar libre.

—Buenos días a ti también .

—Buenos días, querida. —Arqueó una ceja y se quitó las gafas—. Pero no tenías que estar aquí hasta las once.

—Eso ya me lo has dicho.

—Y tú no has respondido.

—Creía que mi lenguaje corporal era suficiente. —Froté con intención la mesa mientras la miraba. La mujer puso los ojos en blanco, y yo me acerqué a ella—. Quería comerme un bollito de canela para desayunar antes de entrar.

—Lo podrías haber hecho a las once igualmente.

—A esa hora ya no quedan.

Ella soltó una risa.

—Porque tú llegas antes y te los comes.

Me eché dos a un plato y amplié la sonrisa.

—¿Me preparas un café?

—Qué remedio.

Me senté en el pequeño silloncito junto a la estantería de novela negra e inspiré hondo.

Hartwell la mesa donde se sentaba la chica pelirroja con su libreta de tapas verdes y un bolígrafo que mordisqueaba, y la hora a la que siempre venía la señora japonesa los martes y jueves, la que pedía un flat white y hojeaba libros de jardinería.

Había aprendido que los muffins de arándanos se acababan antes de las doce, que las novelas con portadas ilustradas vendían más si las colocabas cerca de la caja y que había clientes capaces de pasar tres horas con una taza de café ya fría y la misma página abierta, solo porque allí nadie les pedía que desalojaran la mesa.

Pero, sobre todo, había aprendido que me gustaba estar allí. Mucho.

También había terminado de descartar lo de la academia. Entre el trabajo, los clientes, mis peleas diarias con el transporte público y convivir con Didier y César —que hablaban en inglés en casa—, estaba teniendo una inmersión lingüística que ríete tú de los cursos intensivos.

Y gratis, que también era importante.

Lily se acercó cuando acabé el primer dulce.

—Mi tía Alicia y tú juntas seríais un peligro.

Dejó el platillo con el café sobre la mesa, y yo me lancé a por él.

—¿La cocinera famosa?

Asentí mientras tragaba el sorbo.

—Hace una tarta de queso que podría provocar guerras.

—Hice una pausa cuando casi pude verme de nuevo en su cocina, rodeada de mi familia y peleando por rebañar el molde—.

En serio. La gente se mataría por el último trozo tras decidir que la paz en el mundo está sobrevalorada, como pasaría con tus bollitos de canela si…

—Si no te los comieras tú —terminó por mí.

—Culpable —reconocí. Lily rio mientras ordenaba unos tomos mal colocados—. Las dos os haríais con el orden mundial.

—Qué imagen tan hermosa —bromeó.

—Apocalipsis repostero.

Apoyó una cadera en la estantería y me observó con una intensidad que me obligó a apartar la mirada de inmediato para centrarla en mi café .

Desde que había empezado a trabajar allí tenía la sensación de que me analizaba con el único fin de desentrañar todo lo que me rondaba por la mente. Era un poco inquietante, aunque también agradable en cierto modo, porque me hacía sentir como en casa.

—¿Me seguirías en esa guerra? —indagó con diversión.

—Si cada día me preparas media docena de estos, sin dudarlo.

Se le escapó una risita justo cuando sonó la campanilla de la puerta.

Miré el reloj: las diez y diez.

—Te estás adaptando bien.

—Es fácil. Me gusta el rollo del manicomio camuflado que has montado.

—Gracias por una crítica tan refinada.

—De nada. —Me puse en pie y la adelanté cuando se giró para atender—. Vengo de una larga estirpe de mujeres profundas.

—Y modestas.

—Eso nos viene por parte de padre —le dije a la vez que me colaba tras el mostrador.

Lily me reprendió con la mirada, y yo le sonreí al cliente—.

Buenos días, señor Howard. Té negro, sin leche ni azúcar, ¿verdad?

Hoy le hemos guardado una galleta de avena antes de que la señora Cavendish arrase con ellas.

El hombre parpadeó sorprendido.

—Gracias —titubeó—. ¿Debería preocuparme por lo mucho que me conoce ya?

—Claro que no, solo uso mis poderes para el bien mundial.

—Eso espero. —La papada se le movió cuando me siguió la corriente .

—Por cierto, le recomiendo que le eche un vistazo a esa estantería de allí. Ayer por la tarde nos llegaron un par de cajas de novedades y creo que hay alguna novela que podría gustarle.

—¿De verdad?

Me encogí de hombros de nuevo.

—Egipto le espera.

El hombre me lo agradeció con entusiasmo y se giró hacia las estanterías, y yo di media vuelta para prepararle la comanda. Fue entonces cuando vi por el rabillo del ojo que Lily me sonreía de oreja a oreja desde su posición.

Le devolví el gesto y me puse a trabajar.

El café, por tercer día consecutivo, se me terminó enfriando, por supuesto.

A las diez y veinte ya había atendido a seis clientes, recomendado una novela a un chico que fingía mirar ensayos políticos cuando en realidad llevaba diez minutos lanzando vistazos a la estantería de romance histórico y en ese momento trataba de evitar que un cliente comprara un libro equivocado para su sobrina.

—Le vendrá bien cuestionarse el sentido de la existencia.

—Si tiene catorce años, créame que ya sabrá bastante de eso —le dije al hombre.

Conseguí que se llevara una novela de fantasía blanca con las tapas violetas.

—Tienes talento para esto —dijo Lily cuando el hombre se marchó con su bolsa.

—¿Para rebatir a octogenarios?

—Para escuchar.

La miré y negué.

—Solo le he preguntado qué le gustaba a la chiquilla. Ha mencionado dragones, magia y una saga de vampiros. A partir de ahí no parecía muy probable que estuviera deseando leer filosofía alemana. Eso no es talento, Lily, es tener sentido común y orejas.

—Te sorprendería saber la cantidad de gente con orejas que no escucha absolutamente nada.

Quise hacer un comentario divertido en respuesta, aunque su frase me dejó pensando un minuto más de lo normal. Para cuando fui capaz de hablar, ya era demasiado tarde para el humor.

Los ojos se me desviaron sin querer al reloj.

Solo quedaban unos minutos para que marcase las diez y media, así que me puse en movimiento. Eché la proporción de café justa, preparé la taza y pulsé el botón de la cafetera.

Tan solo había necesitado dos días allí para confirmar que César era un maniático controlador del tiempo. Bajaba todos los días a las diez y treinta. Todos . Ni un minuto antes ni uno después.

Lily, de hecho, solía bromear con su supuesta ascendencia suiza o alemana, y yo lo corroboraba mencionando la organización que tenía en la despensa de casa, por tamaño y colores, y la forma en la que le fruncía el ceño a Didier cuando dejaba los cojines del sofá en posiciones anárquicas.

César siempre pedía café solo, sin azúcar ni leche ni nada que pudiera hacerlo interesante.

Pero los jueves se concedía un permiso semanal para ser ligeramente humano: añadía una galleta con pepitas de chocolate negro y pistacho al desayuno.

No entendía por qué me había aprendido eso. Bueno, sí lo sabía: porque trabajaba allí y tenía buena memoria para los detalles. Y también porque César era tan predecible que ignorar sus rutinas habría sido casi una falta de sentido común .

Sin embargo, la campanilla sonó a las diez y treinta y uno.

Me preparé con mi mejor sonrisa socarrona para no dejarle pasar el retraso, aunque la que entró fue una señora de mediana edad con un bolso de colores.

A las diez y treinta y dos el señor Howard pidió un vaso de agua.

A y treinta y tres la cafetera soltó un suspiro de vapor que disimuló mi propio bufido.

«Qué raro», pensé sin dejar de estudiar la puerta.

—¿Esperas a alguien?

La voz de Lily me hizo dar un salto.

Me llevé una mano al pecho y cerré los párpados.

—Por poco me matas del susto —me quejé—. ¿Ese reloj está bien?

Ella miró el de su muñeca y luego el de la pared.

—Sí.

Asentí sin entender nada.

¿Dónde se había metido César?

Quizá se había muerto de aburrimiento sobre el teclado…

Toqué la taza, confirmé que seguía caliente y vertí el contenido sobre uno de los vasos de cartón para llevar.

No me di ni un segundo para pensar en lo que hacía, porque si me paraba me metería debajo del mostrador y me quedaría a vivir allí entre paquetes de azúcar moreno y pajitas biodegradables hasta que se me pasara la tontería.

Porque era una tontería. Una tontería absurda.

—Voy a salir —anuncié.

La sentí observarme desde la trastienda mientras yo cerraba la tapa del vaso, comprobaba que estaba bien encajada y añadía una servilleta. Cogí otra más, por si acaso, pero luego decidí que dos servilletas serían excesivas y quité una .

—Tu turno no empieza hasta dentro de veinticinco minutos.

—Es para César. Le… había preparado el café, pero no baja —me justifiqué.

—Ajá.

—También cogeré su galleta del jueves.

—Adelante, sálvalo de una mañana sin cafeína ni alegrías para el cuerpo, querida.

No me quedé a averiguar por qué parecía disfrutar tanto de mi incomodidad y de la situación.

Salí de detrás de la barra, de la cafetería y en una sola zancada empujé el portón que comunicaba con el edificio de oficinas de arriba.