10 System error #2
Y me descolocó porque ella no era mi responsabilidad.
No era una inversión que tuviera que colocar en el lugar correcto ni un expediente que hubiera pasado de pendiente a completado.
Era Zahara: caótica, descarada y capaz de poner mi vida patas arriba en menos tiempo del que Oliver tardaba en redactar un correo de disculpa.
Abrí la puerta, y la campanilla sonó sobre mi cabeza.
Zahara levantó la vista y se le curvaron los labios. Y, ese simple gesto que había visto miles de veces en su cara, me pareció distinto sin motivo aparente.
—Admítelo —comentó cuando me acerqué a la barra—. Me echabas demasiado de menos y no te has resistido a venir a verme.
—De hecho, sí. He sido incapaz de concentrarme en toda la mañana —reconocí antes siquiera de ser consciente de lo que acababa de decir.
Zahara soltó una carcajada, y yo me tranquilicé. Hasta que centré la atención en Lily y me di cuenta de su expresión .
Maldición…
—¿Se me ha parado el reloj? —preguntó ella—. Son las ocho y cuarenta y seis.
—Cuarenta y siete —la corregí mientras hacía un esfuerzo titánico por no desviar la vista a la izquierda.
Por suerte, me preparó la bebida sin demora y me despedí de ambas con un escueto «se me hace tarde».
Al abandonar la cafetería, mis niveles de ansiedad no habían disminuido ni un poco. Si acaso, habían empeorado.
Supe que no había sido buena idea bajar tan pronto. Las rutinas existían por una razón: reducir el margen de error.
De hecho, las únicas tres veces que había alterado mis horarios habían sido por fiebre, por una alarma de incendios y por una nevada que bloqueó parte del trayecto.
El mundo era imprevisible en suficiente medida como para que uno tuviera que añadirle improvisación voluntaria.
Y, sin embargo, acababa de bajar una hora y cuarenta y tres minutos antes de mi horario habitual para comprobar si Zahara estaba bien.
No por una urgencia ni por una enfermedad o un motivo de fuerza mayor.
Por ella.
¿Qué demonios me estaba pasando?
El café se enfrió encima de la mesa de trabajo mientras me esforzaba por concentrarme. Por suerte, durante un buen rato conseguí encajar datos, revisar proyecciones y contestar varios correos pendientes.
A las diez y veintinueve guardé el archivo y me levanté. Porque esa sí era la hora correcta. Esa vez no me detuve ante la cristalera, sino que entré directo.
La campanilla sonó, y los ojos se me fueron al sofá.
Estaba vacío .
No había ni rastro del libro ni de la taza que había usado ni de ella. Y no me permití recrearme en la pequeña punzada de decepción que sentí.
—No está —dijo Lily.
Maldije en silencio y me giré.
La mujer estaba de pie junto a la sección de narrativa contemporánea, colocando libros con un cuidado reverencial.
—No he preguntado.
—Querido, no hace falta. ¿Quieres otro café?
—Por favor. —La seguí cuando se acercó a la barra—. ¿Se ha marchado a casa?
—¿Quién?
—Lily…
—Ah, ¿tu prima?
La sonrisa se le ensanchó mientras abría un cajón, y supe que habían hablado de más.
—Zahara no es mi prima.
—Es encantadora.
Esperé a que un cliente depositase la taza en el mostrador y abonase la consumición para retomar el tema.
—¿Y bien? ¿Dónde está?
—Ha salido hace un rato. ¿Media hora quizá? —La mirada que me echó se me antojó demasiado invasiva—. Si hubiese sabido que estarías tan decepcionado, la habría retenido un poquito más.
—No estoy decepcionado.
—Claro. —Se volvió hacia la estantería y sacó un nuevo paquete de café en grano—. Ha sido curioso. Tuve que salir a recoger un paquete al otro lado de la calle. Cuando volví, me encontré a Zahara detrás del mostrador.
—¿Cómo?
—No pongas esa cara. No estaba robando .
—No he pensado eso.
—Había entrado un chico buscando un libro para su novia. Tenía prisa, y Zahara estaba mirando las estanterías cerca del mostrador. Por lo visto el chico le explicó la situación, y ella le preguntó qué tipo de novia tenía.
—¿Qué? —le pregunté alucinado.
—Hay que conocer al cliente antes de aconsejar —me sermoneó—. Al parecer, le hizo varias preguntas sobre ella, le quitó de la mano un bestseller y le recomendó una novela romántica que, cito textualmente, «le haría quedar como un novio entregado a la causa».
Apreté los labios.
No estaba dispuesto a sonreír, aunque me costó contenerme.
—Eso suena a algo que podría decir Zahara.
—El chico compró el libro, además de un marcapáginas de los caros —explicó—. Zahara le insistió en que regalar un libro sin separador era como invitar a alguien a cenar y no ponerle cubiertos.
Se me escapó una risa.
—Le encanta leer —admití.
—Y tiene instinto y don de gentes. Cualidades excelentes para un negocio como este. —Me tendió el café y recogió una taza que alguien había dejado en el otro extremo de la barra—. Se ha sentido cómoda aquí.
La frase me golpeó como si me hubiera dado con un ejemplar de tapa dura en la cara.
—Solo ha estado un par de horas.
—Hay personas que tardan años en pertenecer a un sitio, pero otras tocan una estantería, y el polvo decide hacerles hueco.
Me pasé una mano por la nuca .
Lily y sus frases que, por algún motivo, solían acertar en el centro exacto de la diana.
—Si le apetece, puedo traerla otro día —claudiqué.
—No será necesario —me contradijo, y la miré con el ceño fruncido—. Le he dicho que vuelva mañana para echarme una mano.
El pulso se me aceleró.
—¿La vas a contratar?
Ella se encogió de hombros en respuesta y se puso a atender a otro cliente. Y yo me quedé mirando el cartel de precios de la pared.
Me alegraba por ella, por supuesto. Después de la experiencia que había tenido en Tesco se merecía algo mucho mejor.
Aunque también me aterró la idea.
Porque que Zahara regresase al día siguiente significaba que volveríamos a levantarnos juntos.
A tomar el primer café de la mañana juntos.
Y a hacer el recorrido hasta Notting Hill juntos.
Es decir, que no solo la vería en casa al acabar el día, sino también al empezar y entre medias, cuando bajara a la cafetería.
La única esperanza que me quedaba era pensar que aquello también fuera algo temporal.
Esa idea me tranquilizó un poco, porque era una posibilidad perfectamente razonable. De hecho, la más probable de todas.
Zahara se había mudado a Londres para probar algo diferente, no para construir una vida allí. Tarde o temprano encontraría el siguiente rumbo, y yo recuperaría el mío.
Hasta entonces, sin embargo, ella invadiría mi rutina.
Dios.
Estaba perdido.