10 System error
«Si no estás dispuesto a arriesgar lo inusual, tendrás que conformarte con lo ordinario». - Jim Rohn
CÉSAR
Sus ojos azules se cruzaron con los míos, y le devolví la sonrisa a un par de pasos de distancia. Quizá tardé algún segundo más de la cuenta, pero estaba tratando de asimilar el hecho de que Zahara estuviera allí, en Hartwell la llegada de Priya, Oliver y Marcus tuvo parte de culpa, aunque lo cierto era que yo tampoco terminaba de centrarme del todo.
De hecho, una hora después aún no había sido capaz de procesar ni un solo dato útil del informe que debíamos entregar ese mismo día.
Observé una vez más la columna de previsiones trimestrales y la de desviaciones, pero mi cerebro —por algún motivo inadmisible— me trajo de nuevo la imagen de Zahara contemplando una estantería como si acabara de encontrar una puerta secreta y fuera a encoger para atravesarla.
Cerré los ojos e inspiré hondo .
«Céntrate, César, por lo que más quieras», me reprendí.
Volví a prestar atención a la pantalla: previsiones, desviaciones y…
«¿Habrá conectado con Lily?», me pregunté sin querer.
Apreté la mandíbula y se me escapó un pequeño gruñido que no pasó desapercibido para nadie.
Marcus alzó la cabeza y me miró con el ceño fruncido.
—No se me han guardado los cambios —mentí, y él chascó la lengua.
—Qué faena.
—Sí.
Qué faena no dejar de pensar en ella, más bien.
Porque el informe de Hanley las cifras no cuadraban, Marcus había enviado una versión incompleta del anexo, y Oliver había hecho lo que siempre hacía cuando alguien metía la pata: responder con un correo lleno de jerga legal para justificar los errores.
Debía —de verdad— centrarme, porque aquello sí era relevante y merecía toda mi atención. Sobre todo porque en cinco minutos tenía programada una llamada con su gerente.
Llamada en la que fui capaz de decir la friolera de cuatro frases coherentes sobre el flujo de caja proyectado de su empresa que, según mi opinión profesional, ocultaba más problemas de los que nos hacía ver.
Al colgar, Priya se encargó de preparar el resumen actualizado para enviarlo antes de las once, y la mente se me fue —otra maldita vez— a la planta de abajo.
—César…, ¿me escuchas?
Parpadeé.
Mi compañera me observaba con el ceño fruncido desde detrás de la pantalla de su ordenador.
—Dime .
—Te preguntaba si puedes revisar la tabla de sensibilidad antes de que la mandemos.
—Sí. La tengo abierta.
Otra mentira, claro.
Lo único que tenía abierto era una preocupante línea directa entre mi cerebro y la cafetería de abajo.
—Perfecto —dijo Marcus—. Porque, si volvemos a mandarla con otro error, Oliver se desmayará sobre el teclado.
—Eso ocurrió una sola vez —protestó el aludido—. Y fue por una bajada de azúcar.
—¿Después de la porción de tarta que te comiste? Lo dudo —insistió Marcus.
—Apenas la probé.
—Pues quizá tendrías que hacerlo ahora, porque estás igual de pálido.
—Es la luz.
—Claro —intervine sin apartar la vista de la pantalla—. Y las tres cucharadas de azúcar que has echado al café no tienen nada que ver.
Oliver giró la silla hacia mí.
—No me esperaba este ataque gratuito por tu parte.
—Trabajo con datos, me limito a exponerlos.
Marcus soltó una carcajada.
En otra ocasión habría seguido escuchándolos discutir sobre la salud de Oliver y cómo le afectaba la iluminación de la oficina. Sin embargo, aquella mañana ni siquiera conseguía prestarles atención.
Me limité a mirar la pantalla una vez más, a buscar errores y…
No fui capaz de nada.
Me incliné hacia delante, apoyé los codos en la mesa y me pasé una mano por la mandíbula .
¿Qué demonios me estaba ocurriendo?
No tenía ningún sentido.
Zahara estaba a unos escasos metros, con Lily, en un lugar seguro. No había ningún problema que resolver ahí, ninguna emergencia ni tampoco ninguna razón objetiva para que mi cabeza siguiera regresando una y otra vez a ella.
«¿Y si es una señal?», me pregunté.
Deseché la idea de inmediato. Aquello sonaba peligrosamente parecido a una de las conclusiones de Lily.
Me puse en pie de golpe, dispuesto a zanjar la situación.
El sonido de la silla al rodar llamó la atención de mis compañeros. Los tres dejaron de atender sus ordenadores mientras me ponía el abrigo.
—¿Vas a algún sitio? —me preguntó Priya.
—A por un café.
Se hizo el silencio.
—¿Ahora? —preguntó Oliver, confundido.
—¿Estás bien? —añadió Marcus—. Oye, al final sí va a ser cosa de la luz, porque también te veo un poco pálido.
—Estoy perfectamente.
—Son las nueve menos cuarto —dijo Priya.
—Sé qué hora es.
—Vale, ahora sí que estoy preocupada.
Negué al verla sonreír y salí del cubículo en un par de zancadas.
Bajé los escalones de dos en dos, pero, al llegar a la calle, no entré de primeras. Me detuve al otro lado de la cristalera, y no porque necesitara recuperar el aliento.
La luz interior me alivió una parte de la desazón que sentía. Londres podía estar más gris que nunca, pero la cafetería de Lily seguía pareciendo un refugio construido contra la intemperie .
«¿Y contra las malas decisiones?».
No, no lo era. Era lógico querer comprobar cómo se estaba adaptando, a fin de cuentas, vivía en mi casa. Cualquiera habría hecho lo mismo.
Zahara estaba sentada en uno de los pequeños sofás junto al mostrador, con una pierna recogida bajo el cuerpo y un libro abierto entre las manos. Se había echado el pelo sobre un hombro mientras inclinaba la cabeza hacia la página.
Lily pasó junto a ella con una bandeja, dijo algo, y Zahara levantó la vista. Acto seguido rompió a reír.
La satisfacción que me invadió fue tan genuina que sonreí sin darme cuenta. Y ese gesto me descolocó.
Me descolocó no poder negar lo que sentía. Me descolocó sentir que aquella tranquilidad tenía tanto peso en mi interior.