Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 9 London boy
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9 London boy

«Londres es uno de los peores lugares para tener un mal día, pero uno de los mejores para uno bueno». - Mhairi McFarlane

ZAHARA

Di un par de zancadas para alcanzar de nuevo a César.

—¿De verdad que no me vas a decir a dónde vamos?

—De verdad.

—Joder —me quejé—. Eres un hueso duro de roer, ¿eh?

Él no contestó. Tan solo continuó caminando por la acera como si aquella situación fuera de lo más normal. Bufé al esquivar a una mujer que llevaba un café en la mano y el teléfono en la otra.

Aún no entendía del todo qué hacía yo a las siete menos veinte de la mañana en la calle, tratando de que no me atropellase el ritmo vertiginoso de la ciudad, mientras perseguía a un consultor financiero que se negaba a explicarme a dónde demonios me estaba llevando. Pero allí estábamos.

Lo intenté de nuevo.

Si algo había aprendido siendo la pequeña de ocho hermanos era que insistir hasta la extenuación acababa funcionando de una manera u otra; a veces no conseguías un sí, pero sí desgastar al enemigo hasta que bajara la guardia.

—Podrías darme una pista.

—Va a ser que no.

—Una pequeñita.

— Nop .

—Al menos dime si me va a gustar.

Me echó un vistazo por encima del hombro.

—¿Crees que, si pensase lo contrario, me habría atrevido a sacarte de la cama? Sé lo poco que te gusta madrugar, Zahara.

Fruncí los labios y entrecerré los ojos.

—Eres desesperante.

—Y tú.

En serio, me sacaba de quicio. Y también lo odiaba un poquito, con ese pelo perfectamente peinado, esa cara bien afeitada y la americana pulcra que se había puesto.

—No me estarás llevando a tu aburrido trabajo para que anime el cotarro, ¿no?

—Jamás se me ocurriría.

Su respuesta me indignó.

—¿Y eso por qué? —Seguimos avanzando entre repartidores en bicicleta y ejecutivos que caminaban como si los estuviera persiguiendo el director de Hacienda—. Trabajé de animadora sociocultural en un hotel, aquí donde me ves soy una caja de sorpresas y tengo muchísimo potencial desperdiciado .

—No lo dudo.

Sonreí.

—Gracias.

—No pretendía ser un cumplido.

Lo fulminé con la mirada, aunque mi gesto perdió fuerza cuando una ráfaga de aire me revolvió el pelo. Intenté apartarme el mechón que se me pegó al gloss de labios, pero casi me saqué un ojo con el mango del paraguas.

César, que para mi desgracia no se había perdido detalle de la escena, soltó el aire por la nariz.

—Está muy feo reírse de una chica inocente en apuros.

Fingió buscar a nuestro alrededor en una actuación pésima.

—¿Inocente?, ¿dónde?

—Si algún día te da por sacar la cabeza de la calculadora y abrir nuevos horizontes, no te decantes por el teatro. Se te da de pena la interpretación.

La conversación murió cuando tuvimos que cruzar la avenida entre una marea de vehículos impacientes. Una vez a salvo en el otro lado, César puso rumbo a la parada del autobús.

—¿Vamos en bus? —le pregunté extrañada.

—¿Es que quieres caminar con eso puesto?

Seguí el curso de su mirada y me fijé en mis pies.

—Perdona, pero «eso» es mi mayor tesoro estilístico —rebatí—. Y solo lo decía porque me esperaba un poco más de glamur para alguien que trabaja en finanzas.

—Disculpa por no haber sacado el helicóptero del parking .

—Te pega más un barco.

César me dirigió una mirada incrédula, y no pude evitar imaginarlo con la gorra de capitán y una camisa blanca abierta ondeando al viento .

Giré el cuello en dirección contraria para que no viese la expresión que apenas era capaz de contener y, al hacerlo, me di cuenta de lo que teníamos justo al lado.

No me pude resistir.

—¿Zahara? —me llamó él cuando me separé—. ¿A dónde vas?

Corrí los últimos pasos y me encerré en la cabina roja. Le sonreí y saludé con la mano desde dentro, y él negó a la vez que ponía los ojos en blanco.

Aquello ensanchó aún más mi sonrisa.

—Vamos, sácate el palo del culo un ratito y ven —murmuré solo para mí sin dejar de retarlo con la mirada.

Se me escapó una carcajada victoriosa cuando vi cómo, tras suspirar, comenzó a caminar hacia mí.

—Hemos salido cinco minutos tarde y el autobús está a punto de llegar. Vamos, por favor.

—¡¿Qué?! ¡No te oigo bien! —mentí.

César forcejeó con la puerta de la cabina, que traté por todos los medios de mantener cerrada, pero el maldito tenía más fuerza de la esperada y consiguió abrirla de par en par.

—Aún queda un trecho para llegar a nuestro destino. Si perdemos el autobús, tendrás que caminar unos veinte minutos.

—Ni loca… —Le agarré la solapa de la americana y tiré de él hacia mí—. Ven, vamos a hacernos una foto.

—¿Qué? No.

Se resistió unos segundos, pero, tras suspirar, terminó claudicando y metió su enorme cuerpo en el reducido espacio.

—Toma, saca ese brazo tan larguirucho que tienes para que se vea la cabina .

Por supuesto, César refunfuñó, aunque agarró mi móvil y estiró el brazo. Yo me acerqué un poco más para entrar en el encuadre, me alcé de puntillas y me apoyé en su hombro.

—Say cheese —dije.

Y solo entonces fui consciente del olor que desprendía, de su cercanía y de cómo se le formaban pequeños remolinos en los pelos de la nuca y…

—Mierda, el autobús.

Su exabrupto me sacó del extraño trance y abrí los ojos.

Ni loca pensaba caminar hasta donde fuera que me llevase.

—¡Corre! —Lo empujé y le arrebaté el teléfono al salir de la cabina.

—Te dije que…

—¡Corre, César! —repetí mientras acortaba la distancia hasta el vehículo.

Él se coló cuando las puertas estaban a punto de cerrarse.

El conductor nos miró con esa expresión universal cansada de la vida, y yo le dediqué mi sonrisa más angelical.

—Es culpa tuya —masculló César a mi espalda.

—Lo sé.

—Menos mal que lo reconoces.

—Con orgullo, además —admití y, tras pasar la tarjeta, me abalancé hacia un par de asientos libres al fondo.

Me dejé caer junto a la ventana, y él ocupó el de al lado un momento después.

Ahí fue cuando desbloqueé el teléfono y, al pulsar la galería, se me escapó una carcajada.

—¿Qué…? —Le enseñé la pantalla, y él cerró los párpados con consternación—. Borra eso, por Dios.

—Ni hablar.

La analicé de nuevo. La diferencia entre nosotros era tan abismal que volví a reírme .

Ninguno de los dos estaba mirando a cámara. Yo aparecía observándolo de reojo con la sonrisa congelada, y él estaba con la vista fija en algún punto tras la cámara y tenía la expresión de alguien que acaba de descubrir un nido de gorriones en peligro.

Me guardé las espaldas antes de que intentara borrarla, porque era el tipo de foto que merecía ser conservada para futuras labores de chantaje emocional.

—No la mand… —No se molestó en terminar la frase, pues se dio cuenta de que ya la estaba enviando al grupo de mensajería donde estábamos todos, incluidos él y sus padres—. Qué bien. Gracias.

—Pero si es buenísima.

—Tendría que haberte dejado acostada —murmuró y desbloqueó su teléfono para ver la sección de noticias.

Yo sonreí y me fijé en que una de mis hermanas estaba escribiendo.

Carolina:

¿Ya lo estás torturando?

Zahara:

Él ha empezado despertándome temprano.

Carolina:

Y tú no podías no vengarte, ¿no?

César, tienes el cielo ganado .

Comencé a escribir la respuesta cuando otro mensaje me hizo alzar una ceja.

César:

Buenos días. Lo peor es que he sido yo el fotógrafo.

Levanté la vista del móvil y giré el cuello lentamente. Él permanecía inmutable, con la pantalla de las noticias abierta de nuevo.

—¿En serio? —pregunté con tono acusatorio.

—¿Uhm?

Hubo unos segundos de silencio en los que esperé a que me sostuviese la mirada.

No lo hizo.

—Nunca hablas en el grupo. De hecho, odias los grupos —le recordé.

—Para todo hay una primera vez.

Bufé y volví a mirar por la ventanilla. Aquello era inaudito; César era capaz de muchas cosas, como planchar una camisa sin dejar una sola arruga o colocar los yogures en el frigorífico ordenados por fecha de caducidad, pero ¿seguirme el rollo en un grupo de WhatsApp? Ni de coña.

Si lo tenía silenciado de forma permanente, el muy soso.

No, él no participaba en las conversaciones —nunca—, no enviaba memes ni audios —jamás— y mucho menos respondía a los debates absurdos que de vez en cuando surgían de manera espontánea —bajo ningún concepto—.

De hecho, la última vez que había escrito algo había sido en Navidad con un escueto «felices fiestas a todos». Y, sin embargo, ahí estaba, siguiéndome la corriente frente a veintidós espectadores.

No supe qué fue lo que propició el extraño milagro, pero tuve que reconocer que, en el fondo, me gustó.

Y también me gustó que fuesen mis acciones las que lo sacasen de su zona de confort. Mucho.

El trayecto continuó entre semáforos, edificios de ladrillo y el constante murmullo de la gente. Apoyé la cabeza contra el cristal y perdí la vista en el movimiento de la calle.

Tras lo que me pareció un suspiro, sentí el roce de una mano en la rodilla y abrí los ojos de golpe.

—Es nuestra parada.

Parpadeé un par de veces para tratar de despertar de la corta siesta y eché un vistazo a la calle.

Reconocí la zona de inmediato: Notting Hill. El lugar era tal y como lo imaginaba gracias a las películas que llevaba años viendo desde el sofá de mi casa, pero mejor.

Bajé tras él y giré sobre mí misma para tratar de abarcarlo todo: las fachadas de colores, las ventanas alargadas, las cafeterías y locales en los bajos de los edificios victorianos…

—Qué pasada —susurré.

César sonrió, y comenzamos a caminar.

Me costó no echarme a llorar como una idiota, porque una parte de mí seguía sin asumir del todo que estaba allí. Y no en una pantalla ni en una novela o guía de viajes. Allí de verdad.

En el mismo lugar donde un librero en horas bajas vio por primera vez a una bonita actriz y surgió el flechazo.

También donde alguien salió corriendo detrás de un taxi para declararse a otro alguien.

Y donde una mujer armada con diarios, complejos y una alarmante tendencia a enamorarse de quien no debía se empeñó en complicarse la existencia .

Y lo entendía. Comprendía por qué era el escenario de esas escenas inolvidables, porque aquella ciudad tenía magia y un no sé qué difícil de explicar, que te hacía pensar que cualquier historia, por extraña que fuera, podría hacerse realidad.

—Hemos llegado —dijo César a mi lado.

Seguí el curso de su mirada y me quedé parada en medio de la acera.

—¿Hartwell olía a café recién molido, a papel, a madera antigua y a dulces caseros.

Me dio la sensación de que las estanterías se multiplicaban en todas direcciones, entre lámparas que emitían luz cálida, plantas colgando del techo y ese tipo de decoración acogedora que no se puede replicar en ninguna tienda de decoración, pues está impregnada de momentos y recuerdos de cada uno de sus visitantes.

—Madre mía…

Me costó enfocar la vista en algo, porque todo me llamaba la atención por igual. Y no tardé en llegar a una conclusión: aquello no era una simple cafetería.

Era un lugar seguro para esas personas que se sentaban a leer en silencio, trabajar o tan solo descansar unos minutos.

Y era perfecto .

—Es mi sitio favorito de toda la ciudad —susurró César sacándome de mi ensimismamiento.

Me giré, y él ya me estaba mirando, pendiente de mi reacción con una atención que me hizo olvidar durante un latido todo lo demás.

Y sonreía.

Sin embargo, aquella sonrisa era completamente distinta a las que solía usar. Era más abierta y cálida; tan genuina que me dejó sin palabras.

Estiré el brazo sin ser consciente de lo que hacía en realidad y, en cuanto le rocé la mano, dijo:

—Hay alguien a quien me gustaría presentarte.

El cuerpo se me congeló y la felicidad que acababa de explotar dentro de mí sufrió una pequeña sacudida.

No supe exactamente qué fue lo que me afectó tanto, pero lo hizo. Y la sensación se intensificó en cuanto rompió el contacto visual, ensanchó aún más la sonrisa —si es que eso era posible siquiera— y se la regaló a alguien a mi espalda.

— Good morning, Lily.

—Hello, darling!