Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 8 Sorry
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«No busques los errores, busca un remedio». - Henry Ford

CÉSAR

La pasta seguía en la sartén, el fuego ya estaba apagado y la cocina se había sumido en un silencio incómodo desde que Zahara se había marchado.

Apoyé las manos sobre la encimera y cerré los ojos.

¿Cómo se había torcido tanto todo? Joder.

Solté el aire y me enderecé en cuanto escuché pasos acercarse, pero mi esperanza se esfumó cuando Didier apareció en la cocina, con un papel arrugado en la mano y el principio de una sonrisa que murió al darse cuenta de que allí solo estábamos mi cara de circunstancias y yo.

—¿Qué ha pasado? —me preguntó con el ceño fruncido.

Buena pregunta.

—No estoy seguro.

—¿Dónde está ?

—En su habitación.

Didier paseó la mirada de mí a la sartén y resopló por la nariz.

—Y no ha comido… Estamos jodidos.

Apoyé la cadera en la encimera y estiré el cuello hacia atrás a la vez que soltaba el aire despacio.

Didier se mantuvo en silencio, y yo me armé de valor.

Incluso contemplé la posibilidad de fingir que no pasaba nada, pero Didier insistiría a la primera oportunidad, y aquella noche no tenía fuerzas para intentarlo siquiera.

Mi amigo tenía una capacidad irritante para detectar cuándo algo iba mal y una perseverancia aún peor para no dejarlo correr hasta averiguar por qué.

—Ha dimitido —admití.

—Vaya.

—Y ha malinterpretado un comentario que hice cuando anunció que se mudaba a Londres.

Él arrugó la frente y se acercó a la sartén.

—¿Y qué dijiste?

—Que era mejor que tuviese un plan b antes de probar algo nuevo.

—Quizá piensa que no querías que viniera —comentó, y yo negué.

Agarró un trozo de pasta con la mano y se lo llevó a la boca.

—No es eso. Es por su historial.

—¿Y cuál es?

—Abandonó los estudios superiores, y los trabajos no suelen durarle demasiado.

—¿Y eso te molesta?

—No.

Arqueó una ceja.

—¿No ?

—No. —Cerré los ojos con desesperación—. Simplemente no sé qué quiere. Siempre está buscando algo nuevo y nunca se conforma. Y es lista, podría hacer prácticamente cualquier cosa que se propusiera, pero cada vez que parece haber encontrado algo…

—¿Cambia de idea? —Asentí y suspiré—. Y se lo has recordado cuando te ha dicho que ha abandonado Tesco.

—¡No! Solo le he dicho que ese trabajo no era para ella.

Mi amigo me observó unos segundos que se me hicieron eternos.

—Entiendo.

—Pues yo no —reconocí.

—Es fácil, tú estabas hablando de una cosa, y ella ha escuchado otra totalmente distinta.

Alcé las cejas.

—No te sigo.

—Tú piensas que aún no ha encontrado su sitio, y ella ha entendido que la estabas juzgando.

—Yo no la he juzgado —negué rotundo.

—Amigo, que no lo hayas hecho de manera intencionada no significa que ella no se haya sentido así —insistió—. Mira, César, eres más sensible de lo que haces creer a la gente, aunque a veces te cuesta no ver el mundo como uno de tus informes y tiendes a analizarlo todo desde tu modo de ver la vida.

—Yo no lo analizo todo.

Él arqueó una ceja y sonrió con condescendencia.

—Claro que no —me dio la razón como a los niños—. Pero, si quieres mi opinión, creo que, cuando una persona te importa, lo mejor es demostrarle tu apoyo con hechos, no con palabras. Sobre todo si esa persona está insegura .

—¿Insegura? —Reí sin humor—. Zahara es de todo menos insegura.

—Ya. —Me dio un par de palmaditas en el hombro mientras digería su opinión, que cayó sobre mí como una losa—. Arréglalo, César. Con hechos, no con palabras.

Se marchó a componer después de eso, pero sus palabras se quedaron conmigo.

Porque quizá tenía razón.

Puede que ese fuera el motivo por el que Zahara me había mirado así, como si estuviera acostumbrada a que la gente sacara conclusiones sobre ella.

¿Eso había hecho?, ¿la había juzgado?

El sonido de una puerta al abrirse interrumpió mis pensamientos. Unos segundos después, escuché cerrarse la del baño y el agua comenzó a correr.

Miré la sartén. Zahara seguía sin haber cenado.

Serví una ración de pasta, cubrí el plato y lo dejé sobre el mueble de la entrada, justo al lado de su habitación.

No supe si aquello contaba como uno de los hechos a los que se refería Didier, pero era lo único que se me ocurrió hacer por ella sin obligarla a verme.

Me metí en mi habitación antes de que saliese de la ducha y cerré los ojos, pero la imagen de Zahara, sentada sobre mi encimera y hablando del punto afrodisiaco de las cocinas, me apareció en la cabeza con una claridad acojonante.

«Estoy segura de que una gran parte de los orgasmos femeninos vienen de fantasear con escenas como esta».

Solté el aire y abrí los párpados de golpe.

No, no significaba nada… Zahara hablaba igual con todo el mundo.

Lo llevaba haciendo desde que tenía uso de razón.

Además, no era el momento de pensar en aquello.

Ni en la forma en la que me había mirado mientras lo decía ni en el he cho de que, una vez más, me había costado recordar que estaba hablando con la misma chica a la que había visto correr por Costa Serena con las rodillas llenas de heridas y el pelo revuelto.

Aunque estaba claro que Zahara ya no era aquella niña, pese a que yo me empeñara en seguir mirándola de esa forma mucho más segura para mi estabilidad mental.

Apoyé la parte trasera de la cabeza en la pared y me froté los ojos, dispuesto a ir más allá.

Si hurgaba en el fondo, tenía que reconocer que sí la veía un poco perdida, aunque no era una crítica, solo creía que era alguien que llevaba años buscando algo que todavía no había encontrado.

Lo que no entendía era por qué aquello me preocupaba tanto.

Intenté trabajar un rato más. De verdad que lo intenté; abrí el portátil, revisé un informe, corregí una cifra, respondí dos correos, leí la misma página tres veces seguidas, pero era un hecho, tenía la cabeza en otra parte.

O, para ser más exacto, al otro lado del pasillo.

Alcé la cabeza cuando escuché un ruido y me levanté del pequeño escritorio. Esperé en silencio y, tras un minuto sin captar nada, me descubrí sacando la cabeza de mi dormitorio.

El plato había desaparecido del mueble.

Bien. Al menos había cenado y…

Joder. Aquello era ridículo.

Tan solo llevaba tres semanas viviendo con ella. Nunca me había preocupado saber qué estaba haciendo. O al menos no de aquella manera. «¿Por qué ahora sí?».

Cerré el portátil de golpe y me dejé caer sobre la cama .

No me gustaba aquella sensación: la de haber llegado a destiempo, la de no haber entendido que algo iba mal hasta que ya era demasiado tarde para arreglarlo.

Y estaba agotado.

Sin embargo, mi cerebro tenía planes muy distintos a permitirme descansar, porque siguió llevándome una y otra vez hasta ella.

Hasta aquella niña incapaz de quedarse quieta más de cinco minutos. Hasta la adolescente que cada verano aparecía con una nueva obsesión: fotografía, surf, atletismo, guitarra, idiomas… Lo que tocara aquel año.

Pensé en los estudios, en los cambios, en los trabajos…

Y entonces me di cuenta de que todo el mundo estaba usando la palabra equivocada: Zahara no era inconstante, era apasionada. Y el problema era que todavía no había encontrado nada capaz de retenerla.

Supuse que por eso me costaba entenderla, porque yo llevaba años haciendo justo lo contrario.

Nunca había podido imaginarla haciendo lo mismo durante diez años seguidos. Ni siquiera durante cinco. Pero tampoco encajaba con la idea de alguien que se rendía, porque Zahara nunca se rendía. Simplemente cambiaba de rumbo.

Y quizá por eso había terminado allí, en Londres. En mi casa, en mi vida, poniéndolo todo patas arriba.

Aunque tampoco sabía cuánto duraría aquella versión de Zahara. Londres podría ser otro de esos lugares que necesitaba probar antes de descubrir hacia dónde quería dirigirse después. Para mí, en cambio, nunca había sido algo temporal. Había construido mi vida allí con intención de quedarme.

«¿Y has sido hospitalario con ella o solo te has limitado a sobrevivir al temporal?».

Me obsesioné con aquella pregunta .

Y también con encontrar una forma de arreglar la situación, porque solucionar problemas siempre me había resultado mucho más sencillo que ignorarlos.

En algún punto mi atención se desvió hacia la estantería sobre el escritorio.

Libros.

Recorrí los lomos con la mirada y sonreí sin ser consciente.

Porque, si había algo que permanecía en Zahara cuando todo lo demás cambiaba, eran los libros.

Era incapaz de recordar una época de su vida en la que no hubiera tenido uno entre las manos: sentada en el borde de la piscina con las piernas balanceándose en el aire, escondida bajo una sombrilla en la playa mientras el resto de sus hermanos corrían de un lado a otro o acurrucada en el sofá de los Remo, ajena al caos que la rodeaba.

Había cambiado de aficiones, de planes y de objetivos más veces de las que podía contar, pero los libros siempre seguían allí.

Eran la única constante que había sobrevivido a todas sus versiones.

Y el pensamiento me llevó inevitablemente a Lily.

A nuestras conversaciones, a esos silencios cómodos, a la extraña capacidad que tenía para saber cuándo hablar y cuándo limitarse a estar presente.

Pensé en el refugio que había sido para mí desde que llegué a Londres durante los días complicados, en cómo conseguía que el ruido bajara de volumen y cómo, por algún motivo que nunca había terminado de comprender, todo parecía un poco más sencillo después de verla.

Apoyé la espalda en el colchón.

«Se caerían bien», pensé .

La conexión fue tan rápida que me quedé inmóvil unos segundos. Después, me incorporé despacio y repasé la idea desde todos los ángulos.

Y, cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.

Zahara no necesitaba otro trabajo ni una charla o un plan infalible. Necesitaba un lugar donde pudiera bajar la guardia durante un rato.

Y así, de golpe, todo encajó.

Por fin tenía una solución.

Apagué el despertador cuando me sonó a las seis menos cuarto. La noche había sido una pequeña montaña rusa de intervalos sin dormir y sueños intranquilos, por lo que me metí en el baño como un autómata.

Me afeité, me duché y me vestí gracias a la inercia de la rutina, y solo cuando terminé de preparar el café me di cuenta de lo que había hecho.

Me quedé observando la segunda taza. La taza de ella.

«Arréglalo con hechos», se repitió la voz de Didier en mi cerebro.

Inspiré hondo, cogí ambos cafés y avancé por el pasillo .

La puerta de Zahara estaba cerrada, por supuesto. Todavía no eran ni las siete, por lo que llamé con los nudillos.

Repetí el movimiento después de recibir un enorme silencio como respuesta. Esa segunda vez sí escuché movimientos, seguido de un gruñido y un claro «pasa».

Sin embargo, en cuanto abrí y crucé el umbral supe que había cometido un error.

La habitación olía demasiado a ella. No solo a su perfume, también a todas esas pequeñas notas que le pertenecían solo a ella.

Lo analicé todo. Aquello era como entrar con pase VIP dentro de su cabeza.

La habitación no se parecía en nada a la que le había enseñado a Zahara a su llegada. Ahora había ropa desperdigada por todos lados, un libro abierto boca abajo sobre la mesilla y, junto a la ventana, una taza y una libreta abierta llena de anotaciones escritas con varios colores distintos.

Todo era caótico y también coherente de una forma extraña.

Como ella.

Y aquella fue una de las pocas veces que vi una versión de la Zahara pura, la que no trataba de impresionar, entretener o discutir con alguien.

Cuando desvié la vista hacia la cama, la vi. Estaba enredada entre las sábanas y me observaba en silencio con un solo ojo y la nariz fruncida.

—¿Qué hora es? —preguntó con voz ronca.

—Las seis y veinte.

Gruñó y se tapó la cara con la almohada.

—¿Te has vuelto loco? —Me llegó el sonido amortiguado de su voz .

No respondí.

Porque sí, estaba casi seguro de que me había vuelto completamente loco.

Me acerqué a la cama y ella sacó la cabeza de su cueva cuando me escuchó caminar.

—¿Hay una emergencia?

—No.

—¿Se está quemando algo?

—Tampoco.

Se incorporó hasta quedar sentada sobre el colchón y bostezó de una forma muy… dulce.

—Entonces explícame por qué estás en mi habitación a una hora en la que ni las personas ni los animales deberían estar conscientes.

Apreté los labios para contener una sonrisa y le tendí el café.

Ella lo aceptó sin dudar, bebió un sorbo, cerró los ojos y suspiró. Cuando volvió a mirarme había recuperado un dos por ciento de humanidad.

—He tenido una idea —anuncié.

Aquello pareció despertarla más que cualquier bebida con cafeína.

—¿Incluye que salga de esta cama tan calentita y mullida?

Me costó tragar saliva.

—Sí.

Ella bufó y se apoyó contra el cabecero.

—No me caes nada bien ahora mismo.

—Quiero enseñarte un sitio.

—¿Qué sitio?

—Uno.

Soltó una risa irónica.

—Gracias por la información .

—De nada. —Sonreí—. Vístete y ven conmigo.

Zahara me observó con desconfianza, y yo le sostuve la mirada.

—No, si no me dices a dónde me quieres llevar.

—Es una sorpresa.

—Eso dicen todos los secuestradores —contraatacó.

Seguía medio dormida y, aun así, era incapaz de no plantarme cara.

—En diez minutos salgo de casa —insistí y me dirigí a la puerta—. No tardes.

—César… —me llamó de nuevo, aunque su tono fue diferente.

Me giré. Seguía despeinada, medio dormida y su ceño permanecía fruncido, pero había algo en su expresión que me hizo flaquear.

—Dime.

—¿Estamos enfadados todavía?

La pregunta me pilló con la guardia baja y la sensibilidad alta.

—No.

¿Cómo podía estarlo?

Me analizó en silencio y después asintió.

—Vale.

—Vale —repetí.

Salí de la habitación, cerré tras de mí y me apoyé contra la pared del pasillo.

Lo había hecho.

Lo había hecho por ella.

Porque no me había gustado verla la noche anterior con aquella expresión entre derrotada y dolida.

Porque llevaba días llegando a casa cada vez más apagada.

Y porque, por un instante, me había vuelto a parecer aquella niña de armas tomar que, sin darse cuenta, buscaba su sitio entre tantos hermanos.

Y, aunque en el fondo intuía que estaba cometiendo un error, porque acababa de renunciar voluntariamente al único momento de paz que tenía durante el día y lo había hecho sin dudar ni un segundo, todavía no tenía ni idea de que aquello solo acababa de empezar y de que mi decisión lo cambiaría todo.