7 Bye bye bye
«Nadie te puede hacer sentir inferior sin tu consentimiento». - Eleanor Roosevelt
ZAHARA
No me molesté ni en abrir el paraguas. Dejé que la llovizna me refrescase la cara mientras avanzaba por Sutherland Avenue arrastrando los pies como un alma en pena.
Trece horas.
Trece puñeteras horas llevaba encerrada en un trabajo que odiaba, con un jefe que odiaba y con un uniforme que odiaba.
Hasta entonces no sabía que el cuerpo humano podía aguantar tanto tiempo oliendo a sándwich de huevo duro sin acabar echando hasta la primera papilla.
Además, tenía la espalda destrozada de desinfectar las jodidas estanterías del almacén y las huellas dactilares borradas de la cantidad de veces que me había quemado con la máquina de sellado.
Eso por no hablar del pelo, que en ese momento era un loft de golondrinas que ríete tú de los tocados de Los Bridgerton .
Entré en el portal, subí las escaleras del edificio y abrí la puerta de casa a cámara lenta.
El contraste, tanto de temperatura como de olor, fue inmediato. En el bloque olía a moqueta húmeda, sin embargo, en el piso olía a comida recién hecha y hogar. Y me vine abajo en cuanto llegué al final del pasillo.
César estaba sentado en la mesa del comedor, con el portátil abierto, las gafas puestas y un plato a medio comer a su lado, y Didier, tirado en el sofá, veía un reality británico de decoración de tartas.
Ambos fijaron la vista en mí cuando gemí de forma lastimera y apoyé la frente contra el dintel.
—Hombre, ¡ha vuelto la hija pródiga! —anunció Didier.
Abandoné el bolso en el suelo.
—Tengo ganas de matar a alguien, empezando por un hindú capullo.
—¿Estamos en peligro?
—Aún no lo sé. Estoy abierta a posibilidades.
—Buenas noches —dijo César.
Qué hombre más expresivo, de verdad.
Avancé unos cuantos pasos y me dejé caer en el hueco libre del sofá como si me hubiesen disparado. Las piernas me dolían tanto que escuché cómo me crujía una rodilla.
—No quiero volver a ver una termoselladora en mi vida.
Didier giró la cabeza.
—¿Qué es eso?
—Una herramienta del demonio. —Me quité las zapatillas de un par de puntapiés—. La gente entra al Tesco dispuesta a quejarse de los precios y de la composición de las ofertas. ¡Como si yo hubiera redactado el sistema económico británico!
—Quizá sí —alegó Didier muy serio—. No conozco toda tu historia.
Lo ignoré y me hundí más en el sofá.
Supe que mi cerebro estaba dando rodeos para evitar dar la noticia más importante de todas, pero no tenía ninguna gana de escuchar sermones a esas horas.
—Un señor me ha hecho abrir tres veces la nevera porque quería el agua menos fría, pero no del tiempo. Y para rematar la he tenido con la señora del café de las tres en punto.
—Estoy seguro de que es una historia increíble —comentó el francés, que se reacomodó en el sofá y me miró con los brazos tras la cabeza, encantado con mi situación de mierda.
—Hoy me ha tenido diecisiete minutos delante de la máquina porque decía que la espuma de su latte hacía un dibujo que la perturbaba.
—¿Qué significa eso?
—¿Y yo qué sé? Si el café lo hace la máquina automática. Yo solo los observo darle a los botones y rezo para que no se quede sin leche —me quejé. Didier se ahogó de la risa, y César carraspeó—. La gente que vive en este país está tarada, en serio.
—Es la falta de vitamina D.
—Además, creo que huelo a salchicha industrial —seguí con mi discurso.
Didier invadió mi espacio personal y olfateó a mi alrededor de manera muy exagerada.
—Un poco.
—Gracias. —Le dediqué una sonrisa irónica mientras se volvía a tumbar—. Qué apoyo emocional tan inspirador.
—¿Prefieres que abra una botella de vino y ponga Adele ?
Le hice una pedorreta y le tiré el cojín a la cabeza.
Cuando volví a acomodarme en el sofá, me encontré con que César me observaba desde la mesa del comedor. No dijo nada, ni siquiera había participado en la conversación, tan solo me miraba como si quisiera tratar de descifrar un jeroglífico.
Didier siguió mi línea de visión. Estudió a César, después a mí y, por algún motivo que no entendí, movió las cejas un par de veces en dirección a él.
Le fruncí el ceño, y el francés respondió con una sonrisa de satisfacción absoluta.
Idiota.
Cerré los ojos, pero el gesto solo me sirvió para ser consciente de que estaba agotada hasta los huesos. Volví a abrirlos cuando escuché el sonido del portátil al finalizar sesión.
César se puso de pie y me miró desde aquellas alturas celestiales.
—¿Has cenado?
La pregunta —y la forma en la que Didier carraspeó con intención— me hizo fruncir el ceño.
—Eh, no.
—Hay pescado en la nevera —comentó Didier—. Lo he hecho yo.
Compuse una mueca de aprensión.
—Mejor te preparo algo —anunció César.
El francés se levantó y se llevó una mano al pecho con teatralidad.
—Nunca valoráis mi arte, putain .
César lo ignoró, y yo me eché a reír por primera vez desde que había salido del Tesco.
Las carcajadas duraron unos segundos más después de que nos dejara solos .
—¿Te apetece pasta? —me preguntó César.
—Oh, Dios. Sí…
El gemido de satisfacción me salió de forma espontánea, y la contestación de César fue largarse a la cocina sin mirar atrás.
Lo seguí.
Me gustaba aquella cocina por la noche, mucho más que durante el día, aunque en esa ocasión me dio la sensación de que se había vuelto más pequeña e íntima, quizá porque estaba iluminada únicamente por los focos bajo los armarios superiores y el ambiente era más acogedor.
César puso una olla con agua a hervir y luego abrió la nevera y los armarios.
Empezó a sacar ingredientes sin decir una palabra: pasta fresca, tomates cherry, un manojo de albahaca, parmesano, ajo, aceite y un bote de especias que si alguien me hubiese dicho que había sobrevivido a varias guerras lo habría creído.
Me ayudé con las manos y, con un pequeño impulso, me senté sobre la encimera de los cajones.
—Didier te ha pegado la manía.
—¿Cuál?, ¿la de ser simpática?
—La de sentarte en el mismo sitio donde se manipulan los alimentos —aclaró tan formal como siempre—. No es muy higiénico, ¿sabes?
—No me digas… —Compuse una expresión de absoluta sorpresa—. Pues yo siempre he pensado que las encimeras tienen la altura perfecta para otras actividades mucho menos higiénicas, pero más satisfactorias.
—No voy a preguntar.
—Ni falta que hace. —Sonreí—. Tengo una duda: en esos casos, ¿se limpia antes o después? Porque me parece una cuestión importante a tener en cuenta .
«¿Qué haces, Zahara?», me preguntó esa vocecita a la que no solía prestar atención.
Achaqué mi comportamiento al cansancio.
Él giró el cuello y fijó las pupilas en mí. La forma en la que el pelo le cayó sobre la frente me pareció ridículamente atractiva.
Sí, sin duda era cosa del agotamiento.
—Estaba hablando de sexo, por si no lo habías pillado —añadí.
—Lo he pillado.
—Genial. —Apoyé ambas manos en la encimera a mi espalda—. Entonces, dime una cosa…
—No —me interrumpió.
—Pero si todavía no te he preguntado nada.
—Sigue siendo no.
—¿No me vas a decir qué me vas a hacer esta noche?
César se apretó el puente de la nariz.
—Zahara…
—De comer —aclaré y tuve que aguantar la sonrisa al verlo tan incómodo—. Me conformaría con un chorretón de tomate frito sobre un puñado de espaguetis algo pasados, pero no seré yo la que me queje ante semejante despliegue de medios.
César se giró, destapó la olla y echó sal y la pasta al agua hirviendo.
—No soy Didier.
Puse los ojos en blanco.
—Pues menos mal que me lo has dicho. De primeras me ha confundido el tono tan parecido de vuestra piel —bromeé.
—Me refiero a que a mí no se me pasa la pasta.
—¿Y por qué permites que cocine él, y tú te limitas a trocear los ingredientes? —lo acusé—. El pollo con chocolate que hizo el otro día aún se me está repitiendo.
—Lo relaja y le inspira .
Bufé por la nariz y me quedé en silencio, observando cómo se movía en la cocina.
No lo hacía como una persona normal, ni siquiera como alguien que simplemente sabía cocinar. Lo hacía con la misma precisión con la que trabajaba.
Todo ordenado, todo en su lugar.
Los movimientos de sus manos eran seguros, y me dio la impresión de que ni siquiera necesitaba pensar dónde estaban las cosas.
Añadió el ajo laminado a una sartén con aceite caliente. Después partió los tomatitos en dos y los dejó caer junto al ajo. Luego abrió el bote de las especias, lo olfateó con los ojos cerrados y echó una cantidad sin medir absolutamente nada.
El aroma llenó la cocina de inmediato.
Y, pese a llevar más de veinte días conviviendo —y toda una vida coincidiendo con él—, hasta entonces no fui del todo consciente de que César sabía cocinar, y no solo para sobrevivir. Disfrutaba frente a los fogones.
—¿Quién te enseñó?
—Mi abuela.
La respuesta le salió tan sincera que me quedé callada. César hablaba de su familia aproximadamente lo mismo que un agente secreto del MI6.
Puede que la manera en la que se le entristeció la mirada fuera lo que hizo que se me soltara la lengua.
O quizá fuera culpa de las especias.
—Voy a decir algo de lo que quizá me arrepienta.
—Entonces no lo digas —contestó tan pragmático como siempre.
Y, también como siempre, hice caso omiso.
—Se te ve muy sexi cuando cocinas.
La cuchara de madera —y todo él— se detuvo a medio giro .
—Zahara, ¿estás delirando?
No lo culpé. Lo más bonito que le había dicho en todos esos años era «hasta luego».
—Es posible.
—Muy posible —insistió.
—Pero también es un hecho que ver a un hombre cocinar activa algo primitivo en el cerebro de una mujer —añadí—. Las cocinas tienen un punto afrodisiaco.
Me quedé absorta con el movimiento de su nuez al tragar saliva.
Durante unos segundos solo se escuchó el crepitar de los ingredientes en el fuego.
—No creo que exista ningún estudio científico que respalde eso —masculló.
—Pues yo estoy segura de que una gran parte de los orgasmos femeninos vienen de fantasear con escenas como esta.
El silencio que siguió fue tan largo que empecé a sospechar que acababa de romperle el cerebro. Me quedé más tranquila cuando lo vi remover la sartén de nuevo y bajar la potencia del fuego.
Entonces, se giró hacia mí y se cruzó de brazos. Y yo me temí lo peor; que me echase del piso por salida, por ejemplo.
—¿Qué ha pasado con tu jefe?
La pregunta me cayó como un jarro de agua fría.
—¿Mi jefe? —me quejé—. ¿Cómo hemos pasado de hablar de fetiches y orgasmos a esto?
—Zahara, por favor.
—No quiero hablar de ello.
—Dime al menos que todo está bien.
—No. Pero no tiene importancia .
—Si no la tuviera, no llevarías veinte minutos hablando de otras cosas.
Aparté la vista.
De repente, la cocina ya no me parecía tan acogedora. Si su pregunta no me había cortado el rollo, esa actitud tan paternalista terminó de hacerlo.
Me moví incómoda sobre la encimera.
—Odio cuando haces esto.
—¿El qué?
—Ejercer de hermano mayor —aclaré—. Ya tengo siete, por si no lo recuerdas.
—Como si fuera capaz de olvidarlo —murmuró—. ¿Qué ha ocurrido, Zahara?
Lo fulminé con la mirada. Él ni siquiera pestañeó. En su lugar, se giró y vertió la pasta en la sartén.
Qué desesperación de hombre.
—Que mi encargado es imbécil.
—Eso ya lo sabíamos.
—Pues ahora es un imbécil certificado. —Balanceé las piernas—. Pero ya da igual, he dejado el trabajo.
Giró la cabeza de forma brusca.
—¿Qué? —La pregunta fue corta, pero me atravesó igual. Tuve que apartar la vista, porque de pronto sentí una presión incómoda en el pecho—. ¿Has dimitido?
Ahí estaba: la mirada que llevaba esperando toda la tarde.
Supe leer entre líneas lo que quería decir: había vuelto a pasarme.
Otra vez.
Otra cosa empezada para luego abandonarla. Una demostración más de que, quizá, no era capaz de mantener nada a largo plazo .
La vergüenza me subió por el cuello. Sin embargo, alcé la cabeza y lo observé, pese a estar convencida de que él estaría sacando sus propias conclusiones.
Casi podía escuchar sus pensamientos.
—Sí —confirmé sin bajar la barbilla ni un milímetro—. Llevaba varios días diciéndome que debería sonreír más a los clientes masculinos e insinuando que quizá recibiría más propinas o valoraciones positivas en Google si aprovechaba mejor mis recursos…
La mandíbula se le tensó.
—Tus recursos… —repitió con gesto serio.
—Mis tetas, César —aclaré sin medias tintas—. Pero la gota que colmó el vaso fue que me agarró de la cintura para pasar, me rozó el culo con su…
—¿Lo frenaste? —me interrumpió.
—Técnicamente, sí.
—¿Eso qué significa?
—Que le di un guantazo y luego lo mandé a la mierda —reconocí—. Así que, sí, supongo que vuelvo a estar en paro.
—¿Y vas a dejarlo estar?
—Tranquilo, no creo que vuelva a hacerlo.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque le retorcí dos dedos hasta que acabó de rodillas y le expliqué con mucha calma lo que les pasaría a los otros ocho y a cierta parte de su anatomía si volvía a tocar a una mujer sin su consentimiento.
Después llamé a la central y les pedí que revisaran las imágenes de una cámara que, casualidades de la vida, había encontrado tapada con una caja unos días antes en una reposición.
Mi padre se tomó muy en serio lo de enseñarnos a defendernos.
Aprender a darle su merecido a un gilipollas venía después de montar en bici .
César apartó la vista y se pasó una mano por el pelo.
Supe que ahí vendría el comentario hiriente.
—Está claro que no era tu trabajo ideal.
Solté una risa seca.
—Está claro.
Fue su turno para mostrarse confundido por mi actitud.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Zahara…
—No he escuchado nada —murmuró un recién aparecido Didier, que abrió la nevera, agarró una botella de agua e hizo un movimiento de cejas antes de marcharse de nuevo—. Bye .
Negué con la cabeza y me bajé de la encimera de un salto. Quizá no debería haberlo hecho, pues la diferencia de altura con César fue mucho más notoria.
—No hace falta que finjas conmigo, César. —Forcé una sonrisa—. Los dos sabemos que esto encaja a la perfección con mi personaje.
—¿De qué hablas?
Me encogí de hombros sin dejar de sonreír.
—De que se confirma que la pequeña de los Remo solo ha venido a pasar el rato en Londres y a jugar a las casitas.
Las fosas nasales se le ensancharon.
—Eso no es lo que pienso de ti.
—¿No? Porque juraría que dijiste algo bastante parecido cuando anuncié que venía.
Por cómo me miró, supe que se acordaba a la perfección de aquella conversación con mis padres.
Y, por cómo se quedó callado, mi cerebro decidió que yo tenía razón.
Una punzada desagradable me atravesó el pecho, porque una parte de mí siempre había sabido que aquello acabaría pasando, que tarde o temprano volvería a demostrar que todos estaban en lo cierto, que Londres no me había convertido mágicamente en una persona distinta.
Seguía siendo yo: la chica que abandonó dos carreras, la que cambiaba de rumbo cada vez que encontraba un muro y que nunca parecía tener claro qué hacer con su vida.
César abrió la boca, pero yo ya no quería escuchar lo que fuera a decir. No tenía fuerzas para más.
Me fui de la cocina antes de que pudiera responder.