Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 6 St. Patrick’s Day #2
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6 St. Patrick’s Day #2

Me obligué a salir del recuerdo y regresar al presente. Avancé entre la gente apartando hombros y sintiendo la tensión que me atravesaba el pecho cada vez que veía un atisbo de pelo rubio que no le pertenecía.

Y el alivio que me invadió cuando la encontré al otro lado de la plaza me debilitó las rodillas.

Zahara se encontraba junto a un puesto callejero, riendo y hablando con un anciano mientras se probaba unas gafas verdes gigantescas.

Estaba bien. Estaba tranquila. Y yo acababa de reaccionar como un puto lunático porque una persona adulta y funcional había desaparecido de mi vista menos de tres minutos.

Exhalé despacio en un intento por recuperar el control antes de acercarme a ella.

—¡Qué majo! —me dijo como si nada en cuanto llegué a su lado—. ¡Mira esto!

Cogió una diadema horrible que, por supuesto, se probó.

Lo peor fue que le quedaba bien. Absurdamente bien .

—¿Quiere una a juego? —preguntó el comerciante a la vez que sacaba otro accesorio idéntico y me lo tendía.

Negué con una sonrisa educada.

—No, gracias.

—No seas aguafiestas.

El anciano me habló, y Zahara aprovechó el despiste para plantarme la diadema en la cabeza antes de que pudiera esquivarla.

—Ni se te ocurra.

—Demasiado tarde —canturreó. Traté de quitármela, pero ella me agarró la muñeca—. Déjatela, por favor. Estás monísimo.

La petición salió acompañada de una sonrisa que me desarmó por completo.

El vendedor levantó el pulgar en mi dirección al ver que me rendía y me dedicó un guiño bastante perturbador.

—Esto es humillante —murmuré.

Zahara se colocó a mi lado y su perfume volvió a rodearme de nuevo.

— Say cheese! —El flash saltó y se echó a reír—. Madre mía, tienes cara de rehén.

—Es lo que soy.

—Pues yo salgo monísima, ¿verdad?

Verdad.

Pese a la diadema absurda, las mejillas sonrojadas por el frío y las gafas enormes, estaba preciosa.

—Aunque la mona se vista de seda…

Abrió los ojos —esos ya de por sí enormes ojos azules— y la boca al mismo tiempo.

—Mírate, ya haces bromas sin sufrir y todo.

—No exageres .

—¿Que no? —Bufó—. Hace dos semanas parecías capaz de matarnos a Didier y a mí por respirar demasiado alto en el salón.

—Sigo sintiendo el instinto asesino.

—Pero ahora sonríes mientras lo piensas.

Negué con la cabeza, aunque tuve que admitir que, muy a mi pesar, llevaba cierta razón.

El anciano terminó regalándole una varita acabada en un trébol verde. Ella la recibió como si acabara de heredar un tesoro familiar y no un trozo de plástico y fieltro, y avanzamos entre la multitud hasta alcanzar una zona más despejada cerca de la esquina de un pub .

Zahara se apoyó contra la pared de ladrillo y suspiró satisfecha.

—Vale, necesito decirlo.

—Miedo me das.

—Creo que en otra vida fui irlandesa.

—Y eso que esta es la versión para principiantes de la celebración.

—Da igual. San Patricio se acaba de convertir en mi festividad favorita.

—No me extraña. La gente borracha, el olor a rancio y el ruido son irresistibles.

—Escuchamos, pero no juzgamos —rebatió con la barbilla en alto.

Solté el aire por la nariz en una especie de risa camuflada, y ella me señaló con un dedo.

—¡Ahora sí te has reído!

—No tienes ninguna prueba.

—Pero de lo mono que estás con eso en la cabeza sí… —me recordó.

—Por desgracia .

Me quité la diadema y miré alrededor para buscar un punto donde fijar la vista que no fuese Zahara. Un grupo de hombres disfrazados de duendes empezó a hacerse fotos a unos metros, y ella los miró con absoluta fascinación.

—Londres es muy diferente cuando está de fiesta.

—Es el alcohol.

—No, no. Tiene que haber una explicación más profunda.

—Más alcohol —insistí.

Se echó a reír.

—A veces eres muy simple para ser tan inteligente.

¿Inteligente? ¿Desde cuándo Zahara pensaba algo bueno sobre mí?

—En este país son incapaces de expresarse sobrios.

—Eso explica muchas cosas.

Quise preguntarle a qué se refería. No lo hice.

Ella me empujó suave con el hombro antes de comenzar a caminar hacia la entrada del pub , y la seguí de nuevo sin pensar.

Pedí un par de cervezas y conseguimos de milagro media mesa, aunque estaba pegada a otra ocupada por seis chicas muy animadas. Nos sentamos en los taburetes altos con nuestras Guinness, y supe que nos encontrábamos demasiado cerca cuando nuestras rodillas chocaron bajo la mesa.

Ella apartó la pierna solo para volver a rozarme unos segundos después, al inclinarse hacia mí para poder hablar por encima de la música.

—¿Por qué me miras así?

La pregunta me pilló desprevenido.

—¿Así cómo?

—No sé. —Se encogió de hombros mientras jugueteaba con la espuma de la cerveza—. Como si fuera una amenaza pública o qué sé yo .

—Porque probablemente lo eres.

—Qué romántico —ironizó.

Bebió un trago sin apartar la mirada de mí, y me costó más de lo normal tragar saliva. La música estaba demasiado alta, así que volvió a inclinarse hacia delante hasta quedar peligrosamente cerca.

Su perfume se mezcló con el olor a cerveza negra. Noté el calor de su pierna en contacto con la mía y la curva de su boca ocupando todo mi campo de visión. Se me tensaron los dedos alrededor del vaso y desvié la vista hacia cualquier punto que no fueran sus labios.

—¿Te he puesto nervioso?

—No.

Ella se echó a reír y ese sonido fue el responsable de que bajara unos minutos la guardia.

Una de las chicas del grupo a nuestro lado pasó por detrás de mí al levantarse y me sonrió. Por supuesto, Zahara no lo dejó pasar.

—¿Te has dado cuenta de cómo te ha mirado?

—No me interesa.

—¿Estás seguro de que te gustan las mujeres? —insistió. Acto seguido, abrió los ojos como si acabara de recordar algo—. Por cierto, hablando de mujeres, ¿es verdad lo que me contó Guille?

—Teniendo en cuenta que tu hermano siempre habla más de la cuenta, tendrás que ser más específica.

—Lo de vuestro secretito en la playa.

Cerré los ojos. No tuvo que decir nada más para saber a qué se refería.

—Voy a matarlo.

—¡Entonces es verdad! ¿De verdad os liasteis con dos guiris a la vez ?

—Éramos jóvenes.

—Mírate. —Se echó hacia atrás y se cruzó de brazos con una sonrisa satisfecha—. Hecho todo un malote en tus años mozos.

—Zahara, tengo treinta años, no sobreviví a la posguerra.

—Es que me cuesta imaginarte haciendo algo así. —Bebió y me observó por encima del borde de su vaso—. De repente te has vuelto mucho más interesante de descifrar, César Navarro. ¿De quién fue la idea? De él, ¿no?

—Zahara…

—¿Tuya? —Sus ojos se abrieron con auténtico entusiasmo—. ¿Fue idea tuya?

—No voy a mantener esta conversación contigo.

—Qué poco colaborador.

—Pregúntale a Guillermo. Seguro que está encantado de compartir todos los detalles con su hermana pequeña .

—Si lo dices para disuadirme, déjame decirte que no me da ninguna vergüenza hablar con él de estos temas. Él me dio el primer condón que necesité cuando decidí perder la virginidad.

La observé con el ceño fruncido.

—Joder, Zahara.

—No te pongas melodramático. —Sonrió y me guiñó un ojo—. Tenía dieciséis.

—No necesitaba saber eso.

—Pues haberlo pensado antes de compartir aventuras sexuales con un Remo. Tú has abierto la veda.

La chica de antes regresó y se sentó sin dejar de mirarnos de reojo.

—¿Seguro que no te interesa? Es muy guapa —admitió disimulando con los labios de forma exagerada.

—Seguro .

—¿Por? —insistió—. Apuesto a que tendríais unos hijos monísimos.

—No quiero tener hijos —solté sin pensar.

Ella se recuperó pronto de mi comentario algo cortante.

—Estoy segura de que, con la chica adecuada, cambiarías de opinión.

No pude apartar la vista de ella.

—Y yo estoy seguro de que serías capaz de convencer a alguien para que donase un riñón sin ser consciente de lo que está haciendo.

Su risa regresó, y yo me quedé en ella.

No pude contener más el tirón de la sonrisa que pugnaba por salir desde hacía rato, así que giré la cabeza y observé alrededor.

El local estaba abarrotado; la madera oscura parecía absorber el calor de la gente y la música irlandesa sonaba muy alta. Además, apestaba a cerveza y a humanidad.

Pero nada de eso importó.

Porque, cuando su pierna rozó de nuevo la mía minutos después, fue cuando me di cuenta de un detalle bastante preocupante. Mucho más que la cantidad espeluznante de gente que gritaba y bebía en el bar.

Me gustaba demasiado verla así: cómoda, libre y feliz.

Y sí, también me gustaba verla, sin más. Al igual que estar con ella. Porque, aunque me volvía loco con su continua verborrea y esa forma de hablar tan llamativa, también me hacía ver Londres desde otra perspectiva mucho más despreocupada.

Mucho más parecida a la forma en la que ella lo vivía todo.

Por supuesto, no lo admitiría nunca, porque hacerlo público sería mi sentencia de muerte .

Y la culpa sería solo y exclusivamente de ella. Porque Zahara convertía cualquier cosa en una experiencia; una mañana cualquiera, un metro abarrotado, un pub lleno de desconocidos borrachos…

O a mí.

Y en eso último radicaba el verdadero problema.

Porque llevaba años construyendo una versión de mí mismo perfectamente funcional, perfectamente controlada y perfectamente incapaz de parecerse a él .

Y Zahara tenía la peligrosa costumbre de hacerme olvidar eso con demasiada facilidad.