6 St. Patrick’s Day
«Todo progreso ocurre fuera de la zona de confort». - Michael John Bobak
CÉSAR
Salir del piso con Zahara implicaba asumir que cualquier trayecto normal podía convertirse en toda una experiencia en menos de cinco minutos.
Aquella mañana tardó exactamente uno.
—Parece que hayan rociado la ciudad con una botella de Fairy… Verás como empiece a llover y les dé por soltar espuma —comentó nada más enfilar la avenida.
La miré por encima del hombro mientras me ajustaba las solapas del abrigo.
—¿Fairy? —le pregunté alucinado.
—Hostia… ¿Ese va vestido de Power Ranger?
—¿Qué ?
Seguí el curso de su mirada y tuve que girar el cuello en dirección contraria para que no notara la sonrisa.
—Te acabas de reír.
—No.
—César, a mí no me la das —insistió—. Te ha hecho gracia.
—Si tú lo dices…
Continuamos caminando, aunque no por mucho tiempo. No habíamos recorrido ni cien metros cuando volvió a pararse a observar uno de los pubs decorados para la ocasión.
Cometí el error de quedarme mirándola demasiado tiempo.
La chaqueta le marcaba la cintura de una forma que no recordaba haberle visto nunca o quizá sí, pero hasta ese momento mi cerebro había decidido ignorarlo de forma deliberada. Algunos mechones de pelo le caían sueltos de la coleta y lucían más ondulados de lo habitual por la humedad de Londres.
Ella debió de notar mi mirada, porque giró la cabeza, y yo aparté la vista al instante.
—¿Vamos? —le dije al comenzar a caminar.
No tardó en alcanzarme y ponerse a mi altura.
Londres seguía siendo Londres —gris, húmeda y llena de gente—, pero a medida que nos acercábamos al centro se sentía diferente. No solo por la música sonando a lo lejos o los grupos vestidos de verde que ocupaban las aceras, era por esa especie de electricidad extraña que había en el ambiente.
Un hombre con un enorme sombrero verde coronado con un trébol gigante nos señaló al cruzarse con nosotros.
— Happy St. Patrick’s Day!
Zahara le respondió levantando los brazos.
— Happy alcoholism day !
El hombre soltó una carcajada y siguió caminando dando tumbos.
—Londres tiene un grado de psicopatía clínica de casi el uno por ciento —comenté mientras retomábamos el paso—. Eso quiere decir que uno de cada cien adultos…
—Está pirado —me interrumpió—. Entonces no es muy distinto de Costa Serena.
—Ya. Pero la diferencia es que allí todos conocen a tu padre.
Aquello provocó el efecto contrario al deseado: se echó a reír a carcajadas.
Y, cuando eso ocurría —cuando Zahara reía—, le cambiaba la expresión a una mucho más relajada.
—No cabe ni un átomo más de ser humano ahí dentro —comentó en cuanto llegamos al metro.
No sé cómo conseguimos abrirnos paso y, para cuando entramos en el vagón, Zahara terminó pegada contra mi pecho por culpa de una avalancha humana disfrazada.
Cerré los ojos, inspiré hondo y, al abrirlos, ella me observaba desde abajo con la cabeza elevada.
—No pongas esa cara, no me negarás que esto es mejor que pasar la mañana trabajando.
—¿Dónde va a parar? —murmuré.
El tren arrancó de golpe, y la multitud se desplazó hacia un lado.
Zahara perdió el equilibrio, y en un acto reflejo la sujeté de la cintura antes de que chocara contra una barra metálica.
La marcha se estabilizó, aunque ambos continuamos un poco más en la misma posición.
—Gracias —dijo.
Solté la mano inmediatamente.
—No es nada —susurré .
Una chica disfrazada de hada irlandesa empezó a cantar a voz en grito en la otra punta del vagón, y Zahara la miró entretenida.
—Me encanta Londres.
No contesté.
Seguí observándola de reojo mientras el tren continuaba avanzando entre empujones, olor a humanidad y canciones desafinadas.
Un tipo vestido con una americana llena de lentejuelas entró en el siguiente andén tocando una gaita, y Zahara soltó una carcajada.
—No puede ser legal hacer eso a menos de dos metros de otro ser humano.
—En el Reino Unido hay leyes muy flexibles con el sufrimiento ajeno.
El hombre tocó todavía más fuerte.
—Lo estoy notando.
Varias personas aplaudieron —Zahara entre ellos, que lo observaba todo con expresión de absoluta fascinación—, y yo negué con la cabeza mientras contenía una sonrisa.
Continuó ensimismada cuando el metro frenó de golpe y, de nuevo, la multitud volvió a desplazarse. Esa vez no me hizo falta sujetarla, pues ella se pegó a mí en un acto reflejo.
Su mano se cerró sobre la manga de mi abrigo y bajé la vista de forma instintiva.
Zahara elevó la cabeza.
Ninguno de los dos se apartó durante los cuatro largos segundos en los que su sonrisa titubeó con la misma intensidad que me repiqueteaban los latidos del corazón.
Rompimos el contacto visual y nos movimos por inercia en cuanto la avalancha de gente comenzó a abandonar el tren.
Nada más salir a la calle, inspiré hondo y cerré los ojos .
—¡Me encanta! —chilló ella a mi lado.
—No te emociones demasiado. Este es uno de los puntos donde se concentra la celebración, pero no estamos en Dublín.
—No vas a chafarme la ilusión, que lo sepas.
La realidad era que Trafalgar Square estaba completamente abarrotada. Bandas irlandesas, banderas ondeando, música chocando desde varios puntos distintos al mismo tiempo y gente —muy muy ruidosa— bailando, gritando o riendo.
Y, en mitad de todo aquello, nosotros.
Zahara se adelantó unos pasos embebiéndose de todo con la misma expresión con la que un niño pisa un parque Disney por primera vez. Al escuchar el sonido de una banda que comenzó a tocar cerca de la fuente, me agarró de la mano y se giró hacia el sonido.
—¡Vamos!
Ni siquiera esperó respuesta antes de abrirse paso entre la multitud.
Mi primer impulso fue decirle que no, aunque la realidad fue que la dejé hacer.
También la seguí cuando esquivó a un grupo de universitarios borrachos. Sin embargo, cuando se subió al bordillo de una farola para intentar ver mejor a los músicos, me tensé.
—No veo nada —se quejó.
—Zahara, bájate antes de que…
De repente alguien chocó contra ella por un lado, y me vi obligado a actuar.
La agarré de la cintura antes de que resbalara, y terminó apoyada contra mi pecho.
Una vez más.
El calor de su cuerpo atravesó la ropa, y su olor se coló de nuevo en mis fosas nasales sin pedir permiso .
Algo habitual en Zahara y en todo lo que tenía que ver con ella.
Su aroma era dulce y, al mismo tiempo, ligeramente picante. Y no solo era gracias a ese perfume, el del frasco rojo de tapón dorado con forma de piernas femeninas que me resultó imposible de ignorar y que había visto varias veces apoyado en el lavabo del baño.
—Empiezo a pensar que te gusta agarrarme —murmuró.
La frase me atravesó el cerebro, y la solté de inmediato. Ella dio un pequeño salto hasta el suelo.
—Empiezo a pensar que tienes predilección por ponerte en peligro —rebatí.
Se le formó una sonrisa lenta e incluso un pelín siniestra.
—Siempre. —Negué con la cabeza, y se le ensanchó la sonrisa—. Tenemos que conseguir llegar hasta aquella esquina, desde ahí arriba he visto que hay algo más de espacio.
La seguí cuando comenzó a caminar y pese a que el instinto me gritaba que la agarrase de la mano no lo hice.
Avanzamos a trompicones entre la multitud, y no tardé en darme cuenta de que la gente la miraba al pasar —hombres y mujeres por igual—.
Entonces, alguien derramó la cerveza demasiado cerca de mi pierna y giré la cabeza por instinto.
Fue un abrir y cerrar de ojos, aunque suficiente para perderla de vista.
Reaccioné de inmediato. Me puse en alerta y estiré el cuello sobre la multitud. Sin embargo, fui incapaz de dar con ella.
No conseguí encontrar ni rastro de su chaqueta ni de su pelo o del eco de su voz.
—¿Dónde estás? —susurré con el pulso retumbándome en los oídos mientras recorría la marabunta con la vista una y otra vez—. ¿Dónde… ?
Un sudor frío se me deslizó por la nuca, y aquella sensación punzante y conocida volvió a abrirse paso bajo las costillas con la misma brutalidad que en aquella ocasión.
El recuerdo me atropelló.
Tenía diez años, y Leo me había obligado a ponerme crema solar. Zahara apenas tenía cuatro años y llevaba una pistola de agua amarilla casi más grande que ella.
No dejaba de correr de un lado a otro mojándolo todo.
—Chicos —nos llamó Estrella a una de sus hijas y a mí.
Los dos estábamos sentados en las tumbonas, en silencio, observando a nuestro alrededor.
Fabiola era la única de los Remo con la que me sentía cómodo, porque no me avasallaba como los demás.
Además de que tenía mi misma edad—. Voy un segundo dentro. ¿Le echáis un ojo a la peque?
Ambos asentimos.
Las gemelas de los Remo también se encontraban por allí, y con trece años eran lo bastante mayores como para ocuparse de la tarea, pero en esa ocasión estaban jugando con su hermano Guille, de seis, a lanzarse globos de agua en la terraza.
Recuerdo que los gritos de Zahara me habían sacado de quicio durante toda la mañana, porque insistía en tirarse al agua sola mientras todos fingían que no la sujetaban.
Y recuerdo, sobre todo, el instante exacto en el que dejé de verla.
Fue apenas un suspiro. Uno. Guille nos gritó algo, giramos la cabeza y…, cuando volví a mirar, Zahara ya no estaba.
Durante lo que me pareció una eternidad, el mundo entero se quedó en silencio. No había ni rastro de la pistola amarilla ni de esos bucles rubios ni de su risa infantil.
Nada .
Me golpeó un miedo atroz en el pecho, esa sensación violenta y punzante que conocía bien, sumado a la certeza absoluta de que algo horrible acababa de pasar y era culpa mía.
Me tiré al agua con zapatillas y sin pensarlo siquiera.
Justo cuando la agarré y me impulsé hacia la superficie, Zahara se aferró a mi cuello y, al sacar la cabeza, estalló en carcajadas.
—¡ Ota vez! —chilló ajena a todo.
Casi me ahogué ese día. No en la piscina, sino de alivio. Del susto. De la sensación brutal de haber recuperado el aire de golpe al saber que estaba a salvo.
Y jamás le conté a nadie que ese momento ocupaba el ranking de los recuerdos más angustiosos de toda mi vida, junto con los que viví con mi padre.