Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 5 Lucky #2
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5 Lucky #2

—Pues no lo soy.

—Entonces Guille tiene razón. Y te aseguro que eso es lo peor que puede pasarle a la humanidad. Mucho peor que una invasión de langostas o que el agua se convierta en sangre.

—A ver. —Se movió en la silla y se cruzó de brazos—. Explícame qué tienen que ver tu hermano y las plagas de Egipto con mis gustos sexuales, por favor.

Escuchar la palabra «sexuales» en boca de César —e imaginarme exactamente a qué se refería— me estalló en la cabeza, y mi cerebro se quedó atrapado en un recuerdo:

«Tuvimos una experiencia interesante con unas guiris hace unos años.

Compartimos espacio vital mientras les dábamos la bienvenida al pueblo, que no se diga que en Costa Serena no somos hospitalarios», escuché con claridad la voz de Guille el día antes de volar a Londres y, por primera vez desde que aterricé, entendí a la perfección por qué mi hermano había puesto aquella cara de cabrón satisfecho al soltar la bomba: sabía que me costaría deshacerme de la imagen mental que acababa de crear.

César continuó observándome desde el otro lado de la mesa; por supuesto, esperaba una respuesta por mi parte .

—Nada —mentí y agarré el zumo—. Tonterías mías.

—Vale.

Se puso otra vez las gafas y volvió al portátil, y yo cometí la estupidez de quedarme mirándolo como un cervatillo asustado por los faros de un coche.

Porque me resultaba imposible no reinterpretarlo todo: la tensión, los silencios, las miradas cuando salía del baño envuelta solo con la toalla.

Joder, si solo me había faltado pasearme con las tetas al aire delante de ellos.

Me lamenté.

Era mucho más sencillo creer que César era gay, porque eso me permitía admirarlo desde una distancia segura. Como un cuadro bonito que sabes que jamás va a acabar colgado en tu salón.

Sin embargo, la realidad había tomado un matiz muy diferente.

Fue como si, tras una visita al oculista, me hubiesen puesto las lentes adecuadas y ya no viera tan borroso.

Y, aunque no lo hice de manera consciente, al volver a mirarlo supe que esa simple información había cambiado por completo la percepción que tenía de él; de su cuerpo, de sus manos, de su boca y de esa voz grave.

O de la línea definida de su mandíbula, que apretaba cuando estaba leyendo algo que lo mantenía horas frente al ordenador.

O de su lengua y sus labios en contacto con la piel de mi muñeca la otra noche…

«Para, Zahara. Ahora mismo», me ordené.

—Bueno —dije con mucha más energía de la que sentía mientras me ponía de nuevo en pie—, en cualquier caso, sigo queriendo salir hoy.

—En cualquier caso —me imitó—, no te olvides del paraguas .

—No me has respondido —le recordé.

—Creí que captarías la indirecta.

Puse los brazos en jarras.

—¿Te parezco alguien capaz de captar indirectas después de haberme troleado con vuestra no-relación?

Él sonrió y asintió.

—Sí.

—César, hablo en serio.

—Y yo, Zahara.

—Llevo casi dos semanas trabajando y sobreviviendo a un jefe gilipollas. Necesito ver Londres de verdad.

—¿Y no la ves cada día al salir del portal?

—Oh, venga ya. La capital de Inglaterra no es una gasolinera, tres líneas de metro y un señor vomitando en Paddington.

—En esencia, sí.

Apoyé ambas manos sobre la mesa y me incliné hacia él.

—Ven conmigo.

—Gracias, pero no me gustan ese tipo de fiestas.

—¿Te las prohíbe el palusanus ?

—¿El qué?

—El palo que tienes metido por el culo —me exasperé—. Por el amor de Dios, César. Eres joven, la vida es algo más que trabajar y ser responsable… Además, tienes la excusa perfecta: yo. Puedes echarme la culpa si te desmelenas más de la cuenta.

—La única vez que fui, un hombre vestido de unicornio intentó subirse a mi taxi alegando que era un verdadero Leprechaun de incógnito.

Me eché a reír.

—Eso aumenta mucho mis expectativas. —Bajé la tapa de su ordenador—. Venga, salgamos de aquí.

—Zahara …

—Yo invito a las cervezas.

—Tengo mucho trabajo pendiente.

—Solo serán unas horas, te prometo que volveremos temprano. Tendrás tiempo de sobra para trabajar, y yo, para darme una ducha y tirarme horas leyendo.

—Había olvidado lo insistente que puedes llegar a ser.

Le dediqué una sonrisa radiante, y él cerró los párpados lo que duraron dos pestañeos.

Ambos supimos quién había perdido la batalla.

—Un par de horas —dijo al fin—. Y, si alguien vomita cerca de nosotros, nos volvemos de inmediato.

Di un golpe emocionado sobre la mesa.

—¡Voy a arreglarme!

Eché a correr antes de que cambiara de idea. Cuando entré en mi habitación, una sonrisa radiante me ocupaba media cara, aunque se esfumó en cuanto recordé un dato bastante importante: Didier era bisexual.

Y César no era gay.

No. Era. Gay.

Acababa de pasar casi dos semanas conviviendo tan tranquila con dos hombres ridículamente atractivos —y hasta había fantaseado con verlos en acción juntos— porque mi cerebro los había colocado en una categoría mental segura.

Y equivocada, claro.

Pero ya no quedaba ninguna barrera protectora entre ellos y mi estabilidad mental.

Me puse en movimiento antes de seguir pensando estupideces y abrí el armario. Veinte minutos después me había cambiado tantas veces que parecía una absoluta psicópata. Al final, me decanté por la chaqueta corta verde militar, una camiseta blanca de mangas largas y vaqueros claros ajustados .

Me hice una coleta alta con algún mechón suelto, me puse varios anillos dorados y agarré el bolso antes de perder definitivamente la cabeza.

Sin embargo, en cuanto abrí la puerta de la habitación, la pesadilla regresó.

César eligió ese preciso instante para salir también de la suya y, al vernos, nos quedamos quietos, el uno frente al otro, observándonos.

Él había escogido un jersey de cuello alto negro, unos vaqueros oscuros y un abrigo del mismo color que el mío. Por más que busqué, no encontré ni rastro del ejecutivo impecable que trabajaba de lunes a viernes en la oficina y los fines de semana frente al portátil.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo y fui capaz de sentir el momento exacto en el que aquella mirada dejó de parecerme inocente. La sentí más cálida, más consciente y más… masculina.

Y aquello me pareció mal. Muy mal.

—Qué originales somos… Ropa verde para el día de verde —solté para romper el hielo.

—Creí que así pasaría más desapercibido.

—Seguro, porque por todos es sabido que medir casi dos metros juega a tu favor para camuflarte.

Elevó unos milímetros la comisura derecha de los labios, y el pulso se me aceleró cuando sus ojos descendieron hacia mi boca antes de volver arriba.

Hasta entonces no había sido consciente del peligro real que suponía César Navarro Mira.

Lo había subestimado y caricaturizado.

Pero cuando agarró las llaves del piso y me hizo un gesto para cederme el paso, supe que una parte de mí acababa de dejar de sentirse a salvo con él. Una parte que nunca debería haberlo conocido.