5 Lucky
«No hay límites para lo que nosotras, como mujeres, podemos lograr». - Michelle Obama
ZAHARA
Sonreí frente a la pantalla del portátil y crucé las piernas sobre el sofá.
—¿Ya te has dado a la bebida?
—Qué remedio —dijo mi hermana Diana e hizo un brindis con el botellín de cerveza contra la cámara—. Ya sabes que para aguantar a toda esta gentuza se necesita un poquito de motivación.
—Es tu familia.
—Muy a mi pesar —bromeó.
Bruno, que pasaba por detrás, le dio una colleja.
—Hola, enana —me saludó y salió de plano.
—¿Y mamá? —le pregunté a Diana .
—¡Bajad la música! —Se escuchó la voz de mi padre en algún lugar cercano.
—Intentando contener el desastre en el jardín. Los niños son los encargados de poner la mesa y, por supuesto, ya la están liando.
—Qué pena me da perderme las barbacoas —ironicé.
Mi hermana se repantingó en el sofá y soltó una risa comprensiva.
—Si no fuera porque este es el anticonceptivo más efectivo para mi mujer, tampoco vendría.
—¿Sigues hablando con Zahara? —preguntó mi madre en la lejanía.
Diana asintió en su dirección y se despidió de mí antes de que la cara de mi madre ocupase la pantalla.
—Hola, cariño.
—Mamá, ¿qué te has hecho en el pelo?
—Ha sido cosa de Beca, esta semana dice que de mayor quiere ser peluquera.
Se me escapó una carcajada al fijarme en el nido con lazos que le había hecho la artista de seis años en la coronilla.
—Diles a Emma y a Jaime que le compren una muñeca o acabará haciéndote trasquilones en cuanto te despistes.
Mamá rio por lo bajo y suspiró.
—¿Cómo estás, cariño?
—Bien.
—¿Seguro? Pareces cansada.
—Ayer me tocó turno doble y salí a las once.
—¿Ya encontraste academia? —se interesó.
—Estoy valorando opciones aún.
No era del todo mentira, todavía estaba sopesando la posibilidad de ir a preguntar a alguna o no. Pero, cuanto más lo pensaba, menos sentido le encontraba a gastarme el dinero para pasar varias mañanas a la semana metida en un aula cuando tenía todo Londres para hacer el ridículo gratis.
Una de mis hermanas la llamó, y mi madre se movió por la planta baja con el móvil en la mano. La imagen inestable me hizo separarme de la pantalla; por suerte, el movimiento cesó en cuanto apoyó el teléfono en la encimera de la cocina.
La estancia estaba a rebosar de gente en manga corta, las puertas del jardín permanecían abiertas de par en par y el sol —mi adorado sol— entraba a chorros desde las ventanas.
Y yo con calcetines gordos y una sudadera porque fuera seguía lloviendo, qué injusto.
No pensaba reconocerlo en voz alta, pero verlos a todos allí me provocó un pellizco en el pecho bastante más intenso de lo que esperaba sentir tan pronto.
—¡Hola!
—¡La expatriada!
—¡Ey, cuñada!
—¡Zahara! ¿Cómo estás?
Se solaparon las voces de mis hermanos y sus parejas.
—Hola a todos. —Sonreí mientras los observaba entretenida.
—¿Qué tal con los chicos? —preguntó Guille con ese tono de falsa inocencia—. ¿Te tratan como a una princesa o ya se han dado cuenta de que en realidad eres el ogro del cuento?
—Perdona, se entrecorta la señal, parece que la línea internacional no soporta gilipolleces.
—¿Qué chicos? —preguntó Bruno.
—Sus compañeros de piso —respondió Alana.
—¿Te has mudado?
—No —contesté a mi hermano y levanté la vista hasta César .
Estaba delante del ordenador, en la mesa del comedor. Tenía el pelo despeinado, vestía ropa deportiva y lucía una expresión de concentración absoluta.
La culpa me mordisqueó las entrañas.
Cuando se me había escapado lo de Didier hacía un par de días, él me aseguró que no tenía importancia. Aun así, y tratándose de César, no tenía claro si lo había dicho por educación o porque realmente lo sentía.
—Pero también vive con Didier… —canturreó Diana.
—¿Es tan guapo como parecía en la foto?
—¡Mamá! —me quejé.
—¿Qué? Solo preguntaba.
—¿Qué foto? —volvió a preguntar Bruno.
—La que subió Zahara al grupo la otra noche.
—¿Subiste una foto y no la vi? —preguntó y, tras mirar su teléfono, giró el cuello hacia Fabiola y su chico—. Santos, investígalo.
—Silenciaste el grupo durante seis días —le recordó África, su mujer.
—Necesitaba paz mental.
—Pues haber nacido en otra familia —rebatí.
Una carcajada colectiva explotó al otro lado.
Yo también sonreí, aunque justo entonces levanté la vista. Fue solo una milésima de segundo, pero descubrí a César mirándome y la sonrisa se me ensanchó.
Siempre le había gustado analizarnos como si fuéramos animales del zoo.
—Voy a colgar.
—¡No! —gritó mi madre—. Espera un poco, que Carolina está a punto de llegar con el niño y Gabriel, así la saludas.
—Mamá, César está trabajando y lo estamos distrayendo .
El aludido levantó la cabeza de golpe y me miró con el ceño fruncido. Le hice un gesto con la mano para que se mantuviera callado.
—Ay, ¿está ahí? —Acto seguido alzó la voz—. ¡Perdona, cariño! Espero que Zahara no esté dándote mucho la lata.
Bufé.
—No te escucha, se acaba de poner los cascos de cancelación de ruido —mentí sin dejar de mirarlo—. Tiene unas técnicas estrictísimas para mantener la concentración.
Él negó e hizo como que seguía trabajando, aunque se apoyó una mano contra la boca en un intento claro de no echarse a reír.
Hijo de su madre.
—Vaya, pues dale recuerdos de nuestra parte —aceptó mi madre y agarró de nuevo el teléfono—. Te quiero, cielo. No tardes en llamar.
—Y yo a vosotros. Pasadlo bien. Bye .
Colgué, y el silencio que se hizo en el salón me supo a gloria después del barullo de la videollamada.
De repente, ya no había niños gritando, música de fondo ni mi padre amenazando con dejar a alguien sin pinchitos en la barbacoa.
Solo quedaron la lluvia contra las ventanas, el zumbido lejano de la calefacción y la respiración de César a unos cuantos metros.
—¿«Normas estrictísimas para mantener la concentración»? —me preguntó.
A la mierda la calma.
Lo miré y forcé una sonrisa.
—Te mandan saludos —dije a la vez que bajaba la pantalla de mi ordenador.
Él curvó una ceja, y a mí me pareció que las gafas le daban un aire todavía más serio y adulto. Más intelectual. Incluso interesante, si es que lo viera con esos ojos, cosa que no hacía, claro.
—Ya. Lo he escuchado.
—Guay.
Inspiró despacio y regresó la atención al portátil.
—¿Desde qué hora llevas trabajando? —indagué antes de que se pusiera a teclear de nuevo como un loco.
—Desde las ocho.
—Es domingo.
—Lo sé.
—¿Y tu cuerpo no ha considerado en algún momento tirarse delante del metro para evitar el sufrimiento de abrir otro Excel?
Soltó el aire por la nariz, pero no se giró.
—Mi cuerpo está acostumbrado a este ritmo.
Le eché un vistazo de arriba abajo y me quedé absorta en sus dedos, que comenzaron a moverse sobre el teclado.
Cuando fui consciente de que, una vez más, me había embobado con otro detalle absurdo de él —como cuando lo escuché hablar con su madre o descubrí el gesto que hacía con los labios cuando estaba concentrado— me obligué a apartar la vista.
César tenía un punto hipnótico, como los vídeos de gente ordenando los frigoríficos o aplastando jabones.
Fui a la cocina, me eché un vaso de agua y regresé al salón.
—Hoy es el desfile de San Patricio.
—Así es.
—Quiero ir —anuncié.
—Piccadilly o los escalones de alrededor de la plaza de Trafalgar son los mejores sitios para verlo, todo dependerá de la hora a la que salgas.
Solté una carcajada y me senté en la silla frente a la suya .
—Eres un pésimo anfitrión.
Conseguí mi objetivo: que sacase la cabeza del dichoso ordenador.
—¿Cómo?
—No pienso quedarme encerrada el primer domingo libre que tengo en Londres.
—Vale.
—Tan listo para unas cosas y tan cortito para otras… —mascullé y le di un trago al vaso en un intento de aparentar normalidad—. Está bien. Le pediré a Didier que me acompañe.
Él frunció el ceño un microsegundo antes de sonreír. Aquel gesto tuvo el irritante efecto de alterarme las pulsaciones.
—No está en la ciudad.
—¿Qué? ¿Y dónde está?
—En Castle Combe —contestó muy pagado de sí mismo—. No ha dormido aquí.
—Ah. —Lo miré sin entender nada—. ¿Y eso?
—A veces pasa la noche en casa de Lucien.
—¿Quién es Lucien?
—Su productor musical.
Me quedé callada un instante antes de preguntar:
—¿Y no te importa?
—¿El qué?
—Pues… que duerma fuera, con otro tipo.
Casi fui capaz de escuchar el crepitar de sus neuronas en el tiempo que tardó en contestar. Primero me observó con confusión y después su gesto mutó a una comprensión mucho más afilada.
—Espera —dijo muy suave—. Didier no te ha aclarado nada, ¿verdad?
Sonó tan indignado que me temí lo peor .
—No. ¿Habéis roto? Lo siento… Jo, de haberlo sabido no habría sacado el tema. Mira que notaba algo raro estas últimas noches; apenas te colabas en su habitación y no os veía muy compenetrados con…
— Stop —me interrumpió. Dejó caer la espalda contra la silla, se quitó las gafas y se masajeó el puente de la nariz—. Esto es increíble.
—¿El qué?
—Llevas trece días pensando que Didier y yo somos pareja.
La espalda se me enderezó como acto reflejo a su tono. No me paré a pensar en que llevaba una cuenta exhaustiva de los días que hacía desde mi llegada.
—Eh… ¿Sí?
—No lo somos.
—¿No?
—No.
—Pero lo erais.
—No.
—¿Él y tú nunca…?
—Jamás —rebatió y me rehuyó la mirada—. ¿No te dio alguna pista que no me importase que te besara en la puerta?
—Yo qué sé… Pensé que tendríais acuerdos de pareja abierta o algo así. Tampoco iba a pediros un detalle pormenorizado de vuestra relación nada más llegar.
César se pasó una mano por la mandíbula. Parecía debatirse entre mandarlo todo a tomar por culo o estallar en carcajadas.
El calor me subió por el cuello.
—Didier es bisexual —aclaró—. Y a mí me gustan las mujeres. Solo las mujeres.
—¿Qué ?
—Somos amigos y compañeros de piso —continuó él—. Y voy a matarlo en cuanto vuelva.
—Eso no puede ser.
Se carcajeó, y el sonido me pilló totalmente desprevenida.
César no se reía mucho. Sonreía de vez en cuando o soltaba ese resoplido silencioso que parecía reservarnos a los Remo Delgado, pero ¿una carcajada de verdad? Eso era nuevo. Al menos conmigo delante.
Carraspeé.
—¿Qué no puede ser, Zahara?
—Que no seas gay.