Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 4 Scrambled eggs
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«La suerte es creer que tienes suerte». - Tennessee Williams

CÉSAR

La voz de Zahara atravesó el pasillo antes incluso de que sacara las llaves de la cerradura.

—… hasta las narices. Si vuelve a venir otro inglés furioso a gritarme por su culpa, te juro que lo tiro al Támesis.

La frente se me arrugó cuando la escuché.

Llevaba doce horas fuera de casa y había fantaseado demasiado con la idea de darme una ducha y tumbarme en la cama un rato en silencio; sin embargo, me descubrí dejando las cosas con cuidado en el recibidor y avanzando despacio por el pasillo para no alertarlos de mi presencia.

—¿Has probado a hablar con él? —preguntó Didier.

—¿Y qué se supone que le tengo que decir? —inquirió ella y luego resopló—. Lo tiene todo pensado. Hasta tiene varias copias del mismo cartel debajo del mostrador con la excusa de los «problemas técnicos» —canturreó con una vocecilla impostada, y sonreí pese al cansancio.

—Es un jefe listo.

Zahara emitió un sonido indignado.

—Más bien un caradura. Se supone que regenta un establecimiento veinticuatro horas, y luego me tengo que comer a media población londinense deseando matarme porque no pudieron comprar tabaco o hummus a las dos de la madrugada.

Me paré frente a la puerta abierta de la cocina.

Zahara estaba de espaldas a mí, con unos calcetines como único calzado, unos pantalones cortos grises, una sudadera azul marino demasiado grande para ella —de nuevo, una mía— y el pelo recogido en un moño caótico.

La reconocí incluso sin ver el logo bordado en el frontal. Se me tensó la mandíbula, no porque me la hubiera robado de la colada o no solo por eso.

Era por la espontaneidad con la que se movía entre los muebles, por la manera en la que abría los cajones sin dudar y por la confianza con la que apartaba a Didier con la cadera para coger la sal.

En apenas nueve días ya había conquistado cada rincón del piso con su bandera mediterránea.

—Te digo más —continuó diciendo ella a la vez que removía el contenido de la sartén—.

Los londinenses tienen una obsesión enfermiza con los meal deals .

Este mediodía he estado diez minutos discutiendo con una mujer porque el sándwich de huevo no entraba en la oferta con las patatas picantes.

Y, oye, que no le entraba en la cabeza a la señora.

Didier sonrió mientras la miraba y, aprovechando un despiste de Zahara, le robó una patata de la espumadera .

—¡No seas marrano!

La carcajada de mi amigo la hizo sonreír, y yo tuve la desagradable sensación de haber llegado tarde a algo que ocurría en mi propia casa.

La idea fue tan ridícula que la deseché de inmediato.

Di un paso hacia delante, y la madera crujió bajo mis zapatos. Zahara se giró primero; sus iris se encontraron con los míos y, durante una décima de segundo, pareció sorprendida. Después alzó la comisura derecha de los labios.

—Anda, mira quién ha decidido volver al hogar conyugal.

Didier se llevó a la boca otra patata y giró la cabeza sin ninguna prisa. Al verme, me dedicó una sonrisa socarrona junto con un alzamiento de cejas, gesto que se había convertido en su favorito en los últimos días, al parecer.

—Llegas justo a tiempo de evitar un crimen gastronómico. Ha comprado cebolla —me informó Didier con sorna.

Zahara abrió mucho los ojos.

—¿Perdona? La tortilla está mil veces mejor con cebolla —rebatió—. Además, ¿cómo puede no gustarte? Tu país es uno de los principales productores de Europa.

—Te lo acabas de inventar —se quejó él.

—¡No! —Zahara lo miró con el ceño fruncido—. Trabajé en una frutería y sé de lo que hablo. Si no te lo crees, búscalo en Google.

Didier me señaló.

—Él puede desempatar.

Zahara se giró y se cruzó de brazos.

—¿Con o sin cebolla?

La vista se me fue —otra vez— a la sudadera y de pronto tuve una conciencia muy incómoda de su cuerpo dentro de mi ropa. Las mangas le tapaban media mano, el cuello ancho le dejaba a la vista parte de la clavícula y dos pequeños botones se marcaban en la tela a la altura de…

Aparté la vista antes de detenerme demasiado a pensar en ello.

—No pienso meterme en una guerra entre vosotros —me excusé.

—Gallina —bisbiseó Zahara.

—¿A ser prudente se le llama ahora cobarde?

—En este contexto, sí —dictaminó sin pestañear—. La gente tibia no merece mi tortilla.

Didier se carcajeó y se acercó a mí.

—Me encanta cuando saca la garra española —comentó a un volumen que, por descontado, ella captó.

—No es ninguna garra, es que tengo razón.

—Suerte —susurró mi amigo.

Después salió de la cocina y me dejó allí solo con ella.

Zahara volvió a concentrarse en la comida mientras el extractor zumbaba por encima de su cabeza, y yo cometí el error de mirar alrededor.

La encimera parecía zona cero. Había una bolsa de patatas abierta al lado del fregadero, un montón de mondas esparcidas a su alrededor y cacharros sucios aquí y allá.

—¿Qué tal tu día? —me preguntó de pronto sin girarse.

Me desanudé la corbata antes de responder y me quedé hipnotizado en el movimiento rápido y enérgico de su brazo al batir los huevos.

—Largo.

—Guau. Qué capacidad narrativa. Deberías escribir novelas.

—Estoy cansado.

—No me extraña, llevar ese palo metido en el culo todo el día debe de dejarte exhausto .

La risa me tiró de las comisuras, aunque la contuve. Abrí la nevera para coger una lata de cerveza y le di un largo trago antes de responder.

—No entiendo cómo sobrevives soltando lo que piensas sin ningún filtro.

Ella me miró de forma directa, y yo me obligué a no apartar la vista.

Zahara siempre había aprovechado cualquier instante de los escasos momentos que pasábamos juntos para provocarme, pero desde que convivíamos había redoblado sus esfuerzos.

—En el fondo sabes que te quiero. Muy en el fondo.

—Sí, ya.

Estuve a punto de reír —a punto—, y ella se dio cuenta.

—Ah, mira —murmuró mientras derramaba el huevo sobre las patatas con una lentitud deliberada—. Otra vez esa cosa rarísima que haces con la cara cuando estás a una sonrisa de parecer una persona normal.

—Ja.

Dejó el bol sobre la encimera con un golpe suave y después buscó una tapadera. La encontró sin titubear en el armario correcto, como si la que llevase viviendo tres años allí fuese ella y no yo.

Me puse a recoger por pura inercia.

—¿Qué haces?

—Ayudar.

—No me digas.

Ignoré su tono sardónico.

—Trato de entender cómo has conseguido ensuciar tantas cosas para hacer una simple tortilla.

Ella forzó una carcajada.

—¿Una simple tortilla? La cocina es arte .

—El arte no está reñido con la limpieza y el orden.

—Qué sexi te pones cuando hablas de cochinadas. Te aseguro que cuando pruebes mi tortilla se te olvidará todo lo demás.

Decidí que era la ocasión perfecta para dejar de seguirle la corriente y continué recogiendo. Sin embargo, la sonrisa se le apagó un poco al apoyar ambas manos en la encimera. La pequeña exhalación que soltó cuando creía que no la estaba mirando me lo confirmó: Zahara estaba agotada.

—Un mal día —afirmé más que pregunté.

— Nah. —Reconocí la mentira enseguida—. Solo estoy cansada. No comprendo la fijación del mundo de madrugar para sufrir.

—Zahara, no tienes por qué quedarte en un trabajo que odias.

—No lo odio.

—Hace cinco minutos querías lanzar a tu jefe al río.

Se le afinaron los labios al sonreír.

—Eso no cuenta, es mi lenguaje del amor. Además, no creas que es tan fácil encontrar trabajo sin dominar del todo el idioma.

—Lo dominas muy bien.

—De algo tiene que haber servido el dinero que se gastaron mis padres en la academia.

Además de llevar años viendo las películas en versión original subtitulada —comentó mientras colocaba la tapa sobre la sartén—.

Y no está tan mal. El sueldo es una miseria, pero está cerca y por lo menos siento que hago algo útil.

—«Útil». La palabra se me quedó dando vueltas en el cerebro—. Vale. Minuto de tensión dramática…

La observé colocarse con las piernas algo más abiertas frente a los fogones.

—¿Sabes hacerlo ?

—¿Acabas de preguntarme si sé girar una tortilla?

—Sí.

—Gracias por tu confianza.

No lo pensó dos veces. El giro fue perfecto, pero el huevo resbaló, y ella hizo una mueca cuando una gota le cayó en la parte interna de la muñeca.

El tiempo pareció detenerse, y yo volví a ser un niño y estaba en la cocina de Alicante, donde mi madre se había quemado en la mano con el aceite al cocinar. Recordé el plato roto en el suelo, a él quejándose por habernos quedado sin cena y el gesto contrito de mi madre.

Antes siquiera de pensar en lo que hacía, le sujeté la mano y me acerqué la muñeca a la boca.

El sabor de su piel, mezclado con el huevo y la sal, me rozó la lengua, y solo entonces fui consciente de la absoluta barbaridad que acababa de cometer.

Levanté la vista despacio.

Zahara me observaba quieta, con los labios separados y una expresión de desconcierto tan genuina que me hizo olvidar que aún la tenía sujeta. Fue ella la que me lo recordó al mover los dedos, y la solté inmediatamente.

Pestañeó un par de veces para salir del trance.

—¿Me acabas de… chupar la muñeca?

—Perdón —pronuncié con dificultad.

Me aparté un paso y luego otro más.

Ella seguía observándome sin moverse, con la mano suspendida en el aire y el ceño fruncido.

No la culpé, yo tampoco estaba seguro de lo que acababa de pasar.

Aunque el problema real no era haber reaccionado así, sino ser consciente de que, durante aquel segundo, el desagradable recuerdo de mi infancia se había esfumado.

Zahara bajó la vista a su piel y se tocó con cuidado .

—Bueno… —dijo tras aclararse la garganta—, supongo que tengo que darte la razón: no sé girar la tortilla sin salir ilesa.

Asentí una sola vez.

Supe que tendría que haber respondido. En lugar de eso me di media vuelta y me fui. Y la dejé allí dentro, con el pelo deshecho, las mejillas sonrojadas y mi sudadera puesta.

Y con una expresión extraña, como si acabara de descubrir un detalle inaudito sobre mí.

Quizá lo había hecho.

Puede que yo también.