Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) 3 New beginning #2
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Casi me atraganté con un macarrón.

—¿Perdón?

—Amores, drama… Material jugoso.

—No tengo ni la menor idea.

—Mentirosa —se quejó .

—¡Te juro que no! —Subí una pierna al sofá y me giré hacia él—. César siempre aparecía y desaparecía sin llamar mucho la atención. Además, yo era más pequeña.

Didier inclinó la cabeza y curvó los labios.

—Me da la impresión de que eras lo suficientemente lista como para compensar la diferencia de edad —lo dijo tan seguro que me dejó descolocada—. Pareces una mujer inteligente y sé que eres la benjamina de ocho hermanos.

—¿Eso es un cumplido o me estás llamando cotilla de forma elegante?

—Ambas.

Se me escapó una carcajada y lo señalé con el tenedor.

—Mucho ojito conmigo, francés. Tengo policías y médicos en mi familia, y sé cómo deshacerme de un cadáver sin dejar rastro. Ya te la jugaste besándome sin permiso, así que no tientes a la suerte.

Sonrió sin apartar la mirada de mí.

Didier tenía esa clase de encanto peligroso que hacía que cualquier conversación pareciera más íntima de lo que era en realidad. Y también una forma activa, aunque relajada, de escuchar.

—Entonces —continuó—, ¿nunca te fijaste en él? César no es el tipo de hombre que pasa desapercibido, a pesar de que lo intenta todo el rato.

Me encogí de hombros antes de meterme otro macarrón en la boca.

—Es casi mi primo.

— Casi .

—Cuando creces con alguien no piensas demasiado en esas cosas. Estoy segura de que sabes muchos más detalles bochornosos e íntimos de él que yo. Así que, cuéntame —contraataqué—, ¿cómo acabasteis juntos ?

—Ah. —Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá—. Fue un flechazo.

—Me encanta ese cliché.

Didier me sonrió y se limpió los labios con la lengua.

—Nos conocimos hace un año, una noche en un local de Camden. Yo necesitaba piso, y él, a alguien que le recordara que era un ser humano y no una calculadora científica con ansiedad.

—Y voilà.

—Sí, aunque la mayor parte del tiempo me mira como un padre decepcionado observaría a su hijo adolescente cuando este vuelve a casa de madrugada —reconoció—. Pero al menos lo mantengo entretenido.

—Me caes bien, Didier —reconocí.

Él se levantó y recogió los platos vacíos.

—Y tú a mí, española. Aunque pongas nervioso a mi partenaire.

¿Nervioso? Qué absurdo… César no se ponía nervioso jamás.

Lo seguí hasta la cocina y abrí el lavavajillas.

—Llevas demasiado tiempo despierto. Creo que empiezas a delirar.

—Son las dos de la tarde.

—Exacto. —Metí los cubiertos sucios—. Un horario peligrosísimo para un músico nocturno.

Se echó a reír y detuvo mi movimiento.

—Jamás pongas los cuchillos mirando hacia arriba. César podría sufrir un colapso nervioso si los ve así.

—Anda, si tenemos manías de asesino en serie y todo.

—También ordena los calcetines por colores. Lo descubrí de manera accidental —reconoció—. Fue una noche muy íntima .

Lo miré con la boca abierta y los ojos brillantes de la emoción.

—Necesito conocer esa historia.

—En otra ocasión —me esquivó—. Bonne nuit , Zahara.

Me dio un beso en la mejilla al pasar por mi lado, y no me quedó más remedio que dejar que se fuese a dormir.

Aproveché para deshacer el equipaje sin hacer demasiado ruido.

Una hora después me sentía menos de prestado, algo ridículo teniendo en cuenta que seguía invadiendo el espacio de un francés con los ritmos circadianos desajustados y un consultor financiero emocionalmente estreñido. Aun así, la habitación ya era más mía.

Saqué el teléfono, le hice una foto al armario —ordenado por colores— y le envié un mensaje a César con la foto adjunta antes de pensarlo demasiado.

Zahara:

Gracias a este día extraño y soleado tengo pruebas de que Didier no es un vampiro. Ha salido de su habitación al sonar el timbre. Por cierto, se me olvidó mirar antes de abrir.

César no respondió de inmediato.

Me dio tiempo a ducharme, a hacer toda la rutina completa de skincare y a vestirme con ropa que por fin me hacía sentir yo de nuevo: unos vaqueros negros y anchos, un jersey azul ajustado y mis deportivas favoritas.

Justo cuando iba a salir del piso, el móvil vibró.

César:

Me alegro de que ya tengas tus cosas.

Nos vemos más tarde.

Salí a la calle con la impresión de que aquel día podría ser mi nuevo comienzo en Londres, y no me equivoqué. Cuando volví a abrir la puerta del piso aquella noche, llevaba casi diez minutos sonriendo sola por la calle como una perturbada.

Y sí, quizá lo fuera un poco, pero tenía trabajo.

Un trabajo londinense de verdad, con uniforme, horarios y un gerente hindú que, aunque parecía odiar profundamente a la humanidad, me había dado una oportunidad.

El olor a comida me recibió al poner un pie en casa.

—¡Hola! —canturreé mientras me quitaba las deportivas.

Seguí el sonido de sus voces y me los encontré a ambos en la cocina. Didier estaba apoyado en la encimera comiendo algo con las manos mientras César, aún con la ropa del trabajo, removía una olla de espaldas a mí.

Y qué pesada era mi mente fijándose en las malditas camisas remangadas del muchacho.

— Bonne nuit.

César se giró entonces, y no sé qué me pasó exactamente, quizá fue la emoción o puede que el cansancio.

O lo mismo era porque llevaba demasiadas horas sin hablar con nadie que no fuese mi nuevo jefe o el señor que me había gritado porque no miré antes de cruzar la calle, pero solté nada más entrar en la cocina:

—¡Tengo trabajo!

Di unos cuantos saltos hasta llegar a ellos y les eché los brazos por encima de los hombros antes de que ninguno pudiera reaccionar. Didier me siguió en el movimiento. César, por supuesto, no. Él, muy en su línea, se envaró, aunque no se apartó.

— Bravo, ma belle!

—¡Gracias!

—¿Dónde? —preguntó César mirándome con el cuello ladeado.

Estábamos tan cerca que pude fijarme en el movimiento de su nuez al hablar y en la sombra oscura que ya empezaba a asomarle en la mandíbula pese a estar recién afeitado.

Era un hecho: mi cerebro necesitaba buscarse entretenimientos menos inútiles.

—En el Tesco del final de la calle, junto a la gasolinera. —Sonreí orgullosa—. Me han hecho una prueba y empiezo mañana.

Él puso una mueca rarísima.

—Ah.

Me detuve de golpe y me separé unos centímetros de los dos.

—¿Qué significa ese «ah»?

Didier se apresuró a contestar.

—Nada. Absolutamente nada. —Le dirigió una mirada breve a César y luego me sonrió mientras cogía otro trozo de queso con las manos—. El sitio es muy… auténtico.

Entrecerré los ojos.

—¿Qué significa eso? No me fío de ti ni un pelo.

Didier rompió a reír y se escabulló de la cocina con la excusa de poner la mesa. Yo me giré hacia César con la certeza de que encontraría la misma actitud de siempre en él. Sin embargo, me dedicó una sonrisa cansada y murmuró:

—Enhorabuena, Zahara.

Y no supe por qué, pero aquella simple frase me hizo sentir un poco más en casa.

Quizá debería haberme parado a analizar la cara rara que habían puesto los dos, sin embargo, estaba demasiado ocupada sintiéndome realizada por primera vez desde que había aterrizado en Londres.