3 New beginning
«Si quieres el arcoíris, tienes que aguantar la lluvia». - Dolly Parton
ZAHARA
— Hello? Miss Zaraaah Remo Delgaaro ?
Abrí un ojo y me quedé mirando el techo en penumbra mientras intentaba averiguar en qué país estaba, quién era yo y por qué alguien que acababa de despertarme con su llamada pronunciaba mi nombre como si fuera un hechizo de Harry Potter .
—¿Quién…?
— We found your luggage .
Tardé cinco segundos exactos en conseguir traducir la frase. Acto seguido, me incorporé de golpe y me aclaré la voz .
—¿Mi maleta? —pregunté en su mismo idioma—. ¿Han encontrado la Samsonite azul con una pegatina de limones?
Hubo un silencio prudente al otro lado.
—Sí. Su maleta azul.
Miré la hora en la pantalla del móvil. Eran las seis y veintiuno de la mañana.
Dios… Apenas llevaba allí dos días y ya tenía claro que los británicos tenían un serio problema con los horarios de sueño y de alimentación.
La mujer empezó a explicarme algo sobre un reparto programado para aquella misma mañana, pero tenía la mente funcionando a bajas revoluciones y hubo partes que no conseguí entender.
—Perfecto, muchas gracias.
Colgué y me dejé caer otra vez sobre la almohada.
Mi maleta… Mi maleta perdida ya no lo estaba.
Mi ropa, mi maquillaje y todas mis cosas estaban a salvo y no en las garras de alguna señora inglesa llamada Margaret, que, con cara de horror, se habría preguntado por qué la dueña legítima de aquel equipaje necesitaba tantos tops lenceros y un succionador de clítoris con pajarita.
Me incorporé de nuevo y me pasé una mano por los lagrimales para tratar de despejar la vista. Estaba concentrada en la entretenida tarea de retirarme las legañas cuando un sonido en el pasillo captó mi atención.
Salí de la habitación arrastrando los pies. La luz cálida de la cocina iluminaba parte del pasillo, y el olor a café que salía de allí me hizo detenerme, cerrar los ojos y gemir de gusto.
—Buenos días.
Me desperté de golpe al escucharlo.
Me pareció muy injusto que César luciera así de fresco y perfecto a las seis y media de la mañana .
La tarde anterior lo había visto volver derrotado del trabajo, con la corbata floja, ojeras y cara de estar sobreviviendo únicamente gracias a la cafeína y a una increíble fuerza de voluntad.
Pero aquello era del todo distinto.
Llevaba una camisa blanca remangada hasta los antebrazos, pantalón oscuro, el pelo húmedo bien peinado y estaba recién afeitado. El reloj metálico que llevaba en la muñeca brilló un instante cuando bebió un sorbo de su taza.
César era toda una persona funcional y activa a esa hora. Y encima olía increíble: a colonia cara y ducha reconfortante.
Durante todo el tiempo que lo estuve escaneando él me observó en silencio.
—Hola —mascullé.
—¿Cómo es que ya te has levantado?
Su voz sonó contenida, probablemente para no despertar a Didier, aunque su tono grave me recorrió la espalda y se me coló por el cuello de una forma bastante innecesaria e inapropiada, sobre todo teniendo en cuenta que llevaba despierta menos de cinco minutos y que él era gay.
—La compañía aérea ha encontrado mi maleta.
—¿En serio?
Asentí, me deshice el moño y me pasé la mano por el pelo en un intento por mantener la dignidad. Un intento fallido, claro. Poco se podía hacer con mi realidad: iba despeinada, con la cara sin lavar y, casi con toda probabilidad, con la marca de la almohada incrustada en la mejilla.
—La traerán esta mañana.
—Bien. Así no tendrás que gastar de más en ropa.
—No subestimes mis capacidades. Puedo arruinarme sin necesidad de excusa y en cualquier continente .
Los labios se le curvaron unos cuantos milímetros, lo que en él equivalía casi a una carcajada pública.
—¿Quieres un café?
—¿No tendrás a mano unas transfusiones intravenosas? —bostecé.
—Puedo hacerte uno doble.
—Oh, sí. Cásate conmigo. —César elevó las cejas, y a mí me subió un calor repentino hasta las orejas—. No hiperventiles, me refería a de forma metafórica. Por la cafeína… No por tus ojos tristes de ejecutivo londinense.
Los mantuvo fijos en mí antes de girarse hacia la cafetera. Me tuve que recordar que le gustaban los hombres para no malinterpretar esa mirada.
—Menos mal —comentó con calma mientras vertía el líquido en una taza limpia—. Me preocupaba que el cambio de país le hubiera afectado a tu maravilloso radar.
Abrí la boca, sorprendida.
—¿Acabas de vacilarme?
—Largo y con azúcar —soltó a la vez que me tendía mi adorado brebaje justo como me gustaba tomarlo.
Nuestros dedos se rozaron cuando lo acepté, y el estómago me hizo una cabriola dentro del cuerpo al captar ese olorcito delicioso que salía de la taza.
César rompió el contacto visual primero, miró el reloj y se guardó el teléfono que había sobre la encimera en el bolsillo del pantalón.
—Hazme un favor, cuando llegue la maleta, no abras la puerta sin mirar antes por la mirilla.
Lo seguí hasta el salón y me quedé apoyada en el dintel mientras él recogía el portátil de la mesa.
—Creía que esta zona no era peligrosa.
—Y no lo es, pero nunca está de más asegurarse —insistió .
Le di un trago al café, que me supo a gloria celestial.
—¿A qué hora vuelves hoy?
César dudó antes de contestar.
—No lo sé. —Puse los ojos en blanco; a ese hombre solo le faltaba dormir en la oficina para poder empadronarse allí. Pasó por mi lado y, cuando ya me daba la espalda, se detuvo y se giró—. Una cosa más.
—¿Qué?
—Te recomendaría que te pusieras algo antes de abrirle al repartidor —comentó como si nada y echó un vistazo de reojo a mis piernas—. Londres no está preparada para tus… pijamas.
Bajé la vista de golpe.
Llevaba una sudadera Nike enorme —suya, para más señas— que me llegaba a la mitad del muslo y que era mucho más calentita que mis pijamas, único motivo por el que la utilizaba, por supuesto.
—Tengo vestidos más cortos que esto. Mucho más cortos.
Cuando volví a levantar la cabeza, César ya estaba saliendo al rellano.
—Espero que no vengan en esa maleta —murmuró y, acto seguido, cerró la puerta.
Y yo me quedé allí, en mitad del pasillo, con cara de lerda y el café a medio beber.
—Este tío es idiota —murmuré.
Dejé la taza en la encimera de camino a mi habitación e intenté volver a dormirme.
No lo conseguí, por supuesto. Mi cuerpo ya había decidido por su cuenta que habíamos descansado lo suficiente para toda una década, y mi cerebro sobreestimulado por la cafeína y la colonia de César se había unido a la causa .
Lo bueno de madrugar fue que la mañana me cundió bastante.
Di vueltas en la cama durante un rato en busca del lado fresquito de la sábana, leí unos cuantos capítulos del libro que había empezado en el aeropuerto, me pasé una hora mirando TikTok y escribí a todos y cada uno de mis hermanos; también a mis padres.
Y mientras hacía la cama me dio por pensar en la rarísima dinámica entre César y Didier.
Aquello seguía sin cuadrarme del todo. Didier era todo lo contrario a César: era noche, intensidad y carisma. Y César parecía una notificación de Outlook con piernas kilométricas.
¿Cómo demonios acababan dos personas así viviendo juntas?
Y, lo más importante, ¿qué tipo de relación tenían?
Era un hecho que cada uno ocupaba una habitación y tampoco les había visto ninguna muestra de cariño ni contacto físico en esas escasas treinta y cinco horas que llevaba en aquel piso.
Además, estaba el hecho de que, sumado al beso que Didier me había dado al llegar, también había coqueteado conmigo en un par de ocasiones.
¿Era bisexual? Tenía que hacer un exhaustivo trabajo de investigación.
El timbre sonó cerca de la una del mediodía.
Me levanté tan rápido que casi me mato con la manta del sofá. Abrí la puerta —sin mirar antes— todavía descalza y por poco me eché a llorar al ver mi maleta azul.
Mi querida superviviente.
—Eres mi persona favorita ahora mismo —le dije al repartidor, que me miró con cierta preocupación mientras me abrazaba a la maleta.
—Por favor, firme aquí .
Garabateé sobre su teléfono con una emoción desmedida y arrastré el equipaje hasta dentro.
Y justo entonces se abrió otra puerta del pasillo.
— Bonjour —balbuceó un dormido Didier—. ¿Han tocado el timbre?
Señalé mi equipaje como si se tratase de una estrella de cine recién aterrizada, y él frunció el ceño.
—¡Mi maleta!
Me dedicó una sonrisa somnolienta.
—¿Qué hora es? Siento que he madrugado muchísimo.
Solté una carcajada, y él se rascó el pecho desnudo sin ningún tipo de pudor. Llevaba un pantalón gris de pijama peligrosamente bajo, y tuve que reconocer que César tenía buen gusto. El tipo estaba de muy buen ver, aparte de ser encantador.
«Tiene que ser un espectáculo verlos juntos mientras retozan desnudos en una cama».
Carraspeé mientras fruncía el ceño. ¿Qué cojones había sido eso?
—Casi la una —respondí—. ¿Tienes hambre? Iba a prepararme algo.
Una hora después estábamos comiendo pasta a la carbonara en el sofá mientras Didier bebía zumo de naranja directamente del cartón.
—¿Cómo era César de pequeño? Además de monísimo, me refiero.
Levanté la vista del plato.
—¿Te ha enseñado fotos?
—Tiene un par en su habitación —explicó.
—Ah. Claro.
«Su habitación», ese lugar que permanecía cerrado durante todo el día y que no había podido descubrir aún .
—Necesito información jugosa para cuando tenga que hacerle chantaje.
Sonreí con renovado interés.
—¿De qué tipo de chantaje estamos hablando? Así elijo mejor lo que contarte.
—¿Siempre fue igual?
—¿Correcto y aburrido, quieres decir?
—Más bien contenido y sexi.
Hice una mueca reflexiva.
—Supongo…
Didier sonrió, bebió otro trago de zumo y me echó un vistazo de soslayo.
—Así que tú también piensas que es atractivo.
—No he dicho eso. —Un calor repentino me trepó por el cuello—. Siempre fue responsable y reservado. Con veinte años ya parecía un padre divorciado cansado de hacer la declaración de la renta. Aunque antes de eso se mostraba más… relajado. Creo.
Didier soltó una carcajada.
—Trabaja demasiado.
—¿Qué hace exactamente? —indagué.
Todo lo que sabía era que trabajaba en una consultoría financiera.
—Algo muuuy aburrido —bromeó Didier—. ¿Y el tema íntimo?