2 Dangerous #2
—Te gusta leer, ¿no?
Zahara movió la cabeza en señal afirmativa mientras hacía una mueca con los labios. Le tendí lo que llevaba en las manos.
—¿Tienes cepillos de dientes de reserva?
—Sí.
—Creo que eres el hombre más organizado y previsor que he conocido en mi vida.
No respondí, porque aquello no tenía por qué ser un cumplido en boca de Zahara.
—Puedes pedirme lo que necesites hasta que aparezca tu equipaje.
—Gracias.
Esa vez lo dijo más bajo, y a mí me sonó más sincero.
Durante un microsegundo regresó aquella sensación rara debajo del esternón que achaqué al recelo, pues un Remo nunca bajaba el volumen de la voz, ni siquiera cuando estaban tan cansados como ella parecía estar, a menos que se avecinasen problemas.
—De nada.
—Creo que voy a ducharme y fingir que mi día no ha sido un completo desastre —dijo mientras agarraba las toallas y las olía. ¿Las olía? Carraspeé cuando gimoteó—. Luego intentaré deshacer la…, bueno, lo poco que tengo para deshacer.
Asentí y vacilé antes de tocar el tema que me llevaba atormentando desde hacía exactamente catorce minutos.
—Zahara, sobre lo de antes en el rellano…
Ella levantó las manos.
—Ah, sí —me dijo y echó un vistazo al fondo del pasillo, donde la puerta de la habitación de Didier permanecía cerrada.
Me tensé, aunque no encontré ninguna razón lógica para esa reacción—.
Espero no haber provocado una crisis matrimonial nada más llegar.
No entiendo por qué lo ha hecho, pero te prometo que para mí no ha tenido importancia.
Eso sí, quizá deberíais hablar sobre lo de besar a desconocidas en la puerta de casa.
No sé cómo gestionáis vosotros la convivencia, pero me parece un tema delicado.
Enderecé la espalda y fruncí el ceño.
—¿Qué?
—No diré nada —me aseguró—. Soy una tumba, tranquilo. No voy a llamar a Leo o a tu madre para contarles que no vives solo.
—Él y yo no…
Me callé.
Nunca les había hablado de Didier. La última vez que mis padres vinieron a visitarme él estaba en Francia con su familia, y el tema jamás había surgido. No les había mentido, es que nunca había considerado necesario explicarlo .
—César, por favor. —Hizo un gesto hacia el resto del apartamento—. Hay un piano, velas caras, un francés semidesnudo muy hospitalario que dice que es tu partenaire y plantas de interior vivas. No soy detective ni hablo francés, pero tampoco soy idiota.
Me quedé mirándola alucinado, y ella sonrió satisfecha consigo misma. Después, me dio un par de palmaditas en el pecho, sobre la camisa mojada, y agarró la puerta de su habitación.
Di un par de pasos hacia atrás, y ella cerró antes de que pudiera responder.
Crucé el pasillo directo hacia la habitación de mi novio y llamé dos veces antes de entrar.
Didier estaba sentado frente al escritorio, todavía sin camisa, con los cascos alrededor del cuello y una sonrisa de absoluta paz interior que me dieron ganas de borrarle de un plumazo.
—¿Qué ha sido eso? —le pregunté.
—Pasa, no te cortes.
—¿Qué hacías besando a Zahara en el rellano?
—Ah, eso . —Se quitó los cascos con una calma insultante y se echó hacia atrás en la silla—. Bueno, a decir verdad, ha sido culpa tuya.
Lo miré agotado.
—Explícate.
—Me dijiste que hoy me traerías algo que me iba a encantar para alimentar a mis musas, y el sexo es mi mejor alimento.
—Joder —lo interrumpí. Negué con incredulidad y solté una risa seca. No podía estar hablando en serio—. ¿De verdad pensaste que la había contratado para…?
Didier levantó ambas manos.
— Mon ami , apareció una chica guapísima y empapada delante de nuestra puerta, con acento español y preguntando por ti. Perdóname por asumir que por fin habías decidido recompensarme por mi inmenso talento, ya que tú no quieres pasar por mi cama.
—Estás mal de la cabeza.
—Estoy abierto emocionalmente a las sorpresas —me corrigió—. Además, ella tampoco parecía disgustada con mi recibimiento.
—Cree que somos pareja.
—Eso es un contratiempo a tener en cuenta.
—Didier…
—¿Qué? —preguntó con falsa inocencia—. Dime qué sientes. Es importante que trabajemos la comunicación en esta casa.
Me crucé de brazos.
—Vas a tener que sacarla del error.
—Podría. —Asintió—. Pero, entonces, ¿cómo justificarías esa cara tan interesante que has puesto en el rellano?
Una punzada de irritación me atravesó de inmediato.
—No he puesto ninguna cara.
Didier soltó una carcajada breve, y yo le reñí para que bajase la voz.
—César, parecías un aristócrata victoriano descubriendo al amante de su prometida escondido en el invernadero.
Negué con un bufido.
—Lo tuyo con las series de época es preocupante.
—Y, aun así, siempre terminas viéndolas conmigo.
—Porque alguien tiene que explicarte por qué tus teorías no tienen ningún sentido.
—Sabes que te encantan .
—Sé que te encanta pensar que me encantan, que es distinto.
Didier frunció el entrecejo.
—No me líes y explícame cuál es el problema de que ella crea que somos pareja.
—¿Que no lo somos?
—Relájate. —Se encogió de hombros—. Tu heterosexualidad no va a esfumarse porque tu prima lo piense.
—No es mi prima.
—Ya.
—Y ese tampoco es el problema.
—Entonces supongo que tampoco será un problema que me haya parecido tan atractiva, ¿no?
Un músculo se me contrajo debajo de las costillas y descrucé los brazos de inmediato.
—Lo que hagas con tu vida sexual me es indiferente.
—No estaba hablando de mi vida sexual precisamente.
Apreté los dientes y su sonrisa se ensanchó. Y, antes de poder rebatirle, unos golpecitos en la puerta me envararon.
—Chicos, espero que no os moleste que utilice vuestro champú. Prometo que os lo repondré.
Lo miré en silencio con la mandíbula apretada.
—Estupendo —susurré con ironía—. Ahora sabe que estamos aquí encerrados.
—Tú fuiste quien invadió mi alcoba, mon amour . Y adivino que estás tan cabreado porque has descubierto que convivir con ella no va a ser tan sencillo como te repetías esta mañana frente al espejo.
Di media vuelta y abrí la puerta.
El pasillo estaba vacío, aunque podía escucharse a la perfección el ruido que estaba haciendo Zahara dentro del baño .
Lo peor era que Didier tenía razón: aquello no iba a ser fácil.
—¡Joder! —se quejó Zahara con un grito—. ¡El agua está helada!
Inspiré hondo, giré el cuello, y Didier me dedicó una sonrisa beatífica.
— ¡Bienvenue à la maison, cousine!
Supe, con una claridad bastante incómoda, que, aunque Zahara Remo Delgado llevaba tan solo veinte minutos en mi casa, ya había conseguido alterar el orden, el sonido y, probablemente, mi estabilidad mental.