2 Dangerous
«Identifica tus problemas, pero pon tu poder y energía en las soluciones». - Tony Robbins
CÉSAR
Levanté la vista del ordenador cuando escuché el carraspeo. Mi compañera estaba de pie al otro lado de la mesa, con una carpeta apoyada contra el pecho y esa expresión paciente que utilizaba conmigo cuando llevaba demasiadas horas seguidas trabajando.
—Son casi las seis.
Miré la esquina inferior de la pantalla y me lamenté al ver que se me echaba el tiempo encima.
Westbridge seguía medio llena a esa hora, unas cuantas mesas aún tenían gente trabajando y se escuchaba el eco de algunas conversaciones contenidas mezcladas con el zumbido constante del aire acondicionado .
—He perdido la noción del tiempo.
Ella asintió y se giró.
—Oliver ya se ha ido —comentó a la vez que ordenaba su escritorio—. Y Marcus ha terminado su parte antes de marcharse. Ya no queda nadie en Kentish, así que podrán sobrevivir una noche más sin que les envíes el informe.
Me mantuve en silencio, sopesando cuánto me retrasaría si terminaba de repasar el expediente de nuestro cliente antes de irme a casa, pero después recordé que quería pasar por Le Marilou, en Fulham Road, para comprarle a Didier esa crema de grosella negra que tanto le gustaba.
Llevaba cuatro días encerrado componiendo y había que mantenerlo motivado para evitar un drama artístico en casa.
Vivir con un músico era agotador.
—Gracias, Priya —le dije mientras guardaba los cambios y cerraba el documento.
—De nada. —Sonrió victoriosa.
Apoyé la espalda en la silla y me quité las gafas un instante para frotarme el puente de la nariz.
Estaba cansado. Mucho. Había sido un día largo incluso para ser un lunes; las dos reuniones del día se habían hecho eternas, un error en una auditoría ajena había terminado explotándole a mi equipo, y mi teléfono personal no había dejado de vibrar con mensajes de mis padres.
Normalmente no habría supuesto ningún problema; de hecho, me habría servido para mantener la cabeza ocupada. Sin embargo, aquel día era diferente. Porque debajo de todo eso una voz insistente no paraba de recordarme, desde primera hora de la mañana, que mi nueva inquilina llegaba esa misma tarde .
Inspiré despacio y me dije —una vez más— que no era tan grave. Solo tendría que alterar mis rutinas durante unos meses; luego se marcharía, y yo continuaría con mi vida.
Priya me observó con atención. Llevábamos más de dos años trabajando juntos y sabía reconocer mis estados de ánimo.
—¿Todo bien?
—Sí.
Por desgracia, también distinguía a la perfección cuándo mentía.
—¿Es por esa chica?
—¿Qué chica? —La voz me salió más aguda de lo habitual.
—La española que llegaba hoy y por la que te habías pedido la tarde libre —comentó con suspicacia.
Qué bien. Oliver ya se había ido de la lengua.
—Tenía que ir a recogerla al aeropuerto, aunque al final no ha sido necesario —me justifiqué.
—Por tu cara parece que vaya a instalarse en tu piso la culpable del apocalipsis.
Bingo.
—Es un compromiso. La hija pequeña de unos amigos íntimos de mis padres.
—Eso ha sonado increíblemente emocional.
—No necesito emociones para describir un parentesco.
—Ajá.
Me puse en pie antes de que siguiera interrogándome. Por suerte, entendió la indirecta y no añadió nada más.
Cuando me monté en el metro aproveché para revisar las notificaciones. Entre los mensajes de mis padres preguntando por la llegada de Zahara encontré uno de mi compañero de piso .
Didier:
Acabo de despertarme y voy a preparar la cena. ¿Cuento contigo o te ha absorbido el capitalismo un día más? Por cierto, anoche empecé otra canción y ya llevo la mitad. Soy un genio.
Escribí «saliendo» y guardé el móvil en el bolsillo del abrigo.
Aunque me quejase a menudo, vivir con Didier Moreau resultaba mucho más sencillo de lo que había imaginado en un principio. Él componía de madrugada en su habitación, y yo trabajaba durante el día mientras él dormía. Y funcionaba.
Cuando salí de la estación de Fulham Broadway, la lluvia había empezado a caer con fuerza. Me lamenté por haber olvidado, en mi rápida huida de Priya, algo tan básico en esa ciudad como el paraguas.
Me subí el cuello del abrigo y aceleré el paso por las calles mojadas. Crucé avenidas, esquivé viandantes y llegué al pequeño supermercado francés en tiempo récord.
Normalmente me gustaba caminar esos últimos minutos hasta casa, era el único momento del día en el que mi cabeza bajaba el volumen y me permitía sentir algo más, rodeado del humo de los coches y del olor a comida de algún restaurante cercano.
Sin embargo, aquella noche no.
Aquella noche tenía una sensación incómoda instalada debajo de las costillas, como cuando sabes que has olvidado hacer algo importante, pero no consigues recordar el qué, y acorté el trayecto utilizando el transporte público .
Nada más bajarme del autobús y enfilar Sutherland Avenue el cielo crujió y la lluvia se intensificó.
Mientras corría hasta el portal no pude evitar pensar en la pequeña de los Remo.
¿Estaría volando aún o habría aterrizado ya?
Lo último que me había dicho era que llevaban retraso y que ya llegaría por su cuenta, así que deseé que no la sorprendiera la tormenta como a mí.
En cuanto entré, el agua empezó a gotear desde el bajo del abrigo hasta la moqueta azul del recibidor. Me pasé una mano por el pelo mojado y me tomé unos segundos para recuperar el aliento.
El hall del edificio, cálido y elegante, aunque algo pasado de moda, estaba en silencio. Las lámparas amarillas suavizaban las paredes color gris, y el enorme espejo dorado a la derecha me devolvió una versión bastante indigna de mí mismo: despeinado, con ojeras y empapado.
Con un poco de suerte podría darme una ducha y estar presentable para la llegada de nuestra nueva inquilina.
Anduve hacia el fondo, hasta la escalera curva que llevaba a las plantas superiores, y, al acercarme a la mía, escuché una voz femenina.
Se me tensó el nudo del pecho antes incluso de entender por qué, por lo que subí los escalones de dos en dos, más por evitar seguir mojando la moqueta que por otra cosa.
Sin embargo, al llegar al rellano de la tercera planta me detuve en seco.
El piso estaba abierto, y mi compañero estaba allí, sin camisa y besando a una mujer bajo el marco de la puerta.
A una mujer no, a ella.
La reconocí antes siquiera de verla bien.
No reaccioné de inmediato. Me quedé ahí plantado, con la bolsa colgando de un brazo y los ojos bien abiertos .
Una de las manos le caía a un lado y la otra todavía sujetaba el asa de una maleta pequeña. El pelo, que no recordaba que llevase tan largo, se le había encrespado por la humedad y tenía las mejillas rojas por el frío.
O quizá era por el calor de la situación, a saber.
El abrigo se le había abierto y tenía la bufanda torcida, pero nada de eso le restó ni un ápice de la energía caótica que la caracterizaba y que llenaba cualquier espacio, aunque no fuera suyo.
Sin embargo, lo más importante era averiguar por qué demonios Didier estaba besando a…
—¿Zahara?
Como si saliera de un trance, giró despacio la cabeza y me observó.
Aguanté el contacto visual apenas un segundo antes de que mi vista descendiera hasta la mano de Didier, que la agarraba de la cintura con esa facilidad que tenía para invadir el espacio vital ajeno.
Zahara se separó tan rápido de él que estuvo a punto de perder el equilibrio.
Didier no se alteró. Ni siquiera cuando ella me pilló por sorpresa al abrazarme, y él salvó la situación invitándonos a entrar.
Por mi parte, seguí notando el calor de los brazos femeninos sobre los hombros mientras caminábamos hasta el salón.
Zahara lo analizó todo con atención nada más entrar: el balcón, las estanterías, las plantas y el piano junto a la ventana. Y entonces se giró hacia mí con expresión sorprendida y dijo en español:
—Qué bonito.
—Gracias —musité .
—Ahora vuelvo, tengo que llamar a Lucien —se excusó Didier en inglés.
Lucien, que lo mismo era su productor o su ex, dependiendo del día.
No me dejó margen para responder antes de desaparecer en su habitación y dejarnos solos.
Y me dio la sensación de que el piso encogía drásticamente.
—Es muy… peculiar —dijo ella.
—¿Didier? Sí. —Asentí una vez—. Mucho.
—Y guapo.
Le dediqué un gesto ambiguo y me giré. Aquella apreciación era del todo innecesaria y, para ser honestos, no tenía ninguna intención de entrar a comentar con ella las cualidades físicas de mi amigo ni a hacer de casamentero.
—Ven. Te enseñaré el resto del piso y tu habitación.
Le mostré el baño y algunas cosas básicas del día a día: la calefacción, la lavadora y el truco para que el agua caliente tardase menos en salir.
Ella asentía mientras analizaba todo con curiosidad y concentración, y a mí me dio la impresión de que, en cada lugar que entraba, su esencia se apropiaba un poquito de él.
Eso, sumado al sonido de sus botas sobre el suelo de madera, desordenaba la tranquilidad habitual del piso.
Aproveché para soltar la bolsa cuando entramos en la cocina, que olía a especias y pan, y la acompañé por el pasillo tratando de ignorar la extraña sensación de tenerla caminando detrás de mí.
Le indiqué cuál era mi cuarto, aunque no abrí la puerta, y luego la invité a entrar en su habitación.
La estancia era sencilla y luminosa. Le había dejado la cama hecha con las mantas dobladas al pie y un juego de toallas encima .
Zahara entró, giró sobre sus pies y luego me miró con una sonrisa.
—Tiene dosel.
—Supuse que te gustaría —admití—. Si tienes frío, hay una manta extra en el armario.
—Me han perdido el equipaje —explicó cuando dejó la pequeña maleta al lado del armario y resopló—. Toda mi ropa está ahí, mi neceser… Mi vida entera está probablemente en Mordor ahora mismo.
—Dame un minuto.
Me colé en mi habitación y abrí el armario. Saqué una sudadera y unos pantalones de algodón que utilizaba para ir a correr y después fui al baño para coger uno de los cepillos nuevos que guardaba debajo del lavabo.
Cuando regresé, ella levantó las cejas.
—¿Eso es un cojín de lectura? —preguntó señalando la cama.