1 Hello it’s me
«Nadie está sano en Londres ni nadie puede estarlo». - Jane Austen
ZAHARA
Apoyé las manos en el mostrador, cerré los ojos un instante e inspiré hondo mientras el aeropuerto de Gatwick seguía rugiendo a mi alrededor.
Por suerte no era supersticiosa, porque si me tenía que dejar llevar por el mal tiempo, las más de tres horas de retraso con las que había llegado a Londres y el hecho de que acababa de perder media vida dentro de una Samsonite azul, más me valía volver a Costa Serena.
—Señorita, debe rellenar este documento —continuó la empleada en mi idioma, con un tono educado que no admitía réplicas—. ¿Conserva la etiqueta de facturación ?
—Sí —contesté y busqué en el interior del bolso. La levanté victoriosa al dar con ella—, aquí está.
— Perfect . —Me tendió los papeles y me dedicó una sonrisa vacía—. En cuanto los cumplimente le facilitaremos su número de rastreo. Si en veintiún días no aparece, podrá solicitar una indemnización por pérdida definitiva.
Apreté los dientes en una mueca asesina y asentí antes de hacerme a un lado.
Aún no me sentía cómoda con el idioma como para poder explicarle a la señorita que en esa maleta llevaba el maquillaje, los productos de higiene, mis vaqueros favoritos, el cargador del portátil y unas botas que me habían costado más dinero del que estaba dispuesta a reconocer delante de mis padres.
Además del noventa por ciento de todos mis outfits , claro.
Por suerte, el Kindle, la ropa interior y los pijamas los tenía a buen recaudo en la maleta de cabina.
Qué tranquilizador…
Agarré con resignación un bolígrafo del mostrador.
No. No iba a montar un número. No me convertiría en una española dramática berreando en un aeropuerto internacional y menos aún rodeada de británicos que por lo general reprimían sus emociones desde la Segunda Guerra Mundial.
Joder, si solo me faltaba beber vino directamente de la botella y en ropa interior para encarnar el papel protagonista de la nueva entrega de Bridget Jones .
Contesté las preguntas del formulario, apoyada en una columna, como si me fuera la vida en ello. Bajo ningún concepto quería que me devolviesen las pertenencias de un contable londinense deprimido, así que anoté todo tipo de detalles .
Entregué los papeles, guardé la copia dentro del bolso y me largué de la zona de equipajes arrastrando la única maleta que había sobrevivido a la tragedia.
Cuando salí del aeropuerto, el aire frío me golpeó la cara de lleno, y me detuve en mitad de las puertas correderas.
Ahí estaba: Londres.
Mojada, llena de luces borrosas reflejadas en el asfalto y tan gris como la había imaginado.
Sonreí. Porque, aunque un coche pasó por encima de un charco y me salpicó, no me importó. A pesar de que la gente caminaba bajo los paraguas y se chocaba conmigo sin mirarme a la cara, no me importó. Y tampoco que el cielo pareciera tan cabreado que podría partirse en dos de un momento a otro.
Porque aquello era un comienzo. Uno de verdad.
Me ajusté el bolso en el hombro, levanté la mano para parar un taxi y, en cuanto me monté y el conductor me miró por el retrovisor, saqué el móvil y dije con mi mejor pronunciación:
—Al 156 de Sutherland Avenue, por favor.
El hombre asintió y arrancó, y yo perdí la vista por la ventanilla.
Pasamos por zonas llenas de edificios elegantes, semáforos eternos y bicicletas que parecían conducidas por personas con tendencias suicidas.
Londres había sido el primer lugar que se me había venido a la mente al pensar en salir de Costa Serena. Y no fue casualidad.
Harry Potter era el principal culpable de que desde bien pequeñita tuviera predilección por la ciudad. Aunque no había sido el único: Mary Poppins, Notting Hill, Sherlock Holmes, Peter Pan y multitud de libros ambientados en Londres habían aumentado mi fanatismo .
La versión oficial era que perfeccionaría mi inglés y buscaría un trabajo a tiempo parcial.
La verdad era un pelín más incómoda.
Desde que mi hermano Guille se había echado novia formal, todas las miradas recaían en mí, y empezaba a estar un poco harta de que mi familia me preguntase, de manera sutil o no tanto, qué pensaba hacer con mi vida.
Sí, había abandonado dos carreras en segundo.
No, no tenía claro a qué me quería dedicar con veinticinco años y sobrevivía enlazando trabajos en cafeterías, tiendas de ropa y haciendo de niñera.
Además, tampoco tenía interés en mantener una relación estable más allá del contrato con mi compañía de teléfono.
Así que aproveché que acababan de aprobar un programa de movilidad para jóvenes que querían mejorar el idioma y adquirir experiencia laboral en el extranjero y me embarqué en la aventura.
La única petición que hicieron mis padres fue que no viviera sola, y al principio no me importó aceptar. Estaba segura de que encontraría alguna chica en mi misma situación sin demasiado problema.
Sin embargo, sus planes fueron otros.
Junto con «mis tíos» Leo y Leire orquestaron una estupenda encerrona en la que su hijo César se vio en la obligación de acogerme en su piso.
César, el políticamente correcto, serio y responsable primo que en realidad no lo era.
Hacía años que no convivíamos de verdad. Apenas aparecía ya por Costa Serena y, cuando lo hacía, llegaba con su comportamiento impecable mientras el resto de nosotros la liábamos de una u otra manera .
César siempre había sido distinto, más callado y observador. Más de reubicar vasos tumbados en una mesa mientras el resto destruíamos la vajilla al completo por algún tipo de reto absurdo.
Apostaba a que era la clase de persona que tenía las fotos en el ordenador organizadas por carpetas con la fecha y el evento.
Cuando el taxi redujo la velocidad en aquella calle de edificios de ladrillo rojizo y cornisas blancas, la mezcla de agotamiento, nerviosismo y fascinación me revolvió el estómago.
Los árboles desnudos formaban una especie de túnel sobre la avenida, las farolas estaban encendidas y a ambos lados de la calle se alineaban edificios victorianos de tres plantas, todos iguales y distintos al mismo tiempo, con pequeñas escaleras de entrada, rejas de hierro, ventanas alargadas y chimeneas de ladrillo que sobresalían de los tejados con numerosos conductos de salida.
Pagué al conductor e incluso le dejé una generosa propina. Al bajar, me ajusté la chaqueta y me quedé parada en mitad de la acera húmeda mientras la lluvia me empapaba el pelo.
Madre mía, iba a vivir en el escenario de una jodida película.
Aproveché la salida de un vecino para colarme en el edificio y mi ánimo no decayó, ni siquiera cuando fui consciente de que no había ascensor y tendría que subir la maleta de mano a pulso por las escaleras.
Me aparté el pelo mojado de la cara al llegar arriba y me permití un minuto para recuperar el aliento mientras observaba la puerta negra frente a mí.
En teoría, me había encargado de avisar a mi compañero de piso del retraso para que me recogiese en el aeropuerto a la hora correcta.
Al menos eso era lo que creían mis padres, porque en realidad le había escrito a César unas cuantas horas antes para liberarle de la carga y poder llegar sola a su casa.
Observé la hora en el teléfono y di por hecho que ya habría vuelto del trabajo, así que llamé al timbre y esperé.
Cuando la puerta se abrió, pensé que me había equivocado de planta.
Un hombre descalzo, con el torso desnudo y atractivo hasta decir basta me sonrió como si acabaran de traerle un paquete que llevaba tiempo esperando.
—Perdón —dije en inglés—. ¿César Navarro?
El tipo me recorrió con la mirada sin ninguna prisa y sonrió. Una sonrisa blanca y luminosa que contrastó con aquella piel oscura.
— Mon dieu —murmuró con un acento cerrado que me erizó la piel de la nuca.
—Creo que…
La frase terminó en un pequeño grito, pues el tipo me sujetó por la cintura, tiró de mí hacia él y me plantó un beso en la boca que me dejó muda.
Y qué boca, por Dios.
Mi cerebro tardó dos segundos en reaccionar, tiempo suficiente para registrar que aún seguía sujetando el asa de la maleta, que el tipo olía a café y jabón caro y que tenía a un completo desconocido besándome en la puerta de la que se suponía que sería mi nueva casa.
Justo cuando iba a reaccionar —para empujarlo o profundizar el beso, no lo tenía del todo claro— una voz nos interrumpió.
—¿Zahara?
El tipo se separó apenas unos centímetros, y yo giré el cuello, aún aturdida. El aire que se me había quedado atrapado en los pulmones con aquel beso se esfumó del todo de la ecuación en cuanto reconocí al recién llegado.
César… Era César, ¿no?
Vale, sí. Resultaba obvio que se trataba de él, pero no era la imagen que conservaba en la memoria.
No me pareció el tipo con un palo metido por el culo que solía ser el noventa por ciento del tiempo que estaba con los Remo, sino uno más humano, con el pelo húmedo por la lluvia, un abrigo oscuro abierto sobre una camisa blanca y una bolsa de supermercado colgando de una mano.
Sus ojos bajaron a la unión de nuestros cuerpos y me retiré de golpe, demasiado consciente de la mano que seguía quemándome la cintura.
—Hola —mascullé y le lancé una mirada de advertencia al sobón de la puerta.
César no respondió. En su lugar, me observó de arriba abajo una única vez, lenta y contenida. Se le tensó la mandíbula, y un absurdo calor me subió por el cuello.
«Ah, genial. El primo estirado ha aprendido a mirar», me dije.
Me concentré en calcular cuánto tiempo llevaba sin verlo, porque no entendía cuándo se había convertido en esa versión a la que se le marcaban unos poderosos abdominales bajo la camisa mojada.
A mi lado, el otro tipo soltó una risa suave que atrajo nuestra atención.
—Zahara —murmuró el francés con absoluta tranquilidad y me tendió la mano, formalidad más que absurda después de haberme comido la boca en su particular evento de bienvenida—. Soy Didier, su partenaire .
Miré de reojo a César, que a su vez observaba a Didier. Este, encantado con la situación y para nada intranquilo, le sonrió en respuesta, después me guiñó un ojo, y yo alterné la vista entre uno y otro intentando traducir qué demonios acababa de decirme.
Porque mi francés se reducía básicamente a canciones de Vanessa Paradis, Ratatouille y las cuatro frases que había aprendido de mi cuñada Rachel.
Me fijé de nuevo en César; un César empapado, serio y que miraba a su partenaire exactamente igual que una persona que mira a alguien con quien comparte demasiadas cosas y…
Ah.
¡Ah!
Terminé de atar cabos —me había costado esa vez, estaba cansada— y le estreché la mano a Didier.
La teoría que Guille me había desmontado antes de viajar regresó con fuerza. Porque yo ya había pensado que César podía ser homosexual. Era imposible no sospecharlo cuando, en treinta años, nadie le había conocido una novia. Eso, y que vestía todo el rato como un modelo de Massimo Dutti.
Además, las nuevas pruebas —vivir en Londres con un francés potentorro — gritaban que estaba en lo cierto.
Durante un instante me pregunté si acababa de formar parte involuntaria de algún tipo de infidelidad, porque, si ambos eran pareja, técnicamente su novio acababa de morrearse conmigo delante de sus narices.
Miré otra vez a Didier, que seguía tan tranquilo. Después a César, y decidí que no tenía información suficiente para entender qué clase de relación mantenían. A lo mejor eran una pareja abierta. O para los franceses aquello contaba como un apretón de manos. ¿Qué sabía yo…?
En cualquier caso, César tenía más pinta de un ejecutivo londinense al borde de un aneurisma que de alguien a quien acababan de ponerle los cuernos delante de las narices .
Y, de repente —y por ilógico que fuese—, me relajé.
Porque, aunque entre todas las posibilidades que había imaginado para mi nueva vida en Londres terminar instalada accidentalmente en una villa gay no estaba entre ellas, la idea se llevó la tensión de inmediato.
Me giré hacia César y, con una sonrisa, lo abracé.
Reconozco que me dio un poco de lástima cuando lo sentí tan rígido e incómodo; el pobre debía de pensar que la pequeña de los Remo acababa de descubrir su pastel, así que le dediqué mi mejor guiño cómplice y le susurré:
—Tranquilo, primito, tu secreto está a salvo conmigo.
César se quedó aún más inmóvil, y Didier aprovechó el lapsus mental de su chico para echarnos los brazos por los hombros.
— Allez mon ami —dijo divertido—. Entremos en casa.
Y, por algún motivo que todavía no entendía, César me miró como si acabase de darse cuenta de que su vida estaba a punto de irse a la mierda.