Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9)
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Prólogo
La primera vez que vi a Zahara ella tenía nueve días de vida.
Hacía dos años que íbamos a casa de los Remo Delgado, desde que Leo había aparecido en la vida de mi madre. Sin embargo, seguía sintiéndome igual en cada ocasión que cruzaba esa puerta: deslumbrado y a la vez asustado por aquella familia.
La casa de Fede y Estrella siempre estaba llena de gente, de voces y niños corriendo por los pasillos. De conversaciones cruzadas y juegos infantiles.
Observé la enorme vivienda desde la ventanilla del coche mientras Leo aparcaba. Me gustaba Costa Serena, aunque nunca terminaba de relajarme del todo allí. Me resultaba agotador y, al mismo tiempo, no podía dejar de observarlos.
Nada más abrirse la puerta, el movimiento me envolvió por completo.
No había gritos ni carreras —quizá porque un bebé recién nacido dormía en algún lugar de la casa—, pero sí ese caos tan propio de ellos: alguien hablando en la cocina mientras recogía los platos, la televisión a poco volumen en el salón, unos cuantos niños jugando en el jardín…
Me quedé quieto en el dintel.
«Son muchos», le había dicho a mi madre uno de los días .
Y era cierto. Eran muchos, hablaban mucho y se tocaban mucho.
También se quitaban las cosas de las manos los unos a los otros, discutían por tonterías y parecían vivir todos demasiado pendientes del resto.
Pero luego alguien le colocaba una manta sobre las piernas a otro sin preguntar o le apartaba el pelo de la cara al pasar, y entonces entendía que aquella era su extraña forma de quererse.
—Ven, César. —Fede me tendió una mano—. Queremos que conozcas a una personita.
Yo, que con seis años ya era de los más altos de mi clase, me enderecé un poco más y me dejé guiar hasta el sofá.
—Hola, cariño —me dijo Estrella en voz baja—. Mira quién está despierta para saludarte.
Bajé lentamente la vista hacia la niña.
Zahara tenía la frente arrugada y los labios fruncidos.
—Tiene cara de enfadada —solté sin pensar.
Fede dejó escapar una risa.
—Protesta por todo. Oficialmente es una Remo Delgado.
—Yo sigo pensando que os la cambiaron en el hospital y os dieron la reencarnación de una octogenaria a la que le cobraron de más en la pescadería —bromeó Leo.
Estrella lo amonestó con la mirada y me sonrió.
—¿Quieres cogerla?
El mundo entero se tensó dentro de mí.
—No sé.
—Tranquilo —contestó ella con suavidad—. Mira, siéntate a mi lado y abre los brazos… Así. Sujétala por aquí.
Obedecí sin apartar la vista del bebé. Pesaba menos de lo que imaginaba y olía raro, como a crema, leche y ropa limpia.
Zahara frunció la nariz y se removió un poco. Después, abrió una mano diminuta, me agarró un dedo y dirigió sus grandes iris grises hacia mí.
Y dejó de moverse.
No lloró. No protestó. Y fui incapaz de dejar de mirarla con los ojos bien abiertos .
El salón seguía lleno de voces y movimiento. Carolina y Diana gritaban desde la planta de arriba, Bruno se entretenía buscando insectos en el jardín, y Alana ayudaba con el pequeño Guille, pero yo apenas era capaz de escuchar nada.
Estudié la mano diminuta cerrada alrededor de mi dedo y algo extraño se abrió paso muy despacio dentro de mi pecho.
—Mírala, ya se ha encariñado contigo.
—Creo que eres su persona favorita —me murmuró Estrella.
Levanté la vista, confundido. Solo era la persona favorita de…
Mi madre me sonrió desde el otro lado del sofá con una expresión tan feliz que volví a bajar la vista hacia la bebé casi de inmediato.
Zahara bostezó, arrugó la nariz y, tras decidir que podía quedarme un rato más sosteniéndola, cerró los párpados y se durmió.
Durante todo el tiempo que la tuve en brazos, dejé de sentirme fuera de lugar. Por primera vez desde hacía dos años no tuve la necesidad de mantenerme alerta ni de esperar que algo malo ocurriera en cualquier momento.
Sin embargo, lo que no pude imaginar aquella tarde del seis de diciembre era que aquel bebé pequeño, arrugado y bastante enfadado con el mundo terminaría desordenándome la vida casi veinticinco años después.