Lo que pasa en Ámsterdam Veintiséis #2
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Veintiséis #2

—Bueno, este primer lugar es realmente crucial, porque es donde empezó todo.

—El pavimento no está mojado y el sol brilla en el cielo, pero ahí está el lugar donde aparcó nuestras bicicletas, y en la siguiente calle, la cafetería a la que me llevó—.

O, dependiendo de cómo se mire, donde todo volvió a empezar.

Aquí es donde choqué con la bicicleta de mi exnovio, porque mi bici era demasiado alta para mí y no sabía manejarla bien, y para ser sincera, no iba prestando demasiada atención.

Y no te imaginas lo sorprendida que me quedé al volver a verlo después de trece años…

, sobre todo por la forma en que rompió conmigo cuando teníamos diecisiete años.

—Parece un auténtico gilipollas.

—Sí, bueno. Todo el mundo es capaz de madurar —digo—. ¡Date prisa, que hay mucho que ver!

Juro que oigo una risa mientras seguimos caminando.

—Este es el lugar donde mi marido me pidió matrimonio. —Agito el brazo con entusiasmo—. Puede parecer un canal como otro cualquiera, pero si te fijas bien, verás que tuvieron que reconstruirlo por completo hace poco, solo por la gran cantidad de dramas que ocurrieron en él.

—¿Sabes? Leí sobre eso —dice, estirando el cuello para ver por encima del puente—. Pensé que era una leyenda urbana.

—No. Es completamente real.

—Dani. —Wouter suelta un suspiro y se pasa la mano por la barba incipiente. Ya estoy deseando tocarle la cara—. No quiero interrumpir la visita, pero tengo que decirte que estaba muy nervioso por si llegaba a casa y todas tus cosas habían desaparecido. No te imaginas lo aliviado que me sentí.

Me recuesto contra el puente y tamborileo con las manos sobre la barandilla.

—No creo que hubiera tenido la capacidad emocional de levantar la maleta.

Él espera un momento antes de volver a hablar.

—Sé que has hablado con mi familia. No tenías por qué hacerlo, pero significó mucho para ellas. Y para mí.

—Ellas también significan mucho para mí. Es la verdad. En tan poco tiempo, he llegado a considerarlas, si no como familia política, al menos como amigas.

—¿Solo a ellas? —pregunta con una leve mueca. Sin suplicar. Sin insistir. Solo con inocente curiosidad.

—Eso es para más adelante en la visita —digo.

Esa mueca da paso a una diversión absoluta. Debe darse cuenta de que estoy alargando el tema, y que voy a hacer que le merezca la pena.

—Y también hablé con mis padres —digo—. No solo por lo que dijiste, sino porque ya era hora. Y… no fue nada mal.

—Imagino que no fue fácil. —Si existe una mueca que transmite comprensión, es la que hace ahora—. Siento haberte dicho eso.

—No, tenías razón. Era necesario, y creo que las cosas van a mejorar mucho entre nosotros. Puede que lleve un tiempo, pero lo conseguiremos. Poco a poco.

—¿Y te sientes bien al respecto? —pregunta, porque incluso ahora está pensando en mí. Si estoy cómoda. Si estoy contenta.

—Sí. La verdad es que sí.

A continuación, tomamos un tranvía que nos deja en el Museo Van Gogh. La cola sale por la puerta principal, como siempre, y me invade una punzada de nostalgia por la mañana que pasamos evitándonos.

—No vamos a seguir el orden cronológico —le informo—, porque siempre nos ha costado acertar con los tiempos. —Él asiente y yo carraspeo—. Aquí es donde me engañaste para que fuera contigo al museo.

Se queda boquiabierto.

—¡Yo no hice tal cosa! ¡Supuse que habías visto que era una entrada dos por uno!

—Aun así —continúo, arqueando las cejas con suavidad—, acabó siendo la primera vez que conectamos de verdad después de que viniera a vivir aquí, y me di cuenta de que había una posibilidad de que pudiéramos tener algo nuevo. Y… ese algo nuevo fue mejor y más inesperado de lo que jamás imaginé.

—Ese día fue genial —dice—. Sentí que por fin empezaba a conocerte de nuevo, y fue un gran alivio que pudiéramos volver a empezar así.

—Y porque por fin reconociste que te gusta Van Gogh tanto como al resto.

Wouter esboza una suave sonrisa.

—Eso también.

Po último, le llevo al muelle de Dam Fine Boat Tours. Una de sus embarcaciones eléctricas está zarpando, y un guía turístico que conocí el otro día me saluda con la mano.

—Aquí —le digo con una sonrisa, porque estoy conteniéndome desde que recibí la noticia a primera hora de la mañana— es donde trabajo.

Su rostro se ilumina de pura alegría y le brillan los ojos detrás de las gafas. Da un paso hacia mí, levantando los brazos como para abrazarme.

—¿Te han dado el trabajo? —pregunta, y cuando asiento, solo duda un instante, dándome un momento para retroceder si no es algo que quiero. Pero claro que lo quiero, así que suelto el aire mientras me aprieta contra su pecho.

«Esto». Echaba de menos esto.

Con el rostro sobre su corazón, me resulta familiar y novedoso a la vez. Cítricos, calidez y una inmediata sensación de comodidad.

Una mano en mi cintura y la otra en mi cabello, colocando un mechón detrás de mi oreja con su pulgar. Cuando me abraza con más fuerza, puedo sentir cómo tiembla.

—En fin…, creo que eso significa que ahora ya puedes divorciarte de mí —digo cuando nos separamos.

El abrazo le ha torcido las gafas, pero ni siquiera se molesta en enderezarlas mientras clava su penetrante mirada en mí.

—¿Es eso lo que quieres, lief ?

Con todo el valor que tengo, niego con la cabeza.

—Wouter…, lo siento. Siempre he sido yo la que rompía antes de que pudieran acercarse demasiado.

He pasado todos estos años huyendo de cualquier relación real para que nadie pudiera hacerme daño como…

, como me lo hiciste tú cuando teníamos diecisiete años.

Pero la verdad es que estoy cansada de fingir que soy tu esposa.

—Trago saliva obligándome a seguir—. Porque, si lo fuera de verdad, volveríamos a casa juntos todos los días y estarías en la cama a mi lado todas las noches.

No huiría en cuanto las cosas se pusieran difíciles, solo porque tuviera miedo.

La nostalgia nunca abandona sus ojos.

—Yo también he tenido miedo. Me sigue aterrando la posibilidad de que te vayas, de que decidas que echas de menos tu tierra, lo cual es totalmente legítimo, claro. Pero entonces me he preguntado… que quizá sea injusto esperar que te quedes aquí conmigo cuando toda tu vida está en otro continente.

—Esa es la cuestión —digo—. Ya no sé si está allí.

Y me estoy dando cuenta de que no tengo por qué tenerlo todo claro a los treinta, ni a los cuarenta, ni a los cincuenta, ni nunca.

¿No es eso lo que significa ser humano? ¿Crecer, aprender y cambiar constantemente?

—Le tiendo la mano y le rozo la muñeca—.

Nunca he hecho nada permanente. Ni trabajos, ni relaciones, ni siquiera aficiones.

Pero contigo… lo quiero todo. Me haces sentir que todo lo que soy tiene un propósito.

Que no estoy simplemente dando tumbos por la vida.

—Pues claro que no —dice, entrelazando sus dedos con los míos.

—Quizá un poco. A veces —digo con una media sonrisa—. Lo único de lo que estoy segura es de que tú eres la persona que quiero a mi lado mientras lo averiguo todo. Sin mentiras, sin reglas, sin contratos. Solo tú.

Wouter me dijo que yo era valiente. Por fin siento que lo soy.

Cierra los ojos mientras asimila todo esto. Contemplo el suave vaivén de su pecho al respirar: este hombre increíble que me enseñó que juntos podíamos ser vulnerables.

—Sé que la cagué una vez —dice, tirando de mi mano para acercarme—, pero Dani…

esta vez no pienso perderte. Te juro que me pondría delante de un vehículo en marcha si eso significara evitar que te hicieran daño.

Puede que sea una locura sentir esto después de menos de seis meses, pero Dios, no sé cómo era mi vida antes de que tú la pintaras de neón.

Sé que este matrimonio no tenía que ser real, pero tú lo eres todo para mí.

—Ahora tiene la otra mano en mi cintura.

Su boca se cierne sobre la mía y su nariz roza mi mejilla—. Creo que siempre lo has sido.

Cuando me besa, hay trece años de anhelo volcados en ese beso. Las primeras veces de la adolescencia, los mensajes de texto desacertados y la conjunción cósmica de reencontrarnos aquí después de tanto tiempo. El murmullo del agua debajo de nosotros y el tintineo siempre presente de las bicicletas.

Respiro su aroma y siento como si volviera a casa.

«Wouter. Hogar». En algún momento, los dos se entrelazaron de forma inexorable.

—Me destrozas, joder —dice con voz entrecortada. Una lágrima le resbala por la mejilla y yo la recojo con el pulgar—. Me destrozaste cuando teníamos diecisiete años y, de alguna manera, he tenido la suerte de que lo hayas vuelto a hacer.

—Suerte —repito, con la palabra atascada en la garganta. La siguiente vez que lo beso, noto el sabor salado y entonces es él quien enjuga con ternura mis lágrimas.

—Danika. Dani. Quiero pintar tu rostro una y otra vez.

Aprender todas las curvas de tu cuerpo para poder hacerles justicia.

Quiero saber todo lo que te vuelve loca, todas las cosas que puedo hacer para que grites mi nombre.

Y luego quiero despertarme y prepararte el desayuno.

Quiero saber con qué te gustan las tortitas y quiero asegurarme de que siempre haya suficiente azúcar para tu té.

Quiero que toda nuestra vida sea excesiva, porque así es como me siento cuando estoy contigo.

Quiero que creemos arte juntos, arte caótico e imperfecto.

—Acaricia la alianza de mi dedo—. Creo que me encanta estar casado contigo.

— Ik hou van jou —digo, y la expresión de su rostro podría iluminar todo el cielo en un día nublado. Después de todo este tiempo, es así de sencillo, ¿no? Le acaricio la áspera mejilla y le paso la mano por el pelo—. Ik hou van jou .

Me sorprende cuando sacude la cabeza.

—¿Lo estoy diciendo mal?

—No, no —dice—. Es que creo que… no es suficiente. Tal vez… ik hou het meest van jou . «Te quiero más que a nada en el mundo». —Roza mis labios con los suyos—. Porque esa es la verdad. Más que a nada en el mundo.

Repito las palabras, grabándolas en mi memoria mientras él me besa una y otra vez.

Las digo cuando me lleva de vuelta a su piso, nuestro piso, del que no salimos a tomar aire durante horas.

Vuelvo a pronunciarlas cuando nos quedamos dormidos y en el momento en que nos despertamos, embriagados de amor y ebrios el uno del otro.

Las digo, y las digo, y las digo.

Esto no es aquel viejo sueño romántico del pasado, esos deseos que pedíamos cuando pensábamos que teníamos todo el tiempo del mundo para seguir deseando; es algo completamente nuevo. Íntimo, verdadero, resplandeciente y cálido.

Gezellig .