Lo que pasa en Ámsterdam Veintiséis
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Veintiséis

Cuando todo tu mundo se derrumba a tu alrededor, a veces la única opción es averiguar dónde se torció todo de forma tan desastrosa.

Estudias la historia de Ámsterdam para poder superar con éxito tu última entrevista de trabajo.

Pasas todo el día limpiando el piso, hasta que los irregulares suelos relucen y puedes ver tu expresión esperanzada en cada resplandeciente superficie. Organizas la colección de tés y recoges los juguetes del perro, procurando no prestar atención a lo que esto le hace a tu corazón.

Te humillas para conseguir un encuentro cara a cara con tu cuñada, su madre y su abuela, porque, aunque estás aterrorizada, sabes que tienes que arreglar las cosas con ellas.

Y es posible que no puedas arreglar las cosas con tu marido hasta que lo hagas.

Quedamos en el piso de Roos porque ella pensó que sería mejor que volver a la escena del crimen, como me dijo por mensaje.

El estudio es un espacio lleno de color y bien iluminado en De Pijp, no muy lejos de mi antiguo apartamento. Las paredes están cubiertas de pósters vintage de Ámsterdam y del techo cuelgan frondosas plantas. No me sorprendería que les hubiera puesto nombre a todas.

Le dije a Roos que quería hablar con las tres a la vez, y que no tenía por qué acceder.

Tal vez una parte de ella detestaba dejar las cosas a medias, o quizá sentía curiosidad por lo que yo pudiera decir.

En cualquier caso, le estoy inmensamente agradecida.

Haré todo lo que pueda para compensar a esta familia en la que irrumpí como un huracán.

Si me fuera de los Países Bajos, no solo dejaría atrás a Wouter.

También dejaría atrás a Roos y a Iulia, que me llevaron a dar unas clases en un barco de Dam Fine antes de mi entrevista, y a la pequeña comunidad que estoy empezando a construir aquí, si es que decide perdonarme.

Hasta ahora, Iulia es la única que lo ha hecho; reconoció que si hubiera peligrado su permiso de residencia, tal vez ella habría hecho lo mismo.

Ya están todas allí cuando llego, sentadas en el sofá amarillo chillón de segunda mano de Roos, con té y galletas en la mesa.

—No llego tarde, ¿verdad? —pregunto mientras me quito los zapatos.

Roos sacude la cabeza.

—No, no. Solo estábamos hablando del tiempo tan espantoso que hace.

No le falta razón. Tuvimos una falsa primavera mientras mi familia estuvo aquí, y ahora hemos vuelto a los cielos encapotados, el viento y los ocasionales aguaceros. «Así es Ámsterdam», dicen los lugareños encogiéndose de hombros.

Saludo a todas en neerlandés y me siento en el sillón frente al sofá, con las manos demasiado temblorosas para sostener una taza de té.

Durante los primeros minutos, todas sonreímos de manera forzada y se producen silencios incómodos.

Juego con mi alianza, dándole vueltas, moviéndola hacia arriba y hacia abajo en mi dedo, preguntándome si no debería habérmela quitado.

De alguna manera, siento que si me la quito, significará que se ha acabado de verdad.

—¿Les gustó Ámsterdam a tus padres? —pregunta Anneke.

—Sí que les gustó. Siento mucho que os hayáis llevado una mala impresión. No suelen…

—¿Enfadarse porque su hija se casó sin decírselo y porque el matrimonio era una farsa desde el principio?

Siento que me pongo roja.

—Me hizo dudar de si algo de todo esto había sido real. Es la parte que más me ha costado asimilar. No solo lo de Wouter y tú, sino también tu relación conmigo. —Roos baja la mirada mientras dice esto, y una timidez inusual se apodera de ella.

—¿Estás de broma? Me encantaba pasar tiempo contigo —digo con todo el énfasis posible, deslizándome en el asiento hasta el borde de la silla—.

Habéis sido todos muy generosos, y guardar este secreto…

ha sido un infierno, si os soy sincera. —Me vuelvo hacia Maartje y le digo en neerlandés—: Espero que dejes que Wouter se quede con la casa.

Ella me mira con incredulidad.

—¿Por qué iba a quitársela?

—Porque el matrimonio era falso —digo, haciendo una mueca al darme cuenta de que esto sí sé decirlo en su idioma—. Schijnhuwelijk .

Maartje dice algo en neerlandés y, aunque entiendo algo, Roos hace de traductora.

—Dice que sabe que esa condición era un poco anticuada —traduce Roos—.

Pensó que animarle a encontrar una pareja podría ayudarle a salir un poco de su caparazón, para que no estuviera tan anquilosado.

Y puede que fuera una forma extraña de hacerlo…

, pero parecía funcionar. —Roos da un sorbo de té—.

Creo que habla en nombre de todas nosotras.

Wouter era mucho más él mismo contigo de lo que había sido en mucho tiempo, y descubrir que no era real…

; nos duele que vaya a perder eso. En el fondo es como un pequeño proceso de duelo.

—Esa es la cuestión —digo mientras vuelvo a tocar la alianza con nerviosismo—.

Aunque al principio no fuera real…, mis sentimientos por él sí lo son.

—Las tres se inclinan hacia mí, y Roos ni siquiera intenta ocultar su sonrisa—.

Siento mucho todo lo que ha pasado —continúo—. Lo que hicimos y haberos mentido.

—Wouter lleva toda la semana pidiendo perdón —dice Anneke—. Lo curioso es que conozco a mi hijo. La forma en que se comportaba contigo, incluso cuando te conocimos, no era fingida. Lo sé en lo más profundo de mi alma.

—Ahora yo también lo sé —digo en voz baja—.

Debería haberlo sabido hace mucho tiempo.

Quizá una parte de mí lo sabía, porque yo…

amo a tu hijo. —Ahora puedo decirlo con total seguridad.

En inglés y en neerlandés—. Creo que lo amo desde hace tiempo.

El matrimonio lo complicó todo, pero de verdad quiero una oportunidad para arreglarlo. Por todos vosotros.

—Puede que no sea convencional —coincide Anneke—, pero me alegro de conocerte. Me alegro de que formes parte de esta familia, dure lo que dure.

La siguiente vez que Maartje habla, la entiendo perfectamente.

—Tanto si eres su mujer, como su novia, o lo que seas… ¡Me alegro de que hables neerlandés!

Cuando Anneke y Maartje se marchan a Culemborg, Roos me coge del brazo, me arrastra al sofá y suelta un chillido.

—Me moría de ganas de contárselo a alguien, pero tengo noticias sobre Iulia.

Ayer alquilé el barco entero, así que estábamos solas las dos.

Y pasé la primera mitad del recorrido preocupada, pensando que la había tendido una trampa o algo así, y que si le confesaba mis sentimientos y no me correspondía, ¿quién tendría que arrojarse al agua?

—Sacude la cabeza y hace una pequeña mueca—.

En fin, que no hizo falta. ¡Al final, mañana tenemos nuestra primera cita oficial!

Sonrío con ella, la abrazo y le digo lo mucho que me alegro.

—Cuando necesites un vestido de novia… —digo, y ella pone los ojos en blanco y me da un codazo.

—¿Y tú? —pregunta—. ¿Alguna noticia relacionada con los barcos?

—Ayer tuve la entrevista final. Tuve que hacer una visita guiada al propietario de la empresa y a otros altos cargos, y me sentí tan segura como pude—. Espero tener noticias pronto.

Ella levanta ambas manos y cruza los dedos.

Cuando salgo del apartamento de Roos, recibo un mensaje de Wouter. «¿Te parece bien si paso a recoger unas cosas?».

Mi corazón late con fuerza, porque por mucho que quiera verlo, no quiero que sea una emboscada. «Dame una hora», le respondo, y luego corro a casa.

Cuando llego, intento recoger un poco antes de darme cuenta de que juntos hemos hecho un desastre mucho mayor. Luego cojo el familiar bloque amarillo de su mesita de noche y me dirijo al baño.

Mi frasco de antidepresivos está ahí, encima del lavabo. No me molesto en guardarlos, como habría hecho al principio, cuando me preocupaba demasiado que él tuviera una imagen de mí que yo creía que era la correcta.

Ahora solo quiero la real.

Pego un pósit en el centro del espejo, donde no puede pasarla por alto.

ÁMSTERDAM SOLO PARA LOCALES VISITA MAÑANA 10 A. M. EN PUNTO Nuestro primer lugar de encuentro

Paso toda la noche y la mañana siguiente con el estómago encogido, temiendo que no aparezca. No es un cruce demasiado relevante, y me entra el pánico al pensar que quizá haya olvidado el lugar.

Al verlo, se me corta la respiración. Es Wouter vestido de primavera, casi verano, y aunque últimamente hemos tenido tantos días grises como despejados, su cabello alborotado por el viento parece haber sido acariciado por el sol más de una vez.

Viste una chaqueta de color verde oscuro, un jersey gris jaspeado con cuello de pico, y cada parte de él parece suave y agradable al tacto.

Y la alianza de oro en su dedo refleja la luz.

—Hola —le digo cuando por fin está lo bastante cerca.

—Hola. —El sonido de su voz, esas dos únicas sílabas, amenaza con hacer que se me doblen las rodillas—. ¿Aquí es donde empieza la visita? Veo que soy el único aquí…

Tengo que contener una sonrisa.

—Ah, en realidad es una visita privada. ¿No has leído el folleto? Cuesta mucho más que una visita normal, pero la ventaja es que puedes disfrutar de un tiempo de calidad a solas con la guía.

—A mí me parece que vale la pena.

—¿Qué… tal todo? —pregunto, metiendo torpemente las manos en los bolsillos de mis vaqueros—. ¿Has estado yendo y viniendo para ver a tus pacientes?

Él asiente.

—No me importa. Pero George se ha encariñado mucho con mi abuela. No sé si voy a poder traérmelo.

Me imagino a Wouter despertándose en una habitación que ya solo es mitad suya, y no solo tengo que contener las ganas de decirle que no solo he echado de menos un cuerpo cálido a mi lado en la cama, sino también su cariño.