Veinticinco #2
—Estoy agradecida por todo lo que hicisteis —digo con el corazón encogido, y en gran parte lo digo en serio.
Creo que hicieron todo lo posible—. Sé que mi salud ha sido precaria, pero estoy mucho mejor que hace cuatro años.
Tomo mi medicación, he empezado a buscar terapeuta y…
ahora puedo hablar de ello. No lo niego y puedo respirar mejor que nunca.
—No ponen objeciones a nada de esto, sino que me dejan seguir hablando—.
Y hay más. Podemos seguir hablando por teléfono con regularidad cuando volváis casa, quizá cada dos semanas.
Y, por supuesto, podemos enviarnos mensajes.
Pero no quiero que me preguntéis constantemente por mi salud, dónde estoy o cuánto tiempo voy a estar aquí.
—Creo que podemos aceptarlo —dice mi madre, y mi padre se muestra de acuerdo.
—Tengo que aprender a ser independiente de verdad —continúo—.
Y esa es una de las razones por las que me mudé aquí.
Sé que fue algo drástico y que no era necesario que me fuera tan lejos para hacerlo, pero quería hacer algo por mi cuenta por primera vez.
Lo que pase o no pase con Wouter…, eso es otra historia.
Se mueven incómodos en sus asientos, como si esta fuera la parte de la conversación que más temían. Llegan nuestros platos —huevos Benedict, tortitas y tostadas francesas—, pero nadie se atreve a empezar a comer.
—No nos dimos cuenta de que lo tuyo con Wouter iba tan en serio —dice mi madre—.
Me refiero a cuando vivía con nosotros. Pensábamos que solo era un amor adolescente, aunque también pueden ser muy intensos.
Quizá deberíamos haber intervenido, pero parecía bastante inocente, sobre todo porque él acabó volviendo a Ámsterdam, y confiábamos en que estarías bien.
Un «amor adolescente». Dicho sin adornos, eso fue, pero incluso echando la vista atrás más de una década después, nunca lo sentí así. Éramos jóvenes y demasiado optimistas, pero nuestro amor era real. Tenía peso, como algo que podrías sostener en la palma de tu mano.
—Pensamos que podríamos hacer que funcionara después de que él regresara. Pero está claro que no fue así, y ahora… —Dejo la frase en el aire, con un nudo en la garganta, tratando de contener la emoción que me embarga.
—Oh, Dani. —Mi madre empieza a levantarse de la silla—. Todavía sientes algo por él, ¿verdad?
Asiento con la cabeza apoyada en su hombro, agradeciendo el consuelo del abrazo de mi madre, incluso en público, en otro país, después de haberle dicho que no necesitaba su protección. Resulta que todavía la necesito.
Y no pasa nada.
—La idea siempre fue divorciarnos —digo—. Nunca se supuso que sería a largo plazo. Sé que fue impulsivo, pero no creo que fuera un error. Y si fue un error, entonces es mi error.
Nuestro error.
—Ahora que hemos tenido algo de tiempo —dice mi padre—, supongo que todos hemos hecho cosas absurdas en nombre del amor.
«Amor».
Ahí está esa palabra otra vez, la que no debería ser tan extraña como lo era ayer cuando Wouter la pronunció.
Recuerdo todas las veces que me llamó « lief » cuando no había nadie alrededor. Al principio pensé que era un lapsus, pero ocurría con demasiada frecuencia, ¿no? ¿Era esa su forma de decírmelo, incluso entonces?
—Aún no sé qué voy a hacer —les digo a mis padres cuando empezamos a comer, y siento un orgullo irracional por mi ciudad cuando elogian la comida—.
Si me voy a quedar, o por cuánto tiempo.
Hay muchas cosas que tengo que decidir, tanto con él co mo por mi cuenta.
Pero quiero que sepáis que, sea cual sea la decisión que tome, la tomaré en serio.
Y eso no significa que no vaya a volver a visitaros siempre que pueda.
Mis padres intercambian una larga mirada, comunicándose de esa forma silenciosa que tienen las parejas cuando se conocen desde hace tantos años.
—Entonces eso solo significa que nosotros también tendremos que volver a visitarte —dice mi padre.
Mi madre señala el canal con el tenedor, porque, por supuesto, este lugar también la ha cautivado. Sería imposible que no fuera así.
—Ya estoy deseando volver.
El resto de la semana lo paso haciendo de guía turística para mis padres, Phoebe y Maya, mostrándoles mis rincones favoritos, el mejor stroopwafel —que no es el caro e instagrameable para el que hay que hacer cola—, sino el de un mercado al aire libre, y los museos que se esconden en antiguas casas junto a los canales y que, si parpadeas, te los pierdes.
Luego pasamos horas explorando las librerías de Ámsterdam. Vamos a ver los tulipanes, y Phoebe y Maya posan para unas fotos de embarazo en los vastos campos rojos y amarillos que son de verdad impresionantes.
Todavía no he sacado ninguna de mis maletas y busco cualquier excusa para no estar en el apartamento. Cuando estoy sola en casa, intento relajarme con un baño de burbujas, una taza de té y mis ejercicios de respiración.
Y luego pido cita con un nuevo terapeuta.
—¿Cómo lo llevas? —me pregunta Phoebe con delicadeza mientras aparcamos las bicicletas en Vondelpark. Han alquilado un par y pensaron que bromeaba cuando les enseñé a Pequeño Diablo. Mis padres regresan a Estados Unidos a primera hora de la mañana y Phoebe y Maya se marchan mañana por la noche.
Sigo sin querer aceptar nada de esto.
No sé muy bien cómo responder a su pregunta. Por mucho que lo intente, mi visión de Ámsterdam sin Wouter es totalmente gris. Debería seguir adelante, ¿no? ¿Prepararme para la entrevista y buscar piso?
—¿Crees que es una locura que me quede aquí? —pregunto, dándome cuenta de que no estoy respondiendo a su pregunta—. ¿Indefinidamente? ¿Suponiendo que consiga un trabajo y pueda mantenerme?
Las tres compramos unos cucuruchos de un camión de helados.
—¿Por qué iba a ser una locura? —dice Maya—. Yo estudié en Edimburgo durante un año mientras hacía la carrera y se me hizo cortísimo. Si alguna vez tuviera la oportunidad de volver a vivir allí, no lo dudaría ni un segundo. Sin mirar atrás.
Phoebe asiente mientras esquiva una bicicleta eléctrica, de un chico que conduce sin ningún cuidado mientras una chica se aferra a su espalda.
—Hemos hablado de ello, de que nos gustaría hacer algo así algún día. Verte aquí hace que parezca aún más posible.
La verdad es que fue una locura cuando llegué aquí. Un completo desastre. Puede que haya estropeado las cosas con Wouter y su familia, pero antes de eso… todo iba bien.
—Entonces pienso en todo lo que me perdería si me quedara. Como el nacimiento del bebé. Quiero estar allí, ¿vale? No importa dónde viva, cuando me necesites, cogeré un avión y haré lo posible por estar allí.
Phoebe lame su cucurucho, luego prueba el de Maya y, sin ni siquiera discutirlo, los intercambian.
—Te lo agradecemos. La madre de Maya va a vivir con nosotras durante el primer mes, pero después de eso, si quieres…, no diremos que no.
Saco el móvil y empiezo a buscar vuelos. Phoebe se ríe.
—¡No tienes que hacerlo ahora mismo!
—Es que es diferente no poder vernos cuando queramos.
Maya enarca sus espesas cejas por encima del helado y mira a Phoebe, que deja escapar un suspiro.
—Dan, eso iba a cambiar de todos modos en cuanto llegara el bebé.
Ya lo sabes. No es que vaya a desaparecer, pero es inevitable —dice—.
Piénsalo de esta manera. Cuando estabas en Los Ángeles, quedábamos para cenar, para tomar un café o para ir a clase de yoga.
Unas pocas horas, como mucho. Ahora, cuando vengas de visita, pasaremos una semana entera juntas, casi de forma ininterrumpida.
Quizá no sea tan frecuente, pero puede ser igual de profundo y significativo.
Me encanta cómo suena eso. —Luego me pone un poco de helado en la punta de la nariz—.
Y ahora tenemos que averiguar qué pasa con Wouter.
—Si es que quiere volver a verme.
Maya resopla al oír eso.
—En cuanto os vi juntos, supe que estaba colado por ti. Eso no se olvida de la noche a la mañana. Yo estuve suspirando en silencio por Phoebe durante un año…
—¡Once meses!
—…antes de que me armara de valor para decírselo —concluye Maya.
Se conocieron a través de amigos comunes, en un club de lectura que Phoebe había creado y al que Maya seguía acudiendo, no porque le gustaran los libros que Phoebe seleccionaba, sino porque le gustaba ella.
Solo cuando ya estaban juntas confesó por fin que no era una gran lectora, y Phoebe se propuso encontrar algo que le gustara.
Resultó que eran los audiolibros, y ahora suelen escucharlos juntas mientras conducen o preparan la cena.
—Me gusta mucho —digo en voz baja después de terminar mi helado de avellana—. Pero no estoy segura de que eso sea suficiente para él. Obviamente, la primera vez no terminó bien, y no sé cómo sería tener una relación con él ahora que somos adultos.
Phoebe tira la servilleta a la papelera con demasiada fuerza.
—Tonterías.
—¿Perdona?
—¿Crees que todo el mundo nace sabiendo cómo tener una relación sana?
Pues no. Hay que practicar, joder. Hay que comunicarse.
Hay que enfrentarse juntos a las cosas difíciles —dice—.
¿Algunos de esos hombres con los que saliste en Los Ángeles?
¡Estaban interesados de verdad en ti, Dani!
Querían llevarte a comer, conocer a tus padres e irse de viaje contigo los fines de semana.
Pero tú cortabas porque decidías que no querías tener relaciones.
Que no podías tener relaciones. ¿Y sabes qué?
Es una profecía autocumplida: te lo repites tantas veces que al final se hace realidad.
¿Crees que no nos da miedo traer un niño al mundo?
¿Un ser humano completo con todo un conjunto de necesidades y deseos?
—Phoebe sacude la cabeza—. La semana pasada me enteré de que los recién nacidos no tienen rótulas. ¡Rótulas!
—No hasta los seis meses —confirma Maya.
—Que dé miedo no significa que sea algo malo. Que sea difícil no significa que no merezca la pena.
Cuando mi hermana termina de hablar, está un poco sin aliento, y tiene las mejillas sonrosadas, hasta el punto de que Maya tiene que darle una palmada en la espalda.
Quizá no sea el consuelo que quería, sino el amor duro que necesitaba. La sabiduría de una hermana mayor.
—Yo… ¡Vaya!
Phoebe se aclara la garganta con calma.
—No sé si quieres abrazarme o abofetearme.
—¿Las dos cosas a la vez? —digo, y ella se ríe.
—Está bien permitirte desear esto —dice, poniéndome las manos en los hombros y mirándome a los ojos—. Te lo prometo.
Ese permiso se va abriendo paso lentamente por mi torrente sanguíneo, reorganizando mis moléculas.
No lo necesitaba de ella, pero quizá sí de mí.
Si me permito desearlo de verdad, despojarme de las capas de «no soy de» y «no estoy preparada» quizá lo que más me asusta es que mis dudas ya hayan hecho que se aleje.
Ahora nos imagino a los dos viviendo en ese piso que he llegado a considerar también mi hogar.
Quedándonos despiertos hasta las tantas y sin arrepentirnos ni siquiera un poco cuando tengamos que madrugar.
Llevando a George a dar largos paseos. Burlándome del meticuloso proceso con el que Wouter prepara el té de Wouter, ese que a mí me fascinó desde el primer día.
Lo quiero todo.
Fue un error esperar que Ámsterdam me cambiara, como si pudiera sentarme y dejar que sucediera cuando tenía que ser yo quien diera el primer paso. Ya no soy la que era cuando llegué aquí, y es un alivio darme cuenta de que el proceso no tiene por qué haber terminado.
Puedo cambiar. Puedo redescubrirme mil veces, y aún no he terminado.
—Ámsterdam te sienta bien —dice Phoebe al final del día, dándome un fuerte abrazo con olor a ropa limpia—. Te quiero y te echo muchísimo de menos, pero espero de verdad que decidas quedarte.
Después de dejarlas en su hotel, una familia de turistas me hace señas para que me detenga.
—¿Sabes cómo llegar al Albert Cuyp Markt?
Y no puedo evitar sonreír, porque esta vez les indico la dirección correcta.